
By Mike Sain't Louis ·
Tomates en la plaza, sacos de billetes y un muro de cámaras: el videoclip de «Un político español», escena a escena
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De todas las canciones que he hecho, «Un político español» es probablemente la que más se parece a una conversación de bar. No tiene metáforas ni personajes con nombre. Tiene una queja que todo el mundo ha oído alguna vez en una sobremesa y que yo me limité a ordenar en estrofas. Por eso, cuando empecé a pensar el clip, tenía claro que no quería un vídeo serio. No quería mítines de verdad, ni caras reconocibles, ni siglas. Quería una fiesta de tomates.
Lo subí a YouTube el 27 de mayo de 2025, a las ocho de la tarde, hora de Madrid. Son 2:52 de metraje. La canción pertenece a mi segundo disco, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que es un disco de ganas y de rabia a partes iguales. Aquí pesa más la rabia, pero una rabia con guasa, de las que se te pasan riéndote.
Antes de empezar, una aclaración que para mí es importante. Todas las personas que salen en el vídeo son inventadas. No hay ningún político real, ningún partido y ningún lugar concreto que se pueda señalar. Los trajes, los uniformes, las tribunas y las banderas funcionan como disfraces: son el decorado de una idea, no un retrato de nadie. Voy plano a plano, en el mismo orden en que los monté, con el segundo más o menos en que aparece cada uno.
Un barreño de tomates y una plaza con banderas
Todo empieza en una plaza de edificios antiguos, con balcones de hierro y fachadas de piedra. Hay mucha gente apretada detrás, de pie, con abrigos oscuros, y al fondo ondean dos banderas rojigualdas en sus mástiles. En primer plano, un hombre con un uniforme azul marino de botones dorados sostiene un cucharón de madera junto a un barreño enorme lleno de tomates. Encima, rotulado, «UN» y «POLÍTICO» en rosa chicle y «ESPAÑOL» en amarillo, con mi nombre pequeño en blanco.

Cinco segundos después el encuadre se desplaza un poco y aparecen más hombres con abrigo y gorra, cada uno con su cucharón, sacando tomates del barreño como quien sirve un cocido en una boda. Uno de ellos levanta el brazo para lanzar. La gente de atrás grita y levanta las manos.
Me gustaba mucho empezar así, con la comida antes que con los políticos. En España, cuando algo nos indigna, acabamos hablando de comida. El barreño de tomates tiene algo de fiesta de pueblo, de tomatina de agosto, y al mismo tiempo de castigo antiguo, de cuando al cómico malo se le tiraban hortalizas desde el patio de butacas. El vídeo deja claro desde el primer segundo que esto va a ser una verbena, no un telediario.
La escalinata de los billetes
Sobre el segundo 11 cambia el tono. Estamos ante la fachada de un edificio neoclásico, con columnas enormes y dos puertas de madera muy altas, de esas que solo se abren en las ocasiones importantes. En la escalinata, un hombre trajeado está agachado, casi sentado en un escalón, con una bolsa en la mano. Por todo el suelo hay billetes sueltos, verdes y blancos, desperdigados por los peldaños como hojas en otoño.
No se ve de dónde salen ni adónde van. Solo está él, encogido en la escalera de un edificio solemne, rodeado de dinero tirado. Es una imagen que me resulta casi tierna de lo ridícula que es. El poder que tiene que agacharse a recoger lo que se le ha caído.
Este plano conecta con la parte de la letra que más me gusta, la última estrofa, la que le pone fecha a la queja y la lleva varios siglos atrás, hasta una dinastía entera, con la idea de que los de arriba se relevan por turnos y el dinero sale siempre del mismo bolsillo: el del contribuyente.
En otro post sobre esta canción me detuve en esa alternancia, en el relevo pactado de toda la vida. En el vídeo el relevo se ve como una escalera: unos suben, otros bajan, y los billetes se quedan en los peldaños.
El hombre del uniforme en la tribuna
Entre el segundo 16 y el 22 aparece una figura distinta. Bajo un cielo gris y apagado, junto a una columna altísima y una fila de mástiles con banderas, un hombre con uniforme militar de color caqui se asoma a una tribuna de piedra. Tiene el brazo extendido hacia delante, la mano abierta, como quien da un discurso a una multitud que no vemos. Hacia el 22 la multitud sí aparece: siluetas oscuras a contraluz con los brazos levantados, y un tomate rojo que vuela por encima de las cabezas en dirección a la tribuna.
No es nadie en concreto, y quiero que quede claro. Es un uniforme, una postura y una tribuna. Pero la postura es reconocible para cualquiera que haya crecido en este país: el señor que habla desde arriba y la gente que escucha desde abajo. Lo que cambia en mi vídeo es que la gente de abajo ya no aplaude. Lanza tomates.
Ese tomate solitario en el aire, rojo sobre gris, es para mí uno de los planos clave del clip. Es la primera vez que la fiesta del principio se convierte en respuesta.
El traje de raya diplomática
Sobre el segundo 27 vemos a un hombre maduro con traje marrón de raya diplomática y corbata mostaza, de pie en una plataforma separada del público por vallas metálicas. Tiene cara de sorpresa, la boca entreabierta, y a su alrededor vuelan tomates en todas direcciones, algunos ya reventados en el suelo. Detrás de las vallas, una masa de gente con los brazos en alto.
Es el político de manual, el que podría salir en cualquier caricatura de periódico de los años noventa. El traje caro, la corbata de color, el gesto de no entender por qué la gente está enfadada. Me hacía gracia que el vídeo lo pillara justo en ese momento, en el segundo exacto en que comprende que el público no ha venido a escucharle.
La canción se dirige al votante, no al político. Le dice:
«Pues espera bien sentado No te quedes ahí parado»
Y el vídeo, en cambio, le da al votante algo que hacer mientras espera. Si el político honrado no llega, por lo menos que lleguen los tomates.
Una explosión naranja entre gorras de plato
Del 33 al 38 nos metemos en una calle estrecha de edificios con balcones, llena de agentes uniformados con gorra de plato, chalecos y cascos. Uno de ellos, en primer plano, mira a cámara muy serio mientras a su espalda revienta una nube enorme de tomates, una explosión naranja que ocupa media pantalla. En el 38 aparece otro agente con un uniforme naranja chillón, como si se hubiera vestido a juego con el estallido.
Aquí el humor es casi de cine mudo. Los agentes están colocados como en una formación muy seria, con gesto de estar conteniendo algo grave, y lo que les cae encima es una lluvia de verdura. No hay porras ni carreras. Solo tomates y caras de circunstancias.
Siempre he pensado que la sátira funciona mejor cuando no hay sangre. En cuanto el vídeo se pone violento, la gente deja de reírse y empieza a tomar partido. Con tomates, en cambio, la carcajada es colectiva, y eso me parecía más útil.
La carrera por la rampa y la puerta giratoria
Hacia el segundo 44 un hombre con traje y chaleco baja corriendo por una rampa de cemento, con la chaqueta abierta y cara de pánico, mientras los tomates rebotan a su alrededor. Detrás de las vallas, la gente le sigue con la mirada. Es la huida, el primer momento en que alguien del vídeo sale por patas.
Y sobre el segundo 49 llega uno de mis planos preferidos. Un hombre trajeado sale por una puerta giratoria de cristal, la típica de un edificio de oficinas o de un ministerio, cargando dos bolsas blancas enormes, una en cada mano. Por el suelo, alrededor de sus zapatos, hay billetes sueltos. Detrás del cristal, borrosa, una multitud que se agolpa.
La puerta giratoria es una imagen que en España no necesita explicación. Hay una expresión entera dedicada a ella. Me pareció perfecta para el vídeo justamente porque es un objeto que da vueltas y siempre te deja en el mismo sitio: entras por un lado, sales por el otro, y el edificio sigue siendo el mismo.
Dos sacos por un callejón
En el segundo 55 el tono se oscurece. Un tipo trajeado de gris baja una escalera de piedra muy empinada, en un callejón estrecho entre muros altísimos. Lleva un saco de arpillera en cada mano, de esos que en los tebeos llevan pintado el símbolo del dinero, y por el aire vuelan billetes como confeti. Detrás de él, en la penumbra, se intuyen otras siluetas trajeadas que bajan también.

Volveremos a este callejón más adelante, hacia el 1:22 y el 1:39, cuando el mismo tipo de hombre, o uno muy parecido, vuelve a bajar los escalones con sus sacos, ahora acompañado de otros cuatro o cinco trajes que le siguen en fila. Es el plano más cercano a una película de atracos, pero sin pasamontañas y sin furgoneta. Los ladrones del vídeo llevan corbata y no corren mucho, porque saben que nadie les va a detener.
El saco de arpillera es puro dibujo animado, y lo elegí así a propósito. La letra dice muy claro lo que piensa, con un taco incluido, y no hacía falta que la imagen lo repitiera con crudeza. Me gustaba más que el robo pareciera un chiste de viñeta, de esos que se recortaban del periódico y se pegaban en la nevera.
El atril y la lluvia roja
Sobre el minuto 1:00 aparece la primera tribuna moderna. Un joven de traje azul marino y camisa blanca habla desde un atril de madera con dos micrófonos delante. Detrás de él hay un edificio de piedra con cúpula, y delante, una multitud con pancartas y fotógrafos. Por encima de su cabeza vuelan tomates. Él sigue hablando como si nada.
Me interesaba ese gesto de seguir el discurso con la lluvia encima. Es el gesto del que ha aprendido a no darse por enterado. Los tomates caen, la gente grita, y él sigue leyendo sus papeles, porque el guion manda.
Entre el 1:06 y el 1:11 la escena se repite con otro joven trajeado, esta vez de pie sobre un escenario, delante de una plaza enorme con una iglesia de torres góticas al fondo. Abre los brazos hacia el público como quien recibe una ovación. Delante, pancartas, banderas rojas, gente apiñada detrás de las vallas. Los tomates le pasan rozando. Él sonríe.
El contraste entre los brazos abiertos y los tomates en el aire es todo el chiste del vídeo resumido en un plano. Él cree que le aplauden. Le están tirando la cena.
Un paréntesis en blanco y negro
Hacia el 1:16 y el 1:20 el color desaparece. En blanco y negro, en un primer plano muy de cine clásico, un hombre de pelo engominado y traje oscuro, con pañuelo en el bolsillo, mira al frente con gesto serio. Detrás, una multitud de cabezas y manos levantadas, también en gris, y tomates que caen como granizo.
Este salto al blanco y negro sirve para avisar de que esto no es de ahora. La canción lo dice en su última estrofa: la queja viene de lejos. Los tomates del vídeo podrían haber caído hace cincuenta años, o hace cien, sobre otros trajes y otros peinados. El blanco y negro es el archivo, la foto antigua del abuelo que también se quejaba en el bar.
Lo vuelvo a usar hacia el 1:44, con un plano de manos levantadas visto desde detrás de la multitud, todo en grises. No se ven caras. Solo brazos y dedos abiertos hacia algo que está fuera de plano. Puede ser un saludo, un aplauso, una protesta o un intento de coger algo al vuelo. Ese plano lo dejé ambiguo a propósito.
Vistos desde arriba
Sobre el 1:28, y otra vez en el 1:55, la cámara se eleva y vemos una plaza enorme desde lo alto, en picado. Decenas de personas pequeñitas caminan en todas direcciones sobre el suelo de piedra clara, y en medio de ellas un hombre trajeado corre con los brazos llenos de billetes que se le van cayendo. Desde arriba parece un juego de mesa, o un hormiguero en el que una de las hormigas lleva algo que no es suyo.
Me gustan mucho estos picados porque le quitan la cara a todo el mundo. Desde ahí arriba no hay políticos ni votantes, solo figuras que se cruzan. Y el que corre con el dinero es igual de pequeño que los demás. Es una manera de bajarle los humos sin necesidad de tomates.
De ahí sale también la imagen de cabecera de este artículo: una plaza vista desde el cielo, sin una sola cara reconocible.
Los brazos en alto
En el 1:33, sobre un fondo oscuro de estudio, un hombre mayor con traje negro y corbata de rayas alza ambos brazos, con las manos abiertas, en un gesto de victoria. Le rodean tomates rojos que flotan, suspendidos en el aire como globos, y debajo una multitud de manos que se estiran hacia él.
Es un plano casi teatral, con luz de focos. El gesto de los brazos en alto es el gesto de la noche electoral, del balcón, del confeti. Solo que aquí el confeti es de tomate. Me parecía la manera más clara de enseñar lo que la canción repite una y otra vez: la espera.
«Habrá que esperar y esperar A que aparezca un político honrado A quién votar»
El señor de los brazos en alto celebra algo, pero no sabemos qué. Puede que haya ganado. Puede que solo esté contento de seguir ahí.
Banderas detrás del atril
Hacia el 1:50 vuelve el atril, pero ahora el fondo es un panel con banderas rojigualdas y rótulos rojos, como el decorado de un mitin de verdad. Un hombre joven, rubio, con traje azul y corbata oscura, habla con decisión hacia la sala. Un tomate le pasa por delante de la cara.
Al llegar al 2:01 tenemos otro de los grandes planos del vídeo. Alguien con traje gris perla está de pie sobre una moqueta roja, de espaldas a nosotros, frente a una multitud gigantesca que llena todo el encuadre: cientos de personas apiñadas, filas de agentes delante, focos. Hay tomates esparcidos por la moqueta. Él mira a la masa y la masa le mira a él.
De todos los planos del vídeo, este es el que más me impresiona. No pasa nada. Nadie lanza nada en ese momento. Pero el tamaño de la multitud frente a un solo hombre lo dice todo. Él tiene la moqueta y el micrófono, pero ellos son muchos más.
Tarta de chocolate y teléfonos de los setenta
Y de repente, hacia el 2:06, el vídeo se va a otro sitio. La imagen cambia a colores cálidos y desvaídos, como de película de los setenta. Un hombre con bigote y camisa azul, en una habitación con paneles de madera, se mete en la boca un trozo enorme de tarta de chocolate y se pone perdido: el chocolate le chorrea por el bigote y la barbilla. Sobre el 2:12 vemos a una mujer de pelo rizado y blusa mostaza que se ríe a carcajadas con la cara pintada de chocolate, como si se hubiera hecho un bigote con él, mientras a su lado un hombre de jersey granate saluda con la mano junto a un ventilador antiguo.
Este paréntesis es mi momento preferido del vídeo, y también el más difícil de explicar. La imagino como la vida de los que nunca salen en las noticias. La gente que, mientras arriba se reparten el pastel, se come el suyo en casa, con las manos, sin protocolo. Es la merienda frente a la tribuna. Lo cutre frente a lo solemne. Y me hace muchísima gracia que el único pastel que se ve en el vídeo sea el de verdad.
En el 2:28 regresa ese mismo tono setentero en un plano de campo verde, con montañas al fondo: una mujer de pelo corto y blusa granate y un hombre con sombrero de ala ancha miran juntos un aparato blanco que él sostiene entre las manos, algo entre un teléfono antiguo y una cámara de fotos. Sonríen como si les acabaran de dar una alegría. Es la España rural de postal, ajena a todo lo que está pasando en la plaza.
La salpicadura
Entre medias, sobre el 2:16 y el 2:22, vuelve el presente. Un hombre trajeado de pelo castaño mira hacia la escalinata de un edificio, con manos que se le acercan desde fuera de plano. Y justo después, cuatro hombres con traje y corbata, de pie en fila bajo un cielo blanco, reciben una salpicadura enorme de algo marrón, barro o chocolate, que revienta por encima de sus cabezas como un géiser. Uno de ellos grita. Otro ni se inmuta. Los otros dos miran al que grita.
Me divierte la mezcla de reacciones. Es como una foto de grupo que ha salido mal. Y el marrón de la salpicadura conecta con la tarta de chocolate del plano anterior, como si la merienda de la gente de a pie hubiera acabado, de alguna manera, en la cara de los de arriba.
El muro de cámaras
El final del vídeo, desde el 2:33, transcurre en la escalinata de un edificio con columnas. Un hombre vestido entero de negro baja los escalones con la mano extendida, como quien pide calma o se dispone a dar explicaciones. Delante tiene un muro de fotógrafos y cámaras de televisión, decenas de objetivos apuntándole a la vez, flashes, trípodes.
En el 2:39 y el 2:44 vemos a otro hombre joven, con traje azul y camisa blanca abierta, rodeado de periodistas y de gente con carteles de cartón. Se toca la frente con la mano, con gesto de agobio, de dolor de cabeza, de no saber por dónde salir. Detrás de él, un muchacho de camiseta gris le observa sin decir nada. Hacia el 2:45 el título vuelve a aparecer en rosa encima de la escena, como si el vídeo pusiera su sello sobre la última foto.
Me gustaba terminar con las cámaras, y no con los tomates. Al final del día, lo que de verdad le preocupa a un político de mi vídeo no es que le tiren verdura. Es que le hagan una foto. La escena de la mano en la frente es la de alguien que sabe que esa foto va a salir mañana en todas partes.
El plano final, con el título completo en rosa y amarillo y mi nombre debajo, cierra sobre un fondo de cámaras borrosas. La espera de la canción sigue. El político honrado no ha aparecido.
Cómo pensé el vídeo
Esta canción tenía un riesgo claro. Es fácil que un vídeo sobre políticos ladrones acabe pareciendo un panfleto de un bando contra otro. Yo no quería eso. La letra no habla de ningún partido. Habla del cansancio de un votante cualquiera, de la sensación de que, gane quien gane, la cosa sigue más o menos igual. Así que las imágenes debían ser igual de transversales: trajes de todos los colores, tribunas de todas las épocas, banderas que no se pueden asociar a nadie en concreto, y una multitud que no grita ninguna consigna.

Por eso los tomates. El tomate no tiene ideología. Es una queja universal, barata y, en el fondo, inofensiva. Nadie sale herido de una tomatina. Se sale manchado, que es otra cosa. Me parecía la medida justa del enfado de la canción: un enfado que mancha pero no hiere.
Me divertí mucho montando el contraste entre las escenas serias y las ridículas. Los trajes, las columnas, las escalinatas y los atriles son el escenario del poder. Los tomates, los sacos de arpillera, la tarta de chocolate y la salpicadura marrón son el comentario de la gente de a pie. El vídeo va saltando de uno a otro sin avisar, igual que salta la conversación en la barra de un bar de lo indignado a lo absurdo.
Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Aquí, sin embargo, mi tarea fue sobre todo de dirección: decidir qué tipo de plaza, qué tipo de traje, cuántos tomates y en qué segundo, qué escenas iban en color y cuáles en blanco y negro. La parte de la letra la escribí de un tirón, como se escribe una queja. La parte del vídeo me llevó más tiempo, porque quería que la gente se riera antes de enfadarse.
Otras sátiras del planeta
«Un político español» no está sola. En mi universo hay varias canciones que se ríen de la política como espectáculo. La más cercana es «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas», que inventa una candidata y la mete en una campaña de mentira, y sobre la que escribí un post entero sobre lo que significa votar a un personaje. Si «Un político español» es la queja del votante, «Noemí Argüelles» es la respuesta del guionista.

También hay un parentesco con los vídeos de fiesta popular de otros discos. La plaza llena de gente, las banderas y el barreño del principio me recuerdan a la verbena de «Tan paleto», con sus farolillos y su boda en el jardín. Son dos maneras de enseñar la España de plaza: una bailando, otra lanzando tomates.
Y el tono de sainete, de cosa cutre llevada con orgullo, lo comparte con el videoclip de «Ojete calor en versión low cost», donde una sala de espera se convierte en pista de baile. Me gusta pensar que en Planeta Gayfolk la queja y la fiesta comparten local. Hay algo muy madrileño en eso, algo de lo que hablo en este post sobre Madrid como escenario.
Escuchar la canción
El clip completo lo tienes en YouTube, para ponerlo mientras relees estas notas. Y el tema, como todos los míos, es gratis: lo bajas sin pagar nada desde mis descargas. Los demás clips del universo viven reunidos en Planeta Gayfolk.
Y si alguna vez te encuentras en una sobremesa en la que alguien suelta lo del político honrado, ya sabes qué responder: pues espera bien sentado. Y si te cansas de esperar, siempre queda el barreño de tomates.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Un político español»? El 27 de mayo de 2025, a las 20:00 hora de Madrid. Son 2:52.
¿A qué álbum pertenece? Forma parte de mi segundo disco, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».
¿Aparece algún político real en el vídeo? No. Todas las personas del clip son inventadas, y no hay partidos, siglas ni lugares concretos. Los trajes, uniformes, tribunas y banderas son decorado.
¿Por qué hay tantos tomates? Porque el tomate es una queja sin ideología: mancha pero no hiere. Me parecía la medida justa del enfado de la canción, que es más de sobremesa que de barricada.
¿Qué significa la escena de la tarta de chocolate? Es un paréntesis con estética de los setenta: la gente de a pie comiéndose su propio pastel mientras arriba se reparten el otro. Es el momento más absurdo del vídeo, y para mí el más tierno.