
Por Mike Sain't Louis ·
Una campana en cada sitio: el videoclip de «Before the Bells», del campanario sobre la ciudad al interior del bronce
Hay un sonido que en España todo el mundo reconoce aunque no haya pisado una iglesia en años: el toque de campana. A misa, a fiesta, a fuego, a muerto. «Before the Bells» es una canción sobre el rato que va antes de ese toque, el minuto quieto en que todavía no ha pasado nada. Empieza con un lamento que viene directamente de la copla, estirado hasta casi deshacerse, y luego la letra entera se pasa al inglés. El videoclip llegó a YouTube el 25 de diciembre de 2025, el día de Navidad, y dura tres minutos justos.
Sobre lo que dice la letra ya escribí en «La hora antes de las campanas», donde hablaba del duelo sin ceremonia. Este post va de otra cosa: de lo que se ve. Y lo que se ve es muy simple de contar y muy difícil de olvidar. En cada plano hay una campana. Cambian el sitio, la luz, la persona que la mira, pero la campana siempre está. Así que lo voy a recorrer así, campana a campana, como quien hace una ruta por los campanarios de una comarca.
«Ay, mi pena» antes de la primera imagen
La canción arranca con dos líneas que no son inglés ni casi español. Son un quejido:
Aaaaaaayyyyy mi pena Ayyyyyyyyyyyy mi penita
Así, con todas esas letras repetidas, está escrito en la descripción del vídeo, y así lo dejo. Esas aes y esas íes alargadas son la parte más copla de todo el disco. Es el «ay» de las tonadilleras, el que se queda flotando en la sala antes de que entre la orquesta. Y mientras suena, la cámara está quieta en el primer plano del clip, que es también su portada.
La portada: un campanario mirando a la ciudad
El vídeo abre con un arco de piedra. A la izquierda y a la derecha cuelgan dos campanas grandes, oscuras, con el bronce gastado. En medio, entre las columnas, un chico de espaldas apoyado en una barandilla mira hacia abajo, hacia una ciudad enorme que se extiende hasta el horizonte con las luces encendidas. El cielo está en esa hora azul que no es ni noche ni día. Arriba, en letras naranjas gruesas, el título. Abajo, mi nombre en letra rosa de neón, como un rótulo de bar.
Me gusta que el primer personaje del clip no nos enseñe la cara. Está de espaldas, como quien busca una altura para darle vueltas a algo y prefiere que nadie le pille dándoselas. Las dos campanas, a sus lados, parecen dos guardianes. Todavía no suenan. Él tampoco hace nada. Solo mira. Es exactamente lo que cuenta la canción: estar antes de que el día empiece a pedir cosas.
La escalera de caracol
El segundo plano nos mete dentro de la torre. Un chico con camiseta blanca sube por una escalera de madera vieja, con la barandilla de hierro oxidado y los peldaños astillados. Al fondo, una ventana deja entrar una luz blanca muy fuerte, y del techo cuelga una campanita pequeña, casi una lámpara. La cámara le sigue por detrás. No vemos adónde llega.
Esa escalera es el único momento del vídeo en que alguien va hacia algún sitio con prisa. Después de esto, casi todos los personajes estarán quietos, de pie o sentados, esperando. La subida funciona como un umbral: hemos entrado en el sitio de las campanas y ya no vamos a salir hasta el final.
El chico agachado entre rayos de luz
Dentro del campanario, entre columnas de piedra, un chico vestido de oscuro está agachado sobre el suelo, en cuclillas, con los codos apoyados en los muslos. A su lado, una campana apoyada en el suelo. Por los huecos de la torre entran haces de luz blanca, rectos como focos de teatro, que cruzan la niebla.
Es una postura que conozco muy bien. La del que se ha sentado en el suelo porque ya no le apetece estar de pie, pero tampoco quiere tumbarse. No es derrota. Es cansancio. La letra lo dice en un verso que me parece de los más honestos que he escrito en inglés:
We sit with what we cannot make behave,
Nos sentamos con lo que no conseguimos que se porte bien. Este chico agachado es esa frase hecha imagen.
La campana atada a un poste en la orilla
De la piedra pasamos al mar. En una playa al atardecer, con las olas rompiendo detrás, hay un poste de madera clavado en la arena y de él cuelga una campanita dorada, de las de barco. Junto al poste, un chico moreno con la camisa abierta mira hacia abajo, hacia la arena, con los ojos casi cerrados.

Las campanas de barco sirven para avisar en la niebla, para que nadie choque cuando no se ve nada. Aquí no hay niebla, pero el chico tiene cara de estar dentro de una. Hay una luz pequeña, como una estrella caída, flotando en la esquina inferior del plano. En este vídeo aparecen muchas de esas luces sueltas, y nunca se explican. Para mí son como las velas que se encienden en las casas cuando alguien falta.
El árbol muerto en el bosque azul
Uno de los planos más bonitos del clip está en un bosque de noche, bañado en una niebla azul. Un árbol seco, sin hojas, retorcido, extiende una rama larga sobre el claro. De esa rama cuelga una campana, y debajo, muy pequeño, de pie, un chico con camisa blanca mira hacia la cámara. A la izquierda, entre los troncos, brilla un punto de luz.
Este es el plano que más se parece a un cuento. Las campanas no crecen en los árboles. Que una cuelgue de una rama muerta, en mitad de un bosque donde no hay ninguna iglesia, convierte la escena en algo de leyenda. El chico está muy lejos, muy pequeño. La campana es más grande que él en el encuadre. Es una buena manera de enseñar cómo pesa a veces lo que estamos esperando.
El pasillo de las ventanas
Hay un pasillo largo, de suelo brillante, con ventanas a un lado por las que entra una luz de mañana. En la pared cuelga una campana de las antiguas, de las de llamar al servicio o de anunciar el recreo, sujeta con un brazo de hierro. Un chico con chaqueta azul está de pie junto a ella. Más adelante en el vídeo volvemos a este pasillo, y la campana está iluminada desde detrás por un fogonazo blanco.
Los pasillos son sitios de paso. Nadie se queda en un pasillo. Y sin embargo el chico está ahí, parado, como si esperase a que la campana le diera permiso para entrar en algún sitio. Este plano me recuerda a la estrofa de las mañanas:
Before the morning asks us to be loud, Before the world decides what's allowed,
Cuando la mañana todavía no exige alboroto y el mundo aún no ha repartido los permisos del día. Un pasillo de colegio o de hospital es exactamente el sitio donde el mundo empieza a decidir por ti.
La campana entre los árboles, a punto de sonar
Después viene uno de los pocos momentos en que alguien toca una campana. En un bosque con luz de amanecer, una campana dorada cuelga de una estructura de madera, y un chico con camisa blanca y corbata la roza con los dedos, con la mano estirada. No la empuja. No la hace sonar. Solo la toca, como quien toca algo que le da miedo romper.
Ese gesto es para mí el corazón del vídeo. Toda la canción está en ese «antes de», en ese casi. La campana está ahí, la mano también, y todavía no ha pasado nada.
La carretera de montaña con luna llena
En una carretera que serpentea entre montañas, con una luna enorme en el cielo, hay un poste de madera con forma de cruz del que cuelgan dos campanas, una a cada lado. Un chico con chaqueta oscura las mira de perfil, muy cerca de la cámara.
Esas cruces con campanas, al borde de un camino, me hacen pensar en las ermitas de las afueras de los pueblos, en los sitios donde se paraba la gente antes de seguir viaje. Aquí no hay pueblo, solo asfalto y piedra. La campana está esperando a alguien que pase.
La feria vacía
De repente, una feria. Atracciones con luces de colores, una noria al fondo, la cabina de los coches de choque, y en el centro una torre metálica amarilla de la que salen focos de luz que barren el cielo. No hay nadie, salvo un chico de espaldas, de pie, mirando la torre. Más tarde, en otro plano, otro chico con camiseta negra está en mitad de una pista de coches de choque, con los cochecitos aparcados a su alrededor y una campanita colgando de una de las barras.

Las ferias vacías dan una tristeza muy particular. Todo está preparado para la fiesta y no ha llegado nadie. O la fiesta ya ha terminado y alguien se ha olvidado de apagar las luces. Para una canción que habla de la hora antes de que todo empiece, es el decorado perfecto: el ruido está a punto de llegar, pero todavía no.
El campanario a pleno sol
Hay una secuencia en un campanario de piedra clara, con la luz del sol entrando a raudales por los arcos. Un chico sin camiseta, muy de cerca, estira el brazo hacia arriba y agarra la cadena de una campana enorme de bronce verdoso. En otro plano apoya la mejilla contra el metal y cierra los ojos. En un tercero está junto a otra campana gigante, casi tan alta como él, con la pátina verde de los años.
Es la parte más física del vídeo. Después de tantos personajes que miran desde lejos, este se pega a la campana, la abraza, la escucha con la piel. Hay un verso que encaja con esa manera de tocar el bronce sin hacerlo sonar:
The hands forget the shape of every fight,
Que las manos pierdan la memoria de los puñetazos, dicho en castizo. Un brazo que agarra una cadena podría tirar de ella con rabia. Este no. Este la sujeta, nada más.
El chico de la luna en la orilla
Un plano que vuelve dos veces: un chico con una camiseta de tirantes rota, el pelo largo y revuelto, de pie sobre unas rocas junto al mar, con una luna llena gigante detrás. A su lado, un poste con un travesaño del que cuelgan dos campanitas. La segunda vez que aparece, la niebla le ha cubierto casi entero y una luz blanca le brilla a la altura de la mano.
De todos los personajes del clip es el que parece más náufrago. La ropa rota, las rocas, el mar de noche. Pero está de pie, y mira hacia delante. Es el verso de quedarse donde todavía se respira bien, el de la última estrofa:
Just staying where the breath stays true.
Los arcos de la ciudad dormida
Hay otro campanario, este de noche, con una fila de arcos y una campana en cada arco. Por los huecos se ve una ciudad iluminada a lo lejos. Un chico con abrigo oscuro está de pie entre las campanas, de perfil, muy quieto, mientras una luz azulada entra por la izquierda. Más tarde volvemos a esos arcos, y otro chico pasa por delante de las campanas casi rozándolas.
Es un plano que repite la portada, pero de noche y desde dentro. Al principio el chico miraba la ciudad desde fuera de las campanas. Ahora está entre ellas.
El escenario con un pedestal
En mitad del vídeo, el decorado cambia del todo: un teatro. Un escenario de madera, butacas rojas al fondo, y en el centro un pedestal dorado con una campana encima, como un trofeo. Un chico delgado, vestido de negro y con botines de tacón, camina junto a ella. En el plano siguiente, bajo una luz dorada, abre los brazos de par en par al lado de otra campana más pequeña sobre una columna, como quien presenta un número.
Después, en otro escenario con cortinas negras, un hombre de pelo blanco, con una levita oscura, apoya la mano en un atril de madera tallada que lleva una campana dentro. Y ya hacia el final, un chico vestido de negro está de pie junto a otro atril con su campana, en un escenario vacío.
Estos planos de teatro son los únicos en que las campanas parecen objetos de espectáculo. Ya no están en torres ni en postes: están expuestas, como un premio o como un instrumento esperando a que empiece la función. Me gustan porque meten algo de cabaret en un vídeo tan contemplativo. Planeta Gayfolk siempre acaba encontrando un escenario.
La escultura de metal en la plaza mojada
Un plano breve y muy distinto a los demás: un chico con abrigo azul marino, de perfil, mira una escultura enorme de metal plateado y retorcido en una plaza moderna, con el suelo mojado y edificios de oficinas con las ventanas encendidas. Aquí no hay campana a la vista. Es el único sitio del vídeo sin bronce.

Lo leo como una pausa. Un recordatorio de que la ciudad del primer plano existe, de que ahí abajo hay plazas, oficinas, gente que va a trabajar. Y él la mira desde fuera, como miraba desde el campanario.
La nave industrial y el andén
Hacia el último tercio aparecen los espacios industriales. Una nave enorme y vacía, con una campana colgada del techo entre los tubos fluorescentes y un chico con gorra que la mira desde abajo, de espaldas. Una vía de tren en mitad de la niebla, con un poste de luz del que cuelga una campana, y un chico con mono de trabajo azul caminando entre los raíles. Una estación abandonada, con el techo de cristal roto y los rayos de sol entrando en diagonal, y un chico con chaqueta de cuero que levanta la cara hacia la luz mientras una campana cuelga a su izquierda.
Esas campanas ya no son de iglesia. Son de fábrica, de estación, de paso a nivel. Las que marcaban los turnos y los trenes. La canción no habla de ningún sitio concreto, pero el vídeo va sumando todos los lugares donde una campana ha servido para decirle a alguien que era la hora.
El claustro de los frescos
Uno de los últimos escenarios es un claustro con arcos de piedra y paredes pintadas con frescos antiguos, desconchados, de colores apagados. Del techo cuelga una campana sobre una viga, y debajo, en el centro del pasillo, un chico con camiseta marrón mira a la cámara con las manos en los bolsillos. La luz entra a rayas desde los arcos.
Es un sitio para el silencio. Los claustros se hicieron para pasear sin hablar. Ese chico parado debajo de la campana es quizá la imagen más serena de todo el clip.
El chico de la camisa blanca y el poste de madera
Entre tantos chicos que miran campanas, hay uno con una camisa blanca de cuello alto, casi de época, maquillado con los ojos muy oscuros, que mira a la cámara de frente. A su lado, en un poste de madera, cuelga una campana dorada. El fondo es negro.
Es un retrato. No hay paisaje, no hay torre, no hay mar. Solo una cara y una campana. Es el momento en que el vídeo deja de enseñarnos sitios y nos enseña a alguien esperando.
Desde dentro de la campana
Los últimos segundos antes del cierre son los que más me impresionan. Primero, un chico de pie bajo una campana enorme, visto desde muy abajo y de espaldas, recortado contra una luz blanca que entra por el arco. Y después, el plano final de verdad: la cámara está debajo de la campana, mirando hacia arriba, hacia dentro. Se ve la curva del bronce, las vigas de madera del campanario, y en el centro, donde debería estar el badajo, una luz blanca que lo llena todo.
Es la única vez en todo el clip que estamos dentro de una campana. Y dentro no hay ruido. Hay luz. Para una canción que habla del momento anterior al toque, terminar ahí, en el sitio exacto de donde saldría el sonido, me parece casi una broma tierna. Hemos llegado al corazón de la campana y lo que encontramos es silencio y claridad.
El póster que cierra
Tras la luz, el vídeo cierra con el póster de mi primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»: tres chicos con esmoquin delante de un planeta rosa enorme. Es curioso, porque en el catálogo la canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Lo cuento tal cual: la ficha dice una cosa, el último plano del vídeo enseña otra. A mí me gusta pensar que el cartel está ahí como recordatorio de dónde empezó todo, de ese primer disco con titular de noticia.

Lo que nunca pasa
Si ves el vídeo entero con atención, hay algo que no ocurre ni una sola vez: nadie toca una campana con fuerza. Las rozan, las abrazan, las miran, las presentan, se sientan debajo. Pero ningún personaje tira de la cuerda hasta el final ni golpea el bronce. Las campanas están mudas durante tres minutos.
Eso no es casualidad. La canción entera es una lista de «antes de»: las campanas que aún no se acuerdan de su toque, la noche a la que nadie ha encargado nada, los nombres pendientes de pasar al mármol. Si alguien tocara la campana en el vídeo, la canción habría terminado. El clip respeta esa espera hasta el último fotograma.
Tantos chicos distintos
En el vídeo no hay un solo protagonista. Hay muchos: el de la playa, el del bosque, el de la carretera, el del teatro, el del andén, el del claustro. Cambian de ropa, de edad, de pelo, de ciudad. Algunos llevan traje, otros camiseta de tirantes rota, otros mono de trabajo. Uno tiene el pelo blanco.
Me gusta así. Una canción sobre el duelo y el cansancio no tiene un dueño. El minuto quieto antes del día lo hemos pasado todos, cada uno en su sitio: unos en un pasillo de hospital, otros en un andén, otros en una feria que cierra. El vídeo reparte la campana entre todos ellos.
La luz como segundo personaje
Además de las campanas, hay otra cosa que se repite en casi todos los planos: haces de luz. Rayos blancos que entran por los arcos, focos que barren el cielo de la feria, una luz que brilla junto a una mano, estrellas sueltas que flotan en las esquinas, el fogonazo final dentro del bronce. Casi nunca sabemos de dónde viene.
La letra cuenta que el corazón deshace sus propios nudos a oscuras:
The heart unknots itself without a light,
Y el vídeo, en cambio, está lleno de luz. Me gusta esa contradicción. La canción habla de cuando no ves nada. El clip te enseña que, aunque tú no lo veas, hay claridad entrando por algún hueco.
Un vídeo de Navidad que no lo parece
Se estrenó el 25 de diciembre, pero no hay ni un árbol, ni una guirnalda, ni nieve. Solo campanas, que son lo único navideño de todo el vídeo, y ni siquiera suenan. Para mucha gente las fiestas son justo eso: un tiempo en que todo el mundo espera que estés contento y tú solo quieres un rato tranquilo. Publicarlo ese día fue mi manera de dejar una canción para quien la Navidad le pesa.
Una campana para cada día de la semana
Si quieres volver a verlo con otros ojos, prueba a fijarte en una sola cosa cada vez: un día, solo en las manos de los personajes; otro, solo en las luces sueltas; otro, en los postes de madera, que se repiten en la playa, en la carretera, en la orilla de la luna y en el retrato. Y otro día, si te atreves, cierra los ojos durante el «ay, mi pena» del principio y ábrelos justo cuando empieza el inglés.
Si te apetece seguir el hilo
El clip está, con todos los demás, en mi página de vídeos, y la letra completa, con ese quejido inicial respetado letra a letra, en las letras. La canción está en el catálogo de canciones y puedes llevártela gratis desde descargas. Si «Before the Bells» te deja con ganas de algo igual de quieto, «Holy Stillness» es su prima hermana. Para situarla dentro de la trilogía hay una guía para escuchar los tres discos de principio a fin, y todo el universo está explicado en Planeta Gayfolk. Soy letrista, compositor y productor musical, y la música e interpretación vocal de mis canciones están hechas con IA; en quién soy y en las preguntas frecuentes cuento cómo trabajo.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «Before the Bells»? Una campana en cada plano: en un campanario sobre la ciudad, en una playa, colgada de un árbol seco en un bosque con niebla, en una carretera de montaña, en una feria vacía, en un teatro, en una nave industrial, en una vía de tren y en un claustro con frescos. Distintos chicos la miran o la rozan, pero nadie llega a hacerla sonar.
¿Cuándo se publicó el vídeo y cuánto dura? Se estrenó en YouTube el 25 de diciembre de 2025 y dura tres minutos.
¿Por qué empieza en español si la letra está en inglés? Porque abre con un lamento de copla, «Aaaaaaayyyyy mi pena / Ayyyyyyyyyyyy mi penita», y después toda la letra pasa al inglés.
¿A qué disco pertenece? En el catálogo, a «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, aunque el vídeo termina con el póster del primero, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».