
Por Mike Sain't Louis ·
«Esto no es música»: Vas a escuchar un disco muy raro y el miedo eterno a lo nuevo
Hay una frase que ha sobrevivido a todas las modas, a todos los estilos y a todas las generaciones. Se ha dicho del jazz, del rock, del punk, de la movida, del reguetón y del trap. Se dice ahora de la música hecha con inteligencia artificial. La frase es más o menos esta: eso no es música, lo de antes sí que era bueno.
Vas a escuchar un disco muy raro se ríe de esa frase desde la primera línea. En la ficha de la canción ya hablé de su aire de cartel a la entrada de una fiesta y de lo bien que funciona como canción de apertura. Aquí quiero quedarme con un solo verso, el de los músicos liantes que no hacen las cosas como antes, y tirar del hilo. Porque detrás de ese verso hay una historia larguísima de prejuicios contra lo nuevo, y en mi caso esa historia es muy personal. La letra completa está publicada, y es mejor leerla con una sonrisa.
El aviso de la entrada
La canción empieza con una advertencia:
«Si vienes con prejuicios, échate a un lado» Es una frase que funciona como un portero de discoteca, pero al revés. No te impide entrar por tu aspecto. Te pide que dejes en la puerta tu manera de mirar.
Me gusta mucho ese arranque porque marca las reglas del juego desde el primer segundo. No hay engaño. Quien siga escuchando sabe que va a encontrarse algo distinto, y si decide quedarse, lo hace aceptando el trato. Es una forma honesta de empezar un disco: te digo lo que hay y tú eliges.
También tiene algo de reto. Decir que algo es muy raro es despertar la curiosidad. Nadie se aparta de verdad cuando le dicen que se aparte. Al contrario, se acerca un poco más para ver qué es eso tan raro que le estaban escondiendo.
La queja que nunca caduca
El verso central de la canción pone en boca de alguien escandalizado la queja de toda la vida:
«Esa mierda que hacen no es como la de antes»
Cualquiera que haya pasado una sobremesa familiar con la radio puesta conoce esa frase. La dice el abuelo cuando suena algo que no reconoce. La dice el padre que creció con otra música. Y, tarde o temprano, la acabamos diciendo todos, porque es casi una ley de la naturaleza: la música que escuchamos de jóvenes nos parece la buena, y la que viene después nos parece ruido.
Lo gracioso es que la frase es exactamente la misma generación tras generación. Cambian los estilos, cambian los instrumentos, cambian los aparatos para escuchar. La queja no cambia. Es una de las tradiciones más sólidas de la cultura popular.
Las caderas de Elvis
La historia de la música del siglo XX está llena de escándalos que hoy nos parecen ingenuos. Cuando Elvis Presley apareció en la televisión estadounidense en los años cincuenta, sus movimientos de cadera provocaron tanto revuelo que en una de sus actuaciones más famosas solo se le mostró de cintura para arriba. Hoy esas imágenes nos parecen de lo más inocentes.
Lo mismo pasó con el rock en general, acusado de corromper a la juventud. Y con muchos otros estilos después. Cada nuevo género llegaba acompañado de artículos alarmados, padres preocupados y expertos que anunciaban el fin de la música de verdad. Y cada uno de esos géneros acabó, con los años, convertido en clásico.
Esa es la ironía que la canción captura sin necesidad de explicarla. Los músicos liantes de hoy serán los clásicos de mañana. Y alguien, dentro de unos años, dirá que lo de ahora no es como lo de antes, refiriéndose precisamente a lo que hoy escandaliza.
La movida y sus críticos
En España tenemos nuestro propio capítulo de esta historia. En los años ochenta, la movida madrileña fue recibida por una parte de la sociedad como un despropósito. Grupos que apenas sabían tocar, estéticas imposibles, letras provocadoras. Para muchos, aquello no era música, era un escándalo.

Hoy la movida se estudia, se celebra en exposiciones y forma parte de la memoria sentimental del país. Las canciones que entonces parecían ruido son ahora las que suenan en las bodas. El tiempo tiene esa capacidad de convertir el escándalo en nostalgia.
Me hace gracia pensar que la tía escandalizada de la canción podría haber sido, cuarenta años antes, una de esas jóvenes que bailaban en los locales de la movida mientras sus padres se llevaban las manos a la cabeza. El prejuicio no es cosa de una generación concreta. Es algo que todos acabamos heredando a medida que cumplimos años.
La tía que se escandaliza
La canción tiene un personaje secundario delicioso: una tía con un apodo imposible a la que alguien sale corriendo a chivarse. Es un personaje inventado, como casi todos los de mis letras, pero cualquiera la reconoce. Es la tía de las bodas, la que lo comenta todo, la que siempre tiene una opinión sobre la ropa, la música y las costumbres de los sobrinos.
Lo que me gusta de ella es que no aparece nunca. Solo sabemos que alguien va a contarle lo que ha visto. Es una amenaza, más que un personaje. La autoridad moral de la familia, a la que se acude cuando algo se sale de lo normal.
En muchas familias españolas existe esa figura. La persona a la que se teme un poco, cuya opinión pesa más que la de los demás, y cuyo escándalo se anticipa con una mezcla de miedo y diversión. La canción la convierte en caricatura, con un nombre tan ridículo que es imposible tomársela en serio.
Chivarse
El verbo que usa la letra es muy de patio de colegio: chivarse. Ir corriendo a contarle a un adulto lo que han hecho los otros. Es un verbo infantil, y eso dice mucho del personaje que lo hace. Quien se chiva no discute, no argumenta. Se limita a buscar a alguien con más autoridad para que regañe.
Hay algo de esa actitud en muchos prejuicios. No se discute la música nueva, se denuncia. No se intenta entenderla, se la acusa ante una autoridad superior, sea la familia, la tradición o el buen gusto. La canción se ríe de ese gesto con un verbo que lo reduce a lo que es: una rabieta de crío.
Y lo mejor es que la canción no se defiende. No responde a la acusación. Simplemente sigue con su fiesta. Quien quiera chivarse que se chive, que aquí se va a seguir con el lerele.
Mi propio disco raro
Aquí tengo que hablar de algo que me toca de cerca. Hago canciones con inteligencia artificial. Escribo las letras, compongo y dirijo la producción, y la música y las interpretaciones se generan con herramientas de IA. Eso, para mucha gente, es exactamente el tipo de cosa que no es como lo de antes.
Lo he escrito yo mismo en la descripción de otra canción del catálogo, Outsider radical: me han dicho muchas veces que usar IA no es arte, que lo que hago no cuenta, que eso lo hace una máquina. Y en esa misma descripción planteaba una pregunta que sigo haciéndome: por qué nadie dice lo mismo de un pintor que usa pinceles o de un músico que usa un sintetizador.
Por eso Vas a escuchar un disco muy raro tiene para mí una lectura especial. Los músicos liantes de la canción podrían ser cualquiera. Pero también puedo ser yo, con mi manera de hacer canciones que a algunos les parece una trampa y a otros, simplemente, algo nuevo.
El sintetizador también fue sospechoso
La comparación con el sintetizador no es caprichosa. Cuando los sintetizadores empezaron a popularizarse, hubo músicos y críticos que los miraron con mucha desconfianza. Se decía que eran fríos, que no tenían alma, que cualquiera podía tocar con ellos sin saber música. Con el tiempo, se convirtieron en un instrumento más, y hoy cuesta imaginar la música pop sin ellos.

Algo parecido ocurrió con las cajas de ritmos, con el sampleo, con los programas de edición en el ordenador e incluso con la afinación automática en el estudio, que fue muy criticada y acabó siendo un recurso estético en sí mismo. Cada herramienta nueva despierta la misma sospecha: si la máquina hace parte del trabajo, ¿sigue siendo arte?
No pretendo resolver esa pregunta aquí. Solo quiero señalar que no es nueva. Cada generación se la ha hecho con su propia tecnología. Y la respuesta, hasta ahora, siempre ha dependido más de lo que se hace con la herramienta que de la herramienta en sí.
Tus letras son raras
Hay otra canción del catálogo que dialoga directamente con esta. En la descripción de Tus letras son basura escribí que durante años me dijeron que mis letras eran demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales. Que no encajaban.
Raro es una palabra que me han dedicado muchas veces, y que he acabado adoptando. Si algo es raro, es que no se parece a lo que ya existe. Y eso, para alguien que escribe canciones, no debería ser un insulto. Debería ser un objetivo.
Vas a escuchar un disco muy raro le da la vuelta a la palabra. Ya no es una acusación. Es un aviso orgulloso, casi un eslogan. Sí, es raro. Y si no te gusta, apártate, que hay gente detrás esperando para entrar.
El lerele
La parte más pegadiza de la canción es una palabra que no significa nada y lo significa todo: lerele. Sale de un juego de sonidos con otra frase de la letra y se repite una y otra vez, hasta que deja de ser palabra y se convierte en ritmo, en palmas, en jaleo.
Ese tipo de muletilla es muy de la rumba y de la fiesta española. Sílabas que no dicen nada pero que todo el mundo puede corear. Funcionan como una invitación a participar. No hace falta saberse la letra para unirse al lerele. Basta con dejarse arrastrar.
Me parece una respuesta perfecta al prejuicio. Frente a quien dice que la música de ahora no tiene sentido, la canción contesta con una palabra sin sentido repetida once veces seguidas. Es casi una provocación. Y, a la vez, es lo más antiguo del mundo, porque las canciones populares siempre han tenido estribillos así.
El que fuma disfruta
En medio de la canción hay una especie de refrán inventado que me hace mucha gracia: el que fuma disfruta y el que llora, pues eso, que llora. Es una frase con estructura de dicho popular, pero que termina con un encogimiento de hombros.
Esa forma de terminar las frases, dejándolas a medias con un pues eso, es muy del castellano hablado. No hace falta acabar la idea, el que escucha ya sabe lo que viene. Y en este caso lo que viene es una especie de filosofía de la tolerancia: cada cual a lo suyo, cada uno disfruta o sufre como quiere.
Conviene decirlo con claridad: la canción describe una escena, no da consejos de salud. Hay porros y hay humo, como en tantas canciones populares de muchas épocas, pero el centro de la letra no es el consumo. Es la actitud de quien se escandaliza frente a quien simplemente quiere pasarlo bien sin molestar a nadie.
Bienvenidos a Ámsterdam
Hacia la mitad, la canción se interrumpe para dar paso a una especie de locutor que da la bienvenida a los pasajeros como en un vuelo chárter, con una ristra de adjetivos que termina en uno muy rotundo. La ciudad elegida es Ámsterdam, y no por casualidad.

Ámsterdam tiene en el imaginario popular una imagen muy concreta. Canales, bicicletas, casas estrechas y, sobre todo, los coffeeshops, los locales donde la venta de pequeñas cantidades de cannabis se tolera desde hace décadas gracias a la política de tolerancia de los Países Bajos. Para mucha gente de aquí, decir Ámsterdam es decir libertad, o al menos una versión de ella.
También es una ciudad con una larga historia de apertura hacia la diversidad sexual. Los Países Bajos fueron el primer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, en 2001. No es raro que una canción sobre dejar los prejuicios en la puerta elija esa ciudad como destino.
El tono de azafata
Me encanta el registro de esa interrupción. Es el registro impersonal de la megafonía, ese tono amable y algo impostado con el que te dan la bienvenida en un avión o en un hotel. Y la canción lo usa para meter una ristra de adjetivos que empiezan siendo educados y acaban siendo de lo más bruto.
Ese contraste entre la cortesía y el exceso es muy de mi manera de escribir. Me gusta mezclar registros, pasar del lenguaje de folleto turístico al de la barra de bar en una sola frase. Es una forma de humor que funciona por sorpresa: crees que sabes por dónde va la frase y de repente se te escapa.
Un disco dentro de un disco
Hay algo curioso en el título, que la propia letra repite al volver al principio:
«Vas a escuchar un disco muy raro»
La canción se llama Vas a escuchar un disco muy raro, pero es una canción, no un disco. Funciona como una presentación, como el aviso que se pondría en la primera pista de un álbum. Y de hecho forma parte de Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk, un disco que habla de escapar a un planeta imaginario donde se puede ser como se es.
Visto así, la canción es una especie de puerta de embarque. El aviso antes de despegar. Si vienes con prejuicios, quédate en tierra. Si no, abróchate el cinturón, que nos vamos a Gayfolk, con escala en Ámsterdam.
Me gusta que el catálogo tenga canciones así, que funcionan casi como señales de tráfico. Indican la dirección, avisan de lo que viene y dejan claro que quien entra lo hace por su propia voluntad.
Otras canciones de humo y fiesta
La canción tiene parientes en el catálogo. Weed weed weed también juega con la hierba en el título, aunque desde un lugar mucho más íntimo, el de los días que pesan demasiado. Y Mejor hierba que guerra convierte el juego de palabras en lema.
En otro registro, Camela homenajea a un grupo que durante años fue despreciado por cierta crítica y adorado por millones de personas. Es otra forma de hablar de prejuicios musicales: lo que unos llaman hortera, otros lo llevan en el corazón.
Todas estas canciones comparten una misma actitud: no pedir permiso. Ni para disfrutar, ni para hacer la música que uno quiere, ni para escuchar lo que le da la gana.
Los liantes
La letra llama a los músicos «unos liantes», y la palabra tiene su gracia. Un liante es alguien que enreda, que complica las cosas, que arrastra a los demás a líos en los que no tenían intención de meterse. Es un insulto suave, casi cariñoso, de los que usan las madres cuando el amigo del hijo tiene pinta de traer problemas.

Llamar liantes a los músicos es reconocerles, sin quererlo, un poder. Si son capaces de liar a alguien es porque su música arrastra. Nadie llama liante a un aburrido. La acusación, bien mirada, es casi un piropo.
Y además tiene un doble sentido que la canción aprovecha más adelante, cuando habla de liar otra cosa. El juego de palabras está servido sin necesidad de subrayarlo. Es uno de esos detalles que me gusta dejar caer en las letras para quien los quiera recoger.
Échales un guante
Hay otra expresión en la letra que me encanta, échales un guante. Viene de la jerga carcelaria y callejera, donde echar el guante significa atrapar a alguien. Dicho por la tía escandalizada, suena a petición de detención inmediata: que alguien pare a esos músicos antes de que sigan haciendo de las suyas.
Esa exageración es muy cómica. Pedir que detengan a unos músicos por hacer una música distinta es el colmo del prejuicio, y la canción lo presenta así, sin comentarios. No hace falta explicar lo absurdo de la petición. Basta con ponerla en boca del personaje.
Por qué los prejuicios musicales importan
Puede parecer que los prejuicios musicales son algo menor, una manía de sobremesa. Pero a menudo esconden otras cosas. Cuando se desprecia un estilo, muchas veces se está despreciando a la gente que lo escucha: los jóvenes, los de barrio, los de otra clase social, los que tienen otro color de piel o otra orientación sexual.
La historia de la música está llena de ejemplos. Estilos nacidos en comunidades marginadas que fueron tachados de vulgares hasta que la industria descubrió que daban dinero. Música de discoteca asociada a la comunidad gay que fue objeto de campañas de rechazo. Lo que se dice de la música suele decir mucho de lo que se piensa de quien la hace.
Por eso me gusta que la canción se ría del prejuicio en lugar de discutir con él. La risa desactiva. Y deja claro que, en este disco raro, quien sobra no es el que es diferente, sino el que viene a juzgar.
Para quién es esta canción
Para quien alguna vez ha oído que su música no es música. Para quien hace cosas nuevas y está harto de justificarse. Para quien tiene una tía que todo lo comenta. Y para quien quiere empezar una fiesta dejando claro desde el principio que aquí no se juzga a nadie.
También para la tía, si se anima. Que pase, que se siente, que deje el bolso en el mueble del pasillo y que se quede al lerele.
Cómo escucharla
La canción está en la página de singles y en todas las plataformas, y se puede descargar desde la sección de descargas. Ponla al principio, cuando llegue la gente, para que todo el mundo sepa dónde se ha metido.
Como letrista, compositor y productor musical, esta canción me representa especialmente, porque habla de lo que me dicen a mí. La música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial, y sé que eso a algunos les parece raro. Precisamente por eso la escribí.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata Vas a escuchar un disco muy raro? Es una canción de presentación que avisa de que lo que viene es distinto y pide dejar los prejuicios en la puerta. Se ríe de quien se escandaliza con la música nueva, con una tía a la que alguien va a chivarse, unos músicos liantes y un estribillo de jaleo, el lerele.
¿Por qué aparece Ámsterdam? Hacia la mitad de la canción una especie de locutor da la bienvenida a Ámsterdam, una ciudad asociada en el imaginario popular a la tolerancia, a los coffeeshops y a la apertura hacia la diversidad.
¿Tiene relación con la música hecha con IA? La letra no lo menciona, pero la queja de que la música nueva no es como la de antes se parece mucho a las críticas que recibe la música creada con inteligencia artificial, que es como Mike Sain't Louis produce sus canciones.
¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.