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Caras de neón y chaquetas de charol: el videoclip de «Toxina coreana», donde las amigas de la letra son chicos

Si solo lees la letra de «Toxina coreana», te imaginas una terraza. Dos amigas, un café, una que llega con mala cara y otra que se lo suelta sin anestesia. Si pones el videoclip, te encuentras otra cosa: un desfile de chicos con la piel brillante como el cristal, iluminados por aros de neón rosa y azul, con chaquetas de charol, cadenas doradas y algún traje de flores. No hay terraza, no hay café y casi no hay amigas. Y, sin embargo, todo encaja.

El clip se estrenó en YouTube el 17 de noviembre de 2024 y dura cuatro minutos y cuarenta y cinco segundos. Pertenece al primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y de hecho termina con la portada de ese disco. Ya escribí sobre la letra, sobre la confesión final y el dedo que se da la vuelta. Hoy quiero hablar solo de lo que se ve.

El cartel: un nombre de producto

El vídeo arranca con el título en letras blancas, enormes y redondeadas: «TOXINA COREANA». Encima, en una letra cursiva pequeña, mi nombre. Debajo del cartel ya se adivina una cara con luz rosa y azul. Tiene algo de anuncio, de envase de crema, de logotipo de clínica. Y es justo lo que quería: que el título pareciera el nombre de un producto que alguien se compra para dejar de tener mala cara.

Enseguida empiezan los primeros planos. Un chico joven, de pelo corto y oscuro, mira a cámara rodeado de un aro de neón azul. La piel le brilla. No tiene una sola marca, ni una ojera, ni una arruga en la frente. Le siguen otros planos muy cerrados, casi pegados a la cara: los ojos, la nariz, los labios. En uno se ve solo la mitad de una mirada, con unas pestañas perfectas y una luz morada reflejada en la pupila.

Esa forma de empezar dice mucho de la canción. La letra va de una cara que alguien juzga. El vídeo te pone esa cara delante, enorme, sin escapatoria. Tú eres la amiga sincera. Tú estás mirando.

Caras sin una arruga

Durante buena parte del clip, lo que vemos son retratos. Un chico con barba de pocos días bajo una luz rosa intensa. Otro con una chaqueta de lentejuelas y varias cadenas de oro, en una habitación de paredes turquesa y rosa. Otro sonriendo de oreja a oreja delante de un fondo de formas geométricas de colores, como un papel pintado de los ochenta. Otro con bigote, bañado en una luz verdosa.

Todos tienen algo en común: la piel. Es una piel de anuncio, lisa, brillante, sin poros, como si estuviera barnizada. Hay planos en los que la cara parece de porcelana. Y cuando la canción dice:

Oye tía las ojeras se te marcan

el vídeo hace la broma contraria. En pantalla no hay ni una ojera. Todo el mundo ha pasado por el filtro, por la crema, por la jeringuilla o por las tres cosas. Las caras del clip son el resultado de lo que la letra critica. Son la amiga embotada multiplicada por veinte.

Me gusta esa ironía porque no hace falta subrayarla. El vídeo no enseña ni una aguja ni una consulta. No hay batas blancas, ni camillas, ni antes y después. Solo el después, una y otra vez, hasta que te das cuenta de que tanta perfección empieza a dar un poco de miedo.

El chico de los cuadros de colores

Hay un plano que me encanta y que he elegido para la portada de este artículo. Un chico con el pelo rubio platino peinado hacia arriba, los labios pintados de rosa, las cejas muy marcadas y varias cadenas doradas sobre una camisa de cuadros enormes: amarillo, rosa, verde, azul. Está de pie en un pasillo infinito, debajo de unos arcos de neón de colores, con un suelo de baldosas rosas y negras que se pierde en el fondo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Toxina coreana», de Mike Sain't Louis

Es el plano más pop de todo el vídeo, y también el más gayfolk. Ahí está todo: el exceso, la purpurina, el color sin miedo, la pose de quien sabe que le están mirando y le encanta. Si la letra tuviera una protagonista con cuerpo, sería él. No sé si se ha pinchado algo, y da igual. Lo que lleva encima es la actitud de la frase castiza con la que la protagonista corta en seco cada comentario de sus amigas.

Ese suelo de damero vuelve en otros momentos. En un pasillo largo con luces de colores en el techo, un chico rubio camina mirando hacia un lado mientras al fondo pasa gente desenfocada. En otro, dos hombres se miran frente a frente, muy cerca, en ese mismo pasillo. El damero funciona como un tablero de juego: todos están colocados en su casilla, posando, esperando a que alguien les diga cómo están hoy.

Las amigas son chicos

Este es el detalle que más me divierte del clip. La letra está escrita en femenino: «tía», «amiga del alma», «amiga la sincera», «amiga embotada». Pero en el vídeo, la inmensa mayoría de las personas que aparecen son hombres. Chicos jóvenes, chicos con barba, chicos con chaqueta de cuero, chicos en pareja.

Para quien no esté acostumbrado, puede parecer una contradicción. Para cualquiera que haya pasado un rato en un grupo de amigos gais, es lo más normal del mundo. Entre nosotros, el «tía» y el «amiga» se usan constantemente, con cariño y con guasa. Un «qué mala cara tienes, tía» entre dos chicos no sorprende a nadie que haya salido con un grupo de amigos del ambiente. El vídeo no traduce la letra: la devuelve a su sitio natural.

Por eso los planos de parejas tienen tanta fuerza. Dos chicos con chaquetas de charol brillante, uno al lado del otro, mirando a cámara. Dos chicos caminando por una calle de ciudad, uno con bufanda y gafas de sol. Dos chicos con trajes de cuero y gafas oscuras, serios, como en la portada de un disco. Dos chicos con el pelo rizado, juntos, sonriendo. Cada pareja es un par de amigas de la letra: la que te quiere sin condiciones y la que ha decidido que la verdad en crudo también es cariño.

Lo cuento también en otro artículo, el de los diálogos que se cuelan dentro de mis canciones: me gusta que mis letras suenen a conversación de verdad. En «Toxina coreana» esa conversación es la de un grupo de amigos que se conoce demasiado bien, y el vídeo le pone caras.

Las dos chicas de gala

No es que no haya mujeres. Las hay, y aparecen en momentos muy concretos. Hay un plano de dos chicas muy maquilladas, una rubia de melena ondulada y otra morena de pelo rizado, con vestidos de palabra de honor brillantes y collares de cristales. Sonríen a cámara pegadas una a la otra, con la sonrisa de dos amigas en un photocall.

Son, por fin, las amigas literales de la letra. Y lo que más me gusta es que el vídeo las pone en el mismo plano que a todos los demás: con la misma luz, el mismo brillo, la misma piel de cristal. No hay diferencia entre ellas y los chicos. En este planeta, todo el mundo es la amiga de alguien.

Más adelante aparece otra pareja: un chico de tupé rubio platino y una chica de melena rosa, los dos con trajes metalizados en morado y dorado, de solapas enormes, delante de una pared blanca con cubos de neón. Parecen dos estrellas de un programa de los noventa, posando antes de salir a escena. Si alguna vez te has preguntado cómo sería la amiga sincera vestida para una gala, es ella.

La pelirroja del moño

Hay un plano que se te queda grabado. Una mujer con el pelo naranja recogido en un moño enorme, maquillaje muy marcado, un collar de plata ancho al cuello y un vestido brillante. Delante, muy cerca, casi rozándole la nariz, un chico moreno con una camisa negra de brillo. Se miran de frente, a dos centímetros. No sabemos si van a besarse, a discutir o a contarse un secreto.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Amiga mía, amiga embotada» de «Toxina coreana»

Yo lo leo como el momento de la canción en el que todo se pone tenso:

Llevas inyectados tres mil euros en la cara

Esa frase es la estocada. Es lo que nunca se dice a la cara y que la amiga sincera suelta sin pestañear. En el clip, ese cara a cara entre la pelirroja y el chico tiene la misma tensión: dos personas que se conocen tanto que pueden decirse cualquier cosa, y que justo por eso tienen que medir lo que dicen. Me hace gracia imaginar que es él quien le suelta lo de los tres mil euros. O ella a él. El plano no lo aclara, y es mejor así.

Los tres trajes de flores

En dos momentos del vídeo, uno a la mitad y otro casi al final, aparecen tres chicos con trajes de chaqueta estampados con rosas grandes, pajarita negra y el pelo peinado hacia atrás. Están muy juntos, mirándose entre ellos, y detrás de ellos flotan planetas: uno con anillos, otro azul, otro anaranjado. El fondo es un cielo rosado lleno de estrellas.

Quien conozca la portada del primer disco de la trilogía los reconocerá enseguida. Son los mismos tres chicos de traje de flores que aparecen en la carátula de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y el vídeo se cierra precisamente con esa portada: los tres chicos, una luna rosa enorme detrás, el título del disco y mi nombre arriba.

Para mí, ese cierre es una forma de decir: esta canción no es un chiste suelto, es parte de un mundo. «Toxina coreana» vive en el mismo planeta que el resto de canciones del primer disco, un planeta donde la gente se arregla, se mira, se critica y se quiere a la vez. He escrito sobre ese disco y su manera de mirar los cuerpos sin convertirlos en objetos, y este vídeo es un buen ejemplo de esa mirada: muchos cuerpos bonitos, muchas caras perfectas, y una canción que se ríe de la obsesión por tenerlas.

El chico que mira al suelo

Entre tanto brillo hay un par de planos que rompen el ritmo. Un chico de pelo castaño, con el flequillo cayéndole sobre la frente, que baja la cabeza y mira al suelo. No sonríe, no posa. Está en un sitio con luces cálidas, desenfocadas, y parece cansado.

Es el único momento en que el vídeo enseña algo parecido a una mala cara. Y me parece importante que esté ahí. Porque la canción empieza con la protagonista diciendo:

Es que no he dormido nada

Detrás de cada chiste sobre ojeras hay alguien que de verdad no ha dormido. Detrás de cada retoque hay alguien que un día se miró al espejo y no se gustó. El vídeo, que es casi todo purpurina, se permite unos segundos de esa verdad. Luego vuelve el neón, pero el plano ya lo has visto.

Los retratos del final

La segunda mitad del clip se vuelve cada vez más íntima. Desaparecen las parejas y los pasillos, y quedan solo caras, una detrás de otra, iluminadas por líneas de neón rosa y azul que cruzan el fondo en diagonal. Un chico de pelo rapado a los lados con purpurina en la mejilla. Otro que sonríe con los ojos cerrados. Otro de perfil, con la luz recortándole la mandíbula. Otro sin camiseta, de frente, con la piel brillando de sudor o de aceite.

Collage con un detalle de la carátula de «Toxina coreana» y las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Mirror», «El espejo de enfrente», «Envejecer»

Estos retratos coinciden con la parte de la letra que lo cambia todo:

Y ahora ha llegado el tiempo de confesar, voy a decir la verdad, ya no me callo, yo ya no me callo, ¿para qué desmentir?

Los planos se cierran. La cámara se acerca a las caras como si quisiera leerlas. Y cuando llega la frase final, «La amiga soy yo», el vídeo ya no necesita enseñar a nadie en concreto. Cualquiera de esas caras podría ser la de la amiga embotada. Cualquiera podría ser la mía. Esa es la gracia del giro: quien acusaba acaba acusándose, y de repente todos los que estábamos mirando estamos también dentro de la pantalla.

Por qué no hay jeringuillas

Lo que más me llama la atención, viendo el clip con calma, es lo que no sale. No hay una clínica. No hay una enfermera con una jeringuilla, ni un espejo de camerino con bombillas, ni una foto de antes y después. Un vídeo así de literal habría convertido la canción en un anuncio o en una burla contra quien se pincha, y la canción no es ninguna de las dos cosas.

«Toxina coreana» no va contra el bótox. Va de la amistad que te lo dice todo, de las excusas que ponemos y de lo fácil que es ver en los demás lo que no queremos ver en nosotros. El vídeo, al llenar la pantalla de caras perfectas sin enseñar cómo se consiguieron, deja que cada uno se haga su propia película. Puede que todos esos chicos se hayan pinchado. Puede que ninguno. Lo que está claro es que todos se miran mucho, y que todos quieren que los miren.

En mi universo hay otras canciones que se fijan en las caras y los espejos, como «Mirror» o «El espejo de enfrente», y alguna que mira el paso del tiempo con más ternura, como «Envejecer». «Toxina coreana» es la más gamberra de todas. Es la que se ríe primero, para que nadie pueda reírse antes.

La canción detrás del vídeo

La letra y la producción son mías; la música e interpretación vocal están hechas con IA. Lo digo porque me importa que se entienda dónde está mi trabajo. En esta letra está, sobre todo, en el oído para la conversación: el «tienes mala cara», el «no he dormido nada», el apodo guardado en el móvil. Son frases que cualquiera reconoce porque las ha dicho o se las han dicho.

El estribillo funciona como una cancioncilla de patio, con su rima fácil en «-ada» que se repite hasta pegarse: embotada, coreana, levantada. Y remata con una imagen muy física, muy de cómic: alguien que sale de la consulta con una ceja más alta que la otra y cara de sorpresa permanente. El vídeo no la ilustra, pero no le hace falta. Después de ver tantas caras perfectas, la ceja levantada la pones tú.

El montaje: dos segundos por cara

Hay algo del clip que solo se nota cuando lo ves despacio: casi ningún plano dura más de dos o tres segundos. Las caras se suceden muy deprisa, como cuando pasas fotos en una aplicación de citas o en las historias de alguien. Una cara, otra, otra más. No te da tiempo a encariñarte con ninguna. Solo a juzgarlas.

Ficha de la canción «Toxina coreana» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Ese ritmo es una forma de meterte dentro de la canción. Las dos amigas de la letra no hacen otra cosa que mirar y opinar: mala cara, ojeras, cara de cabreo. El montaje te obliga a hacer lo mismo. Cada dos segundos te llega una cara nueva y, sin querer, ya has decidido si te parece guapa, operada, natural o cansada. Al final del vídeo te das cuenta de que llevas casi cinco minutos haciendo de amiga sincera.

También me gusta que algunas caras vuelvan. El chico del aro de neón del principio reaparece más tarde. Las parejas se repiten con pequeñas variaciones de luz. Los tres trajes de flores salen dos veces. Es como el estribillo de la canción, que vuelve tres veces casi igual: la repetición hace que lo que parecía un chiste se convierta en un retrato de grupo.

Rosa y azul

La paleta del vídeo es muy reconocible. Rosa fucsia, azul eléctrico, algún toque de turquesa y de verde ácido, y mucho dorado en cadenas y collares. Son los colores de las discotecas de los ochenta, de los carteles luminosos y de las portadas de revista de belleza. Casi no hay negro ni blanco puro: todo está teñido, todo brilla.

En la letra no se habla de colores, pero el clip los usa para contar algo. La luz de neón favorece a todo el mundo. Borra las ojeras, alisa la piel, pone un brillo en los ojos que de día no existe. Es, en cierto modo, otra toxina: una que no se inyecta, que se enciende. Cuando la canción habla de la cara cansada de quien no ha dormido, el vídeo responde con la luz que lo disimula todo. Y esa respuesta es tan exagerada que acaba siendo una crítica.

Lo que me llevo del clip

Cuando vuelvo a verlo, lo que más me hace sonreír es la mezcla. Purpurina y cansancio. Parejas de amigos y caras solas. Planetas de fondo y pasillos de discoteca. Es un vídeo que parece superficial a primera vista y que, cuanto más lo miras, más se parece a la canción: una broma con algo de verdad dentro.

Me llevo también una idea sobre el primer disco. «Toxina coreana» está rodeada en él de canciones que hablan de cuerpos, de deseo, de apps y de miradas, y el vídeo resume bien ese tono: mucha piel, mucho color y una sonrisa torcida detrás. Si es la primera canción del planeta que descubres, te recomiendo seguir con la guía para escuchar la trilogía de principio a fin, porque las canciones se entienden mejor juntas, igual que las caras de este clip.

Y una última cosa. Cada vez que alguien me dice «oye, tienes mala cara», ahora me acuerdo de este vídeo y de su desfile de pieles de cristal. Me río, porque sé que la cara perfecta no existe fuera del neón. Y porque, como dice la canción al final, la amiga embotada, la cansada y la que juzga muchas veces somos la misma persona.

Si quieres verlo, está en la página de videoclips, junto al resto. La letra completa la tienes en la sección de letras. Y si te apetece leer otra cara de la misma canción, en este artículo cuento lo que tiene que ver con salir del armario de adulto.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Toxina coreana»? Sobre todo primeros planos de chicos con la piel muy brillante iluminados por aros y líneas de neón rosa y azul, parejas de amigos con chaquetas de charol y cadenas doradas, un pasillo con suelo de damero y arcos de neón, dos chicas de gala, una pelirroja de moño naranja frente a un chico de negro y tres chicos con trajes de flores entre planetas. Termina con la portada del primer disco.

¿Cuándo se estrenó? El 17 de noviembre de 2024 en YouTube. Dura cuatro minutos y cuarenta y cinco segundos.

¿Por qué salen chicos si la letra habla de amigas? Porque entre amigos gais el «tía» y el «amiga» son de uso diario. El vídeo devuelve la conversación de la letra al grupo de amigos donde se suele oír.

¿La canción critica a quien se pone bótox? No. Se ríe de la obsesión por la cara perfecta y de la amiga que lo dice todo, y al final la protagonista confiesa que la embotada es ella. La crítica se incluye a sí misma.

¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía. El videoclip se cierra con su portada.

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