
By Mike Sain't Louis ·
Una motosierra cambiada por un vampiro: cómo hice «Como en la matanza de Texas», el bar, la puerta y el estribillo que baila
This article is only available in Spanish. Leer en español
Hay una escena que se repite en casi todas las películas de miedo. La protagonista huye, grita, llama a puertas que no se abren. Por fin alguien le abre, la deja pasar, la escucha, le dice que ya está a salvo. Y justo en ese momento, detrás del que la ha ayudado, aparece el monstruo. No falla nunca. Esa regla es el punto de partida de «Como en la matanza de Texas», y en este texto cuento cómo pasé de esa escena a una canción entera.
No voy a inventar nada que no esté en la letra, en el vídeo o en lo que ya escribí sobre ella en mi diario. La letra y la producción son mías; la música y la interpretación vocal están hechas con IA. El videoclip salió en YouTube el 11 de noviembre de 2024, a las nueve y cuarto de la mañana en hora de Madrid, y dura cuatro minutos y dieciocho segundos. Debajo del vídeo solo está el título, la palabra «Letra:», la letra completa y una lista de etiquetas. No hay explicación del proceso. Lo que sigue es esa explicación.
En esta web ya hay dos textos que miran la canción desde otros lados. Uno se fija en la sangre que no se ve y en quien no consigue que le escuchen, y otro, en los colmillos y el cine de miedo como lenguaje para las rupturas. Este va de otra cosa: del taller. De las decisiones.
El cambio de monstruo
La primera decisión fue la más grande. En la película que presta su nombre a la canción, el monstruo lleva una motosierra. En mi canción no hay motosierra, ni máscara de piel, ni casa en mitad de Texas. Hay un vampiro, y no uno de capa: un vampiro emocional. La motosierra solo se ha quedado en la portada de la canción, donde un hombre la lleva apoyada en el hombro delante de una granja con un molino, como guiño a la película. En la letra no aparece ni una vez.
Lo escribí así en el diario: cambié la motosierra por algo mucho más difícil de enseñar en un juicio. Esa frase resume la idea. Una motosierra deja pruebas. Un vampiro de este tipo no. Se lleva cosas que no se pueden fotografiar: las ganas de levantarse, la energía, la confianza en el propio criterio. Por eso era el monstruo adecuado para lo que quería contar.
Además, el vampiro es un monstruo social. Entra en las casas cuando lo invitan, se mueve entre la gente, seduce. La motosierra es un arma de persecución; el vampiro es un arma de encanto. La canción necesitaba un monstruo que cayera bien.
Empezar en un bar
Arrastras tus cadenas por el bar,
La canción empieza en un bar, y empieza hablándole a alguien. No describe al monstruo en tercera persona: le habla de tú. Es una decisión que se mantiene durante todas las estrofas. Quien escucha es testigo de una acusación dicha a la cara.
Las cadenas son de fantasma, no de vampiro. La imagen mezcla dos monstruos de videoclub: el que arrastra cadenas por los pasillos de una casa encantada y el que muerde cuellos. Este personaje los tiene a los dos dentro. Y los arrastra, nada menos, por un bar, que es el sitio donde la gente va a conocer a gente.
Lo primero que quería dejar claro es que este tipo de persona no ataca al azar. En el diario lo dije con estas palabras: busca al que llega cansado, al que tiene ganas de creer. En la letra eso llega en la tercera estrofa, donde el vampiro elige a su presa entre los más frágiles y se pone manos a la obra. El bar es el coto de caza.
Una sola familia de rimas
Si se lee la letra de corrido, hay algo que salta enseguida: casi todo rima en «a». Bar y saludar. Escapar y atrapar. Atacar, manipular, sospechar. Final, ahogar, devorar, explotar. Y en el estribillo, emocional, piedad, velocidad. Las terminaciones en «-ar», «-al» y «-ad» se turnan durante toda la canción.
No es casual. La palabra que manda en la letra es «emocional», y su última sílaba arrastra a todas las demás hacia la misma vocal abierta. Es una rima fácil, de canción popular, de las que se aprenden a la segunda escucha. Así la acusación se vuelve pegadiza y se queda en la cabeza como se quedan los estribillos de verano, aunque lo que dice no tenga nada de verano.
Solo hay un momento que se escapa: la segunda mitad de la primera estrofa, donde una cicatriz rima con un verbo de seducir, en «i». Es la única vez que las estrofas se van a otra vocal, y coincide con la cicatriz, la única marca que la letra admite que queda.
La arquitectura: estrofa, estribillo, estrofa
La estructura de la canción es muy sencilla, y lo es a propósito. Cinco estrofas de cuatro líneas. Después de cada una, un estribillo de tres. Y al final, un bloque largo de nueve líneas que no se parece a nada de lo anterior.

Son cuarenta y cuatro líneas en total, de las que treinta son distintas. Las palabras «vampiro» y «emocional» aparecen trece veces cada una, siempre juntas. «Eres» sale once veces. El estribillo es casi una sentencia judicial repetida: lo que eres, lo que haces, lo rápido que lo haces, y otra vez lo que eres.
El estribillo empieza y termina con la misma frase. Es un círculo. Quien está atrapado en una relación así vive en un círculo parecido: lo mismo, una y otra vez, con pequeñas variaciones que no cambian nada. Y el estribillo de tres líneas, que vuelve cinco veces, tiene esa misma forma.
Quién le habla a quién
En la letra hay un juego de pronombres que cuenta la historia por debajo de la historia. Durante las cuatro primeras estrofas, la letra le habla de tú al vampiro: arrastras, muerdes, te mueves, seleccionas. El narrador no aparece. Es como un fiscal que no dice su nombre.
Al final de la tercera estrofa aparece, de pronto, un «nosotros». Todos acabamos detectando al vampiro. Es la primera vez que hay más gente en la canción, y lo que hacen es darse cuenta. Ese «todos» es una promesa: no estás solo viendo lo que ves.
En la quinta estrofa, el narrador por fin dice «yo», aunque sea con ironía. Y en el monólogo final pasa algo curioso: el «tú» cambia de dueño. Ya no es el vampiro. Es la víctima, la que huye a la carrera y luego se explica en el umbral de una casa ajena. La letra le habla a quien huye como si se hablara a sí misma en el espejo. Y solo en la última frase vuelven a separarse los dos: él con su alegría, yo con mi agonía.
No hace falta notarlo a la primera escucha, pero está ahí: al terminar, quien escucha ha pasado por los tres sitios, el de quien acusa, el de quien observa y el de quien no consigue que le crean.
La línea de la sal
Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal
Es una de las pocas líneas de las que ya he contado de dónde sale. Está en la segunda estrofa y vuelve, idéntica, en la quinta. Es la única línea de las estrofas que se repite.
La escribí pensando en lo que te hace volver una y otra vez a alguien que te hace daño. No es el miedo ni la costumbre. Es la esperanza. La idea de que esta vez sí, de que en el fondo es buena persona, de que lo de ayer fue un mal día. Y eso es justo lo que este tipo de persona consume. Lo que queda después, en la boca, es un sabor que pica. Sal.
La sal tiene además algo de lágrima y algo de tierra quemada. Donde se echa sal, no crece nada. La imagen sirve para las tres cosas a la vez: el sabor, el llanto y el campo arrasado. En esta web hay otro texto que sigue la sal por varias de mis canciones; aquí solo quería contar de dónde salió esta.
La estrofa que no es venganza
La cuarta estrofa arranca con una conjunción adversativa que cambia el tono, y anuncia que todo lo que gira acaba parándose. Después vienen tres castigos en fila: el agua que asfixia al jugador, las sombras que se comen a quien las llamó y un imperio de dolor a punto de estallar. Suena a maldición de película, y lo es un poco.

En el diario expliqué que no la escribí como venganza, sino como recordatorio. Las dinámicas de manipulación funcionan mientras alguien sigue entregando su energía. En cuanto reconoces el patrón, aunque sea tarde y aunque nadie más lo vea todavía, algo se rompe a tu favor. No es magia, pero es un principio. Esta estrofa es eso: el primer día en que ves el círculo desde fuera.
El giro de la quinta estrofa
La quinta estrofa empieza con una exclamación de feria, falsa alegría pura, y cambia de persona. Hasta aquí, la letra le hablaba al vampiro, y como mucho se metía en un «todos» al final de la tercera estrofa. Aquí, por primera vez, el narrador habla de sí mismo en singular, y lo que dice es que cae en la trampa con facilidad. El narrador se coloca en el sitio de la víctima, y lo hace con sarcasmo, como quien se ríe de su propia mala suerte.
La línea está partida de una manera rara en la letra publicada: después de esa confesión, sin punto ni salto, se pegan dos palabras sobre una sangre que no se ve, con una coma, y la frase sigue en la línea de abajo. Así está publicada, y se lee de un tirón, sin respirar, como se dice algo que lleva mucho tiempo dentro. Después vienen la ausencia de pruebas y la falta de un charco que limpiar: es el crimen sin escena del crimen.
Y detrás vuelven las dos líneas de la segunda estrofa, la de la sal y la de las lágrimas robadas como trofeo. Es el momento en que la canción se repite a sí misma. Igual que en la vida, el daño vuelve a pasar con las mismas palabras.
El final que se desmadra
Después del quinto estribillo, la canción cambia por completo. Las líneas se alargan hasta parecer prosa. Desaparecen la métrica, la estructura de cuatro más tres y casi todas las rimas fáciles. Lo que queda es un monólogo.
Como en la matanza de Texas, ¡nadie contesta!
Aquí aparece, por primera y única vez, el título de la canción. Durante casi cuatro minutos la letra no lo ha nombrado. Solo cuando el narrador sale a la carrera buscando auxilio y no le responde nadie, llega la comparación que lo explica todo. El título queda guardado para el final, como se guarda el susto en una película.
El resto del bloque cuenta, casi como un guion, la escena de la que nació todo. Una puerta se abre al fin. El narrador se explica, resuelve cada duda, y el vecino que le ha abierto le da la razón, se compadece y descuelga para avisar a los agentes. Entonces el propio narrador comenta, con hastío de espectador veterano, que este giro es de manual en el cine, y más aún en el de miedo. Por detrás asoma el vampiro y vacía también al vecino. Los agentes no llegan a servir de nada.
En el diario lo llamé así: el final se desmadra a propósito, pasa de estribillo pegadizo a monólogo de serie B. Esa era la intención. La forma de la letra cambia para contar el momento en que todo se descontrola. Cuando nadie te cree, ya no hablas con rima: hablas atropellado, con frases demasiado largas, explicándote de más.
El final de ese monólogo encadena una rima en «-ía» que no había aparecido antes: policía, energía, ironía, alegría, agonía. Es otra familia de sonidos, más aguda, más de grito. La canción termina con una frase corta, casi de cansancio, y con el nombre del monstruo otra vez. Ya no como estribillo. Como diagnóstico de alguien que lo ha repetido muchas veces sin que sirviera.
Lo que no quise hacer
Hay dos cosas que tenía muy claras que no quería. La primera, escribir un panfleto. En el diario lo dejé dicho: no soy psicólogo y no me interesa colgarle etiquetas clínicas a nadie. La palabra que uso es «vampiro», no un término de manual. La segunda, que la canción se quedara en la queja. Lo que me interesaba era una sensación concreta: la de no ser escuchado, que a veces duele más que el propio daño.

Por eso el humor. Puede parecer raro meter una película de culto, gritos y un tono casi de tebeo en una canción sobre algo tan serio. Para mí el humor sirve para recuperar el control de la historia. Cuando estás dentro, el monstruo es enorme y tú pequeño. Cuando lo conviertes en personaje de videoclub, con su risa malvada, se encoge. Lo que da risa da menos miedo.
Bailable por fuera
La otra gran decisión fue musical. Quería que la canción fuera bailable, casi alegre en la superficie. Así funcionan este tipo de personas: por fuera todo brilla. Con las herramientas de IA con las que construyo la música fui probando atmósferas hasta dar con una que tuviera ese contraste entre un ritmo de fiesta y lo que cuenta la letra.
Me parece bien que alguien pueda bailarla sin prestar atención a las palabras. Y me gusta todavía más imaginar que, a la tercera vez, se para a escuchar qué está bailando. Ese desfase entre lo que suena y lo que se dice es parte de la canción. Es el mismo desfase que hay entre la sonrisa del vampiro en el bar y lo que hace después.
Las etiquetas del vídeo
Debajo del videoclip, en YouTube, hay treinta etiquetas. Algunas son de catálogo, de las que sirven para que la plataforma sepa dónde colocar la canción: indie, pop rock, música española, folk. Pero otras dicen bastante de la canción. Está, claro, la del propio vampiro emocional, y a su lado otra que lo llama depredador emocional. Hay una para las relaciones tóxicas, otra para la manipulación emocional y otra para el amor tóxico. Hay una que dice «drama personal» y otra que dice «emociones fuertes». Y hay una, la última de la lista, que la llama canción protesta.
Esa última me gusta especialmente. Una canción protesta suele apuntar a un gobierno, a una guerra, a una injusticia grande. Esta apunta a algo pequeño y privado, que pasa en un bar y en una casa. Pero también es una protesta: contra el hecho de que a quien pide ayuda no se le crea.
Un vídeo visto a través de una mirilla
El videoclip lleva esa idea del cine de terror a la imagen. Casi todo el vídeo se ve dentro de un círculo con los bordes negros, como si se mirara a través de una mirilla o del objetivo de una cámara. Desde el primer plano hasta casi el último, el espectador espía.
Empieza con el cartel: fondo rosa, las letras blancas del título goteando como pintura fresca, la palabra «MATANZA» en rojo, y mi nombre en vertical, en letra de pluma. Después, una discoteca llena de humo rosa y blanco donde solo se ven siluetas: cabezas, hombros, un sombrero de vaquero a contraluz. Los colores se deshacen en remolinos psicodélicos, como si alguien hubiera echado tinta en el agua.
Luego llega el primer cambio de registro: imágenes en verde, de visión nocturna, con una retícula encima. Un hombre sentado en una habitación a oscuras. Una figura de cara pálida que grita entre velas. Es la estética de las películas de fantasmas grabadas con cámara doméstica.
A partir de ahí el vídeo alterna mundos. Caras muy de cerca bañadas en neón rosa, verde y amarillo, con los dientes a la vista. Rostros pintados con los colores de una cámara térmica. Una fiesta al aire libre bajo una luna rosa enorme, con triángulos de neón alrededor y gente arreglada para salir. Cuartos rosas con cuadros de símbolos y cruces en las paredes. Un sótano de piedra con fuego y velas, donde un hombre con mascarilla trajina entre las llamas. Una figura tendida en el suelo entre niebla rosa. Una mujer que grita en el marco de una puerta.
El equipo que graba
Hacia el último minuto, el vídeo hace algo que me encanta. Empiezan a aparecer siluetas de gente con cámaras de vídeo al hombro y con móviles levantados, grabando en un pasillo morado. Uno de ellos sostiene el teléfono en alto mientras a su alrededor se dibujan hilos de luz, como un garabato luminoso en el aire. Hay un relámpago blanco. Después, un grupo de siluetas de espaldas, quietas, bajo una lluvia de líneas de luz.

Es como si el vídeo enseñara al equipo que ha estado grabando todo lo anterior. Las películas de metraje encontrado funcionan así: lo que vemos es lo que grabaron unos personajes con sus propias cámaras. Aquí el clip parece jugar a eso. Y conecta con la letra de una manera que me gusta: la canción entera va de pruebas que nadie ve. Aquí, por fin, alguien graba.
El último plano antes del cartel es un pasillo de color verde agua, frío, con humo. Una pareja se aleja de la mano. Después, tres personas juntas, y una de ellas mira hacia atrás. Es la única imagen tranquila de todo el vídeo, y es una salida. No sabemos a dónde van, pero van juntos y se están yendo.
El clip termina con el cartel del primer disco: tres hombres con esmoquin, uno con chaqueta estampada de flores, delante de un planeta rosa, con el título del disco en letras grandes.
Lo que hay detrás
Esta canción no señala a nadie con nombre, y este texto tampoco. Lo que sí comparto es la parte de mi vida que he decidido hacer pública. Durante dos décadas estuve atrapado en dos relaciones con personas narcisistas. Cuando por fin se les cayó la careta, pasó algo muy parecido al monólogo final: se ganaron a mi entorno y lo pusieron en mi contra. Lo que yo contaba parecía exagerado; lo que contaban ellos, más fácil de creer.
Escribir canciones fue mi forma de dejar por escrito mi versión. Hubo un tiempo en que estuve cerca de no seguir, y lo cuento desde la orilla de la recuperación, no desde dentro. Ahora sé ponerle nombre a lo que me pasa (TEPT, una depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad) y sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Convertir a los monstruos en personajes de videoclub, con humor, es una de mis maneras de recuperar el control de la historia.
Si esta letra te toca demasiado de cerca, busca compañía para atravesarlo. Marca el 024 desde cualquier teléfono de España: es gratuito, no cierra nunca y responde tanto si eres tú quien lo está pasando mal como si temes por otra persona. Ante un peligro inmediato, 112. También puedes hablar con el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, si todavía no has cumplido los dieciocho, con ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, findahelpline.com te indica qué número gratuito tienes más a mano. A veces la puerta buena es la de una llamada.
Dónde la puse
En el catálogo, la canción vive en el primer disco, el de los comienzos del planeta, y es la pista 215 de 273 de la lista completa. El cartel con el que acaba el vídeo coincide con ese disco.
No es la única canción del planeta que toma prestado el cine de miedo. «La casa de los mil cadáveres» también lleva en el título una película de culto, y «Ya sale el asesino» juega con la figura del asesino que aparece cuando menos se le espera. En el terreno de la manipulación, la canción tiene primas cercanas: «Gaslighting», «Hipócritas» y «Escupiré sobre tu tumba», que también responde a quien se creía intocable. En la lista de videoclips de Planeta Gayfolk, este vídeo va justo después de «Ya no te quiero», que es casi su prólogo: la despedida antes de la película.
El vídeo completo está en la página del videoclip en Planeta Gayfolk, y la letra entera, en el apartado de letras. Ponla con la luz apagada si te atreves, o en una fiesta, para ver quién se para a escuchar.
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el título «Como en la matanza de Texas»? De una película de terror de culto. La canción toma de ese tipo de cine una escena concreta: la víctima que por fin encuentra a alguien que la ayuda y el monstruo que aparece justo detrás. El título solo se dice una vez en la letra, en el monólogo final.
¿Qué es el «vampiro emocional» de la canción? Es el monstruo que sustituye a la motosierra de la película: alguien que no deja marcas visibles pero se lleva la energía, las ganas y la confianza de los demás. Se le habla de tú durante toda la canción.
¿Por qué la canción es bailable si habla de algo tan serio? Por contraste. La idea era que sonara alegre por fuera, como sonríe por fuera ese tipo de persona, y que la letra fuera apareciendo poco a poco. La letra y la producción son de Mike Sain't Louis; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Qué se ve en el videoclip? Casi todo se ve dentro de un círculo negro, como a través de una mirilla: una discoteca con humo, visión nocturna verde, caras en neón, una fiesta bajo una luna rosa, cuartos con cruces, un sótano con fuego, gente con cámaras que graba y, al final, una pareja que se aleja de la mano por un pasillo.
¿Dónde puedo escucharla y leer la letra? En la ficha de la canción de esta web, en la página del vídeo de Planeta Gayfolk y en el canal oficial de YouTube, donde se publicó el 11 de noviembre de 2024.