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El buen samaritano y el pimiento caducado: lo que escondí en «Ni un pimiento»

Una bota de leñador aplastando pimientos rojos en el barro. Luna llena, una cabaña al fondo con la luz encendida y un hombretón con camisa de cuadros y un hacha en la mano. Parece el cartel de una película de terror de serie B de las que echaban en Antena 3 los sábados de madrugada. Es la portada de «Ni un pimiento», y el que pisa los pimientos no soy yo. O sí. Depende del verso.

Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y esta canción tiene trampa desde el título. «No vale un pimiento» es lo que decía cualquier abuela de cualquier pueblo de La Mancha de algo que no sirve para nada. Pues eso mismo, dicho de un ex, con todas sus consecuencias hortícolas. La ficha de la canción ya resume su recorrido. Aquí quiero contar lo que escondí dentro, que es bastante más feo y más gracioso de lo que parece a la primera escucha: un buen samaritano que recogió del suelo algo que no debía.

Un póster de autoayuda en la consulta del dentista

La canción empieza con una pregunta de filósofo de terraza a las dos de la tarde: por qué parece que nada importa ya. Y sigue con frases que podrían estar enmarcadas en la sala de espera de un dentista de Alcorcón, entre el póster de la boca con caries y la revista ¡Hola! de hace tres años. Cupido dispara y falla. Se cruzan los dedos. Se reza al vecino. Si algo malo viene, no te asustes, que eres un guerrero.

La letra lo dice así, con ese tono de taza de desayuno de Mr. Wonderful, de coach de LinkedIn que te explica cómo convertir el dolor en oportunidad. Me apetecía coger el idioma de la autoayuda y meterle un pimiento dentro, como quien rellena un pimiento del piquillo con algo que no es bacalao.

El estribillo tiene todavía ese aire de frase motivacional: «No vale un pimiento llorar por el pasado». Mejor reír alto, que el mundo está marcado. Lo que te han dejado es lección tatuada. Si lo lees deprisa, parece que estás en un taller de crecimiento personal de los que se anuncian en las farolas de Lavapiés.

Lo lees despacio y ya huele a otra cosa.

Caducado, de segunda mano y toqueteado

La segunda vuelta del estribillo se tuerce, y es donde me lo paso mejor. Escribí: «Si es que encima estaba caducado y era de segunda mano». Y para rematar, toqueteado.

Ese «si es que encima» es de discusión de cocina, de madre que se queja de lo que has traído del mercado. No solo no vale un pimiento llorar por el pasado: es que el pasado, encima, estaba pocho. Como esos pimientos que compras en oferta en el Día, con una mancha blanda por un lado, que te juras que vas a usar mañana y que acaban en la basura con la piel arrugada como un acordeón.

Caducado, de segunda mano, toqueteado. Es la descripción de un ex hecha con el vocabulario de Wallapop y de la frutería. Y me encanta porque no tiene nada de épico. En las canciones de desamor de toda la vida, el ex es un ángel caído, un amor imposible, una herida eterna. En esta, el ex es un producto con la fecha vencida que alguien ya había manoseado antes que yo. Le bajo del altar a la nevera.

El buen samaritano

Y aquí viene lo que escondí, que es lo que me hace reír y me da vergüenza a la vez. Lo escribí así: «Y yo como soy el buen samaritano / Lo salvé cuando lo habían descartado».

Fotogramas del videoclip oficial de «Ni un pimiento», de Mike Sain't Louis

El buen samaritano soy yo. El de la parábola, el que se para en el camino a ayudar al que está tirado en la cuneta. Solo que en mi versión lo que estaba tirado en la cuneta era un pimiento caducado, y yo me lo llevé a casa convencido de que era una obra de caridad.

Le habían tirado al suelo, sigue la letra, y estaban a punto de aplastarlo con las botas del malo. Ahí está la bota de la portada, por cierto. Y yo llegué corriendo, como una monja de la Madre Teresa con mandil, a rescatarlo de la bota. ¡Qué santo! ¡Qué generosidad!

Qué pardillo.

Es el complejo de salvador, que es una de las trampas más viejas del mundo y una de las que más se repiten en las historias con narcisistas. Ves a alguien roto, descartado, pisoteado, y piensas que contigo será diferente, que tú lo vas a arreglar. Y lo recoges. Y resulta que lo habían descartado por algo. En «La ley de la exageración» hablo de la víctima salvadora como un tipo de narcisista; aquí el salvador es el narrador, o sea yo, con una ingenuidad de manual de primero de pardillo. Le dedico a eso la canción entera, y me río de mí antes que nadie, que es lo único decente que se puede hacer.

Ni una pizca de sal

Antes del pimiento, la canción ya usa la cocina como unidad de medida. El sufrimiento, dice uno de los primeros versos, no vale ni una pizca de sal. Me gusta esa forma de pesar el dolor con la cuchara de las recetas de la abuela, la que no medía en gramos sino en pizcas, puñaditos y chorritos.

Una pizca de sal es lo mínimo que se le echa a un guiso. Decir que el sufrimiento no vale ni eso es rebajarlo a la nada, pero de una manera muy doméstica, muy de Karlos Arguiñano explicando una tortilla. Y prepara el terreno para lo que viene: si el dolor se mide en sal, el ex se mide en pimientos. Toda la canción es una despensa.

Me hace gracia porque es una forma de quitarle épica a algo que normalmente se cuenta con violines. Las grandes baladas de desamor hablan de océanos de lágrimas y de cielos que se caen. Yo hablo de una pizca de sal. Es más pequeño, y por eso es más verdad. Nadie ha llorado un océano. Una pizca, en cambio, cualquiera.

El ángel caído es otro

Hay un detalle de estructura que me gusta mucho y que casi nadie nota. La expresión del buen samaritano aparece dos veces en la canción, y no se refiere a la misma persona.

La primera vez va dirigida a quien escucha. Si algo malo viene, no te asustes, mi hermano, que eres un ángel caído, un buen samaritano. Es un piropo de barra de bar, de amigo que te da una palmada en la espalda a las tres de la mañana en el Penta mientras te dice que vales mucho. Ahí el samaritano es una virtud.

La segunda vez, en la segunda mitad, el samaritano soy yo, y ya no es una virtud. Es la explicación de por qué me llevé a casa el pimiento pocho. La misma palabra, primero como elogio y luego como diagnóstico. Lo que en la primera estrofa sonaba a medalla, en la segunda suena a multa.

Eso es algo que hago mucho: plantar una palabra con un sentido y recogerla con otro. Como la vecina cotilla de «¡Eso es lefa!», que parece de relleno y acaba gritando el título. Aquí el truco es más discreto, pero está. Y quien lo pilla tiene la sensación de que la canción le guiña un ojo.

Mi hermano

Lo de mi hermano también tiene su aquel. En toda la primera parte la canción le habla a un colega, a un igual, con ese tono de consejo que se da en las terrazas de verano con la tercera caña. No te asustes, mi hermano. Ríe alto. Eres un guerrero.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y yo como soy el buen samaritano Lo salvé cuando lo habían descartado» de «Ni un pimiento»

Es el tono de quien consuela a otro sin darse cuenta de que el consejo también es para sí mismo. Hay mucho de eso en las amistades maricas: nos pasamos la vida diciéndole a la amiga que lo deje, que no le conviene, que vale mucho más, mientras nosotros seguimos contestando los mensajes del nuestro a las dos de la mañana. La canción empieza consolando a otro y acaba confesando lo propio.

Ese paso del tú al yo es la columna vertebral de la letra. Y es también la autoparodia más fina que tiene.

Camisa de cuadros y hacha

Vuelvo a la portada, que la dirigí con mucha guasa. El hombretón de la camisa de leñador, la barba, el hacha, la bota de montaña aplastando los pimientos rojos que reventaban en el barro como tomates en la Tomatina de Buñol. Detrás, la cabaña con la luz encendida y la luna llena, de película de hombres lobo.

Es una imagen de masculinidad de catálogo, de anuncio de colonia para el Día del Padre o de cuenta de Instagram de oso del Bear Pride de Chueca. Y me divierte porque la canción no tiene nada de leñadora. Es una canción de frutería, de nevera, de sellador al vacío. Ponerle de portada a un tío con hacha es como ponerle a «Ni un pimiento» un tráiler de Viernes 13.

Pero también tiene su lectura. El malo de la letra, el de naturaleza violenta, es el de las botas. Y en la portada, las botas están en primer plano, pisando. Quien quiera ver ahí al ex, que lo vea. Quien quiera ver al narrador, harto ya de recoger pimientos del suelo y decidido a pisarlos él, también puede. A mí me gustan las dos lecturas. Las portadas del catálogo completo están en la página de singles.

Las muertes son buenas, pero qué lenta

Hay una frase en la letra que es puro humor negro y que no cito literal porque ya llevo mis versos gastados. Habla del malo de naturaleza violenta y de las botas, y suelta de pasada que las muertes son buenas, sí, pero qué lenta.

Esa línea es de película de Álex de la Iglesia. Una broma cruel dicha con la naturalidad con que se comenta el tiempo en el ascensor. No va contra nadie concreto: es la exageración de alguien que ha visto cómo pisaban algo y, en vez de llorar, comenta la técnica del pisotón. El terror como metáfora del amor es una de mis herramientas favoritas, y aquí aparece en miniatura, en media línea, como un susto en mitad de una comedia.

La portada recoge esa media línea y la hace enorme. El leñador con el hacha, la luna llena, la cabaña en el bosque. Si «La matanza de Texas» tuviera una sección de frutería, sería esta.

La estafa emocional

Entre una broma y otra, la letra mete una frase seca que me importa mucho: que la estafa emocional ya te la han dado. Así, como quien dice que ya te han cobrado la entrada.

Collage con un detalle de la carátula de «Ni un pimiento» y las carátulas de «Vota Malena Gracia», «La de la Capilla Sixtina»

Estafa es una palabra de juzgado y de telediario. La usamos para los timos de la estampita, para los fondos de inversión que se evaporan, para el señor que vende el puente de Toledo a un turista. Usarla para una relación le quita todo el romanticismo. No fue un amor que salió mal. Fue un timo. Te vendieron una cosa y te dieron otra, y encima era de segunda mano.

Ese giro, del chiste al diagnóstico, está en casi todas mis canciones de ex, y aquí cae justo en mitad del estribillo, como una piedra en un plato de lentejas. Muerdes tranquilo y de repente te duele una muela.

Un congelador portátil y un sellador al vacío

Y luego viene mi momento favorito, que es pura comedia doméstica. Lo escribí así: «Serás más feliz con un congelador portátil» paseando de la mano, y con un sellador de bolsas al vacío.

Hay pocas imágenes que me hagan más gracia que alguien paseando por el Retiro de la mano de un congelador portátil. Me imagino al congelador con ruedas, enchufado a un alargador larguísimo, y a la gente mirando. Es la teletienda de los noventa convertida en terapia de pareja. Antes que volver con el pimiento caducado, mejor un electrodoméstico que al menos conserva lo que le das.

Y ahí está la gracia, en el verbo conservar. El congelador conserva. El sellador al vacío conserva. Lo que el ex no hizo nunca fue conservar nada: ni la confianza, ni el cariño, ni los años. Le estoy diciendo que un aparato de Lidl de cuarenta euros es mejor pareja que él, y se lo digo con toda la ternura de una vendedora de Tupperware.

Me parece de lo mejor que he escrito sobre el desamor. Y lo digo con la boca pequeña, porque es una broma sobre electrodomésticos.

El beso que no se va a dar

El final de la canción no se corta un pelo. Le llama ladrón de años, infecto, un elemento. Y remata con una comparación escatológica que no voy a reproducir aquí, pero cuya conclusión es clara: antes cualquier cosa que darle un beso.

Es un final de los que hacen que la gente se tape la boca en el coche. Lo escribí bruto porque la canción lo pedía. Después de tanto consejo de taza motivacional, de tanto buen samaritano y tanto congelador, hacía falta un portazo que sonara a portazo. Y en Planeta Gayfolk los portazos suenan así, con olor.

Lo de ladrón de años conecta con otra canción mía, la de los dos ladrones que me robaron veinte años del tirón. El tiempo robado vuelve una y otra vez en mis letras. Es lo que más rabia me da de todo esto, y no lo escondo: lo de menos es lo que dijeron o hicieron, lo de más es el calendario.

Por qué la autoayuda me da tanta risa

Me río mucho del lenguaje de la autoayuda, y esta canción es la prueba. No porque esté en contra de cuidarse, faltaría más. Me río porque ese lenguaje promete soluciones de taza a problemas de cuchillo. Te dice que eres un guerrero cuando lo que necesitas es una mudanza. Te dice que todo pasa por algo cuando lo que pasó fue un timo.

Escribí sobre la vergüenza ajena como herramienta en «La vergüenza ajena como herramienta para escribir», y aquí la uso a lo grande. La primera parte de la canción, con su tono de coach, da un poco de vergüenza ajena a propósito. Y luego la canción se ríe de esa vergüenza, se quita el traje de motivador y se pone el delantal de frutera indignada.

Esa mezcla es muy mía. Lo solemne y lo cutre en la misma frase, el gurú y el Mercadona, el ángel caído y el pimiento pocho.

Un disco de ganas de irse

La canción pertenece a *Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK*, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Es el disco de las ganas de largarse a otro sitio, de dejar atrás lo que no sirve. Y si algo no sirve, es un pimiento caducado en la nevera.

Ficha de la canción «Ni un pimiento» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En el catálogo de 273 singles es la pista 175. Justo antes va «Vota Malena Gracia», que es una campaña electoral de mentira para una diva de verdad. Justo después, «La de la Capilla Sixtina». De la política de purpurina a la frutería, y de la frutería al Vaticano. Me encanta que mi catálogo, puesto en fila, parezca el zapping de un domingo por la tarde.

Si quieres escuchar los tres discos en orden, tienes la guía para escuchar la trilogía de principio a fin.

Lo que pone la máquina y lo que pongo yo

La letra es mía, del pimiento al sellador al vacío. Las palabras, las imágenes, el orden en el que la canción pasa de póster de autoayuda a portazo con olor. La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir, y yo elijo qué versión se queda y cuál se tira.

En esta, el trabajo de elegir fue sobre todo de tono. Necesitaba que la primera parte sonara a canción animosa de verdad, de esas que ponen en los gimnasios, para que el giro hacia el insulto pillara a contrapié. Si la base hubiera sonado amarga desde el principio, el chiste del coach no habría funcionado. Sobre ese trabajo de elegir entre versiones escribí en «El oficio de descartar». Y en mi página de presentación cuento cómo trabajo en general.

La familia de los objetos de cocina

«Ni un pimiento» no es la única canción mía con electrodomésticos y alimentos. Planeta Gayfolk está lleno de cosas de casa: croquetas en un crucero, gofio canario, un táper, un ventilador que esparce porquería, un calcetín que mide la decepción. Me gusta contar el amor con objetos que se compran en el supermercado, porque el amor, al final, también se vive entre la nevera y el fregadero.

Escribí sobre eso en «Canciones para fregar los platos: el pop doméstico y la vida pequeña». Esta canción es quizá el ejemplo más claro. Un desamor contado con la lista de la compra: pimiento, sal, congelador, bolsas de vacío. Si un día pierdo la letra, la puedo reconstruir con el ticket del Mercadona.

Para escucharla con la nevera abierta

Mi recomendación es literal. Escúchala mientras ordenas la nevera. Saca lo caducado. Tira lo que lleva una semana en el cajón de las verduras con la piel arrugada. Y si tienes un sellador al vacío, úsalo con orgullo, como quien cumple una promesa.

No te va a devolver los años. Pero vas a terminar con la nevera limpia y riéndote, que es más de lo que consiguen muchos talleres de crecimiento personal de setenta euros.

La letra entera está en su página de letras, y todas las demás, en el archivo de letras de esta web. Para escucharla, Spotify o el videoclip en gayfolkplanet.com.

Lo que de verdad no vale un pimiento

Al final, la canción dice que no vale la pena llorar por el pasado. Y es verdad a medias, como todos los refranes. Llorar sí vale algo: vale para darte cuenta de lo que pasó. Lo que no vale un pimiento es seguir llorando por algo que ya estaba caducado cuando lo recogiste.

Esa es la única moraleja que me permito, y me la aplico a mí primero.

La próxima vez que vea algo tirado en la cuneta, miraré la fecha antes de llevármelo a casa.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Ni un pimiento» de Mike Sain't Louis? Empieza como una canción de autoayuda, «No vale un pimiento llorar por el pasado», y se convierte en una burla del ex: algo caducado y de segunda mano que el narrador rescató creyéndose un buen samaritano. Propone, antes que volver, ser feliz con un congelador portátil.

¿En qué disco está «Ni un pimiento»? En Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles es la pista 175, entre «Vota Malena Gracia» y «La de la Capilla Sixtina».

¿Qué significa el título? Viene de la expresión popular «no vale un pimiento», es decir, no vale nada. La canción la aplica a llorar por un pasado que, según la letra, ya estaba caducado.

¿Quién escribió «Ni un pimiento»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.

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