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«Mi pena», con posesivo: hacerme cargo de mi tristeza sin pedir que me la quiten

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Hay títulos que son un cartel luminoso y títulos que son una piedra. «Mi pena» es de los segundos. Dos palabras, sin exclamaciones, sin adjetivos, sin metáforas. Un posesivo y un sustantivo. Se dice casi sin mover los labios, y ya está todo dicho.

De esta canción la letra todavía no está publicada en la sección de letras, así que no voy a citar versos ni a contar lo que pasa dentro. Lo que sí tengo, y lo que puede tener cualquiera que la busque, es el título, la portada y el videoclip. Y con eso me basta para escribir este texto, porque lo que me interesa hoy no es la historia de la canción, sino una palabra pequeñita que está en el título y que me ha dado mucho que pensar: «mi».

Mi pena. No la pena. No una pena. No pena, a secas. Mi pena. Algo que es mío, que llevo encima, que no le pertenece a nadie más. Y en esa diferencia, que parece gramatical, hay una manera entera de relacionarse con la tristeza.

La portada: una pena que se sienta

Empiezo por la imagen, porque dice mucho. La portada de «Mi pena» está en blanco y negro. Hay una silla de enea, una pared desconchada y un hombre sentado con la cabeza gacha. Lleva una chaquetilla de terciopelo negro con bordados, de esas que recuerdan a un traje de corto, y las manos, tatuadas, descansan sobre las rodillas.

Lo que más me gusta de esa imagen es que nadie hace nada. El hombre no llora a gritos, no se tira de los pelos, no mira al cielo con desesperación. Está sentado. Quieto. Con las manos en las rodillas, como quien espera algo, o como quien ya no espera nada y simplemente está.

La silla de enea La silla de enea tiene algo muy de casa, muy de pueblo, muy de patio. Es la silla que se saca a la puerta en verano para tomar el fresco, la silla de las abuelas, la de los velatorios en las casas de antes. Es una silla que ha visto muchas penas. Y verla en la portada me hace pensar en todas las personas que se han sentado en sillas así a pasar un mal rato sin que nadie les meta prisa.

Eso es lo que transmite la imagen: que a la pena se le puede dar una silla. Que no hay que echarla de casa a escobazos. Que se le puede decir: siéntate, quédate un rato, ya veremos cuándo te vas.

Las manos tatuadas Y luego están las manos. Tatuadas, quietas, apoyadas. Me gusta mucho ese contraste entre la chaquetilla, que viene de una tradición muy antigua, y los tatuajes, que son de ahora. Ya conté en el post sobre la copla «Tatuaje» y mi fénix lo que significan para mí los tatuajes: marcas que eliges, historias que llevas en la piel.

En la portada de «Mi pena», las manos tatuadas no hacen nada. No señalan, no golpean, no se tapan la cara. Descansan. Y eso me parece una imagen muy bonita de lo que puede ser la tristeza cuando dejas de pelearte con ella: unas manos que, por un rato, dejan de hacer.

Un hombre triste con chaquetilla

Hay otro detalle de la portada que no quiero pasar por alto: quien está triste es un hombre, y además vestido con una prenda que viene de un mundo muy masculino, el de los trajes de corto, las ferias, los caballos. Un mundo donde, tradicionalmente, a los hombres no se les dejaba llorar.

Fotogramas del videoclip oficial de «Mi pena», de Mike Sain't Louis

A muchos chicos se nos enseñó que la tristeza era cosa de débiles. Que los hombres no lloran, que hay que aguantar, que hay que tirar para adelante. Y eso hizo que muchos hombres no supieran qué hacer con su pena. La convertían en rabia, en silencio, en alcohol, en cualquier cosa menos en lo que era.

La pena a la vista Por eso me emociona tanto la imagen. Un hombre con chaquetilla bordada, en una silla, con la cabeza gacha, sin esconder que está triste. No está haciéndose el duro. No está fingiendo que no pasa nada. Está ahí, con su pena a la vista, en blanco y negro, para quien quiera mirar.

Y para muchos hombres gais, que ya hemos tenido que pelear contra tantas ideas sobre lo que es ser un hombre, poder estar tristes sin disimular es otra pequeña liberación. La pena no te hace menos hombre. Te hace humano.

La pared desconchada Me queda un último detalle de la imagen: la pared. Está desconchada, con la pintura levantada, con las marcas del tiempo. No es una pared bonita. Es una pared vivida. Y me parece el fondo perfecto para una pena, porque las penas también desconchan. Te levantan la pintura, te dejan al aire capas que estaban tapadas, te enseñan lo que había debajo.

Durante un tiempo eso asusta, porque parece que la casa se está cayendo. Pero una pared desconchada no es una pared rota. Sigue en pie, sigue sosteniendo el techo. Solo ha perdido la capa de encima. Y a veces, debajo de la pintura vieja, aparece un color que no sabías que estaba ahí. Con las penas pasa algo parecido: cuando por fin se van, no te dejan igual que antes, pero tampoco te dejan peor. Te dejan con menos capas y más verdad.

El posesivo: una pena que es mía

Vuelvo al título. Mi pena.

Casi nadie dice «mi pena». Decimos «estoy mal», «me pasa algo», «no sé qué me pasa», «ya se me pasará». La tristeza parece algo que nos ocurre, como la lluvia, algo externo que viene y se va y sobre lo que no tenemos ningún poder. Algo que nos pasa, no algo que es nuestro.

Y hay una diferencia muy grande entre una tristeza que te pasa y una tristeza que es tuya.

Lo que cambia al decir «mi» Cuando la pena es algo que te pasa, solo puedes esperar a que se vaya. Eres un espectador. Te sientas y aguantas. Y si no se va, te desesperas, porque no hay nada que puedas hacer.

Cuando la pena es tuya, en cambio, puedes hacerte cargo de ella. Puedes preguntarle de dónde viene. Puedes cuidarla, escucharla, entenderla. Puedes decidir qué haces con ella. No significa que puedas hacerla desaparecer a voluntad, que eso no funciona así. Significa que dejas de ser un espectador de tu propia tristeza y pasas a ser el que la acompaña.

Lo que no significa Quiero ser cuidadoso con esto, porque se puede malinterpretar. Decir que una pena es mía no significa que la culpa sea mía. No significa que yo me la haya buscado, ni que sea responsable de lo que la provocó. Muchas penas las provocan otros, o la vida, o simplemente aparecen.

Lo que significa es que, venga de donde venga, ahora está en mí, y soy yo quien puede cuidarla. Igual que una herida: no es culpa tuya que te hayan herido, pero eres tú quien tiene que curarla. Nadie más puede hacerlo por ti, aunque otros puedan ayudarte.

Que no me la quiten

Hay una frase que se escucha muchísimo cuando alguien está triste, y que seguro que tú también has oído: «venga, anímate». Y otras parecidas: «no estés así», «sal a que te dé el aire», «piensa en positivo», «hay gente que está peor».

Collage con un detalle de la carátula de «Mi pena» y las carátulas de «Cara De Asco», «En el Basurero»

Sé que la gente lo dice con buena intención. Quieren ayudar. Quieren que estés bien. Pero esas frases tienen algo en común: todas quieren quitarte la pena. Quieren que desaparezca, cuanto antes mejor. Como si la tristeza fuera una mancha que hay que limpiar.

El derecho a estar triste Y a veces la pena no quiere que la quiten. Quiere que la acompañen. Quiere que alguien se siente a su lado en la silla de enea y no diga nada. O que diga «vaya, qué mal», y ya está. Sin consejos. Sin soluciones. Sin prisas.

Eso es lo que me sugiere el posesivo del título: que la pena es mía, y que tengo derecho a tenerla. Que no tengo que darle explicaciones a nadie ni pedir perdón por estar triste. Que mi pena merece un sitio, igual que mi alegría.

En el post de la canción ya decía que «Mi pena» «es de las que se ponen cuando una tristeza quiere que la acompañes un rato en vez de intentar quitártela de encima». Esa frase resume lo que quiero decir mejor que todo este texto.

Acompañar no es regodearse Hay quien piensa que acompañar la tristeza es regodearse en ella. Que si no la echas, te quedas atrapado. Y entiendo el miedo, porque a veces pasa: hay tristezas que se enquistan, que se convierten en otra cosa, que necesitan ayuda profesional. De eso hablaré más abajo.

Pero acompañar la pena no es lo mismo que regodearse. Regodearse es alimentarla, darle vueltas, buscar más motivos para estar triste. Acompañarla es simplemente estar con ella, reconocerla, dejar que esté el tiempo que necesite. Y, curiosamente, cuando la acompañas, suele irse antes que cuando la echas. Porque la tristeza que se echa vuelve por la ventana. La que se acompaña, a veces, se despide sola.

Pequeñas maneras de acompañar una pena

Hablar de acompañar la tristeza está muy bien, pero a veces uno se pregunta cómo se hace eso en la práctica. No tengo una receta, y cada persona es distinta, pero hay algunas cosas sencillas que suelen ayudar y que comparto por si a alguien le sirven.

La primera es nombrarla. Decirte, aunque sea solo en tu cabeza, o mejor, por escrito: «hoy estoy triste». Solo eso. Sin explicar por qué. Ponerle nombre a lo que sientes ya le quita una parte del poder que tiene cuando es una niebla sin forma.

La segunda es darle tiempo, pero un tiempo con bordes. Por ejemplo: esta tarde me la tomo para estar triste, sin obligarme a nada. Y mañana me levanto, me ducho y salgo a dar una vuelta, aunque sea corta. La pena tiene su silla, pero la casa sigue siendo tuya.

La tercera es escribir una línea. No un diario entero, no una canción. Una línea. Lo que sea que se te ocurra. A veces esa línea sorprende, porque dice algo que no sabías que sentías.

La cuarta es contárselo a alguien. No para que te lo arregle, sino para que lo sepa. Puedes incluso pedirlo así: «no necesito consejos, solo quería contártelo». La gente que te quiere suele agradecer saber qué necesitas.

Y la quinta, que es la más difícil, es no juzgarte por estar triste. La pena no es un fallo. No significa que estés haciendo algo mal. Es una emoción, como todas, y viene a decirte algo. A veces lo que viene a decirte es que algo te importaba mucho.

La pena en la copla

El título de la canción, tan corto y tan rotundo, parece sacado de una copla antigua. Y la estética de la portada, con la chaquetilla, la silla y el blanco y negro, también apunta hacia ahí.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Mi pena», de Mike Sain't Louis

La copla y el flamenco han sabido siempre qué hacer con la pena. No la esconden. La ponen en el centro. La visten, la sacan al escenario, la miran de frente. Hay toda una tradición de canciones que son, básicamente, una pena puesta en pie. Lorca, que conocía muy bien ese mundo, escribió en el «Romancero gitano» un poema que se titula «Romance de la pena negra», y en él aparece una frase que siempre me ha parecido perfecta: «¡Oh pena de los gitanos! / Pena limpia y siempre sola».

Pena limpia Pena limpia. Me encanta esa expresión. Una pena que no está mezclada con otras cosas: con rencor, con venganza, con autocompasión. Una pena que es solo pena. Que duele, pero que no ensucia.

Creo que eso es lo que intento cuando escribo sobre mis tristezas. Llegar a la pena limpia. Quitarle las capas de rabia, de culpa, de vergüenza, hasta que quede solo la tristeza, desnuda, sentada en su silla. Porque una pena limpia se puede mirar, se puede cuidar, se puede acompañar. Una pena sucia, mezclada con todo lo demás, es mucho más difícil de manejar.

Siempre sola Y la otra parte del verso, «siempre sola», también me dice algo. La pena, en el fondo, siempre se vive en soledad. Aunque tengas a alguien al lado, aunque te acompañen, hay una parte de la tristeza que solo es tuya, que nadie más puede sentir exactamente igual. Eso es, otra vez, el posesivo: mi pena. Nadie puede tenerla por mí.

Pero eso no significa que tenga que estar solo. Significa que la pena es mía, y que a mi lado puede haber alguien. Las dos cosas a la vez. La soledad de la pena y la compañía de quien te quiere.

Escribir la pena

He contado muchas veces en este blog que escribir me ayudó a sacar lo que sentía. Lo conté, por ejemplo, en «Mariposas en un cuaderno». Pero hoy quiero matizar algo.

Escribir la pena no es siempre sacarla. A veces es darle un sitio. Ponerla en una canción no significa que desaparezca de mí. Significa que, además de estar en mí, está también fuera, en un sitio donde puedo mirarla. Es como hacerle un retrato. El retrato no sustituye a la persona, pero te permite verla desde fuera.

Una pena con portada Me hace gracia pensar que «Mi pena» es, literalmente, una pena con portada. Una tristeza que tiene título, imagen, videoclip. Que se puede escuchar en Spotify, que tiene su ficha en la página de singles y su vídeo en la página de vídeos.

Eso es lo que hace una canción con una pena: le da una forma pública. Y al darle forma pública, la pena deja de ser algo vergonzoso, algo que hay que esconder. Se convierte en algo que se puede compartir. Y cuando alguien escucha la canción y piensa «esto me pasa a mí también», la pena, sin dejar de ser mía, se vuelve un poco nuestra.

Penas sin ceremonia

Hay penas que tienen ceremonia. Un funeral, una ruptura sonada, una despedida en un aeropuerto. Y hay penas que no tienen ninguna. Que llegan un martes cualquiera, sin motivo aparente, y se sientan a tu lado.

De las penas sin ceremonia hablé en «La hora antes de las campanas», y del luto que no se viste de negro en «Traje de luces rosa». La portada de «Mi pena» me parece de esas: no hay ataúd, no hay iglesia, no hay nadie más. Solo un hombre en una silla. Una pena de diario, de las que no salen en ningún sitio.

Darle permiso Creo que esas penas sin ceremonia son las que más nos cuesta aceptar. Porque no tienen excusa. Si se ha muerto alguien, todo el mundo entiende que estés triste. Si no ha pasado nada concreto, la gente se extraña, y tú también. ¿Por qué estoy así, si no me ha pasado nada?

Y la respuesta, muchas veces, es que sí ha pasado algo, aunque no sepas qué. O que han pasado muchas cosas pequeñas que se han ido acumulando. O que simplemente es un día triste, y los días tristes también existen. La pena no necesita permiso para venir. Pero tú sí puedes darle permiso para quedarse un rato.

Cuando la pena es algo más

Hasta aquí he hablado de la pena como algo que se puede acompañar, que tiene derecho a existir, que se va sola si la dejas. Y eso es verdad para muchas tristezas. Pero no para todas.

Ficha de la canción «Mi pena» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay tristezas que no se van. Que duran semanas, meses. Que te quitan las ganas de todo, incluso de las cosas que antes te gustaban. Que no te dejan dormir, o te hacen dormir demasiado. Que te hacen sentir que no vales nada, o que no hay salida. Eso ya no es una pena que se sienta en una silla de enea. Eso puede ser una depresión, y una depresión no se acompaña solo con paciencia: necesita ayuda profesional.

Saber distinguir No soy médico ni psicólogo, así que no voy a dar criterios clínicos. Pero sí puedo repetir lo que recomiendan los profesionales: si la tristeza dura mucho, si no mejora, si te impide hacer tu vida, si te hace pensar en hacerte daño, no es algo que tengas que acompañar tú solo. Es algo para lo que hay que pedir ayuda. Tu médico de cabecera es un buen primer paso.

Y si en algún momento lo estás pasando muy mal, no esperes. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a cualquier hora, también para familiares y allegados. Si hay un peligro inmediato, el 112. El Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, también escucha. Y si eres menor de edad o te preocupa un menor, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar la línea de tu país.

La pena también se comparte Acompañar tu propia pena no significa aislarte con ella. Puedes acompañarla tú y dejar que otros te acompañen a ti. Hablar con un amigo, con tu familia, con un profesional. Ver una serie de consuelo, abrazar a un animal, como conté en el post sobre los días de llorar. La pena es tuya, pero no tienes que llevarla en brazos tú solo todo el camino.

Lo que me llevo de dos palabras

Me sorprende que un título tan corto me haya dado para tanto. Pero así funcionan las palabras pequeñas: parecen poca cosa y llevan dentro un mundo.

Mi pena. Lo que me llevo de esas dos palabras es esto: que mi tristeza es mía, y que tengo derecho a ella. Que puedo hacerme cargo de ella sin culparme. Que no tengo que dejar que nadie me la quite a la fuerza, pero tampoco tengo que quedarme a solas con ella. Que puedo darle una silla, sentarme a su lado, y esperar a que se vaya cuando quiera irse. Y que, si no se va, puedo pedir ayuda.

Para escuchar Si quieres escuchar «Mi pena», hazlo como sugería en su ficha: con luz baja y sin prisa. Y si te apetece, mientras suena, siéntate en una silla, apoya las manos en las rodillas y deja que lo que sientas esté. Sin echarlo. Sin explicarlo. Solo estando.

Las letras publicadas del planeta están en la sección de letras, y la de «Mi pena» aparecerá allí cuando esté lista. Y si quieres seguir leyendo sobre cómo mirar con ternura lo que nos dolió, te recomiendo «El chaval de los fuegos artificiales». Quién escribe todo esto, y desde dónde, lo cuento en la página sobre mí.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Mi pena»? Es un single de Mike Sain't Louis con videoclip oficial en YouTube. Su letra todavía no está publicada en la sección de letras; este artículo habla del título y de la portada: un hombre en blanco y negro, sentado en una silla de enea, con chaquetilla bordada y las manos tatuadas sobre las rodillas.

¿Por qué importa el posesivo del título? Porque decir «mi pena» en lugar de «estoy mal» convierte la tristeza en algo de lo que uno puede hacerse cargo: cuidarla y acompañarla en vez de esperar pasivamente a que se vaya. No significa que la culpa sea de quien la siente.

¿Qué es la «pena limpia» de Lorca? Es una expresión del «Romance de la pena negra», del «Romancero gitano»: «¡Oh pena de los gitanos! / Pena limpia y siempre sola». El artículo la lee como una tristeza sin mezcla de rencor, culpa o vergüenza, más fácil de mirar y de cuidar.

¿Cuándo una tristeza necesita ayuda profesional? Cuando dura mucho, no mejora, impide hacer la vida diaria o lleva a pensar en hacerse daño. El médico de cabecera es un buen primer paso.

¿Dónde pedir ayuda en España? En el 024 (atención a la conducta suicida, gratuita y a cualquier hora, también para allegados), el 112 si hay peligro inmediato, el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.