
Por Mike Sain't Louis ·
La soledad del artista IA independiente
Hay una soledad que conozco bien y de la que ya he escrito: la de pasar el día con las letras, las versiones y los vídeos sin nadie más en la habitación. Esa la comparte cualquiera que trabaje por su cuenta. Hoy quiero hablar de otra, más rara y bastante más difícil de explicar en una cena. La de ser artista IA y, encima, independiente.
«El primer cantautor IA» es la etiqueta que me puse y no pienso quitármela. Las letras de PLANETA GAYFOLK salen de mi cuaderno; la música la saco de la inteligencia artificial a fuerza de dirigirla y de tirar a la papelera mucho más de lo que llega a publicarse. Hasta ahí, todo claro. El problema aparece cuando intento decidir en qué mesa me siento.
Entre dos mesas
En una mesa está la gente de la música. Compositores, productores, músicos de toda la vida. Gente con la que podría hablar durante horas de estribillos, de rimas que chirrían, de por qué una copla aguanta décadas y una canción del verano no llega al otoño. Con ellos tengo casi todo en común. Hasta que sale la palabra. Entonces cambia algo en la cara, una ceja que sube un milímetro, y la conversación pasa de las canciones al método. Ya no hablamos de lo que he hecho, hablamos de cómo lo he hecho y de si eso cuenta.
Lo entiendo. No me ofende. Pero me deja fuera de un sitio donde, por oficio y por gusto, debería estar.
En la otra mesa está la gente de la tecnología. Ahí la palabra no asusta a nadie, al contrario. Me preguntan qué herramienta uso, cuántas versiones genero, cómo organizo los archivos. Les interesa el proceso con un entusiasmo casi tierno. Lo que no les interesa demasiado es la canción. Les cuento que he publicado «No quiero otro novio cojín» y me preguntan por el flujo de trabajo. El cojín, el novio y todo lo que hay detrás del título les da exactamente igual.
Así que paso las noches de pie, con el plato en la mano, entre las dos mesas. Para unos soy demasiado máquina. Para otros, demasiado copla.
Explicarse otra vez
Lo segundo que trae este oficio es que hay que explicarse. Siempre. Un cantautor de guitarra no tiene que justificar la guitarra cada vez que publica algo. Yo sí tengo que contar qué parte es mía, qué hace la herramienta, por qué lo digo abiertamente, si no me da apuro. Lo hago con gusto, y en la web hay una sección de preguntas frecuentes precisamente para no repetir lo mismo cuarenta veces. Aun así, lo repito cuarenta veces.
Explicarse cansa de una forma muy concreta. Te convierte en portavoz de algo más grande que tú. Cuando alguien me pregunta por la IA en la música, rara vez me pregunta por mis canciones; me pregunta por el futuro del sector, por los derechos de autor, por si los músicos se van a quedar sin trabajo. Yo vine a escribir sobre exnovios y vecinas cotillas. No tengo una opinión cerrada sobre el futuro del sector. Tengo 273 singles y bastantes dudas.
Y aquí viene lo que más echo en falta: alguien con quien compartir esas dudas. No hablo de un público, que lo tengo y lo agradezco. Hablo de colegas. Gente que haga lo mismo que yo, con la misma mezcla de letra propia, herramienta nueva y sello de una sola persona, con quien tomar un café y decir «oye, ¿a ti también te pasa que…?». Cuando dices que eres el primero en algo, te queda poca gente al lado. Lo dije como una etiqueta y resultó ser también una descripción bastante literal.
Sé que existe más gente trabajando con estas herramientas. Lo que no encuentro es esa conversación de taller, sin pose, sobre los problemas pequeños. Cómo elegir entre dos versiones casi iguales. Qué hacer cuando una letra que te encanta no encaja con ninguna música que sale. Cómo se le pone cara a un proyecto así. Esas preguntas las contesto yo, y luego me las contesto otra vez, por si acaso.
Nadie que me lleve la contraria
Mi sello se llama MIKE SAIN'T LOUIS, en mayúsculas, y lo dirijo yo. Soy productor, escritor, compositor y director artístico, todo en el mismo cuerpo y con el mismo café. Eso tiene una ventaja evidente: decido rápido. No hay reuniones, no hay que convencer a un departamento de marketing de que «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» es un título estupendo. Lo es porque yo lo digo, y sale.
La desventaja es exactamente la misma frase. Lo es porque yo lo digo.
En un sello con más gente, alguien levantaría la mano. En una banda, alguien se negaría a tocar eso. En mi caso, la única persona que puede frenarme soy yo, y yo tengo muchas ganas de publicar. He aprendido a desconfiar de mis entusiasmos de medianoche y a mirar las cosas a la mañana siguiente, pero eso es un truco, no un compañero. Un truco no se ríe contigo, tampoco te dice que te estás pasando.
Hay días en que esa libertad me parece un lujo y días en que me parece una sala muy grande con el eco muy alto. Las dos cosas son ciertas y no pienso elegir.
¿Y qué hago con todo esto? No tengo una solución. Tengo un par de costumbres que me sirven.
Escribo. Este blog, por ejemplo, ya tiene setenta artículos, y buena parte de ellos existen porque no tenía a quién contarle esas cosas en voz alta. Escribir en público es pensar con algo de exhibicionismo, pero me obliga a ordenar lo que en la cabeza va suelto, y de vez en cuando alguien lo lee y contesta.
Publico. Puede parecer raro, pero publicar es la forma más directa que tengo de salir de la habitación. Una canción terminada en una carpeta me acompaña poco. Una canción publicada empieza a vivir en otros móviles, y eso cambia la temperatura del cuarto.
Y luego están las canciones mismas, que hacen más compañía de la que parece. Después de dos años, la trilogía GAYFOLK es casi un vecindario. Ahí están la vecina cotilla, el novio de Albacete, la primera drag. Son personajes que inventé yo, de acuerdo, pero cuando vuelvo a ellos tengo la sensación de visitar a gente conocida.
Lo que de verdad rompe la soledad llega de fuera. Es la gente que escribe después de escuchar una canción. No la que pregunta por la herramienta, sino la que habla de la canción: que le ha hecho reír, que se ha visto en ella, que se la ha mandado a alguien. Esos mensajes no resuelven el problema de las dos mesas. Me recuerdan, eso sí, para qué me senté a escribir.
Todo está, con sus letras y sus vídeos, en mikesaintlouis.com.