
By Mike Sain't Louis ·
Un bosque con rayos de luz, un jardín de columnas y una campana colgada de un árbol: los bosques de Planeta Gayfolk
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Casi todos los cuentos que nos contaron de pequeños pasan por un bosque. Caperucita lo cruza para llegar a casa de su abuela. Hansel y Gretel se pierden en él y encuentran una casa de chocolate. Blancanieves huye a él y allí la acogen siete desconocidos. El bosque es el sitio donde el camino deja de estar claro, donde no sabes quién te vas a cruzar, donde te pierdes. Y es también, casi siempre, el sitio del que sales cambiado.
En mis letras apenas hay bosques. Los he buscado y casi no aparecen. Pero en mis videoclips están por todas partes, escondidos entre una playa y una feria, entre un campanario y una plaza. Este texto es un paseo por ellos. No por los bosques que nombro, sino por los que monté sin darme cuenta de que estaba construyendo un mapa.
Un vestido blanco entre los troncos
Empiezo por el que me dio la idea. Está en el videoclip de «La perspectiva», una canción del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Hacia el segundo treinta del vídeo, la imagen salta de una playa con el cielo rosa a un bosque de troncos altísimos, oscuros, con el suelo cubierto de helechos y hierba muy verde. Entre los árboles bajan unos rayos de luz blanca, como cortinas, como si alguien hubiera abierto una ventana en el techo del bosque.
Por en medio camina una mujer con un vestido blanco largo, de espaldas, alejándose de la cámara. El vestido arrastra un poco por la hierba. No corre. No mira atrás. Va hacia la luz.
Ese plano vuelve dos veces más en el clip, hacia el segundo cincuenta y cuatro y hacia el sesenta, casi idéntico, como si el vídeo no pudiera dejar de regresar a él. Es la imagen que he elegido para la portada de este texto.
Por qué un bosque en una canción sobre mirar
La miniatura de «La perspectiva» no anuncia ningún bosque. Lo que enseña es una playa volteada: agua y palmeras colgando del borde superior, el atardecer ocupando el suelo, y en el centro alguien que se retrata tan tranquilo, con la ropa suelta al aire, como si el mundo no estuviera boca abajo.
El vídeo, en cambio, no da la vuelta a nada. Lo que hace es cambiar de sitio sin parar. Una playa de cielo rosa con gaviotas, un motel con letreros de neón verde, un columpio vacío al anochecer delante de unas casas, una piscina turquesa, un tiovivo encendido, una feria abandonada bajo un cielo blanco, unos acantilados al atardecer, una azotea con velas, un coche negro antiguo aparcado al borde del mar. Y en medio de todo eso, el bosque, una y otra vez.
Las etiquetas que le puse en YouTube dan una pista: #cambiodeperspectiva, #resignificacion, #videopoema, #miradaquecura, #saludmental. Para mí, el bosque de la luz es el sitio al que vuelve la cabeza cuando todo lo demás se mueve demasiado. El único lugar del vídeo donde la protagonista no está mirando un paisaje, sino caminando dentro de él.
Los datos del bosque
El clip dura dos minutos y cincuenta y cinco segundos. Lo subí a YouTube el 31 de mayo de 2025, un sábado, a las seis menos un minuto de la tarde (hora de Madrid). En el catálogo es la pista 140 de 273, y en el canal de vídeos ocupa el puesto 147. Termina, como tantos otros, con el cartel del primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», aunque la canción pertenece al segundo.
La letra no está publicada, así que de ella no cito nada. Todo lo que cuento sale de las imágenes. El vídeo entero lo puedes ver en Planeta Gayfolk.
Cómo se monta un bosque
Conviene decir cómo nacen estas imágenes, porque explica muchas cosas. Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En los videoclips trabajo más de montador que de director: genero muchas escenas, las miro una a una, descarto la mayoría y ordeno las que quedan.

En ese proceso, los bosques aparecen casi solos. Cuando pido un sitio tranquilo, un sitio de paso, un sitio donde alguien camina sin rumbo, muchas veces lo que sale es un bosque. Y cuando monto, los bosques son los planos que me sirven para unir dos escenas que no tienen nada que ver: la playa y la feria, el motel y el acantilado. Son un pegamento. Una pausa verde entre dos ruidos.
Por eso hay tantos y por eso casi nunca los nombro. No están ahí porque la letra los pida. Están ahí porque el vídeo necesitaba respirar.
El jardín de las columnas
Hay un segundo bosque en «La perspectiva», más extraño que el primero. Hacia el segundo ciento diecisiete, la protagonista del vestido blanco aparece en un jardín en penumbra, teñido de morado, rodeado de columnas de piedra, como las ruinas de un templo que la vegetación se ha ido tragando. Por el suelo hay farolillos encendidos, pequeños puntos de luz dorada entre la hierba. Ella camina de espaldas entre las columnas.
Un poco antes, hacia el segundo ciento cinco, el mismo vestido blanco cruza otro jardín envuelto en niebla azul, con estatuas de piedra y faroles. Y hacia el ciento veintitrés, un árbol enorme extiende las ramas sobre un césped donde la niebla lo cubre todo.
Son jardines, no bosques. Pero tienen algo de bosque domesticado, de bosque que alguien intentó ordenar hace siglos y que ahora vuelve a ser salvaje. Me gustan mucho porque son la versión nocturna del primer bosque. Allí había rayos de sol; aquí hay farolillos. Allí todo era verde; aquí todo es morado.
El columpio bajo los árboles
Entre el bosque de la luz y el jardín de las columnas, «La perspectiva» tiene otro plano con árboles que me gusta mucho, aunque no sea un bosque. Hacia el segundo treinta y seis, delante de unas casas de madera de una calle de las afueras, al anochecer, hay un columpio vacío. Detrás, unos árboles oscuros recortados contra el cielo lila. Delante, unas luces desenfocadas, redondas, de color naranja.
No hay nadie columpiándose. El asiento está quieto. Es la imagen de un sitio donde alguien jugó hace mucho y adonde ya no vuelve. Un poco antes, en la misma calle, una bandada de pájaros cruza el cielo por encima de los tejados.
Es el bosque convertido en jardín de casa, en árbol de barrio, en sombra de tarde de verano. Y tiene algo de los columpios de «Lai», que también se quedan vacíos, recién usados, como si alguien acabara de bajarse.
La campana colgada de una rama
El segundo bosque de este paseo está en «Before the Bells», una canción del tercer disco que empieza con un lamento de copla y se pasa al inglés. Ya su portada es un bosque: un chico con camisa blanca toca una campana de bronce que cuelga de un árbol, entre la niebla.
En el videoclip hay varios bosques con campanas. El que más me gusta es uno de noche, bañado en una niebla azul, con un árbol seco y retorcido que estira una rama larga. De esa rama cuelga una campana. Debajo, muy pequeño, hay un chico de pie, y alrededor flotan unas luces redondas, como luciérnagas grandes. Lo he puesto entre las imágenes de este texto.
En el recorrido escena a escena de ese clip ya conté que las campanas no crecen en los árboles. Que una cuelgue de una rama, lejos de cualquier iglesia, convierte el bosque en un sitio de leyenda. Es un bosque que está esperando que algo suene.
Faroles de corazón en la escarcha
El tercer bosque es el más romántico de todos y está en «Can't Wait». Hacia el segundo cien, en mitad de un videoclip lleno de sitios distintos, la cámara entra en un bosque de invierno. Los árboles están desnudos y cubiertos de escarcha, el suelo está blanco, y todo tiene un tono azul de primera hora de la mañana. Por el suelo, a lo largo de un camino, hay decenas de faroles de papel en forma de corazón, encendidos, de color rojo y naranja.

Entre ellos camina una mujer con un vestido rojo de volantes, de espaldas, alejándose.
Es increíble lo mucho que se parece a la escena de «La perspectiva». Un vestido largo, una figura de espaldas, un bosque y una luz que guía el camino. En un caso es blanca y cae del cielo; en el otro es roja y sale del suelo. No lo planeé. Lo descubrí al poner los dos fotogramas uno al lado del otro.
Una mesa de cristal entre los abetos
El cuarto bosque está nevado, y es el más solitario. Sale en el videoclip de «La lengua equivocada», que es un vídeo lleno de banquetes. Hacia el segundo cuarenta y ocho aparece un bosque de abetos cubiertos de nieve y, en medio, una mesa de cristal puesta con platos y copas, con sillas también transparentes. Sentado a ella, solo, hay un hombre con un abrigo blanco de piel.
La mesa es para muchos y solo ha llegado uno. Es un bosque donde la soledad se nota más, porque todo alrededor está quieto y blanco, y porque el cristal no esconde nada. Hasta las sillas vacías se ven vacías por los dos lados.
Un bosque rosa visto desde arriba
El quinto bosque es el único que se ve desde el aire. Está al principio del videoclip de «Ya no te quiero», del primer disco. Hacia el segundo trece, la cámara vuela sobre un bosque entero de árboles rosas, frondosos, que llega hasta el horizonte, con una luz blanca de amanecer encima. Un poco después, más cerca, entre los árboles cae una cascada fina.
Me gusta que ese bosque sea rosa. En una canción sobre dejar de querer a alguien, el vídeo empieza por un paisaje que parece de cuento infantil. Como si para salir de una relación hubiera que cruzar primero un bosque de colores imposibles.
Cerezos y lavanda
No todos los árboles de mis clips forman bosques. En «Lai», un videoclip sin caras, sin cartel y casi sin historia, hay campos de lavanda con bicicletas aparcadas y, en un momento dado, un globo dorado que flota sobre cerezos y flores. Lo conté en su recorrido escena a escena. No es un bosque, es un huerto en flor, pero tiene la misma calma que el bosque de «La perspectiva». Son árboles que no dan miedo.
El verso que mueve los árboles
He dicho que en mis letras casi no hay bosques, y es verdad. Pero sí hay árboles que se mueven. En «Sunshine», una canción hecha casi solo de sílabas, hay un verso que se repite dos veces:
Ee-ee, ee-ee, sway the trees,
Mecer los árboles. Es lo único que hace la canción con ellos: los mueve un poco, como el viento. Y me parece un buen resumen de lo que hacen los bosques en mis vídeos. No son el escenario de nada importante. No hay lobos, ni brujas, ni casas de chocolate. Están ahí, meciéndose, mientras alguien pasa por en medio.
Bosques de día y bosques de noche
Si los ordeno por la luz, salen dos familias. Los bosques de día son los de «La perspectiva» y «Ya no te quiero»: verdes o rosas, con sol que entra de lado o de arriba, con algo de amanecer. Son bosques que invitan a entrar.

Los bosques de noche son los de «Before the Bells», el jardín de las columnas y el de «Can't Wait», que aunque tenga la luz del alba parece iluminado solo por los faroles. Son azules, morados, con niebla. En ellos la luz no viene del cielo, sino de algo que alguien ha encendido: un farolillo, una luciérnaga, un corazón de papel.
Me interesa esa diferencia. En los bosques de día la luz te la dan; en los de noche tienes que llevarla tú. Y creo que en mis canciones pasa algo parecido. Hay temporadas en las que la claridad llega sola y otras en las que hay que fabricarla con lo que tienes a mano.
Lo que hay en el suelo
Otra forma de mirar estos bosques es fijarse en el suelo. En «La perspectiva» hay helechos y hierba alta, de un verde casi fosforescente. En el jardín de las columnas, farolillos encendidos entre la hierba. En «Can't Wait», escarcha y faroles de corazón. En «La lengua equivocada», nieve limpia, sin una sola huella. En «Before the Bells», una niebla tan espesa que no deja ver dónde pisas.
Ningún suelo se repite. Y en casi todos hay algo que brilla. Como si en cada bosque alguien hubiera dejado una señal para que no te pierdas del todo.
Perderse
Los bosques de los cuentos sirven para perderse. Y cuando repaso los míos, me doy cuenta de que en todos hay alguien que camina solo. La mujer del vestido blanco en «La perspectiva». La del vestido rojo en «Can't Wait». El chico diminuto bajo la campana en «Before the Bells». El hombre del abrigo blanco en «La lengua equivocada». Nadie va acompañado. Nadie lleva un mapa.
Quizá porque el bosque es el sitio donde uno está a solas con su cabeza. En la ciudad hay ruido, gente, pantallas. En el bosque solo quedan los árboles y tú. Y eso puede ser un alivio o puede ser una condena, según el día.
Encontrarse
Pero en ninguno de mis bosques hay angustia. Nadie corre, nadie grita, nadie huye. La mujer de «La perspectiva» camina despacio hacia la luz. La de «Can't Wait» sigue un camino de faroles. El chico de «Before the Bells» se queda quieto bajo la campana, esperando. Son bosques donde uno se pierde a propósito, para ver qué aparece.
Esa es, creo, la diferencia entre los bosques de los cuentos y los de mi planeta. En los cuentos, el bosque es el peligro que hay que cruzar para llegar a salvo. En Planeta Gayfolk, el bosque es el sitio donde por fin se puede respirar.
Árboles solos
Hay árboles que no forman bosque pero que hacen el mismo trabajo. El árbol seco de «Before the Bells», con su rama larga y su campana, está solo en un claro. El árbol enorme del jardín de niebla de «La perspectiva», hacia el segundo ciento veintitrés, también: un único tronco con las ramas abiertas sobre el césped, como un paraguas.
Un árbol solo es una especie de bosque comprimido. Tiene la sombra, el refugio y la sensación de estar debajo de algo más grande que tú. En mis clips, los árboles solos suelen tener a alguien debajo, esperando. Nunca trepando. Nunca cortando ramas. Solo debajo, a cubierto.
Mi propio bosque
Hubo una época en la que me sentía perdido en un bosque, y no de los bonitos. Durante casi veinte años viví con dos parejas que, cuando dejaron de disimular, se dedicaron a ponerme en contra a buena parte de la gente que tenía alrededor. Me quedé sin camino y sin mapa.

Después llegaron los diagnósticos: fobia social, trastorno de la personalidad por evitación, depresión y estrés postraumático, entre otros. Durante mucho tiempo mi forma de estar en el mundo fue esconderme entre los árboles para que nadie me viera.
Hoy estoy en tratamiento con un psiquiatra y una psicóloga, y he encontrado en las canciones el sitio donde contar mi versión. El bosque sigue ahí, a veces. Pero he aprendido a buscar los claros por donde entra la luz, como en el plano de «La perspectiva». No hace falta salir del bosque de golpe. Basta con ir hacia donde hay más claridad.
Lo que suena en un bosque
Un bosque nunca está en silencio del todo. Hay hojas que crujen, ramas que se rozan, algún pájaro lejos, el viento que pasa por arriba y no llega abajo. Es un ruido que no exige nada. No te pide que contestes, ni que mires, ni que hagas.
Cuando monto estos planos me pasa algo curioso: la música parece sonar distinta encima de ellos. En una calle o en una feria, la canción compite con lo que se ve. En un bosque, la canción ocupa todo el sitio que dejan los árboles. Por eso creo que los coloco justo donde la música se abre, en los momentos en que el arreglo se queda más desnudo, como si el bosque fuera la sala donde mejor se escucha.
No lo hago con regla ni con cálculo. Lo noto al probar: pongo el plano del bosque en un sitio y no encaja; lo muevo tres segundos y de repente todo respira. Son cosas que solo se descubren con el montaje delante y los cascos puestos.
Un mapa de bosques para escuchar
Si te apetece hacer el paseo con los oídos, aquí va un orden que funciona. Empieza por «Ya no te quiero», con su bosque rosa visto desde arriba. Sigue con «La lengua equivocada» para la mesa de cristal entre la nieve. Pasa por «Before the Bells» para la campana en la rama. Luego «Can't Wait», para seguir los faroles de corazón. Y termina con «La perspectiva», caminando hacia la luz.
Todas se pueden oír y bajar gratis en la sección de descargas de mi web, sin cuenta y sin pagar nada.
Los árboles que quedan
Cuando termino un videoclip, lo veo entero una última vez antes de subirlo. Y casi siempre me fijo en lo mismo: en los sitios donde no pasa nada. El columpio vacío. La playa sin gente. El bosque con la luz que baja entre los troncos.
Esos planos son los que más me cuesta justificar y los que menos me atrevo a cortar. No cuentan nada. Pero son el sitio donde la cabeza descansa entre una escena y otra. Como los bosques de verdad, que no están ahí para que pase algo, sino para que podamos entrar en ellos cuando nos haga falta.
Una perspectiva desde dentro
Vuelvo al título de la canción que ha guiado este paseo. «La perspectiva» es el lugar desde el que miras. Desde fuera, un bosque es una mancha verde en el horizonte. Desde dentro, es un laberinto de troncos, sombras y luz.
Mis bosques los he mirado siempre desde fuera, eligiendo imágenes, cortando planos, ordenando escenas. Escribir esto me ha obligado a entrar en ellos. Y lo que he encontrado es lo mismo que encuentra la mujer del vestido blanco: un camino que no está marcado, pero que lleva a algún sitio con luz.
Preguntas frecuentes
¿Qué es este texto sobre los bosques de Planeta Gayfolk? Es un paseo poético por los bosques que aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis: el bosque de rayos de luz y el jardín de columnas de «La perspectiva», la campana colgada de una rama en «Before the Bells», los faroles de corazón de «Can't Wait», la mesa de cristal entre abetos nevados de «La lengua equivocada» y el bosque rosa de «Ya no te quiero».
¿Qué pasa en el videoclip de «La perspectiva»? Una mujer con un vestido blanco largo recorre una playa de cielo rosa, un motel con neones, una feria abandonada, unos acantilados al atardecer y, varias veces, un bosque atravesado por rayos de luz. El vídeo se publicó el 31 de mayo de 2025 y dura 2:55.
¿Hay bosques en las letras de Mike Sain't Louis? Casi ninguno. Los bosques están en los videoclips; en las letras solo aparece algún árbol, como el verso «Ee-ee, ee-ee, sway the trees,» de «Sunshine».
¿Hay historia personal en el texto? Sí, brevemente: Mike cuenta que tras dos relaciones narcisistas y varios diagnósticos se sintió perdido durante años, y que hoy, en tratamiento, ha aprendido a buscar los claros por donde entra la luz.
¿Se pueden descargar estas canciones? Sí. Todas se pueden escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mikesaintlouis.com.