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Una azotea sobre Barcelona, una pirámide de cristal y un bulevar de palmeras: las ciudades de Planeta Gayfolk

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Un planeta inventado podría tener sus propias ciudades, con nombres raros y arquitecturas imposibles. Planeta Gayfolk ha elegido otra cosa. Sus ciudades son prestadas: existen de verdad en la Tierra, tienen calles que se pueden pisar y monumentos que salen en las guías. Pero cuando entran en uno de mis videoclips se transforman. Se llenan de láseres, de niebla rosa, de parejas que bailan en las azoteas, de arcoíris que se apoyan en los rascacielos.

Es una manera de decir que el planeta no está lejos. Que no hace falta coger un cohete para llegar. Que basta con mirar una ciudad conocida con otros ojos, a otra hora, con otra música, para que se vuelva un sitio donde uno puede ser quien es.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Llevo tiempo construyendo con mis canciones ese mundo que llamo Planeta Gayfolk, y hoy me apetece recorrer sus ciudades. Lo hago con una brújula clara, «Barcelona», que es la canción que más ciudad tiene dentro, y con escalas en otras cuatro o cinco.

La brújula: una noche en Barcelona

El clip de «Barcelona» se publicó en YouTube el domingo 25 de mayo de 2025 y dura cuatro minutos y cinco segundos. Es el vídeo 149 de mis 276, y en el catálogo la canción ocupa el puesto 67 de 273, entre «Paris restera gris» y «Ataúd de neón». Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el disco central de la trilogía.

Lo tienes entero en el reproductor de Planeta Gayfolk. Y a diferencia de otras canciones de este paseo, de «Barcelona» sí está publicada la letra, así que puedo citarla. Arranca así:

Late night, city lights, Barcelona's glow

Esa primera línea ya es un programa entero. Noche tardía, luces de ciudad y un brillo propio. No habla de monumentos ni de playas, aunque los haya. Habla de lo que se siente al estar en una ciudad de noche, cuando todo parece posible.

Azoteas con láseres

La Barcelona del videoclip es, sobre todo, una ciudad vista desde arriba. Hay muchas azoteas. En una de ellas, hacia el segundo 84, dos hombres con chaquetas bordadas están de pie frente a frente, recortados como siluetas contra un cielo violeta que atraviesan haces de láser rosa. Detrás, la ciudad entera con sus luces encendidas. No se ve ninguna cara. Solo dos sombras muy juntas y un mar de ventanas.

En otra azotea hay una fiesta. Una guirnalda de bombillas naranjas cruza el cielo, y debajo, de espaldas a la cámara, decenas de personas miran hacia el mismo punto, como esperando algo. Todo está bañado en un azul eléctrico. Es la noche de verano perfecta, la de los conciertos improvisados y las terrazas que no cierran.

Me gustan mucho las azoteas como escenario. Son el lugar de una ciudad donde menos se nota el suelo. Estás en la ciudad, pero por encima. Ves sus luces sin tener que esquivar sus coches. Para alguien que ha vivido mucho tiempo con miedo a la calle, una azotea es casi un refugio: puedes mirar la ciudad sin que la ciudad te mire a ti.

Una torre de agujas al fondo

En un plano del clip aparece la silueta de la Sagrada Família, con sus torres puntiagudas iluminadas y dos grúas a los lados, como si la obra siguiera. Delante, una bailarina con chaleco de luces de colores y estelas de luz rojas y blancas que cruzan la explanada como coches a toda velocidad.

Es el único monumento reconocible del vídeo, y está ahí casi de pasada, como un decorado de fondo. Me gusta que no sea el protagonista. La ciudad no se reduce a su postal. La postal está detrás, y delante, lo importante: alguien que baila.

La ciudad a los pies

Hay un tramo del vídeo que sale de la ciudad y la mira desde fuera. Una bailarina en lo alto de una colina, con la ciudad iluminada extendida a sus pies hasta el horizonte, bajo un cielo naranja de contaminación luminosa, mientras unos haces de luz turquesa salen disparados desde la hierba. Abre los brazos, gira, salta. En otro momento, el mismo paisaje desde una terraza al anochecer, con estelas rojas que dibujan curvas en el suelo.

Fotograma del videoclip de «Barcelona»: la ciudad iluminada de noche vista desde lo alto, con haces de luz violeta y turquesa sobre los tejados

Son mis planos favoritos de «Barcelona». Tienen algo de liberación muy física: alguien que ha subido a lo alto para bailar sola delante de una ciudad entera. La ciudad no la ve, está demasiado lejos. Pero ella baila para la ciudad, como quien le dedica una serenata a alguien dormido.

Lo que dice la letra de la ciudad

La letra de «Barcelona» mezcla inglés y español, y lo hace como se mezclan los idiomas en una noche de fiesta con gente de muchos sitios. Hay un verso que resume la sensación de esas azoteas:

"La noche nos envuelve," let's not let it end

Y otro que parece describir a la bailarina de la playa del clip, que también la hay, con la arena iluminada por láseres:

Your hands, my waist, steps in the sand

Lo que más me interesa de esta canción, para este paseo, es que trata a la ciudad como a una tercera persona en una historia de amor. No hay solo un «tú» y un «yo»: hay un «tú», un «yo» y Barcelona. Lo dice el estribillo, repitiendo el nombre como un conjuro:

"Barcelona, Barcelona, tú y yo, Barcelona"

Primera escala: la pirámide de cristal

Si Barcelona es la ciudad de las azoteas, el París de «Louvre» es la ciudad de la plaza. El clip, publicado el lunes 7 de julio de 2025, transcurre casi entero en la explanada del museo, alrededor de la pirámide de cristal. Hay un plano, sin una sola persona, en el que la pirámide brilla en el centro y unos haces de luz violeta salen disparados en abanico hacia el cielo nocturno, mientras los palacios iluminados la rodean como un decorado de ópera.

Mosaico de cuatro fotogramas de mis videoclips: una azotea con láseres sobre Barcelona, una pirámide de cristal iluminada en París, rascacielos bajo un arcoíris y un bulevar de palmeras al atardecer

En ese París se baila delante del museo. Hay bailarinas con aros de luz rosa, vestidos de cola sobre el empedrado, dos figuras pequeñas en lo alto de la pirámide entre humo fucsia, y en una terraza, con la torre Eiffel encendida al fondo, una mujer de negro que levanta los brazos. Es una ciudad monumental que se deja tomar por la fiesta. Puedes ver el vídeo en su página del planeta.

Lo bonito de esta escala es el contraste. Un museo es el lugar donde se guarda lo que se considera valioso. Y en el clip, el baile y los cuerpos ocupan la plaza de delante, como reclamando su sitio entre las obras de arte.

Segunda escala: el bulevar de palmeras

La tercera ciudad de este paseo no tiene nombre propio en el vídeo, pero se reconoce por su luz. Es el bulevar de «Sunset Boulevard», un clip que salió el miércoles 6 de agosto de 2025. Al principio, un hombre de espaldas camina por el centro de una avenida flanqueada por palmeras altísimas, con coches de los años cincuenta aparcados a los lados, letreros de neón antiguos y un sol dorado que lo vuelve todo polvo y calor.

Es una ciudad de cine, de sueño americano, de esas avenidas donde parece que en cualquier momento vas a cruzarte con alguien famoso. En el clip, más adelante, esa calle se convierte en una pasarela, con modelos que desfilan entre fotógrafos. Pero yo me quedo con ese primer plano del hombre que camina solo hacia el sol, sin prisa, por una avenida que parece no tener final.

Tercera escala: rascacielos bajo el arcoíris

La ciudad más vertical del planeta es la de «Dubai», un clip del tercer disco, publicado el sábado 29 de noviembre de 2025. Ahí los edificios no son casas estrechas ni palacios: son torres de cristal retorcidas, que suben como agujas hasta el cielo. Y en uno de los planos, sobre esas torres, se apoya un arcoíris enorme, de punta a punta de la pantalla.

Hay otros dos momentos de esa ciudad que me gustan mucho. Uno es un túnel de neón rosa, de formas geométricas, por el que se camina como por dentro de una joya. El otro es un plano de cinco siluetas sentadas en un saliente altísimo, de espaldas, mirando la ciudad al atardecer, con un arcoíris tenue que se adivina entre las nubes. No se les ve la cara. Solo están ahí, juntas, mirando. Es la misma sensación de las azoteas de Barcelona, pero a cien pisos de altura.

Cuarta escala: los canales con niebla

La última escala de este paseo es la más húmeda. Es la Ámsterdam de «Amsterdam», con sus canales de agua negra que devuelven el neón, sus farolas de hierro, sus bicicletas atadas a los puentes y unas nubes rosas que han bajado hasta el suelo. Si las otras ciudades del planeta son de fiesta o de sol, esta es de lluvia. Por ella camina un hombre solo, y la ciudad le hace compañía sin pedirle nada.

Me gusta terminar el recorrido aquí porque es la ciudad que menos se parece a una postal. No hay grandes monumentos, ni rascacielos, ni plazas llenas. Hay agua, luz y alguien que pasea. Es la ciudad más íntima de todas.

La luz de cada ciudad

Cada ciudad del planeta tiene su propia luz, y casi podría reconocerlas con los ojos cerrados por el color que dejan en la memoria. Barcelona es violeta y turquesa, con estallidos de rosa: es la luz de los láseres de una fiesta al aire libre. París es dorado y morado, el oro de los palacios iluminados y el violeta de los haces que salen de la pirámide. El bulevar de palmeras es ámbar, polvo de sol al final de la tarde. La ciudad de las torres es azul limpio y rosa de neón. Y Ámsterdam es frambuesa y negro, la luz de los letreros sobre el agua.

Me gusta pensar que el planeta no impone un color a sus ciudades, sino que les deja elegir. Cada una se enciende a su manera. Lo que comparten no es el tono, sino el gesto: todas se iluminan para alguien que necesita verlas bonitas.

Calles sin tráfico

Otra cosa curiosa: en casi ninguna de estas ciudades hay tráfico. No hay atascos, ni bocinas, ni semáforos en rojo. Las calles de Barcelona que vemos son explanadas por las que cruzan estelas de luz, no coches. La plaza del museo está despejada. Los canales tienen barcas, pero amarradas. Solo en el bulevar de palmeras hay coches, y son coches antiguos, aparcados, relucientes, que parecen más esculturas que vehículos.

Es una manera de quitarle a la ciudad su prisa. En Planeta Gayfolk la ciudad no sirve para ir de un sitio a otro a toda velocidad. Sirve para estar. Para pararse en una azotea, para bailar en una colina, para sentarse en un saliente a mirar el atardecer. Las ciudades de mi planeta tienen todo el tiempo del mundo.

Una ciudad para dos

Vuelvo un momento a «Barcelona» para quedarme con una idea que atraviesa toda la canción: la de que la ciudad es el lugar donde dos personas se encuentran. El estribillo empieza con una invitación muy directa:

Foto real de Mike Sain't Louis en Barcelona junto al verso de «Barcelona» «Late night, city lights, Barcelona's glow»
Turn the beat up, feel the rush, "acércate a mí"

Esa mezcla de órdenes de pista en inglés y de ruego en español es exactamente lo que pasa en las azoteas del clip. Hay música alta, hay prisa en el cuerpo, y en medio de todo eso alguien le pide a otro que se acerque. La ciudad pone el decorado, las luces y el ruido. Lo demás lo ponen ellos.

Lo que tienen en común

Cuando pongo estas cinco ciudades una al lado de otra, veo tres cosas que se repiten.

La primera, la noche. Casi todo pasa al atardecer o después. Las ciudades de Planeta Gayfolk se encienden cuando el sol se va. Es entonces cuando aparecen los láseres, los neones, las guirnaldas, las estelas de luz. De día son ciudades normales; de noche son del planeta.

La segunda, la altura. Azoteas, colinas, salientes, lo alto de una pirámide, el cielo sobre los rascacielos. Casi siempre miramos la ciudad desde arriba, o desde fuera. Como si para quererla hubiera que tomar un poco de distancia.

La tercera, el baile. En todas, alguien baila. En la azotea, en la colina, en la plaza del museo, en el bulevar convertido en pasarela. Las ciudades de mi planeta no son sitios para mirar, sino para moverse.

Ciudades que no se acaban

Hay un detalle en el que no reparé hasta ver estos clips seguidos: casi ninguna de estas ciudades tiene límites. En Barcelona, desde la colina, las luces llegan hasta el horizonte. En París, la plaza del museo se abre hacia los lados sin que veamos dónde termina. El bulevar de palmeras se pierde en el sol. Las torres de cristal se cortan arriba, fuera del encuadre. Y los canales de Ámsterdam se doblan hacia otros canales, siempre con un puente más al fondo.

Ilustración sin personas de una ciudad soñada de noche con azoteas, una torre de agujas, canales y palmeras bajo luces de neón

Son ciudades sin murallas, sin salida y sin entrada. Uno no llega a ellas ni se va: simplemente está dentro. Y creo que eso tiene que ver con lo que significa Planeta Gayfolk para mí. No es un sitio con aduana, donde alguien te pide el pasaporte o te pregunta a quién quieres. Es un lugar que se extiende hasta donde alcanza la vista, y al que se entra con solo mirar.

Cuando era más joven, y durante muchos años después, sentía que todas las ciudades tenían un borde invisible que yo no podía cruzar. Barrios donde no me sentía bienvenido, calles por las que daba un rodeo, plazas en las que no me atrevía a pararme. Estas ciudades sin borde son, en el fondo, una respuesta a aquella sensación. Aquí no hay calles prohibidas.

Ecos de otras ciudades

Hay otras canciones mías que también están llenas de ciudad, aunque no tengan nombre de ciudad en el título. En «Madrid to Benidorm» hay una línea que podría ser el lema de todo este paseo:

In every city, me and you.

Y en «Licenciada en derecho» hay una protagonista que recorre la ciudad con un desparpajo que me hace mucha gracia:

Walking through the city, feeling kinda witty,

Pongo esos versos al lado de los de «Barcelona» y me doy cuenta de que la ciudad, en mis letras, casi nunca es un sitio hostil. Es un sitio para caminar acompañado, para ir con gracia, para envolverse en la noche. No siempre fue así en mi vida. Por eso me importa tanto que lo sea en mis canciones.

Por qué necesitaba estas ciudades

Hubo una larga temporada en la que la ciudad me daba miedo. Pasé veinte años, en dos relaciones, junto a dos personas narcisistas, y cuando por fin quedó a la vista lo que eran, ellas se ocuparon de que muchos de los que me rodeaban creyeran su versión y no la mía. Me quedé con un estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa, diagnósticos con los que hoy trabajo junto a mi psicóloga y mi psiquiatra. Hubo un momento en el que dejé de querer vivir.

En aquellos años salir a la calle era un esfuerzo enorme. Cualquier mirada me parecía un juicio. Las ciudades eran sitios llenos de gente de la que tenía que esconderme. Inventar estas otras ciudades, las de las azoteas y los láseres, las de los canales rosas y los arcoíris sobre las torres, ha sido una manera de reconciliarme con la calle. De contar mi versión, la que nadie quiso escuchar, y de imaginar un sitio donde no tuviera que esconderme.

Si a ti hoy la ciudad se te hace cuesta arriba, no lo aguantes sin ayuda. En España el 024 es un teléfono gratuito, disponible a cualquier hora, para quien tiene pensamientos de suicidio y para quien se preocupa por alguien. En una urgencia, el 112. Y si vives fuera, findahelpline.com te ayuda a encontrar la línea de tu país. Las ciudades también pueden volver a ser tuyas.

Un mapa del disco de las ganas

Casi todas estas ciudades pertenecen al segundo disco de la trilogía, el de las ganas de viajar a GAYFOLK. Tiene sentido. Es el disco de imaginar el viaje, y un viaje imaginado está hecho de ciudades: las que sueñas visitar, las que te prometes que un día recorrerás con alguien de la mano. Solo «Dubai» viene ya del tercer disco, el de la liberación, y quizá por eso es la ciudad más alta, la que mira el mundo desde arriba sin miedo.

Juntas forman un mapa raro, sin fronteras ni distancias. Puedes pasar de una azotea de Barcelona a la pirámide del Louvre, y de ahí a un bulevar de palmeras, en lo que dura una canción. Ese es, en el fondo, el truco de Planeta Gayfolk: todas las ciudades donde alguna vez fuiste libre caben en el mismo planeta.

Para escucharlas

Todas estas canciones, y el resto de mi catálogo, están para descargar gratis y sin registrarte en mi página de descargas. Y en la tienda de gayfolkplanet.com, en https://gayfolkplanet.com/tienda, también hay descargas gratuitas y cosas del planeta.

Te propongo un orden para el paseo: empieza por «Barcelona», sube a la pirámide con «Louvre», baja al bulevar con «Sunset Boulevard», mira el arcoíris desde las torres con «Dubai» y termina caminando por los canales con «Amsterdam».

Cinco postales para guardar

Las dos siluetas en la azotea de Barcelona, bajo los láseres rosas.

La pirámide de cristal vacía, con los haces violetas abiertos en abanico.

El hombre de espaldas en el bulevar de palmeras, caminando hacia el sol.

Las cinco siluetas sentadas sobre la ciudad de las torres, con el arcoíris entre las nubes.

La nube rosa paseando por el canal de Ámsterdam.

Preguntas frecuentes

¿Qué ciudades aparecen en los videoclips de Planeta Gayfolk? Entre otras, Barcelona («Barcelona»), París («Louvre»), un gran bulevar de palmeras («Sunset Boulevard»), una ciudad de rascacielos («Dubai») y Ámsterdam («Amsterdam»).

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Barcelona»? El domingo 25 de mayo de 2025, en YouTube. Dura cuatro minutos y cinco segundos.

¿A qué disco pertenece «Barcelona»? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía.

¿Qué tienen en común esas ciudades? La noche, la altura y el baile: casi todo pasa al anochecer, se mira desde arriba y siempre hay alguien bailando.

¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.