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La palabra más corta del título: por qué «Sí, soy una puta» empieza por «sí»

Sí.

Ahí está todo. Dos letras, una tilde y una coma. Antes de que llegue la palabra gorda, ya ha pasado lo importante.

El título de esta canción es «Sí, soy una puta», y casi todo el mundo que lo lee se queda en la última palabra, que es la que hace ruido. Es normal. Las palabras gordas están para eso, para que no veas las pequeñas. Pero yo, que me paso la vida colocando palabras, sé que la que manda aquí es la primera. Este texto va de ella.

El insulto llega solo

Hay insultos que no hace falta que nadie te diga en voz alta. Te los dicen las miradas, los silencios, los chistes de otros que se ríen un poco demasiado fuerte. Puta es uno de ellos. Lo oyes por primera vez en el patio del colegio, aplicado a una niña que se ha besado con dos chicos en la misma excursión. Lo oyes después en el ambiente, aplicado a un chico que ha tenido más de tres citas en un mes. Lo oyes en la familia, bajito, cuando se habla de la prima que se fue a vivir con su novio sin casarse.

Siempre es la misma operación: alguien vive su deseo con libertad y otro le pone una etiqueta para que pare.

Mi canción no discute la etiqueta. No dice «no lo soy». No dice «y qué si lo fuera». Dice «sí». Eso cambia la conversación entera.

Tres maneras de contestar

Cuando alguien te llama algo con intención de herir, tienes más o menos tres salidas.

La primera es negarlo. «Yo no soy eso.» Es la más habitual y la que peor funciona, porque al negar aceptas que la palabra es mala y que tú tendrías que avergonzarte si te aplicara. El insulto gana aunque tú pierdas el juicio.

La segunda es contraatacar. «Pues anda que tú.» Funciona a veces, sobre todo en una discusión de barra, pero no saca a nadie del barro. Los dos acabáis revolcados en la misma palabra.

La tercera es la que elige la canción: asumirla con calma. «Sí, soy una puta.» Sin bajar la cabeza, sin gritar, con la misma voz con la que dirías «sí, soy de Madrid» o «sí, me gusta el queso». Esa es la que desarma. El que te quería hacer daño se queda con el insulto en la mano, como el que llega a una fiesta con un regalo y se entera de que ya lo tienes repetido.

El texto que acompaña

En la página de letras de esta canción, en gayfolkplanet.com/letras, no hay estrofas al uso. Hay un texto corto que explica la intención, y de ahí saco dos frases porque lo resumen mejor que yo ahora. Una dice: «No busco simpatía ni disculpas». La otra cierra el texto: «El que quiera entender, que entienda».

La primera frase explica el tono. No es una canción para que nadie me abrace ni me dé la razón. No es un llanto. No es una reivindicación de manifiesto con pancarta. Es una afirmación que no espera respuesta.

La segunda frase es un refrán de los de toda la vida, de los que usan las señoras en la cola de la pescadería cuando sueltan una indirecta a la vecina. «El que quiera entender, que entienda.» Lo puse ahí porque la canción funciona igual que una indirecta: no te explica nada, te lo deja caer. Si lo pillas, bien. Si no, sigue tu camino.

Lo que otros repiten sin pensar

En el mismo texto digo que es mi forma de devolver lo que otros repiten sin pensar. Ese «sin pensar» es clave.

Fotogramas del videoclip oficial de «Sí, soy una puta», de Mike Sain't Louis

La mayoría de la gente que usa la palabra puta para juzgar no ha pensado nunca qué está diciendo. Lo repite porque lo oyó. Porque su madre lo decía de la vecina del quinto, porque en el vestuario del instituto era la palabra para las chicas que gustaban demasiado, porque en Grindr hay perfiles que piden «nada de putas» con la misma ligereza con la que piden «nada de afeminados». Es una palabra heredada, como una vajilla fea que nadie se atreve a tirar.

Devolverla no es lanzarla de vuelta a la cara de nadie. Es enseñarle que se le ha caído algo. «Toma, esto es tuyo. Yo no lo necesito para nada, pero quizá tú quieras saber lo que llevas en el bolso.»

La familia de las palabras robadas

Esta canción tiene hermanas en el blog. La más directa es cateto, de insulto a bandera, donde cuento cómo una palabra que se usa para despreciar al de pueblo acabó siendo el título de la canción mía que corrió por TikTok. El mecanismo es el mismo, pero el tono es distinto: «Tan cateto» es una fiesta, «Sí, soy una puta» es una respuesta.

Hay más palabras de esas en mi catálogo. Marica, maricón, loca, pluma. Las uso con cariño, como reivindicación o como dardo, pero nunca de forma neutra. En «Discutiendo con la IA», por ejemplo, el insulto sale disparado contra quien me desprecia: «Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón». Ahí maricón es un dardo de vuelta. En otras letras es una caricia. La palabra es la misma; la intención, no.

Robar palabras al enemigo es una de las tradiciones más bonitas de la cultura queer. Lo cuento en de la risa ajena a la risa propia: durante décadas los gais aparecíamos en la tele como chiste de otros, y poco a poco aprendimos a contar el chiste nosotros. Quedarse con la palabra que te tiran es la versión mínima de ese gesto. No necesitas un programa de televisión. Te basta con un «sí».

El rancho y el molino

La portada es lo último que se espera de una canción con este título. Un rancho a pleno sol, con un granero rojo, una valla de madera, un molino de viento al fondo y unas nubes de anuncio de cereales. Delante, una pareja: él con camisa vaquera abierta, gafas de aviador, tatuajes y cinturón de hebilla; ella rubia, con camisa de cuadros anudada al ombligo y unos shorts vaqueros. El título va en amarillo, rojo y azul, con letras de cartel de feria de condado.

Parece la portada de un disco country de gasolinera americana, de esos que se venden en un expositor giratorio junto a las chocolatinas. Y eso es lo que me hace gracia: el country es el género de la moral tradicional, de la familia, de Dios y del tractor. Poner ahí, en ese decorado de valores de toda la vida, una frase como «Sí, soy una puta», es como colgar un póster de La Veneno en la iglesia del pueblo.

Además están los dos, él y ella. No es un chico solo ni una chica sola. La palabra les toca a los dos, porque a los dos se la han tirado alguna vez. Las mujeres llevan siglos cargando con ella. Los hombres gais la llevamos encima en cuanto vivimos el sexo sin pedir permiso. La portada pone a los dos en la misma foto, con la misma cara de «¿y qué?».

Una coma muy trabajada

Vuelvo a la gramática, porque me apetece.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «El que quiera entender, que entienda» de «Sí, soy una puta»

La coma después del «sí» es una pausa. Si la quitas, «Sí soy una puta», la frase se vuelve una confesión atropellada, como la de quien lo suelta de golpe porque no aguanta más. Con la coma, la frase respira. Primero contestas. Luego explicas. «Sí. Soy una puta.» Hay un momento en medio en el que el otro no sabe qué va a venir, y eso le desarma más todavía.

Y luego está el verbo. «Soy», no «estoy». En español esa diferencia importa mucho: estar es transitorio, ser es identidad. Cuando alguien dice «estás hecho un putón» habla de una fase, de una racha, de algo que se te pasará. Cuando la canción dice «soy», lo convierte en una seña de identidad. No es una mala época. Es una manera de estar en el mundo, elegida y asumida.

Podría haber escrito «sí, a veces me comporto como...». Me parecía de abogado. «Soy» es más corto y más chulo.

Una, en femenino

Otro detalle gramatical, el último, prometido. El título dice «una puta», en femenino. No «un puto».

Podría parecer que es porque la portada tiene a una mujer, o porque el insulto clásico es femenino. Pero hay algo más. Entre maricas, el femenino es casi una lengua propia. Nos llamamos «ella», «la loca», «la Mari», «tía», y lo hacemos sin que nadie dude de que somos hombres. Es un juego de identidad muy viejo, de antes de las redes, de cuando en los bares de ambiente cada uno tenía su nombre de guerra en femenino.

«Una puta», dicho por un hombre gay, mete la frase en ese idioma. Ya no es solo la etiqueta que te ponen: es la manera en que tú te nombras cuando estás entre los tuyos. Con el artículo femenino, el insulto se viste de pluma. Y con pluma, ya sabes, todo duele menos y brilla más.

Además, «un puto» suena a otra cosa. Suena a adjetivo de enfado, a «un puto lunes», a «un puto atasco». Se habría perdido el chiste.

El silencio también contesta

En mi ficha de la canción digo que es una buena canción para después de que alguien te suelte un comentario que no le habías pedido, para responder sin abrir la boca. Lo mantengo. Y quiero añadir una cosa: el silencio que provoca un «sí» es muy distinto del silencio de la vergüenza.

Cuando te avergüenzas, te callas porque no tienes respuesta. Cuando asumes, el que se calla es el otro. La conversación se queda colgando y nadie sabe por dónde seguir. Ese silencio incómodo, que dura dos segundos, es una pequeña victoria. Una de esas que no salen en ningún sitio pero que te hacen volver a casa andando un poco más recto.

Si la ficha de la canción es la versión rápida, esto es la versión con lupa.

¡Qué puta eres!

Hay un uso de la palabra que en España conocemos todos y que casi nunca sale en los debates: el de las amigas.

«¡Qué puta eres!», dicho con una carcajada, en la terraza, cuando una te cuenta cómo le ha colado una mentirijilla al jefe o cómo ha conseguido la última entrada del concierto. Ahí puta significa lista, pilla, con recursos. Es casi un piropo. Y entre maricas, ni te cuento: «Ay, qué puta», «la muy puta», «puta ama». Hay tonos para todo, y casi todos son de cariño o de admiración.

Esa doble vida de la palabra me interesa porque demuestra que no tiene un significado fijo. Lo tiene el tono, la boca que la dice y la mano que la acompaña. La misma palabra que en el patio del colegio era una pedrada, en la terraza de la plaza es un abrazo. La canción juega en medio: coge la pedrada y la dice con el tono de la terraza.

Por eso el texto que acompaña la canción habla de «mala leche fina». No es mala leche de pelea. Es la de la amiga que te pellizca con una sonrisa. La de quien sabe que tiene razón y no necesita levantar la voz.

La palabra también es un oficio

Y ahora una cosa seria, sin chiste, porque toca.

Collage con un detalle de la carátula de «Sí, soy una puta» y las carátulas de «Discutiendo con la IA», «Kaaa miga»

La palabra no solo se usa como insulto. También nombra un oficio, y hay mujeres, hombres y personas trans que lo ejercen y que cargan con ella de verdad, con todo el peso legal, social y familiar que eso supone. Para ellas la palabra no es una metáfora ni un juego de reapropiación. Es su vida, con sus riesgos.

Mi canción no habla por ellas ni pretende hacerlo. Habla del uso moralista de la palabra, del que se lanza a quien folla con libertad. Pero no quiero que el «sí» de la canción suene a que me pongo una medalla que otras llevan sin elegirla. Si alguien que se dedica a eso escucha la canción y le hace gracia, me alegro. Si le molesta, lo entiendo.

Ya está dicho. Una vez y sin adornos.

Nada de putas

Vuelvo a las apps, porque ahí la palabra tiene un uso muy concreto y muy hipócrita.

Cualquiera que haya abierto Grindr ha visto perfiles con exigencias que parecen el reglamento de una comunidad de vecinos. Nada de plumas. Nada de mayores de cuarenta. Nada de gordos. Y, a veces, nada de putas. Lo bonito es que muchas de esas listas las escriben hombres que están conectados a las cuatro de la madrugada buscando lo mismo que critican.

Esa contradicción es material de comedia de primera. El tío que te llama puta por tener una vida sexual activa mientras él tiene tres conversaciones abiertas con desconocidos y un plan para el sábado. No lo digo con rencor; lo digo con la sonrisa de quien ha visto la misma escena repetida mil veces en mil pantallas. La moral, en el móvil, dura lo que tarda en llegar el siguiente mensaje.

La canción no los nombra. No le hace falta. Ellos se reconocen.

Ellas primero

Ya lo dije al hablar de la portada, pero quiero insistir: esta palabra la han llevado las mujeres mucho antes que nosotros. Y la llevan todavía.

A una chica le basta con ponerse una falda corta, con reírse demasiado alto en una discoteca o con tener una lista de exnovios más larga de lo que la familia considera decente. A un hombre heterosexual, en cambio, la misma lista le da medallas. Esa asimetría es vieja como el mundo y sigue funcionando.

Los hombres gais entramos en esa asimetría por la puerta de atrás, nunca mejor dicho. Para la moral de siempre, un hombre que se acuesta con hombres ya tiene algo de puta por definición, y si encima disfruta, peor. Por eso la canción no habla en nombre de nadie concreto. Habla con la pareja de la portada, ella y él, en la misma foto. Una alianza de los señalados.

No es casualidad que muchos de mis referentes sean mujeres que se plantaron ante el mundo con un descaro que ahora nos parece normal y entonces era escándalo. La Veneno, a la que homenajeé en «Kaaa miga», es la primera que me viene a la cabeza.

Cuando el sí cuesta

Una cosa más, para que no parezca que esto es fácil.

Ficha de la canción «Sí, soy una puta» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Decir «sí» con calma no sale a la primera. Durante años, la reacción normal ante esa palabra es la contraria: ponerse rojo, explicar, jurar que no, cambiar de conversación. El «sí» tranquilo es lo que queda después de mucho tiempo dándole vueltas, de muchas noches pensando qué tendrías que haber contestado. La canción es el final de ese camino, no el principio.

Por eso entiendo a quien escucha el título y siente un pellizco de incomodidad. Puede que esté todavía en la fase de ponerse rojo. No pasa nada. Es una fase por la que pasamos casi todos. Ya llegará el «sí», o no llegará, y tampoco pasa nada.

El disco de las ganas

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. Lo llamo el disco de las ganas, y lo explico en la gramática de las ganas. Es un disco lleno de deseo frustrado, de querer ir a un sitio y no poder, de imaginar un planeta donde todo es más fácil.

Tiene lógica que esta canción viva ahí. En el planeta que imagino, nadie tendría que contestar a esa palabra porque nadie la usaría para juzgar. Mientras tanto, en este planeta, la respuesta más útil que he encontrado es el «sí». Es una manera de vivir ya un poquito como se viviría en Gayfolk, sin esperar a que llegue la nave.

Lo que no dice la canción

Hay cosas que no quise meter, y me alegro.

No quise dar explicaciones sobre cuántas veces, con quién o cómo. Eso es asunto de cada uno, y la canción no está para justificar ninguna vida concreta. No quise tampoco poner a un villano con nombre, a ese alguien que me llamó así un día. Habría sido fácil, y habría convertido la canción en un ajuste de cuentas más. Prefiero que el villano sea la palabra, o mejor dicho, el uso que se hace de ella.

Y no quise pedir perdón por el título. Hay quien piensa que poner algo así en una portada es buscar el escándalo para que te escuchen. Puede que haya algo de eso, no voy a hacerme el santo. Pero si escandaliza, el escándalo dice más del que se escandaliza que de mí. Si te quedan dudas sobre cómo trabajo, tienes las preguntas frecuentes de la web, y si no están ahí, me escribes.

Títulos que no se pueden decir en la radio

Tengo un catálogo lleno de títulos que no pasarían el filtro de una radio de las de antes. Hablé de eso en títulos largos y raros, aunque ahí me centro en los largos. Este es todo lo contrario: cortísimo y rotundo. Cuatro palabras, y la primera tiene dos letras.

No sé si algún día sonará en una emisora generalista. Probablemente no. Pero no lo escribí para eso. Lo escribí para que alguien, en su cuarto, con el móvil en la mano y una frase de mierda todavía clavada, lo vea en una lista de reproducción y piense: «Mira, alguien que contesta como me habría gustado contestar a mí».

Eso, para mí, vale más que una rotación en la radio.

Un «sí» para llevar

Te dejo con un ejercicio, si te apetece. La próxima vez que alguien te tire una palabra con intención de hacerte pequeño, prueba a contestar con un «sí» tranquilo antes de cualquier otra cosa. Sin gritar. Sin explicar. Solo «sí». Y mira qué cara pone.

No funciona siempre. Hay palabras que duelen demasiado para asumirlas así, de golpe, y hay situaciones en las que lo prudente es irse. Pero cuando funciona, funciona de maravilla.

Sí. Ya está. Siguiente.

Preguntas frecuentes

¿De qué va «Sí, soy una puta»? Es una afirmación sin rodeos: coge un insulto que se usa para juzgar a quien vive su deseo con libertad y lo asume con un «sí», sin pedir disculpas. El texto de la canción está en gayfolkplanet.com/letras.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.

¿Cómo es la portada? Un rancho a pleno sol con granero rojo y molino de viento, y una pareja vestida de vaqueros: él con camisa abierta y gafas de aviador, ella con camisa de cuadros y shorts.

¿Quién la ha hecho? La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con inteligencia artificial.

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