
By Mike Sain't Louis ·
Una azotea con piscina de luz, flamencos hinchables y una piscina vacía: las piscinas de Planeta Gayfolk
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Una piscina es un trozo de mar domesticado. Tiene bordes, escaleras, una profundidad marcada en los azulejos y un socorrista que mira desde su silla. Nada de corrientes, nada de olas inesperadas. Es el agua con normas. Y quizá por eso nos gusta tanto: nos deja sentir lo que se siente en el mar sin tanto miedo.
Pero las piscinas también tienen su parte inquietante. El silencio de debajo del agua. El momento en que te quedas sin aire y subes con prisa. El fondo que se ve tan cerca y está más lejos de lo que parece. Y esas piscinas vacías de final de verano, con hojas flotando, que parecen el escenario de una fiesta que ya acabó.
En mis videoclips hay muchísima agua, y una buena parte está metida en piscinas. Piscinas de hotel con palmeras, piscinas en la cubierta de un barco, piscinas de neón en un club, piscinas sin nadie. Cuando me puse a buscarlas para este texto me sorprendió la cantidad. Quizá porque una piscina es, en el fondo, un lugar donde se juega a flotar. Y flotar ha sido, durante mucho tiempo, lo más difícil para mí.
Una canción para bailar hasta el amanecer
La piscina principal de este paseo está en «Mi salvador», una canción de pista, mitad en castellano y mitad en inglés, que publiqué en noviembre de 2025. Es una canción de noche larga, de esas en las que el baile se convierte en una forma de curarse. Empieza justo donde empiezan las mejores fiestas:
Desde que cayó la noche, baby,
Y en el estribillo aparece la idea que da título a todo: que el ritmo de alguien, su manera de moverse, puede salvarte un poco. No para siempre, no de todo. Pero sí esa noche. Sí durante el tiempo que dura la canción.
Mueve así, kill this dolor,
Me gusta mucho esa mezcla de idiomas en un mismo verso. Es como hablan muchas personas que conozco cuando están contentas: sin pararse a elegir, cogiendo la palabra que suena mejor. «Kill this dolor» es medio grito, medio broma. Una orden al cuerpo para que se olvide un rato de lo que pesa.
Flamencos en el agua
El videoclip de «Mi salvador» empieza muy pronto en el agua. En uno de los primeros planos, en una piscina de hotel rodeada de palmeras, flotan dos flamencos hinchables rosas gigantes mientras alguien levanta los brazos en medio de la piscina. Más adelante aparecen otros flotadores: una piña dorada, roscos naranjas, colchonetas de colores repartidas por el agua como confeti.
Los flotadores son el objeto más honesto de cualquier piscina. Reconocen que nadie flota solo todo el tiempo. Que a veces necesitas algo a lo que agarrarte, aunque tenga forma de flamenco o de donut. De niños nos los ponían en los brazos sin preguntar. De adultos, nos da vergüenza usarlos. Y sin embargo, cuántos adultos necesitarían un flamenco hinchable al que abrazarse algunos días.
En el clip, los flotadores son pura fiesta. Pero cuando los miro ahora, después de todo lo vivido, me parecen también una forma de cuidado. Algo que alguien deja en el agua por si acaso, para que quien lo necesite tenga dónde apoyarse.
Bajo el agua, con los ojos abiertos
Hay planos del clip de «Mi salvador» que están grabados por debajo de la superficie. El agua es turquesa, llena de burbujas y de rayos de luz que bailan sobre la piel. Alguien sonríe bajo el agua, con el pelo flotando, como si allí abajo no hubiera ningún problema.
Ese silencio de debajo del agua tiene algo de refugio. Cuando te sumerges, el ruido desaparece. La charla de la piscina, la música del bar, los gritos de los niños: todo se convierte en un murmullo lejano. Durante unos segundos solo existe tu respiración contenida y el latido en los oídos.
Para alguien con ansiedad social, ese silencio es un regalo. Es como tener un botón que apaga el mundo. El problema es que no se puede vivir debajo del agua. Tarde o temprano hay que subir, tomar aire y volver a oír todo. Y eso, también, es parte del baile.
Un suelo de neón en la azotea
El plano más reconocible del videoclip está en lo alto de un edificio. Es una azotea con vistas a una ciudad entera, con montañas al fondo y bloques de pisos hasta el horizonte. En el suelo, un rectángulo enorme brilla con luces de neón turquesa, rosa y violeta, rodeado de un borde blanco. Desde según qué ángulo, parece una piscina sin agua o una piscina de luz. En el centro, de espaldas a la cámara, una figura vestida de blanco levanta los brazos hacia la ciudad mientras el sol se pone.
Esa figura de espaldas, con los brazos en alto, en mitad de un rectángulo de luz, es la imagen de alguien que ha decidido bailar aunque nadie le esté mirando. O precisamente porque nadie le mira. Está solo en la azotea, pero no parece solo. Parece libre.
Lo que más me gusta es la ambigüedad del suelo. No sé si es una pista de baile o una piscina sin agua. Puede que sea las dos cosas. Puede que en Planeta Gayfolk bailar y flotar sean lo mismo: dejar de sostener el cuerpo con tanto esfuerzo y dejar que algo te lleve.
Benidorm, donde viven los sueños
En una de las estrofas de «Mi salvador» aparece un lugar concreto:
En Benidorm, where dreams live.
Benidorm es, para muchos, la capital española de las piscinas. Rascacielos de hoteles, cada uno con su piscina en la terraza, su música de tarde y sus tumbonas alineadas. En la canción funciona como un lugar de fiesta, de exceso y también de escapada.
Y la verdad es que la azotea del videoclip, con su ciudad llena de torres al fondo, podría ser cualquier ciudad de la costa mediterránea. No hace falta reconocerla. Basta con sentir que es un sitio de vacaciones, de esos donde uno se permite cosas que en casa no se permite. Bailar en una azotea. Meterse en la piscina vestido. Volver al hotel cuando ya está amaneciendo.
Una piscina en la cubierta de un crucero
La segunda piscina del paseo flota en mitad del mar. En «Croquetas en el crucero», un viaje que prometía playas, sol y algún italiano acaba en un buffet de croquetas, queso malo y una misa con un reggaetonero. Por supuesto, el barco tiene piscina. La letra la presenta con una de las imágenes más absurdas que he escrito:
y en la piscina, dos chonis montando una orquesta
En el videoclip hay varias piscinas de cubierta: una en la proa de un yate blanco, con sombrillas amarillas; otra al atardecer, con la barandilla del barco y el mar al fondo; otra con un delfín hinchable gigante en la tumbona y, más tarde, una con un flamenco rosa en medio de una fiesta multitudinaria.
Una piscina en un barco es una contradicción preciosa. Estás rodeado de mar por todas partes y, aun así, te metes en un rectángulo de agua dulce con cloro. Es como tener miedo al océano y conformarse con una muestra. Y quizá no pasa nada por empezar así: primero el agua con bordes, luego, si un día apetece, el mar abierto.
Flamencos fuera del agua
Los flamencos hinchables de «Mi salvador» tienen primos en otros clips de Planeta Gayfolk. En el videoclip de «El calcetín», que es una fiesta de cojines, almohadas y toboganes de agua, aparecen dos flamencos rosas gigantes plantados en una plaza circular de gradas rosas, iluminados por una luz fucsia, sin nadie alrededor. Más tarde, el clip baja a unas piscinas con toboganes, todo en tonos rosas y celestes.
Me hace gracia que los flamencos hayan salido del agua. Un flotador fuera de la piscina es un objeto sin función, casi una escultura. Pero en esa plaza vacía, los flamencos parecen esperar algo. Como si fueran los guardianes de una fiesta a punto de empezar, o los únicos supervivientes de una que ya acabó.
Con fobia social, salir de una reunión se parece a eso: ser un flamenco hinchable fuera del agua. Sigo teniendo el color de la fiesta, pero ya no estoy en mi elemento. Y necesito un rato para volver a llenarme de aire.
Una piscina sin nadie
Hay una piscina en mi planeta que no tiene música. Está en el videoclip de «Hipócritas», una canción de ajuste de cuentas con quienes sonríen de frente y apuñalan por la espalda. El clip está lleno de escenas de pareja que parecen de catálogo de otra época: bodas, picnics, terrazas. En una de ellas, un chico y una chica en bañador, con estampados retro, se asoman al borde de una piscina de hormigón. Y en el plano siguiente, la misma piscina aparece sin nadie. Agua azul, escalones, un muro gris alrededor y unas puertas cerradas al fondo.
Esa piscina sin gente es la imagen perfecta de la hipocresía. Todo parece en orden, limpio, preparado para el verano. Pero no hay vida. La fachada está intacta y el interior, vacío. Igual que esas relaciones que parecen perfectas en las fotos y por dentro no tienen a nadie.
Quien ha vivido con una persona narcisista conoce esa piscina: por fuera, un anuncio; por dentro, un agua que no mueve nada.
Un jacuzzi de luz y un agua que arde
En otro clip de Planeta Gayfolk, el de «Un invitado VIP cortando cebolla», el agua se vuelve casi irreal. Hay un jacuzzi iluminado con neones azules y morados, con alguien que asoma la cabeza de espaldas, entre vapor. Y hay un plano que he elegido como portada de este texto: una superficie de agua azul sobre la que arden llamas anaranjadas, como si alguien hubiera prendido fuego al mismo líquido.
El agua que arde es una imposibilidad, y por eso me gusta tanto. Representa esos momentos en que lo que debería calmarte te quema. El baño que debería relajarte y te agobia. La fiesta que debería alegrarte y te deja vacío. A veces el refugio se convierte en otra cosa, y hay que darse cuenta a tiempo para salir.
No quiero contar más de esa canción aquí. Solo quedarme con la imagen: el fuego sobre el agua, y la certeza de que no todo lo que brilla en la piscina es bueno para ti.
Aguantar la respiración
Hay un juego que casi todo el mundo ha hecho de pequeño en la piscina: aguantar la respiración bajo el agua y contar. Uno, dos, tres. Quién aguanta más. Al final siempre llega el momento en que los pulmones arden y tienes que subir, sin importar quién gane.
Durante veinte años viví aguantando la respiración. Con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, aprendí a quedarme bajo el agua todo el tiempo posible, sin hacer ruido, sin pedir aire, esperando a que pasara. Cuando por fin salí a la superficie y conté lo que había vivido, ellos ya estaban en el borde de la piscina, secos, sonrientes, seduciendo a todo el mundo con su versión. Y muchas de las personas que yo quería se pusieron de su parte.
Mis canciones fueron la bocanada de aire que me faltaba. El único sitio donde podía decir lo que nadie quería escuchar.
Lo que encontré al salir del agua
Después de salir, tardé en volver a respirar con normalidad. Un día, el diagnóstico le puso nombre a lo que llevaba encima: depresión mayor grave, estrés postraumático, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación. Lo cuento con calma en mi texto sobre el diagnóstico.
Ponerle nombre fue como encontrar el borde de la piscina con la mano después de mucho rato nadando a ciegas. No significaba que ya estuviera fuera. Pero ya sabía dónde agarrarme. Y desde ahí, poco a poco, he ido aprendiendo a flotar.
Aprender a flotar
Flotar parece fácil y no lo es. Hay que confiar en que el agua te sostiene. Hay que dejar de pelear, soltar el cuerpo, echar la cabeza hacia atrás y respirar despacio. Si te pones tenso, te hundes. Si te relajas, el agua hace el resto.
Creo que la recuperación se parece mucho a eso. No consiste en nadar más fuerte, sino en dejar de pelear contra el agua. En aceptar ayuda, igual que se acepta un flotador. En confiar en que hay algo debajo que te sostiene, aunque no lo veas.
Todavía me cuesta. Hay días en que me tenso y me hundo un poco. Pero cada vez sé mejor cómo volver a la superficie. Y cada vez me da menos miedo el fondo.
El socorrista que todos llevamos dentro
En casi todas las piscinas públicas hay una silla alta junto al borde. Desde ahí, alguien vigila el agua sin meterse en ella. No juzga a nadie por nadar mal ni por usar manguitos. Solo mira, y si alguien se hunde, salta.
Me gustaría que esa figura existiera en más sitios. En las fiestas, en las familias, en los grupos de amigos. Alguien que no se ría cuando te cuesta respirar, que no te diga que exageras, que simplemente esté atento. A veces ese socorrista es una amiga, a veces un profesional, a veces una línea de teléfono. Y a veces, poco a poco, aprende a serlo uno mismo.
Salir de la piscina a tiempo
Hay una sabiduría en saber cuándo salir del agua. Cuando los dedos se arrugan, cuando empiezas a tener frío, cuando la piscina se llena demasiado. Quedarse por obligación nunca acaba bien.
En la pista de baile pasa lo mismo. «Mi salvador» habla de bailar hasta el amanecer, y es precioso. Pero también hay que saber irse a casa. Secarse, ponerse ropa seca, beber agua, dormir. La fiesta sigue ahí al día siguiente. El cuerpo, si lo cuidas, también.
Ojalá todos tuviéramos un socorrista interior que nos avisara cuando llevamos demasiado tiempo en el agua. Mientras tanto, se puede aprender a escuchar las señales. Y a salir a tomar aire sin sentir que te pierdes algo.
Luces, cámara y una piscina de noche
Hay un verso de «Mi salvador» que convierte la fiesta en rodaje:
Lights, camera, acción,
Me gusta porque admite algo que casi nunca se dice: que una noche de baile también es una pequeña película que nos montamos. Elegimos la ropa, el sitio, la canción. Nos imaginamos el plano. Y en mi planeta, esa película casi siempre tiene una piscina iluminada de fondo.
Una piscina de noche es otro lugar distinto de la de día. Los focos del fondo pintan el agua de un azul que no existe en la naturaleza. La superficie tiembla y proyecta en las paredes unas redes de luz que se mueven solas. Todo parece más quieto y, a la vez, más vivo. Es el momento en que el agua deja de ser deporte y se convierte en decorado.
En el videoclip, el agua turquesa del día va dejando paso a las luces de colores de la azotea, y el montaje alterna los dos mundos como quien pasa de la piscina a la pista sin secarse. Ordenar esos planos fue como ordenar los fotogramas de un sueño de verano: primero el agua, luego la luz, luego otra vez el agua.
Curar el corazón con un movimiento
Otro verso del estribillo resume la promesa de la canción:
With your moves, cure mi corazón.
No es una frase sobre el amor romántico, o no solo. Es una frase sobre el poder que tiene el cuerpo para arreglar lo que la cabeza no sabe arreglar. A veces no hay palabras que ayuden. Pero un baile, un salto al agua, una brazada, mueven algo por dentro que llevaba tiempo atascado.
En la recuperación de una depresión se habla mucho del movimiento, y con razón. No hace falta correr una maratón. Basta con mover un poco el cuerpo cada día, con lo que se pueda. Hay personas que caminan, otras que bailan en la cocina, otras que nadan. El agua, además, tiene una ventaja: te quita peso. Literalmente. Dentro de una piscina, el cuerpo pesa menos, y eso, para quien carga mucho, ya es un alivio.
La piscina al final del verano
Hay una imagen que no aparece en ningún clip y que, sin embargo, flota por encima de todos: la piscina en septiembre. Cuando se van los bañistas, se recogen las tumbonas y alguien echa una lona por encima. El agua sigue ahí, pero ya nadie la mira.
A mí esa piscina me da una ternura enorme. Es el recordatorio de que las cosas buenas tienen temporada, y de que no pasa nada porque acaben. El verano volverá. Los flotadores se inflarán otra vez. Mientras tanto, el agua descansa.
Creo que también las personas necesitamos nuestra temporada baja. Días con la lona puesta, sin fiestas, sin visitas, sin tener que estar brillantes para nadie. Es fácil sentir culpa por esos días. Pero se pueden mirar de otra manera, como lo que son: el invierno de una piscina que se está preparando para el próximo verano.
Cómo recorrer estas piscinas
Si quieres verlas, empieza por el videoclip de «Mi salvador»: fíjate en los flamencos hinchables de la piscina de palmeras, en los planos bajo el agua y en la azotea del suelo de neón. Después sube a bordo de el de «Croquetas en el crucero» y busca las piscinas de cubierta. Termina en la piscina sin nadie de el de «Hipócritas».
Si lo tuyo es escuchar, todas estas canciones se pueden oír y bajar sin pagar desde la página de descargas de mi web, sin registrarte. Ponlas en la tumbona, en el vestuario o en el autobús de vuelta de la playa.
Quién llena estas piscinas
Me llamo Mike Sain't Louis y soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribo las letras, decido la producción y monto cada videoclip, escogiendo plano a plano; la música y la interpretación vocal se generan con herramientas de inteligencia artificial a partir de lo que yo pido. Con ellas he ido llenando Planeta Gayfolk de agua: de mar, de lluvia y, como ves, de muchas piscinas.
Si este verano, o el que venga, te metes en una piscina, haz una prueba. Túmbate boca arriba, suelta los brazos, echa la cabeza hacia atrás y deja que el agua te sostenga unos segundos. Y luego sal, sécate y baila un rato. Aunque sea en el salón.
Preguntas frecuentes
¿Qué piscinas aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis? Este texto recorre la piscina de los flamencos hinchables y la azotea con suelo de neón de «Mi salvador», las piscinas de cubierta de «Croquetas en el crucero», los flamencos y toboganes de «El calcetín», la piscina sin nadie de «Hipócritas» y el jacuzzi de neón y el agua en llamas de «Un invitado VIP cortando cebolla».
¿De qué trata «Mi salvador»? Es una canción de pista, en castellano e inglés, sobre una noche de baile en la que el ritmo de otra persona ayuda a olvidar el dolor. Su videoclip pasa por piscinas de hotel, planos bajo el agua y una azotea sobre la ciudad.
¿Qué muestra la portada de este texto? Un fotograma del videoclip de «Un invitado VIP cortando cebolla»: llamas anaranjadas que arden sobre una superficie de agua azul.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, decide la producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro, en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.