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Camela en el asiento de atrás: la banda sonora de las primeras veces

«CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A / CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR.»

Así, en mayúsculas, como se escribe cuando se grita. Es un verso de «La despedida», no de «Camela», pero explica mejor que nada por qué le hice a ese grupo una canción entera de homenaje. Que Camela me guste es lo de menos. Lo importante es que sonaba cuando pasaban las cosas.

La ficha de «Camela» ya cuenta lo de las gasolineras, los casetes, los veranos de carretera y la burla de los finos hacia la tecno-rumba. No voy a repetirlo. Aquí quiero hablar de otra cosa: de las primeras veces. De por qué, cuando en mis letras alguien hace algo por primera vez, de fondo suena Camela.

Un homenaje que se explica solo

En la página de letras, la canción «Camela» no tiene estrofas: tiene un texto corto que resume el homenaje. Lo podéis leer en gayfolkplanet.com/letras. Hay una frase que me sirve de punto de partida: «No es nostalgia: es memoria viva, es alegría compartida».

Esa distinción entre nostalgia y memoria me importa. La nostalgia mira atrás con pena, como quien hojea un álbum de fotos de gente que ya no está. La memoria mira atrás para entender dónde estás ahora. Camela, para mí, no es un recuerdo bonito de cuando era joven. Es una pieza de quien soy. Lo cuento también en contra la nostalgia: lo retro me interesa como forma de mirar hacia delante, no como refugio.

La lista de «La despedida»

Para entender lo de las primeras veces hay que leer «La despedida», que es la canción donde Camela aparece como estribillo de una vida entera. Le dediqué su propia ficha, y es una de mis letras más raras: una lista larguísima de momentos, todos precedidos por el nombre del grupo, en mayúsculas, como quien grita en el coche con la ventanilla bajada.

Camela cuando me di el primer beso. Camela cuando casi me caso. Camela esa vez que iba puesto. Camela cuando he sido perverso, y cuando lo han sido conmigo. Camela la primera vez en Chueca, con miedo. Camela la primera vez de un trío en la sauna. Camela de camino a la playa con toda la fauna. Camela cuando alguien me echaba la laca. Camela cuando adoptamos a Kas.

Es una biografía contada a base de casetes. Cada momento importante, bueno o malo, lleva su banda sonora, y siempre es la misma. Y al final de la lista, la nave rosa que se aleja de la Tierra para no volver, rumbo a un planeta donde una nueva vida empieza. Con Camela de fondo, claro.

El miedo a Chueca

De toda esa lista, el verso que más me pesa es el del miedo. La primera vez que el narrador va solo a Chueca, pensando que le van a pegar.

Hoy Chueca es un barrio de moda, con tiendas caras, terrazas llenas de turistas y banderas arcoíris en los balcones durante el Orgullo. Pero durante mucho tiempo ir a Chueca era un acto de valor. Para un chico que venía de un barrio del sur de Madrid, o de un pueblo de la provincia, o de cualquier sitio donde ser marica era motivo de burla o de algo peor, coger el metro hasta la plaza de Chueca era cruzar una frontera. Y en la frontera había miedo. Miedo a que te vieran, miedo a que te reconocieran, miedo a que alguien te esperara a la salida.

El verso no exagera. Mucha gente lo vivió así. Bajabas del metro mirando a todos lados, caminabas deprisa con la cabeza baja, y solo al entrar en el bar respirabas.

Y en el coche, o en el walkman, o en la cabeza, sonaba algo que te daba valor. En la canción, eso es Camela.

Música para darse valor

¿Por qué Camela y no otra cosa? Podría haber sido Alaska, que es lo que se esperaría de una canción gay. O Mecano, o Rocío Jurado, o Raphael. Iconos oficiales de la comunidad, con su historia de amor recíproco con los maricas.

Fotogramas del videoclip oficial de «Camela», de Mike Sain't Louis

Pero Camela tiene algo que esos otros no tienen: no es un icono gay. Es música de barrio, de polígono, de cuneta. Sus canciones hablan de amores entre chicos y chicas de toda la vida, de celos, de despedidas, de reconciliaciones en el portal. Nadie la pondría en una lista de himnos del Orgullo.

Y precisamente por eso funciona para darse valor. Porque es la música que sonaba en tu barrio, la que ponía tu primo, la que oías en el autobús escolar. Cuando vas a Chueca por primera vez con Camela en la cabeza, no estás renunciando a tu barrio para entrar en otro mundo. Te estás llevando el barrio contigo. Es la música que te recuerda de dónde vienes mientras vas hacia donde quieres estar.

Eso es lo que me gusta de la tecno-rumba como banda sonora gay: es un puente entre el sitio del que sales y el sitio al que llegas.

Tus canciones en el coche

Hay otro verso de «La despedida» que es casi una definición: «CAMELA, TUS CANCIONES EN EL COCHE».

El coche es un escenario fundamental en la vida de mucha gente que no tenía otro sitio donde ser libre. En casa estaban los padres. En la calle, los vecinos. En el instituto, los compañeros. En el coche, con las ventanillas subidas y el volumen alto, podías gritar, llorar o berrear las letras sin que nadie te juzgara. Era la habitación propia que no tenías.

Para muchos chicos gais, el coche fue el primer espacio seguro. El coche del amigo que tenía carné, el coche prestado del padre, el coche del primer novio aparcado en un descampado. Y en el radiocasete de todos esos coches había una cinta de Camela comprada en una gasolinera. No porque fueran fans declarados. Porque estaba ahí, al lado de los chicles y los mapas de carreteras.

Mi canción homenaje es, en el fondo, un homenaje a ese coche.

Música del sur de Madrid

Hay algo más, que tiene que ver con la geografía.

Camela es un grupo del sur de Madrid, de los barrios obreros que no salen en las postales. Y gran parte de mi Madrid, el de mis canciones, también es ese. No el Madrid de los turistas, sino el de los polígonos, el de las líneas de metro que llegan al final, el de las fiestas de barrio con orquesta y churros. Lo explico en Madrid sin postal: mis canciones pasan en ese Madrid más que en el de la Gran Vía.

Por eso Camela es tan natural en mis letras. No es una referencia exótica, de antropólogo que estudia la cultura popular desde fuera. Es la música de los vecinos. Los que vivían en el bloque de enfrente, los que tenían el coche tuneado aparcado en la acera, los que ponían la música a todo volumen los domingos por la mañana. Es el paisaje de mis canciones. Igual que otros escriben sobre el mar porque es su paisaje, yo escribo con Camela de fondo porque es la música que suena al otro lado de la pared en esos bloques.

El orgullo de lo cutre

Ya sé que hay quien se ríe de Camela. Lo sé porque lo dice todo el mundo, y porque he oído las bromas: música de chonis, de canis, de gasolinera, de bodas con barra libre. Los finos la desprecian como desprecian todo lo que huele a barrio.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «No es nostalgia: es memoria viva, es alegría compartida» de «Camela»

Ese desprecio es de clase, y conviene decirlo claramente. Cuando alguien se ríe de Camela, casi nunca se ríe de la música. Se ríe de la gente que la escucha. De los obreros, de los chavales de los polígonos, de las chicas con aros grandes y moño alto. Es la misma burla que recibe la palabra cateto, la misma que recibimos los maricas con pluma. La burla del que se cree por encima.

En mi catálogo hay una canción, «Tan cateto», que se apropia de ese insulto y lo convierte en fiesta, y lo cuento en cateto, de insulto a bandera. El homenaje a Camela es de la misma familia: coger lo que los finos desprecian y ponerle plumas. Sin ironía. Con orgullo.

La laca de L'Oréal

Dentro de la lista de «La despedida» hay un momento que siempre me ha parecido el más tierno, aunque sea el menos solemne. El de la laca.

El narrador recuerda a alguien que le echaba la laca. Y luego alarga el recuerdo con un detalle doméstico: esa persona se acercaba al Mercadona a comprarle la laca de L'Oréal, porque sabía que si no, el pelo no le iba a aguantar toda la noche. Y después, el que le planchaba y le peinaba la cresta.

No hay declaraciones de amor en esos versos. No hay «te quiero» ni «para siempre». Hay un recado al supermercado y una plancha del pelo. Y para mí eso es el amor de verdad, el que no sale en las canciones de amor: alguien que se acuerda de que se te acaba la laca, que sabe qué marca usas y que entiende que para ti salir de fiesta con la cresta caída es un drama.

Es amor con pluma. Es cuidar del otro en lo que el otro considera importante, aunque a los demás les parezca una tontería. Si tu pareja te compra la laca sin que se lo pidas, guárdala.

Y de fondo, Camela. Porque esas tardes de peinado antes de salir también tenían su música, y no era precisamente jazz.

Pelahustán

Otro de los momentos de la lista es una escapada a Pelahustán. Pelahustán es un pueblo pequeño de la provincia de Toledo. Lo pongo tal cual, con su nombre, porque los nombres de pueblos tienen una música que no se puede inventar. Pelahustán suena a chiste y a la vez es un sitio real, con sus calles y su gente.

Me gusta meter lugares concretos en mis letras. Mercadona, Chueca, Pelahustán. Son nombres que cualquiera en España reconoce o puede buscar. Un lugar concreto ancla la canción a la vida real, la saca del territorio abstracto donde viven casi todas las canciones de amor, que pasan en ninguna parte.

El viaje al pueblo es, además, otra de esas primeras veces. La primera vez que vas al pueblo con tu pareja, la primera vez que te presentas en un sitio pequeño donde todo el mundo se conoce, de la mano o sin ella. Eso también da miedo, aunque sea un miedo distinto al de Chueca. Y también ahí suena Camela, que en los pueblos de Castilla es casi himno oficial de fiestas.

Del coche al cohete

Si os fijáis en la letra de «La despedida», hay una escalada de vehículos que me divierte mucho. Empieza con las canciones en el coche. Luego aparece un coche de choque rosa de un planeta ideal. Luego un cohete rosa, y otro color chicle. Luego una base aeroespacial. Y al final, la nave rosa que se aleja de la Tierra para no volver.

Collage con un detalle de la carátula de «Camela» y las carátulas de «La despedida», «El Abrazo de Pitufo»

Es la misma música en todos los vehículos. Lo que cambia es la distancia. Al principio, el coche te lleva a Chueca o a la playa. Al final, la nave te lleva a otro planeta. Pero el impulso es el mismo: irse a un sitio donde se pueda vivir mejor. La huida que empieza en el asiento de atrás de un Seat termina en el espacio exterior.

Esto conecta con todo mi universo de Planeta Gayfolk, ese planeta de ficción al que van a parar mis canciones. «La despedida» es el momento del despegue. Y lo que me parece precioso, y un poco absurdo, es que lo último que se oye antes de dejar la Tierra no es una música solemne ni una sinfonía. Es tecno-rumba.

Adónde van

La segunda parte de «La despedida» describe el destino. Un planeta donde una nueva vida empieza, sin discusiones, sin decepciones, sin desigualdad. Y una pareja que vuelve a mirarse como hacía tiempo que no se miraba.

Es una utopía muy modesta, si lo piensas. No promete riquezas ni gloria. Promete que no haya desigualdad y que tu pareja vuelva a reírse de tus bromas. Lo que pide quien ha vivido de cerca la desigualdad, la burla de clase y la burla por marica.

Y aquí cierro el círculo con el desprecio a Camela del que hablaba antes. En el planeta al que va la nave no hay finos que se rían de la música de los demás. Por eso Camela puede subir a bordo. En la Tierra la miraban por encima del hombro. En el planeta ideal, es la banda sonora oficial.

Lo que falta en la lista

Hay algo que me llama la atención, ahora que releo «La despedida» con calma: lo que no está.

En toda la lista de momentos importantes no hay ningún éxito profesional. No hay un título, ni un ascenso, ni un premio, ni un primer sueldo. No hay graduaciones. No hay nada de lo que se pone en un currículum. Todo son momentos de vida: besos, bodas que casi fueron, noches de fiesta, crueldades dadas y recibidas, sustos, tríos, playas, laca, un pueblo, una adopción.

Es una biografía sentimental y nada más. Y creo que así es como recordamos de verdad. Cuando miramos atrás, no nos acordamos del día que firmamos un contrato. Nos acordamos de la primera vez que alguien nos besó, y de qué sonaba en ese momento.

Si a ti te preguntaran qué sonaba en tus primeras veces, ¿qué dirías? Quizá no sea Camela. Pero seguro que es algo que no confesarías en una cena elegante. Y seguro que es tuyo.

Gritar en mayúsculas

Un detalle formal que no es casual: la letra de «La despedida» está publicada entera en mayúsculas. Cada verso empieza con CAMELA, y todo lo demás va en el mismo cuerpo de letra, sin pausas.

Ficha de la canción «Camela» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Las mayúsculas, en un texto escrito, son un grito. Cualquiera que haya recibido un mensaje en mayúsculas lo sabe. Y la canción es eso: un grito colectivo, de los que se dan en el coche con la ventanilla bajada o en la pista cuando suena el estribillo que todos conocen. No es una letra para leer en un susurro. Es una letra para corear.

También es una forma de igualar los momentos. En mayúsculas, el primer beso pesa lo mismo que la laca de Mercadona, y el miedo a Chueca pesa lo mismo que el viaje a Pelahustán. No hay jerarquía. Todo es igual de importante porque todo forma parte de la misma vida. Si hubiera escrito unos versos en minúscula y otros en mayúscula, estaría diciendo cuáles importan más. Así, no lo digo.

Y luego está la repetición. CAMELA, CAMELA, CAMELA, una y otra vez, al principio de cada verso. En retórica eso se llama anáfora, y es una figura antiquísima, de las letanías y de los poemas de amor. Me hace gracia usar una figura de letanía para invocar a un grupo de tecno-rumba. Pero funciona así: cada repetición del nombre es como pulsar el play otra vez. Como volver a meter la misma cinta en el radiocasete, que es lo que hacía todo el mundo.

Hay letras que se escriben para que alguien las entienda. Esta está escrita para que alguien las grite. Y para que, al gritarlas, se acuerde de su propia lista.

Una portada de carretera

La portada de «Camela», como cuenta la ficha, es un descapotable rosa antiguo en mitad del desierto, un abrigo de plumas rosa chicle, plumas volando como confeti y un atardecer dorado. Y una mano levantada, como saludando a alguien en la cuneta.

Esa mano me encanta. Es el saludo del que va en el coche a los que se quedan. El adiós de «La despedida», en cierto modo. La nave rosa de la letra se ha convertido en un descapotable rosa en la portada, y en lugar de irse al espacio, se va por una carretera infinita. Pero la idea es la misma: alguien que se marcha hacia un sitio mejor, con la música a todo volumen.

Y con plumas, claro. Las plumas vuelan por el aire como si el coche fuera dejando un rastro. Si alguien quisiera seguirlo, solo tendría que seguir las plumas.

Mi playlist de las primeras veces

Si tuviera que hacer una lista de reproducción de las primeras veces queer en español, Camela estaría en ella, al lado de cosas que nadie esperaría juntas. Lo explico un poco en cómo armar una playlist queer en español sin que parezca la de siempre: las mejores listas mezclan lo obvio con lo inesperado, lo que es «nuestro» oficialmente con lo que hicimos nuestro sin que nadie nos lo diera.

Camela es de lo segundo. Nadie nos la regaló. La cogimos del coche del primo y nos la quedamos. Y ahora, cuando suena en una fiesta de ambiente y la pista entera la corea, hay algo de justicia poética. La música del barrio que nos daba miedo es la que ahora celebramos en el barrio que nos acogió.

Lo que significa homenajear

Una última cosa sobre por qué hago homenajes.

En el texto de la canción digo que es mi homenaje sincero a un sonido que sigue sonando en cada coche, en cada pueblo, en cada corazón. Lo mantengo. Y añado: homenajear a Camela es también homenajear a todos los que la escuchaban sin que nadie les hiciera canciones. A la gente de los barrios del sur, a los que compraban casetes en las gasolineras, a los primos del asiento de atrás. Gente que nunca sale en las canciones de los demás.

Si alguien de ellos escucha mi canción y piensa «este también es de los míos», misión cumplida.

Y si alguien que se reía de Camela la escucha y, por un momento, se le escapa el pie siguiendo el ritmo, también. No pretendo convencer a nadie de que la tecno-rumba es alta cultura. Me basta con que deje de usarse como insulto. La música que acompañó tantas primeras veces merece, como mínimo, que no nos avergoncemos de ella.

Preguntas frecuentes

¿Qué es «Camela» de Mike Sain't Louis? Una canción homenaje al grupo de tecno-rumba Camela, que su texto describe como «memoria viva» y «alegría compartida». El texto está en gayfolkplanet.com/letras.

¿Qué relación tiene con «La despedida»? «La despedida» es otra canción de Mike Sain't Louis en la que el nombre de Camela acompaña una lista de momentos de una vida, del primer beso al primer miedo en Chueca, hasta una nave rosa que se aleja de la Tierra.

¿Cómo es la portada? Un descapotable rosa antiguo en mitad del desierto, un abrigo de plumas rosa chicle, plumas volando como confeti y un atardecer dorado.

¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe, compone y produce. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.

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