
By Mike Sain't Louis ·
Un desfile de divas entre llamas y un acordeón en la hierba: el videoclip de «Sunset Boulevard», escena a escena
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La portada de «Sunset Boulevard» es una postal muy concreta: un chico vestido de rosa que baja en monopatín por una avenida de palmeras mientras se pone el sol. Quien llega al videoclip esperando ver esa escena en movimiento se lleva una sorpresa, porque el monopatín no aparece ni una sola vez. En su lugar hay arena, hierba, agua, fuego y una colección de mujeres que caminan como si cada paso fuera el último de un desfile.
Lo publiqué en YouTube el 6 de agosto de 2025, un miércoles, a las once menos cuarto de la noche en Madrid, con el título en mayúsculas de siempre: «SUNSET BOULEVARD (OFFICIAL MUSIC VIDEO)». Dura cuatro minutos y treinta y ocho segundos, que para lo que suelo hacer es largo. Pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y en la lista de canciones del catálogo es la pista 111 de 273, entre «Sonne und Wind» y «Mirror». En la lista de vídeos del canal ocupa el lugar 120, justo después del de «Goodbye». Si quieres tenerlo abierto mientras lees, está en la sala de vídeos de la web.
La letra todavía no está publicada en la web, así que aquí no voy a citar versos. Este texto va de lo que se ve. Lo he mirado parándolo cada pocos segundos y apuntando qué hay en cada plano, y lo cuento en el orden en que aparece, separando lo que está en la pantalla de lo que yo leo en ello.
Un rótulo entre pinos
El vídeo no arranca en California. Arranca en un bosque. El primer plano es un pinar alto, con los troncos rectos y la luz entrando de lado, y encima, en letras amarillas de máquina de escribir, mi nombre arriba a la izquierda y el título abajo a la derecha, partido en dos líneas: «SUNSET» y «BOULEVARD». Es un rótulo seco, sin brillos, casi de documental de naturaleza.
Me gusta que empiece así porque desmonta la expectativa desde el primer segundo. El título promete neón, coches antiguos y palmeras, y lo primero que enseña es un bosque callado. La avenida va a llegar, pero tarde, y no va a llegar sola.
Huellas que suben una duna
El segundo plano es, para mí, el más bonito de todo el clip, y por eso lo he elegido para la portada de este texto. Una duna enorme de arena clara, con la cresta cortando la imagen en diagonal y la sombra azulada del otro lado. Por la ladera sube una figura pequeña con un vestido blanco de gasa. No se le ve la cara: la vemos de espaldas, con el pelo recogido, y detrás de ella, en la arena, una fila de huellas que baja hasta el borde del encuadre.
No hay nada más. Ni mar, ni camino, ni nadie esperándola arriba. Solo el esfuerzo de subir y el rastro que deja. Es una imagen muy simple y a la vez cuenta mucho: alguien que se aleja de algo, que se va quedando sola en el paisaje, y que no se gira.
Las huellas son lo único que el vídeo deja quieto. Todo lo demás, a partir de aquí, se mueve.
La bailarina de la gasa
La figura de la duna se convierte enseguida en el hilo del vídeo. Varias veces a lo largo del clip volvemos a unas dunas bajas junto a la costa, con monte al fondo y matorral en la ladera, y allí hay una bailarina con un vestido de gasa color crema o arena. A veces la vemos lejos, girando sobre la cresta. A veces de cerca, con la tela levantada por el viento hasta taparle la cabeza, de modo que solo se ven las piernas y una nube de tejido.

Hay un plano en el que salta con una pierna doblada y la gasa forma una especie de vela por encima de ella. Otro en el que se queda de puntillas con los brazos abiertos y la tela flotando detrás como una capa. Siempre está sola, siempre con el cielo limpio de fondo, y la arena tiene las ondulaciones que deja el viento cuando nadie la pisa.
Alrededor de ella hay otros planos parecidos: una chica de melena larga y vestido de tirantes que mira al mar desde unas rocas, una chica con top y falda que levanta los brazos hacia arriba mientras pasan pájaros por delante, otra que se queda tumbada con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Son primeros planos tranquilos, de luz gris o dorada, sin ningún objeto que los sitúe en una ciudad. Si el título no dijera Sunset Boulevard, cualquiera pensaría que el vídeo va de una costa salvaje.
El chico de espaldas en la avenida
Y entonces, muy pronto, aparece por primera vez la avenida. Un chico con chaqueta negra, de espaldas, de pie en medio de una calle recta flanqueada de palmeras altísimas, con rótulos de neón a los lados, coches de los años cincuenta aparcados y el sol bajando justo al final de la calzada.
Es un plano breve, pero funciona como una puerta. El chico no hace nada: mira hacia el fondo de la avenida, hacia el atardecer. Es la única vez que el vídeo enseña la calle vacía, sin público ni focos. A partir de aquí, cada vez que volvamos a ese bulevar, estará lleno.
Las divas del bulevar
El gran bloque del vídeo, el que vuelve una y otra vez hasta el final, es un desfile. Por el centro de la avenida camina, cada vez, una mujer distinta, siempre hacia la cámara, siempre con paso de pasarela, mientras a los dos lados de la calle se amontonan fotógrafos con cámaras, focos de rodaje y una fila de coches antiguos. El asfalto hace de alfombra roja y la línea central de la calzada, de pasillo.
Las he ido contando. La primera lleva un peinado afro enorme y un vestido dorado, y camina entre dos columnas de llamas que salen a los lados de la calle. Otra lleva un vestido plateado ceñido y avanza entre focos que le apuntan desde las aceras, con el cielo naranja detrás. Otra lleva un tocado de plumas blancas alrededor de la cabeza, como un sol, y un vestido corto de lentejuelas azules; en uno de sus planos camina con zapatos de plataforma justo delante del sol que se pone, y el bulevar se ha vuelto morado.
Hay una rubia con un vestido largo de satén champán que parece sacada de un estreno de cine antiguo, rodeada de un muro de fotógrafos. Una mujer de pelo platino con un vestido muy corto de cristales que avanza entre llamaradas que salen del suelo como fuegos de escenario. Una con un vestido largo dorado de mangas abiertas, con los faros de los coches encendidos a los lados. Una con un mono negro y botas altas. Una con una capa plateada sobre una luz magenta tan fuerte que la calle entera se tiñe de fucsia.
No hay ninguna que se pare. Ninguna posa quieta para los fotógrafos ni saluda. Caminan, y la cámara retrocede delante de ellas. Es el gesto de una pasarela, no el de una alfombra de estreno.
El fuego que no quema
El fuego es lo que más llama la atención la primera vez. Aparece casi siempre en el bulevar: llamaradas a los lados de las divas, columnas de fuego que suben entre los coches, una pared de llamas detrás de una mujer de vestido azul de lentejuelas. Nadie huye. Nadie se aparta. Los fotógrafos siguen disparando y las mujeres siguen caminando.

Hay también un chico con chaqueta de ante marrón que pasea por la misma avenida con cuatro perros atados, de pelo claro y orejas tiesas, y de pronto el suelo que pisan se llena de luz amarilla, como si el asfalto se hubiera convertido en brasas. Los perros no se asustan. Él tampoco. Y hay un chico con cazadora de cuero que camina de noche por una calle de ciudad con contenedores ardiendo a los lados y una lluvia de chispas detrás.
Yo leo ese fuego como lo que es en un escenario: efecto, no peligro. Es el fuego de las galas, de las actuaciones con pirotecnia, el que sale a la hora exacta y se apaga a la hora exacta. En el bulevar del vídeo, el fuego es parte de la puesta en escena de quien camina, una manera de decir que esa persona merece focos, humo y llamas solo por cruzar la calle.
Dos músicos en un prado gris
Entre desfile y desfile, el vídeo se va a un lugar que no tiene nada que ver con nada de lo anterior. Un prado de hierba alta bajo un cielo completamente gris, con una línea de árboles al fondo. Allí hay dos músicos. Una persona de pelo largo y ondulado, con un jersey grueso de cuello vuelto color crema, toca un acordeón rojo con los ojos cerrados. A su lado, una mujer de trenzas largas, con collares de cuentas, una chaqueta negra de mangas anchas y un vestido estampado de colores, mira a un lado, a veces se gira hacia la cámara, a veces se ríe.
Más adelante ella saca una trompeta dorada y la levanta mientras su compañera sigue con el acordeón. Hay planos de los dos juntos, de frente, con el viento moviendo el pelo y la hierba. Hay planos de ella sola, caminando por el prado con las manos en las caderas o apoyando la barbilla en la mano con un gesto teatral, muy de cerca, con la cámara por debajo. Y hay uno en el que dos mujeres se ponen frente a frente en la hierba y bailan casi sin moverse, como si se estuvieran retando.
Este bloque es el contrapunto de todo. Donde el bulevar es naranja, morado y fucsia, el prado es gris y verde apagado. Donde las divas caminan en línea recta hacia la cámara, aquí nadie va a ningún sitio. No hay fotógrafos, ni focos, ni fuego. Hay dos personas tocando para nadie en mitad del campo.
Me gusta mucho ese contraste y creo que es la clave del vídeo. Hay dos maneras de estar en el mundo que se alternan todo el rato: la del escaparate, donde todo se mira y se fotografía, y la del prado, donde se hace música sin público. El clip no elige entre las dos. Las va montando una detrás de otra, como si fueran la misma persona en dos días distintos.
Los acordeones, además, no son nuevos en el planeta. En el vídeo de «So Insignificant» también hay acordeonistas en un muelle con niebla y en una calle antigua. Allí el acordeón acompañaba el cansancio; aquí acompaña un paseo por el campo. Es el mismo instrumento con otro tiempo.
Un espejo de agua
Hay un plano que vuelve tres veces y que es muy distinto del resto. Una playa con la marea baja, la arena mojada convertida en un espejo, y en medio una figura pequeña de pie, con los brazos abiertos, reflejada de cuerpo entero en el agua. Detrás, un monte verde que baja hasta el mar y un cielo de nubes rotas con luz de atardecer.
Es el plano más quieto del vídeo. La figura no baila: se queda abierta, como quien respira hondo después de correr. La primera vez aparece casi al principio; la última, hacia el final, justo antes de que el bulevar se llene de fuego otra vez. Funciona como una pausa entre capítulos.
La playa de la chica del pantalón verde
Otro de los personajes que repiten es una chica de pelo rojizo, con top corto y pantalón verde, que baila sola en una playa ancha de arena blanca, con olas suaves y un monte en la otra punta de la bahía. Baila con los brazos por encima de la cabeza, gira, corre hacia la orilla, vuelve. Es el único personaje del vídeo que parece estar pasándolo bien sin ninguna solemnidad: ni desfile, ni pose, ni música en directo. Solo una tarde de playa.

Cerca de esos planos hay una pareja en la orilla: un chico con camiseta verde y una chica con camiseta amarilla que se abrazan, se dan la vuelta y bailan agarrados mientras rompe una ola detrás. Es el único abrazo del vídeo y dura muy poco.
Y hay un plano que no tiene nada de urbano: una chica con vestido amarillo de pie en un campo de flores moradas, junto al mar, con un monte de cima plana al fondo y una bandada de gaviotas volando alrededor. Ella levanta los brazos y las gaviotas pasan por delante. Es el plano más luminoso del vídeo, con el cielo de un azul turquesa sin una nube.
La tela al viento
Casi al final del bloque central aparece otra imagen que me parece preciosa: una mujer con un vestido de flores, de pie en un campo de hierba verde, sujetando con las dos manos por encima de la cabeza una tela enorme, fina, de color amarillo pálido, que el viento estira hacia un lado como una bandera sin dibujo. El sol le da de lado y la tela se vuelve casi transparente.
Es una variación del gesto de la bailarina de las dunas. Allí la gasa era parte del vestido; aquí es una tela suelta que ella sostiene y que podría soltar en cualquier momento. No la suelta.
Cómo termina
El final del vídeo es el bulevar, otra vez, pero cambiado. Después de tantas llamaradas y tanto fucsia, el último plano es una avenida de palmeras a la hora azul, con los rótulos de neón encendidos, los coches antiguos circulando con los faros puestos y, por el centro, una rubia con un vestido corto de tejido plateado y una estola de plumas, caminando hacia la cámara. Ya no hay fotógrafos a los lados. Ya no hay fuego. Solo la calle, la luz azul y ella.
No hay cartel final, ni portada del disco, ni rótulo de cierre. El vídeo termina en mitad del paseo, como si la avenida siguiera más allá del encuadre.
Ese último plano me parece la respuesta al del chico de espaldas del principio. Él miraba la avenida vacía desde fuera; ella la recorre por dentro, sin público, cuando ya no hace falta que nadie la fotografíe.
Lo que no sale en el vídeo
Merece la pena decir también lo que falta, porque dice mucho del clip. No sale el monopatín de la portada. No sale la camisa rosa. No sale ninguna playa con hogueras, aunque una de las etiquetas que puse en la descripción de YouTube sea #BonfireNights. No sale ningún coche descapotable con gente dentro, aunque otra etiqueta sea #FreedomOnWheels. Las ruedas que hay en el vídeo son las de los coches aparcados que miran el desfile, y el fuego no es el de una hoguera en la arena, sino el de los focos del bulevar.
Las etiquetas hablan de un verano de playa, helado y refresco (#BeachVibes, #CherryDreams, #RetroBeach, #SunsetCruise, #QueerJoy), y el vídeo coge ese verano y lo parte en dos mitades: la costa, donde la gente baila descalza y nadie mira, y la avenida, donde todo es espectáculo. Para mí las dos cosas son verano. El verano en el que te tumbas en la arena sin pensar en nada y el verano en el que te pones lo más brillante que tienes y sales a la calle como si fuera tuya.
Tampoco hay nada en el vídeo que lo ate a la película que todo el mundo asocia con este nombre. No hay mansiones, ni piscinas, ni ninguna estrella vieja esperando su primer plano. De eso ya hablé en el texto sobre la portada. Aquí el bulevar no es un sitio donde las divas se apagan, sino donde se encienden.
Por qué tantas mujeres
Es uno de los pocos vídeos del canal en el que casi todo el protagonismo es de mujeres. Hay chicos (el de la chaqueta negra al principio, el de los perros, el de la cazadora entre contenedores ardiendo, el de la pareja en la orilla), pero salen poco. Las que llevan el peso son las bailarinas de la arena, las músicas del prado, la chica de la playa y, sobre todo, las divas.

No lo leo como algo raro dentro de Planeta Gayfolk, sino como una forma de mirar muy nuestra: la diva como figura de admiración, la mujer que camina por la calle con todo el brillo encima y a la que no le importa quién mire. Mucha gente marica ha crecido copiando ese paso delante de un espejo. El bulevar del vídeo es ese espejo hecho calle.
Hay una canción del planeta en la que el paso de pasarela también es protagonista, pero al revés. En «La primera drag de Benidorm», la protagonista se pone tacones de pedrería y baila en la orilla sin un solo espectador, en un paseo con las persianas bajadas. En «Sunset Boulevard» pasa lo contrario: el público está ahí, a los dos lados, con cámaras y focos. Son dos maneras de brillar, una sin nadie y otra delante de todos, y yo no creo que una valga más que la otra.
Dónde encaja en el planeta
Dentro de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco de los viajes y las ganas de irse, «Sunset Boulevard» es la parada más cinematográfica. Si «Madrid to Benidorm» lleva el orgullo de la capital a la costa y «La playa del Mal Pas» se queda en una cala pequeña, este vídeo se va todavía más lejos, a una avenida de palmeras que podría estar en cualquier costa con atardeceres largos.
Hay también ecos con otros vídeos del canal. Los coches antiguos de colores me recuerdan a los de «Brilla Bruma», que flotaban sobre las nubes. Las mujeres descalzas en la orilla tienen algo de las de «Flow / We Glow», aunque allí era de noche y el mar brillaba. Y el gusto por el brillo, el rímel y la pose de la canción que viene justo después en la lista, «Mirror», ya asoma en estas divas de lentejuelas.
Mi recorrido para verlo
Si vas a verlo después de leer esto, te propongo fijarte en tres cosas.
La primera, las huellas de la duna. Duran un instante al principio, pero todo lo que viene después se entiende mejor si piensas en ellas: alguien que sube sola, que deja rastro y no se gira.
La segunda, el prado gris. Cada vez que el vídeo salta del bulevar en llamas a los dos músicos en la hierba, el color cambia de golpe. Fíjate en cómo el acordeón y la trompeta aparecen justo cuando el desfile está más lleno de fuego.
Y la tercera, el último plano. Después de cuatro minutos y medio de focos, el vídeo te deja con una avenida azul, una mujer que camina y ningún fotógrafo. Para mí es el mejor resumen de la canción: el bulevar es de quien lo recorre, no de quien lo mira.
Preguntas frecuentes
¿Dónde se puede ver el videoclip de «Sunset Boulevard»? En el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis y en la sala de vídeos de mikesaintlouis.com. Se publicó el 6 de agosto de 2025 y dura cuatro minutos y treinta y ocho segundos.
¿En qué disco está «Sunset Boulevard»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. En la lista del catálogo es la pista 111 de 273, entre «Sonne und Wind» y «Mirror».
¿Sale el monopatín de la portada en el vídeo? No. El vídeo no repite la escena de la portada. En su lugar hay dunas, un prado, una playa y una avenida de palmeras convertida en pasarela.
¿Qué pasa en el videoclip? Se alternan cuatro mundos: una bailarina con un vestido de gasa en las dunas, dos músicos con acordeón y trompeta en un prado gris, varias escenas de playa y un desfile de divas por un bulevar con fotógrafos, focos y llamaradas.
¿Cómo termina el vídeo? Con una mujer de vestido plateado caminando sola por la avenida de palmeras a la hora azul, sin fotógrafos ni fuego. No hay cartel final.