
Por Mike Sain't Louis ·
La última letra: «Zee-Zee», la camisa de cachemira y los light shows de tinta en el agua
Cuando era pequeño, la Z era la letra que nadie quería que le tocara en el juego de las palabras. Con la A, la M o la P salía cualquier cosa; con la Z había que pensar en zapato, zanahoria, zorro y poco más antes de quedarse en blanco. Era la última de la fila, la que llegaba cansada, la que casi no se usaba. Por eso me hace gracia haber titulado una canción con dos zetas seguidas, como si quisiera darle por fin su momento de gloria.
«Zee-Zee» no tiene la letra publicada todavía, y aquí no voy a rellenar ese hueco con frases que no son mías. Lo que sí voy a hacer es mirar la portada con lupa y tirar de los hilos que salen de ella: el alfabeto, un estampado que viajó de Cachemira a Escocia, los conciertos de San Francisco donde las paredes se movían, y el tatuaje que muchos marineros llevaron en el pecho antes de que tatuarse fuera una moda.
Humo de siete colores sobre fondo negro
La portada tiene un fondo oscuro, casi de sala de fiestas con las luces apagadas, y encima flota un humo de todos los colores del arcoíris, retorciéndose como si alguien hubiera vertido pintura en un vaso de agua. Delante, sentado y tranquilo, un chico con una camisa de remolinos psicodélicos desabrochada, el pantalón del mismo estampado y una gorra también estampada. En el pecho se ve un corazón con alas tatuado. Mira a la cámara sin prisa.
El título está escrito como un grafiti recién hecho, con la pintura todavía chorreando.
Hay portadas que piden ruido y otras que piden calma. Esta tiene las dos cosas: el color está gritando y el chico, en cambio, parece que acaba de sentarse después de bailar cuatro horas. Esa mezcla de estallido y reposo es lo que más me gusta de ella.
Lo que hay sobre la mesa
Antes de seguir, las cartas boca arriba. La letra de esta canción no aparece en mi página de letras. Cuando una letra no está publicada, no la reconstruyo de memoria ni a partir de lo que los subtítulos automáticos creen oír, porque esos sistemas, con música debajo, escriben auténticas novelas.
Me quedo con lo comprobable. La imagen de portada. El título, dos sílabas repetidas con un guion en medio. El día en que subí el videoclip a mi canal de YouTube, el 28 de mayo de 2026. El álbum en el que está. Y lo que ya conté en la ficha de «Zee-Zee» en esta web, donde dejé claro que no pensaba adelantar qué esconde un nombre tan corto. Sigo pensando igual. Lo que viene a continuación es todo lo que rodea a ese nombre, no lo que hay dentro.
La Z, la letra que se quedó a la cola
La Z tiene una historia más movida de lo que parece. Viene de la zeta griega, que en el alfabeto clásico ocupaba el sexto puesto, muy cerca del principio. Los romanos la tomaron prestada al principio, pero en latín apenas les servía para nada, y según la tradición el censor Apio Claudio el Ciego la expulsó del alfabeto hacia el año 312 antes de Cristo.
Siglos después, en el siglo I antes de Cristo, la necesitaron de nuevo para escribir palabras que llegaban del griego. Y como su antiguo sitio ya estaba ocupado, la colocaron al final de la fila. De ahí viene que la Z cierre hoy nuestro abecedario: no porque sea menos importante, sino porque volvió tarde a una casa donde ya habían repartido las habitaciones.
Me parece una historia muy de armario. Una letra que estaba, la echaron, volvió cuando hizo falta y la pusieron al fondo para que no molestara. Y aun así, en cuanto aparece en un título, se convierte en lo primero que ves.
Zee, zed y zeta
El título está en inglés, y en inglés la Z tiene dos nombres según a qué lado del Atlántico estés. En Estados Unidos se dice zee; en el Reino Unido, Irlanda, Australia o Canadá, zed. Por eso «Zee-Zee» tiene un acento claramente americano, de esos nombres que parecen sacados de una serie o de un apodo de colegio de Los Ángeles.

En castellano la llamamos zeta, aunque el diccionario académico admite también otras formas menos usadas. Y su pronunciación divide el mapa: en buena parte de España la Z suena distinta de la S, mientras que en Canarias, en zonas de Andalucía y en toda Hispanoamérica se iguala con ella, lo que se conoce como seseo. Hay incluso zonas andaluzas donde ocurre al revés y la S suena como Z: es el ceceo.
Me divierte que dos letras tan pequeñas den para tanta geografía. Un mismo título leído en Madrid, en Sevilla, en Las Palmas o en Ciudad de México no suena igual. Y me parece bien que sea así: los apodos se deforman según quién los diga, y eso los hace más nuestros.
Nombres que se doblan
Los nombres repetidos tienen algo de cariño. Lo vemos en los apodos de la infancia, en los diminutivos que inventan las abuelas y en los motes que se ponen en el instituto. Repetir una sílaba es lo primero que hace un bebé cuando empieza a hablar, y quizá por eso nos sigue sonando a ternura.
En la cultura pop hay de todo: artistas que doblan su nombre, marcas, mascotas, personajes de dibujos. Un nombre doble se recuerda mejor y se dice con más ganas. «Zee-Zee» funciona igual: no hace falta saber inglés para pronunciarlo, y una vez lo dices, se queda pegado.
El guion en medio también cuenta. No es «Zeezee» todo junto, sino dos golpes separados, como dos pasos de baile o dos golpes de bombo. La ortografía ya marca un ritmo antes de que suene nada.
El estampado que viajó desde Cachemira
Lo que más llama la atención de la ropa de la portada son los remolinos. Ese tipo de dibujo, con formas de gota curvada y vueltas sobre vueltas, tiene un origen muy antiguo. El motivo en forma de lágrima con la punta doblada, que en persa se llama boteh, decoraba tejidos en Persia y en la India desde hace siglos.
A finales del siglo XVIII empezaron a llegar a Europa los chales de lana fina de Cachemira, en el norte de la India, y se convirtieron en un lujo carísimo. Los tejedores europeos se pusieron a copiarlos, y la pequeña ciudad escocesa de Paisley se especializó tanto en esos chales durante el siglo XIX que el estampado acabó llevando su nombre en inglés: paisley. En castellano lo seguimos llamando por su lugar de origen: estampado de cachemira.
Es decir, el chico de la portada lleva encima un dibujo que nació en Asia, se popularizó en Escocia y, como veremos, se volvió psicodélico en California. No hay prenda más viajera.
Del chal de la abuela a la psicodelia
Durante buena parte del siglo XX el estampado de cachemira se asoció a corbatas de señor serio y a pañuelos de abuela. Hasta que en los años sesenta lo rescató la contracultura. En el llamado Verano del Amor de 1967, en el barrio de Haight-Ashbury de San Francisco, la cachemira apareció en camisas, pantalones de campana y vestidos, mezclada con colores imposibles.

Los Beatles se fotografiaron con camisas de ese estilo, y el estampado se convirtió en una especie de bandera blanda de la época: decía paz, viaje interior, ganas de romper con el traje gris. Décadas después Prince bautizó su sello y su estudio como Paisley Park, ya en los ochenta, para dejar claro que su mundo tenía esa misma mezcla de color, sensualidad y rareza.
El chico de «Zee-Zee» recoge todo eso. Su conjunto no es de señor serio ni de hippie de época, sino una versión de fiesta actual, con gorra a juego. Es psicodelia de after, no de comuna.
Luz líquida en las paredes
El humo de colores del fondo me recuerda a una técnica que me fascina: los espectáculos de luz líquida. A mediados de los sesenta, en las salas de conciertos de San Francisco, unos artistas empezaron a colocar aceites y agua teñida entre dos cristales sobre retroproyectores, de esos que se usaban en los colegios para proyectar transparencias. Movían los cristales, calentaban el aceite, mezclaban colores, y en la pared detrás de los grupos aparecían manchas que se fundían y respiraban al ritmo de la música.
El más famoso fue el Joshua Light Show, que desde 1968 acompañó los conciertos del Fillmore East de Nueva York. La gente no miraba solo a los músicos: miraba la pared, donde las formas cambiaban sin parar.
Eso es lo que veo en la portada: no humo de verdad, sino algo que parece tinta derramada en agua y proyectada a lo grande. Es una estética que no necesita sustancias para funcionar. Basta con apagar la luz, poner algo de color en movimiento y dejar que la música haga el resto.
Un corazón que sabe volar
En el pecho del chico hay un corazón con alas. Es uno de los motivos clásicos del tatuaje tradicional americano, el de líneas negras gruesas y colores planos que llevaban los marineros en la primera mitad del siglo XX. Uno de sus grandes nombres fue Norman Collins, conocido como Sailor Jerry, que trabajó durante décadas en Honolulu tatuando a soldados y marinos.
En ese repertorio, las golondrinas significaban regreso a casa, el ancla estabilidad y el corazón con alas algo parecido a la libertad o al amor que no se deja encerrar. Cada persona le da su lectura, claro, pero la idea de un corazón que puede irse volando cuando quiera tiene mucha fuerza.
Ya escribí sobre lo que significa llevar algo en la piel en el post sobre «Tattoo de Fénix». Allí el pájaro renacía de la ceniza; aquí el que tiene alas es directamente el corazón. Me gusta que mis portadas compartan esa manía de poner alas a las cosas.
Gorra, camisa abierta y nada que demostrar
La postura cuenta tanto como la ropa. El chico está sentado, relajado, con la camisa abierta hasta abajo, sin sacar músculo ni posar de forma forzada. Mira de frente. No pide permiso ni busca aprobación.
Durante mucho tiempo, a los chicos gais se nos enseñó a vigilar cada gesto: cómo cruzábamos las piernas, cómo movíamos las manos, qué colores elegíamos. Una camisa así, en según qué pueblo y según qué década, era una declaración de guerra. Por eso me gusta tanto esta imagen. Aquí el estampado más escandaloso del armario se lleva con la naturalidad con la que otro se pondría una sudadera gris.
Es el mismo tipo de orgullo que no necesita pancarta del que hablé en la ficha: el arcoíris no aparece como bandera, sino disuelto en el humo y en la ropa. Está, pero no se anuncia.
La generación de la última letra
Hoy la Z tiene otro uso: dar nombre a una generación. Según la clasificación más extendida, la del centro de investigación Pew, la generación Z la forman quienes nacieron aproximadamente entre 1997 y 2012. Es la primera que creció con internet en el bolsillo, y también la que más abiertamente se identifica como parte del colectivo LGTBI en las encuestas de muchos países.

No sé qué edad tiene el chico de la portada, y no me importa. Pero el título tiene algo de saludo a esa generación que llegó al final del abecedario y que, como la letra, ha aprendido a hacerse ver desde el último puesto.
Al mismo tiempo, la estética es completamente retro: camisa de los sesenta, luces de los sesenta, grafiti de los ochenta. Ese choque me interesa mucho. Ya escribí sobre ello en mi post contra la nostalgia: usar lo antiguo no para volver atrás, sino para tener más herramientas con las que mirar hacia delante.
Zetas de tebeo
En los cómics, una fila de zetas sobre la cabeza de un personaje significa que está dormido y roncando. Es una convención tan antigua que ni nos paramos a pensarla. Y la Z también es la marca del Zorro, el justiciero enmascarado que inventó el escritor Johnston McCulley en 1919 y que firmaba con tres cortes de espada.
Esos dos usos dibujan bien la hora que sugiere la portada. Por un lado, la madrugada, cuando la fiesta se alarga y alguien empieza a dar cabezadas en un sofá. Por otro, el gesto de dejar tu marca, de firmar con una letra rotunda que todo el mundo reconoce.
Una canción titulada con dos zetas puede ser las dos cosas: un sueño a medias y una firma.
Colores que vienen y van
«Zee-Zee» está en el mismo disco que «Verde», y de esa letra, que sí está publicada, hay un verso que podría servir de pie de foto para el humo de la portada:
con sueños y colores que vienen y van.
En «Verde» ese verso habla de una noche de rumba en la que la cabeza se va lejos. Aquí lo traigo solo por la imagen: colores que aparecen y desaparecen, que no se quedan quietos, igual que en un espectáculo de luz líquida o en el humo que rodea al chico.
No estoy diciendo que «Zee-Zee» cuente lo mismo que «Verde». No lo sé decir sin publicar su letra y no voy a jugar a adivinanzas. Solo que el álbum tiene una paleta reconocible, y esa frase la resume muy bien.
Entre «María María» y «Judith Bécker»
En el listado de singles de gayfolkplanet.com, «Zee-Zee» ocupa el puesto 220 de 273. La precede «María María» y la sigue «Judith Bécker», una canción con la letra publicada que nace de una noche de sofá, cansancio y televisión. De ella me quedo con este verso:
Mejor estar solo con tus animales que rodeado de gente falsa
Me parece un contrapunto curioso. La portada de «Zee-Zee» sugiere un after lleno de gente y de color; la canción siguiente reivindica quedarse en casa lejos de quien no suma. Las dos cosas caben en una misma vida, y a veces en un mismo fin de semana. La psicóloga de la serie que da título a esa canción ya tuvo su post aquí, sobre la televisión que cuida.
Mayo y el disco de soltarse
Subí el videoclip el 28 de mayo de 2026, a las puertas de junio, el mes en el que medio mundo se viste de colores. La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk, el que habla de lo que viene después de liberarse.
Encaja bien. Si el primer disco era descubrir y el segundo desear, este es el de vivir sin pedir perdón. Una portada con una camisa psicodélica abierta, un tatuaje con alas y humo arcoíris cabe perfectamente en esa idea.
Para quien busque más canciones de pista y de noche sin dramas, recomiendo el post sobre la pista como refugio, que habla de ese derecho tan básico a pasarlo bien.
Un título que gotea
Las letras del título merecen su propio apartado. Están pintadas como si alguien las acabara de hacer con espray en una persiana metálica, y la pintura todavía resbala hacia abajo en pequeños chorretones. Ese efecto de goteo es un recurso clásico del grafiti: indica prisa, frescura, la sensación de que el autor salió corriendo antes de que lo pillaran.

El grafiti moderno, el de las firmas, nació en las calles de Nueva York a finales de los sesenta. En julio de 1971 el New York Times publicó un reportaje sobre un chaval que firmaba como TAKI 183 por toda la ciudad, y a partir de ahí miles de adolescentes se lanzaron a dejar su nombre en vagones de metro y paredes.
Madrid tuvo su propio pionero. Juan Carlos Argüello, conocido como Muelle, empezó a firmar por la ciudad a principios de los ochenta con su apodo rematado en una flecha con forma de muelle. Murió muy joven, en 1995, pero su firma se convirtió en parte del paisaje de la Movida y en un símbolo de una ciudad que acababa de salir de una época gris y quería pintarlo todo.
Me gusta que el título de «Zee-Zee» tenga ese aire de firma callejera. Una palabra corta, fácil de reconocer, escrita con prisa y con mucho color. Si el Zorro firmaba con la espada y Muelle con su flecha, esta canción firma con dos zetas que todavía no se han secado.
También hay algo de contradicción bonita entre el grafiti, que es arte de la calle y de la noche, y la postura tranquila del chico, que parece estar en un salón. Como si la calle se hubiera metido dentro de casa, o la casa hubiera salido a la calle. En las fiestas que se alargan pasa a menudo: ya no sabes si estás en un club o en el piso de alguien, y da igual.
Cuando el after se alarga demasiado
La madrugada tiene su encanto, pero también sus trampas. El cansancio acumulado, la falta de sueño, el bajón del día siguiente y, a veces, lo que se ha consumido, pueden dejarte el ánimo por los suelos. Si esa tristeza o esa ansiedad no se van a los pocos días, o empiezas a notar que necesitas la fiesta para no pensar, coméntalo con tu médico o con un profesional de salud mental.
Si alguna vez aparecen pensamientos de hacerte daño o de no querer seguir, en España puedes llamar al 024, el teléfono gratuito y confidencial de atención a la conducta suicida, a cualquier hora del día. Si hay riesgo inmediato, al 112. Desde otros países, usa el número de emergencias local o encuentra una línea de ayuda en findahelpline.com.
Tienes más recursos en la serie de salud mental sin tabú de este blog.
Para quién dejo esta camisa
Para quien guarda en el armario una prenda demasiado llamativa y nunca encuentra la ocasión. Para quien de pequeño se quedaba bloqueado con la Z en el juego de las palabras. Para quien ha visto amanecer desde un sofá ajeno con los ojos todavía llenos de luces.
Y para quien ha decidido llevar el corazón con alas, aunque sea por dentro. Dos sílabas, un guion, una camisa de cachemira y muchas ganas de que la noche no se acabe todavía.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Zee-Zee»? La letra todavía no está publicada, así que no la cuento ni la imagino. La portada muestra a un chico sentado con una camisa psicodélica abierta, gorra estampada y un corazón con alas tatuado, delante de un humo de colores. Este post habla de lo que rodea esa imagen: la letra Z, el estampado de cachemira y la estética psicodélica.
¿Por qué se llama «Zee-Zee»? Zee es el nombre de la letra Z en el inglés de Estados Unidos. Más allá de eso, en la ficha de la canción preferí no adelantar qué esconde el título, y sigo sin hacerlo.
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk. El videoclip está en YouTube desde el 28 de mayo de 2026.
¿Qué es el estampado de la camisa? Es un estampado de remolinos y gotas curvadas, conocido en castellano como cachemira y en inglés como paisley. Nació en Persia y la India, se fabricó en masa en Escocia en el siglo XIX y se volvió psicodélico en los años sesenta.
¿Quién hace la música y las voces? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño y «el primer cantautor IA». Escribe, compone y produce; las voces están hechas con inteligencia artificial.