
Por Mike Sain't Louis ·
«Las personas no son simples objetos»: «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y el catálogo de cuerpos
Hay canciones que se entienden mejor empezando por el final. «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» es una de ellas. Durante casi toda su duración es una sátira feroz de las aplicaciones de ligue: un personaje que se cree dios va bloqueando a todo el que no le parece perfecto, con una lista de defectos que da vergüenza ajena. Y al final, cuando ya no puedes más de tanto «eres gordo, eres calvo», la canción cambia de planeta. Literalmente.
En la última estrofa aparece una frase que lo resume todo: «Y las personas allí no son simples objetos». Esa frase es la clave de la canción, y la que da sentido al nombre del primer disco de la trilogía, que se llama igual. Este blog ya tiene un post que la lee como sátira de la plumofobia y de las apps, el del planeta que nació de un bloqueo, y su ficha propia. Aquí quiero hacer el camino al revés: partir de esa última frase y volver hacia atrás, para ver qué significa convertir a una persona en objeto y por qué hace falta inventarse un planeta para dejar de hacerlo.
La frase que cierra la canción
Este es el final de la letra, tal como se publica:
Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos, No hay de qué preocuparse a los que van de discretos, Y las personas allí no son simples objetos. Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk No hay grinder ni aplicaciones, Se acabaron las preocupaciones.
Fíjate en la palabra «simples». La letra no dice que en el planeta las personas no sean objetos de deseo. Eso sería otra cosa, y hasta un poco triste: el deseo forma parte de la vida, y en una canción tan camp sería raro renegar de él. Dice que no son «simples» objetos. Que no se reducen a eso. Puedes desear a alguien y, a la vez, verle como alguien completo. Lo que el planeta elimina no es el deseo, sino la reducción.
Esa distinción es exactamente la que hace la filosofía cuando habla de cosificación, y volveremos a ella. Antes, conviene mirar cómo se anuncia el descubrimiento.
Un titular en pasiva
«Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk». La frase no tiene sujeto. No dice quién lo ha descubierto, ni cuándo, ni con qué telescopio. Tiene la forma exacta de un titular de periódico: participio, sustantivo, complemento. Es el tipo de frase que lees en la portada de la sección de ciencia mientras te tomas el café.
Esa forma, nazca o no de una decisión consciente, tiene un efecto claro: convierte una fantasía en noticia. No es «ojalá existiera un planeta», ni «imagino un planeta». Es «descubierto». Como si ya estuviera ahí, como si solo hiciera falta mirar en la dirección correcta. El titular en pasiva tiene la autoridad de lo comprobado. Y esa autoridad es lo que la canción necesita para que su utopía no suene a deseo ingenuo, sino a dato.
Además, la pasiva sin sujeto tiene una ventaja: cualquiera puede ser quien descubre. No es el planeta de Mike, ni de un grupo concreto. Es un planeta que está ahí para quien lo encuentre. El segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», recoge justo ese testigo: una vez descubierto, ¿se puede ir?
Cómo se descubre un planeta
Me gusta pensar en cómo se descubren de verdad los planetas fuera del sistema solar, porque la metáfora encaja de maravilla con la canción.

El primer planeta encontrado alrededor de una estrella parecida al Sol se anunció en 1995. Se llama 51 Pegasi b, y lo descubrieron los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz, que recibieron por ello el Nobel de Física en 2019. Desde entonces se han confirmado miles: la NASA superó en 2022 la cifra de cinco mil exoplanetas confirmados.
Lo curioso es que casi ninguno se ha visto directamente. Están demasiado lejos y brillan demasiado poco al lado de su estrella. Se descubren de forma indirecta. Uno de los métodos más productivos es el del tránsito: cuando el planeta pasa por delante de su estrella, la luz que nos llega baja un poquito, una fracción minúscula. Los astrónomos no ven el planeta. Ven la sombra que proyecta.
Pues el planeta Gayfolk se descubre igual. La canción no lo enseña durante casi todo el tema. Lo que enseña es su sombra, su negativo: la app, el bloqueo, el desprecio. Toda la sátira de las estrofas es como esa bajada de luz que delata algo. Si existe un sitio donde todo esto es tan feo, tiene que existir, por contraste, un sitio donde no lo sea. Y cuando por fin llega la coda, el planeta aparece definido precisamente por lo que no tiene: no hay grinder, no hay aplicaciones, no hay complejos.
La ficha técnica de un cuerpo
Ahora vamos hacia atrás, a las estrofas. «Eres gordo, eres calvo, / No eres lo que estoy buscando». «Eres viejo y poco dotado». «Tienes pluma y eres afeminado». «Eres un abuelo y no estás marcado».
Si quitas la música y la rima, lo que queda es una lista de especificaciones. Peso, pelo, edad, tamaño, gestos, definición muscular. Es la ficha técnica de un producto. Exactamente lo que encontrarías en la descripción de un electrodoméstico: capacidad, consumo, dimensiones, acabado. El personaje de la canción no mira a personas: compara modelos.
Y lo más inquietante es lo poco que cuesta reconocerla. Cualquiera que haya pasado un rato en una app de ligue ha leído descripciones así, a veces con más educación y a veces con menos. «No gordos, no afeminados, no mayores de cuarenta». La canción no exagera tanto como parece; solo quita la cortesía.
Y eso no se lo ha inventado él. Las aplicaciones de ligue, por su propio diseño, tienden a presentar a la gente así. Una foto, unos pocos datos medibles, una distancia en metros. Grindr, la más conocida entre hombres gais, nació en 2009 y se basó desde el principio en esa cuadrícula de caras ordenadas por cercanía. Es práctica, sin duda. Pero cualquier formato que presenta a la gente como una lista de datos invita a tratarla como una lista de datos.
La canción exagera ese mecanismo hasta lo grotesco, y así lo hace visible. Cuando alguien te dice «eres gordo» en una canción, con rima, suena ridículo. Cuando te lo dice un perfil a las dos de la madrugada, con un «no gordos» en la descripción, suena normal. Y no debería.
Siete maneras de convertir a alguien en cosa
En 1995, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum publicó un ensayo muy citado, «Objectification», en el que se preguntaba qué queremos decir exactamente cuando decimos que alguien trata a otra persona como un objeto. Su respuesta fue que no hay una sola manera, sino varias, y propuso siete. Es interesante pasar la letra por esa lista, porque casi todas aparecen.

La primera es la instrumentalidad: usar a alguien como herramienta para tus fines. «Buscando el polvo perfecto» es eso. El otro no es alguien con quien estar, sino un medio para conseguir algo concreto, y si no cumple las especificaciones, no sirve.
La segunda es la fungibilidad: tratar a alguien como intercambiable con otros. «¡A todas horas!», grita el estribillo. Siempre hay otro. Si este no vale, el siguiente de la cuadrícula. Nadie es único cuando hay cientos a un toque de distancia.
La tercera es la negación de la subjetividad: tratar a alguien como si sus sentimientos no contaran. «Si no contesto y te bloqueo». Ni una palabra, ni una explicación. El otro no tiene derecho a saber nada ni a sentir nada que importe.
La cuarta es la negación de la autonomía: no tratar al otro como alguien capaz de decidir sobre sí mismo. Aquí entra el «ponte a hacer deporte, ¡Romeo!» y el «vete a llorar al cirujano». El personaje le dice al otro qué tiene que hacer con su cuerpo para merecer una respuesta. No hay más vida posible que la que él aprobaría.
Las otras tres son la inercia, la violabilidad y la propiedad: tratar al otro como algo pasivo, como algo que se puede dañar sin consecuencias o como algo que se posee. La canción no llega tan lejos en sus estrofas, aunque esa crueldad tranquila con la que se dice «hoy lloras» tiene algo de violabilidad: el daño al otro es un chiste.
Nussbaum hacía una distinción importante: no todas estas formas son siempre malas, y algunas pueden darse en relaciones de igual a igual, con consentimiento y cariño. Lo grave es cuando se combinan y se convierten en la única manera de mirar a alguien. Es lo mismo que dice la canción con su «simples objetos». El problema no es que haya deseo. El problema es que no haya nada más.
El dios que también es una ficha
Hay un detalle de la letra que me parece muy fino. El personaje que cosifica a los demás también se describe a sí mismo con una ficha técnica. «Yo soy dios y tú estás desgastado». «Yo soy deportista y un buen macho». No dice nada de lo que piensa, de lo que le gusta, de lo que le hace reír. Solo enumera atributos que cotizan: el físico, el deporte, la masculinidad.
Es decir, el que trata a los demás como objetos se ha convertido antes en uno. Su autoestima está hecha de especificaciones, y por eso necesita compararse sin descanso. Si un día deja de ser deportista o empieza a perder pelo, su propia ficha caduca. La palabra «desgastado», que usa para insultar al otro, le espera a él también, porque es una palabra de objetos. Las personas envejecen; las cosas se desgastan.
Ahí está, creo, la crítica más profunda de la canción. La cosificación no solo daña a quien la sufre. También empobrece a quien la practica, que acaba viviéndose como un producto con fecha de caducidad.
«¡Hoy lloras!»
El estribillo tiene un grito que se repite una y otra vez: «¡Hoy lloras!». En la letra publicada, la última vez aparece alargado, «¡Hoy lloooooraaaaas!», como un lamento estirado hasta el límite.
Es una frase cruel, pero también ambigua. En boca del personaje, es una burla: hoy te toca llorar a ti, que te he bloqueado. Pero si escuchas el estribillo entero, con su «a todas horas» y su búsqueda interminable, empieza a sonar de otra manera. ¿Quién llora de verdad? Quizá el que busca el polvo perfecto a todas horas y nunca lo encuentra. Quizá todos los que están dentro de la app, el que bloquea y el bloqueado. El «hoy lloras» se vuelve un diagnóstico colectivo.
La canción tiene ese doble fondo muy propio del catálogo: un estribillo para corear y reírse que, mirado con calma, cuenta algo bastante triste. Pasa también en «Soy marica sideral», donde el exceso es una armadura, y en «Marica chill», que defiende otra forma de estar en el ambiente.
El consejo de Toledo y el mercado
En medio de la canción hay un fragmento narrativo, casi un monólogo, que cambia el tono:

Un buen follamigo que tuve en Toledo hasta que me fui de allí Me dijo sincero: te daré un consejo que yo aprendí aquí Si buscas casarte esta no es la aplicación, Y si no te cuidas tendrás que bajar el listón, No hay más solución.
El post anterior sobre esta canción ya se detuvo en la frase de que a la app siempre se viene llorado. Aquí me interesa otra: «tendrás que bajar el listón». Es una frase de mercado. El listón es un precio, una cotización. Si tu valor baja, porque no te cuidas, tendrás que conformarte con algo de menos valor. El consejo del follamigo es sincero, incluso cariñoso, pero está dicho en el idioma de la oferta y la demanda.
La socióloga Eva Illouz ha escrito mucho sobre esto. En libros como «Por qué duele el amor» y «El fin del amor», explica cómo las relaciones se han ido pareciendo a un mercado, con su competencia, su sensación de que siempre puede haber algo mejor y su ansiedad por el propio valor. Las apps no inventaron ese mercado, pero lo hicieron visible y lo pusieron en el bolsillo.
Y la respuesta del narrador es preciosa: «Yo le dije que eso me parecía deprimente». No discute los datos. No dice que el follamigo esté equivocado sobre cómo funcionan las cosas. Dice que es deprimente. Es la reacción de alguien que no quiere aceptar las reglas del juego, aunque las conozca. Y esa negativa es la semilla del planeta. Si este mundo funciona así y eso es deprimente, habrá que descubrir otro. El follamigo, por cierto, no es el malo de la historia. Habla desde la experiencia y con buena intención, como tantos amigos que te dan consejos prácticos para sobrevivir en un sistema que no han elegido.
Un filósofo del siglo XVIII en la pista de baile
La idea de que las personas no deben tratarse como simples objetos es mucho más antigua que las apps. Su formulación más famosa es de Immanuel Kant, que en 1785, en la «Fundamentación de la metafísica de las costumbres», propuso tratar a la humanidad, en uno mismo y en los demás, siempre a la vez como un fin y nunca solamente como un medio.
Lo bonito de esa frase es la palabra «solamente», que es la misma que el «simples» de la canción. Kant no decía que nunca podamos servirnos de los demás. Lo hacemos a todas horas: el panadero nos vende el pan, el conductor nos lleva, el amante nos da placer. Lo que decía es que, mientras lo hacemos, no podemos olvidar que el otro es alguien con su propia vida, sus propios fines y su propia dignidad. Que no es solo el pan, el trayecto o el polvo.
Que una canción camp, con un estribillo que grita el nombre de una app, llegue al mismo sitio que un filósofo prusiano del siglo XVIII tiene mucha gracia. Pero también tiene lógica. Las grandes ideas morales suelen ser sencillas, y una de las más sencillas es esta: el de enfrente es una persona. La canción tarda tres minutos de sátira en decirlo. Kant tardó un libro entero. Los dos dicen lo mismo.
«Tampoco hay complejos»
Volvamos a la coda. Lo primero que desaparece en el planeta son las aplicaciones. Lo segundo, los complejos. Y la relación entre las dos cosas no es casual.

Un complejo, en el lenguaje de la calle, es la sensación de que algo de ti no está a la altura. La nariz, la barriga, la calva, los años, la pluma. Y buena parte de esos complejos nacen de la comparación, de mirarte con los ojos de una ficha técnica. Cuanto más tiempo pasas en un sitio donde la gente se clasifica por atributos, más te miras tú también así.
Por eso el planeta no podría tener apps y no tener complejos a la vez. Si desaparece el escaparate, desaparece también la necesidad de estar siempre en el escaparate. Las estrofas, con su gordo, su calvo, su viejo y su afeminado, son una lista de complejos fabricados. La coda los borra de un plumazo.
Y luego está la línea de los discretos: «No hay de qué preocuparse a los que van de discretos». Es una línea generosa. Durante la canción, el «novio discreto» del estribillo es un poco una burla. Pero en el planeta, quien todavía necesita ser discreto no tiene que preocuparse. Nadie le va a señalar, porque nadie está mirando con esos ojos.
Por qué esta canción da nombre al disco
Que esta canción sea la que bautiza el primer disco de la trilogía dice mucho del proyecto. No es una balada romántica ni una canción de autoafirmación. Es una sátira bastante dura que solo al final se abre a la esperanza. El disco, y el universo GAYFOLK entero, nacen de ese movimiento: mirar lo que duele, reírse de ello y, al final, imaginar otra cosa.
Muchas canciones del catálogo se pueden leer como habitantes de ese planeta o como sombras que lo delatan. «No quiero otro novio cojín» rechaza otro tipo de relación vacía. «He creado un novio con inteligencia artificial» imagina qué pasa cuando el novio perfecto se fabrica, que es la consecuencia lógica de buscar el polvo perfecto. Y «Que te mola el cruising» habla de otro ritual del ligue gay, con su propio humor.
Si quieres recorrer el universo completo, la mejor puerta es la página del Planeta Gayfolk, y todas las canciones están en la página de singles.
La firma es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, el primer cantautor IA. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.
Para quién es esta canción
Para quien ha recibido un bloqueo sin una palabra y se ha quedado pensando qué tenía de malo. Para quien se ha mirado al espejo con los ojos de una ficha técnica y no se ha gustado. Para quien ha bloqueado a alguien por un dato y, al escuchar esta canción, se ha reconocido un poco en el dios desgastado. Para quien sigue en la app y no piensa dejarla, pero quiere mirar a los demás de otra manera. Y para quien, como el narrador, ha oído las reglas del mercado y ha pensado: esto es deprimente. También para quien nunca ha usado una app de ligue y quiere entender por qué tantos amigos salen de ellas con la autoestima tocada. Y para quien se dedica a diseñar tecnología, porque la forma en que presentamos a las personas en una pantalla no es neutral: invita a mirarlas de una manera o de otra.
El planeta no está en ningún mapa. Pero se descubre como los exoplanetas, por su sombra. Y cada vez que alguien trata a otro como una persona y no como un simple objeto, la luz baja un poquito y el planeta se deja ver.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»? Es una sátira de las aplicaciones de ligue gais y de la manera en que se juzga a la gente por su físico, su edad o su pluma. Al final imagina un planeta sin apps ni complejos, donde las personas no son simples objetos.
¿Qué significa que las personas «no son simples objetos»? Que en el planeta Gayfolk nadie se reduce a una lista de atributos. Puede haber deseo, pero se ve a cada persona como alguien completo, con sus sentimientos y su vida, no como un producto que se compara y se descarta.
¿Qué relación tiene con «Buscando el polvo perfecto»? Comparten letra. Este post lee la canción desde su última estrofa y la idea de cosificación; el post sobre «Buscando el polvo perfecto» la lee como sátira de la plumofobia en las apps.
¿Quién es el follamigo de Toledo? Un personaje de la canción. Representa la voz de la experiencia que explica las reglas del mercado del ligue. No se refiere a ninguna persona concreta.
¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las voces se generan con inteligencia artificial.