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«¿Esto era un crucero o un tanatorio?»: las vacaciones que salen mal y cómo reírse de ellas

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«Me apunté a un crucero por el Mediterráneo / pensando en playas, sol y algún italiano / pero en el buffet solo había croquetas y queso malo».

Tres versos y ya está contado todo. La expectativa, el folleto, la llegada y el golpe. «Croquetas en el crucero» empieza donde empiezan casi todas las vacaciones: en la cabeza. Uno se apunta a un crucero imaginando una cosa y se encuentra otra. Playas, sol e italianos en el anuncio. Croquetas y queso malo en la bandeja.

En «Reparto a bordo» ya repasé quién es quién en el barco: el portero de Grindr, las chonis de la piscina, el capitán, el cura y su jardinero. Hoy no quiero volver a pasar lista. Quiero hablar de lo que la canción tiene de experiencia universal: las vacaciones que salen mal. Las que no se parecen a la foto. Las que se convierten, con el tiempo, en la anécdota que cuentas en todas las cenas.

Porque todos tenemos una. El hotel con vistas «al mar» que daba a un aparcamiento. La casa rural sin agua caliente. El vuelo de las seis de la mañana con escala en un aeropuerto donde solo vendían bocadillos de chorizo. La escapada romántica en la que descubriste que tu pareja ronca como una motosierra. La canción es la mía, inventada y exagerada, pero el sentimiento es de todos.

El folleto como género literario

Antes de hablar de la travesía hay que hablar del folleto, que es el verdadero autor de la decepción.

Un folleto de vacaciones es un género literario con sus reglas. Nunca hay nubes. Nunca hay colas. La piscina está vacía salvo por una pareja guapísima que se ríe de algo que no sabemos. El buffet brilla como un altar. El camarote parece una suite, porque el fotógrafo usó un objetivo tan angular que la cama individual parece un campo de fútbol.

Los folletos no mienten del todo. Hacen algo más sofisticado: eligen. De todas las horas del día, la del atardecer. De todas las mesas, la de la langosta. De todos los pasajeros, los que tienen dientes perfectos. El resultado es una vacación que existe, pero solo durante veinte minutos y para cinco personas.

El protagonista de la canción se ha leído ese folleto. Por eso dice «pensando en playas, sol y algún italiano». Esas tres cosas son la promesa clásica del Mediterráneo, desde las películas de los sesenta hasta los anuncios de cerveza. Lo que encuentra se parece más a un comedor de residencia flotante.

Yo creo que el primer consejo práctico para unas vacaciones que no te decepcionen es leer el folleto como se lee una carta de recomendación: sabiendo que alguien ha elegido qué contar y qué callar. Mira las fotos que suben los clientes, no las del hotel. Busca las reseñas de una estrella, que son las más informativas. No para asustarte, sino para saber cuál es el peor día posible. Si el peor día posible te parece aceptable, adelante.

Cómo se fabrica una decepción

La decepción no la fabrica la travesía. La fabricamos nosotros con meses de antelación.

Hay un fenómeno que los psicólogos llevan tiempo estudiando: anticipamos las experiencias mejor de lo que luego las vivimos, y las recordamos también mejor de lo que fueron. En los años noventa, el psicólogo Terence Mitchell y sus colegas lo llamaron «rosy view», visión de color de rosa. Preguntaron a gente antes, durante y después de unas vacaciones, entre ellas una ruta de tres semanas en bicicleta por California, y vieron que la expectativa y el recuerdo eran más luminosos que la experiencia en sí. Durante el viaje, la gente se quejaba de la lluvia, del cansancio, de la comida. Antes y después, era el viaje de su vida.

Me parece una de las cosas más humanas que conozco. Planeamos el viaje con el folleto en la cabeza, lo vivimos con el queso malo en el plato y lo recordamos con el folleto otra vez. El tramo del medio, el de las croquetas, es el único que no sale en las fotos.

Saber eso ayuda. Si sabes que durante las vacaciones vas a estar algo peor de lo que esperabas, no te angustias tanto cuando pase. No es que tu viaje sea un desastre. Es que estás en el tramo del medio, el que todos vivimos y nadie enseña.

Croquetas y queso malo

El buffet merece un capítulo propio porque es el escenario central de la canción.

Fotogramas del videoclip oficial de «Croquetas en el crucero», de Mike Sain't Louis

Hay algo profundamente español en ir de vacaciones y quejarse de la comida. Somos un país que viaja con la tortilla de casa en la cabeza. Da igual que estemos en Roma o en Bangkok: el primer comentario del día suele ser comparativo. «Esto no es jamón». «Aquí no saben hacer un café». «Croquetas como las de mi madre, ningunas».

El protagonista pide champán y le dan calimocho:

«pedí champán, me dieron calimocho / croquetas y queso malo… todo muy flojo»

Ese «todo muy flojo» es una crítica gastronómica de primer nivel. Breve, demoledora y sin adjetivos rimbombantes. Es exactamente lo que diría tu tía al volver del crucero, con el bolso en el regazo y cara de haber sido estafada.

Y luego está la trampa del buffet libre, que es otra forma de fabricar decepción. Cuando todo está incluido, sentimos la obligación de amortizarlo. Comemos más de lo que queremos porque ya está pagado. Hay un nombre para esto en economía, la falacia del coste hundido: seguir invirtiendo en algo porque ya has invertido antes, aunque ya no te compense. Los psicólogos Hal Arkes y Catherine Blumer la estudiaron en los años ochenta con un ejemplo muy vacacional: preguntaron qué haría alguien que, por error, ha pagado dos escapadas de esquí para el mismo fin de semana, y mucha gente elegía la más cara aunque le apeteciera más la barata.

En el buffet, el coste hundido se mide en platos. Tercera visita a las croquetas. Cuarta al queso. Un helado que no querías, por si acaso. Al final del día no has disfrutado de la comida: la has amortizado.

Mi consejo para el buffet libre es sencillo y difícil a la vez: come como si tuvieras que pagar cada plato. Elige. Repite lo que te guste y olvídate de lo demás. Si las croquetas están malas, no te las comas por principio. El dinero ya está gastado. La indigestión todavía no.

Una piscina, dos chonis y una orquesta

En la piscina del barco la canción coloca a «dos chonis montando una orquesta», discutiendo sobre cuál de sus novios es más macho. Es la escena más reconocible de cualquier vacación en grupo: la gente de al lado.

Las vacaciones tienen eso. Pagamos para ir a un sitio bonito y descubrimos que el sitio bonito está lleno de gente que también ha pagado. Y esa gente tiene su música, sus discusiones, sus niños, sus altavoces portátiles y su concepto particular del volumen.

La convivencia vacacional pide una paciencia de convento. La tumbona reservada con la toalla desde las siete de la mañana. El vecino de camarote que vuelve a las cuatro. El grupo de despedida de soltero que berrea himnos de fútbol en el pasillo. Uno de los grandes misterios de nuestro tiempo es por qué alguien que en su casa es educado se convierte, en cuanto se pone una pulsera de todo incluido, en un vikingo con chanclas.

No tengo solución para esto, solo una observación: los vecinos de vacaciones son el mejor material que existe para escribir. Si no fuera por las chonis de la piscina, esta canción tendría la mitad de gracia. Así que, cuando el de al lado suba el volumen, piensa que te está regalando una anécdota. A lo mejor hasta una canción.

El simulacro en bata

Hay un momento de la canción que es pura comedia de situación:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «pedí champán, me dieron calimocho croquetas y queso malo… todo muy flojo» de «Croquetas en el crucero»

«pero al sonar la alarma de evacuación / corrimos todos en bata y sin depilación»

Quien ha hecho un crucero sabe que esto tiene una base real. Las normas internacionales de seguridad marítima obligan a hacer un ejercicio de reunión con los pasajeros al principio de la travesía: suena la alarma, cada uno va a su punto de encuentro, se explica dónde están los chalecos y cómo se evacua el barco. Es una de esas cosas que nadie quiere hacer y que conviene hacer.

En la canción el simulacro llega en mal momento y pilla a todos en bata, sin depilar, con la dignidad en la maleta. A mí me parece el mejor resumen posible de lo que son las vacaciones: sales de casa para estar perfecto y acabas en un pasillo, en zapatillas, con desconocidos, escuchando instrucciones.

Hay una lección práctica escondida en la burla. Las cosas aburridas de los viajes, las instrucciones de seguridad, la letra pequeña del seguro, el horario del último autobús, son las que te salvan cuando algo sale mal. Léete el papel que nadie lee. Apunta el teléfono del hotel. Haz una foto del pasaporte. No es glamuroso, pero el glamour no te devuelve el equipaje perdido.

¿Crucero o tanatorio de alta mar?

El verso más famoso de la canción es una pregunta:

«¿Esto era un crucero o un Tanatorio de alta mar? / No lo sé, pero hay sardinas en el minibar»

En mis letras la muerte aparece mucho como metáfora, con ataúdes, féretros y velatorios aplicados al amor. Aquí aparece aplicada al ocio, que es todavía más gracioso. El crucero, ese símbolo de lujo y fiesta, se convierte en un tanatorio flotante: gente mayor, comida de catering, música suave y una sensación de que todos están esperando algo.

La comparación no es cruel con los cruceros. Es cruel con la expectativa. El protagonista quería una orgía con falda de cuero y acabó en misa con un reggaetonero. Quería un barco de fiesta y le tocó un barco de despedida. Lo que le decepciona no es el barco: es la distancia entre lo que quería y lo que encontró.

Y luego, el remate: «hay sardinas en el minibar». Es un detalle absurdo que lo arregla todo. Porque la vida, incluso en un tanatorio de alta mar, siempre tiene un detalle absurdo que te hace reír. Unas sardinas donde esperabas champán. Una lata donde esperabas una botella. Ese es el momento en que la decepción se convierte en comedia.

Cuando el viaje se tuerce de verdad

Hasta aquí he hablado de decepciones pequeñas, de las que se cuentan con risa. Pero a veces el viaje se tuerce de verdad. Un vuelo cancelado, una maleta que no llega, un hotel que no respeta la reserva, un crucero que cambia el itinerario.

Para eso, algunas cosas prácticas que conviene saber:

  • Si un vuelo con salida en la Unión Europea se cancela o se retrasa mucho, el reglamento europeo de derechos de los pasajeros aéreos te da derecho a asistencia (comida, alojamiento si hace falta) y, según el caso, a compensación o reembolso. Pide siempre por escrito el motivo de la cancelación.
  • Si compraste lo que la ley llama viaje combinado (vuelo y hotel juntos, o un crucero con todo incluido), la agencia o el organizador responde de que se cumpla lo contratado. Guarda el contrato, el folleto y las capturas de la web: lo prometido en la publicidad forma parte de la oferta.
  • En España, cualquier establecimiento está obligado a tener hojas de reclamaciones a disposición del cliente. Pedirla con educación suele cambiar mucho el tono de la conversación.
  • Haz fotos de todo lo que no se corresponda con lo prometido: la habitación, la vista, el estado de la piscina. La memoria es generosa; las fotos no.

En «3 años de garantía» escribí una canción entera sobre una reclamación de consumo, la de un novio comprado contra reembolso que empieza a fallar justo cuando se acaba la garantía. Lo que aprendí escribiéndola es que reclamar tiene algo de catártico. Ponerle número de referencia a un disgusto lo hace más pequeño.

Compañeros de camarote

Hay una pregunta que decide unas vacaciones mucho más que el destino: con quién te vas.

Collage con un detalle de la carátula de «Croquetas en el crucero» y las carátulas de «3 años de garantía», «La playa del Mal Pas», «Madrid to Benidorm», «Me gusta el verano»

El protagonista de la canción se apunta al crucero por Grindr, con un portero. Es decir, se va con un desconocido. Es la opción más arriesgada de todas y también la más literaria, porque garantiza material. Pero hay otras, y cada una trae su propia forma de que las cosas salgan mal.

Con la pareja, las vacaciones son un examen de convivencia intensivo. Veinticuatro horas juntos, sin trabajo que os separe, sin amigos que diluyan. Ahí descubres si el otro es de los que se levantan a las siete para ver el amanecer o de los que no salen de la habitación hasta la hora de comer. Hay parejas que vuelven más unidas y parejas que vuelven con la ruptura en la maleta, igual que el protagonista de tantas de mis canciones vuelve con un objeto que no sabe dónde poner.

Con amigos, el riesgo es el grupo. El que quiere ver tres museos al día, el que solo quiere playa, el que lleva el presupuesto en una hoja de cálculo y te reclama los dos euros del agua. En «Dos amigos contados» escribí sobre los amigos de verdad y los impostores, y no hay prueba más rápida para distinguirlos que una semana en un apartamento con un solo baño.

Solo, el riesgo es otro: que no tengas con quién reírte de lo que sale mal. Por eso, en «Soltero y bien», le daba tanta importancia a saber estar contigo mismo. Si viajas solo y el buffet es un desastre, tienes que ser tu propio público.

Algunas preguntas que conviene hacerse antes de reservar, sobre todo si vais varios:

  • ¿Qué entiende cada uno por descansar? Para unos es no hacer nada; para otros, caminar veinte kilómetros.
  • ¿Cuánto quiere gastar cada uno? Hablar de dinero antes evita discusiones después, en el peor sitio posible.
  • ¿Qué pasa si alguien quiere un día solo? Que esté permitido desde el principio quita mucha tensión.
  • ¿Quién se encarga de qué? Reservas, transporte, comidas. Repartirlo evita que uno acabe de guía turístico sin sueldo.

Y una última, la más importante: ¿os vais a reír cuando algo salga mal? Porque algo saldrá mal. La diferencia entre unas vacaciones horribles y una anécdota perfecta es casi siempre la compañía.

Una playa que no está en el folleto

No todas las playas de mis letras son de chiste. En «La playa del Mal Pas» escribí una playa pequeña, de memoria, sin buffet ni orquesta, donde lo único que pasa es que uno mira el mar y se da cuenta de que ha cambiado. Es lo contrario del crucero: no hay expectativa que defraudar porque no hay folleto.

Me gusta tener las dos canciones cerca, porque explican dos maneras de irse de vacaciones. Una es la del consumo: pagar por una experiencia prometida y exigir que se cumpla. Otra es la del encuentro: ir a un sitio sin saber muy bien qué va a pasar y dejar que pase. La primera se presta a la queja. La segunda, al silencio.

Las dos son legítimas. Hay años en que uno necesita un crucero con todo incluido y alguien que le ponga el plato delante. Y hay años en que necesita una cala vacía y un bocadillo de casa. Lo que suele salir mal es confundirlas: pedirle al crucero que sea una cala o a la cala que sea un crucero.

Volver a casa

La canción no cuenta la vuelta, pero yo me la imagino. El protagonista bajando del barco con la maleta, el moreno a medias y una bolsa de queso malo que no se ha atrevido a tirar. Llegando a Madrid con calor, abriendo la puerta de casa y oliendo a cerrado.

Ficha de la canción «Croquetas en el crucero» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La vuelta de vacaciones tiene mala fama. Se habla mucho del síndrome postvacacional, ese bajón de los primeros días de trabajo, aunque no es una enfermedad con diagnóstico, sino un malestar pasajero bastante común. Lo que menos se dice es que la vuelta también puede ser un alivio. Tu cama. Tu ducha. Tu café. Tu cocina sin croquetas de buffet.

En «Madrid to Benidorm» escribí sobre la carretera de ida, la de la purpurina en el salpicadero y las ganas. Esta canción es la otra cara: lo que pasa cuando el destino no está a la altura de la carretera. Y la verdad es que las dos cosas forman parte del mismo viaje.

Algunas ideas para que la vuelta pese menos:

  • Deja un día libre entre el viaje y el trabajo, si puedes. Ese día es para deshacer la maleta, hacer la compra y no hacer nada.
  • No subas todas las fotos el primer día. Elige pocas y cuéntalas bien. Las demás, para ti.
  • Cocina algo que te guste mucho. La primera comida en casa es parte de las vacaciones.
  • Escribe la anécdota mientras está fresca. Lo que hoy te parece un desastre, dentro de un año será tu mejor historia. Que no se te olvide ningún detalle.

La anécdota es el souvenir

Aquí está, para mí, lo más importante de toda la canción, aunque no esté en ningún verso concreto: las vacaciones que salen mal son las que mejor se cuentan.

Nadie se acuerda de la tercera tarde perfecta en una tumbona perfecta. Todos nos acordamos de la noche en que el hotel se quedó sin luz, del taxista que nos llevó al aeropuerto equivocado, del restaurante que solo tenía calimocho. Las vacaciones perfectas se olvidan. Las imperfectas se heredan.

Por eso escribí la canción como una postal de queja. Es una carta a casa: «Aquí estoy, en un crucero que parece un tanatorio, comiendo croquetas malas, rodeado de chonis, después de correr en bata por un pasillo». Es una postal que nadie enviaría y que todos querríamos recibir.

Hay algo liberador en reírse de las propias vacaciones. Durante el año ahorramos, planeamos y esperamos. Les ponemos tanta presión que, cuando por fin llegan, tienen que ser perfectas. Y no lo son nunca. Reírse de eso es soltar la presión. Es aceptar que las vacaciones son parte de la vida y no un paréntesis mágico donde las cosas salen bien porque las hemos pagado.

Lo que me llevo del barco

«Croquetas en el crucero» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. Es un disco de viajes, reales e imaginarios, hacia un sitio donde ser libre. Me hace gracia que en mitad de ese deseo de viajar a otro planeta haya una canción sobre unas vacaciones reales que salen fatal. Es como si el disco dijera: ojalá se pudiera viajar a Gayfolk, porque lo que hay por aquí abajo es un buffet de croquetas.

Pero no lo digo con amargura. Lo digo con la misma risa del protagonista cuando encuentra las sardinas. Hay una forma muy queer de sobrevivir a las decepciones: convertirlas en espectáculo. Contarlas con exageración, con nombres propios, con detalles absurdos. Lo hacía la loca del pueblo, lo hacían las folclóricas en las entrevistas y lo hacemos los que escribimos canciones.

Si este verano tu viaje no se parece al folleto, acuérdate del protagonista corriendo en bata. Ríete, apunta, reclama si hace falta y vuelve a casa con la anécdota en la maleta. Y la próxima vez, quizá, vuelve a «Me gusta el verano» o a la arena de «Marica chill», que también son verano, pero con mejor menú.

La letra completa está en gayfolkplanet.com, y las demás, en mis letras. Léela con un calimocho en la mano. Te va a saber a champán.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Croquetas en el crucero»? Es una canción de humor sobre un crucero por el Mediterráneo que no se parece a lo prometido: en el buffet solo hay croquetas y queso malo, en la piscina discuten dos chonis y el simulacro de evacuación pilla a todos en bata. Pertenece al disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

¿Es una historia real de Mike Sain't Louis? No. Es una historia inventada, con personajes de ficción. Mike Sain't Louis es el letrista, compositor y productor musical; la música y la interpretación vocal se hicieron con inteligencia artificial.

¿Qué es la falacia del coste hundido? Es la tendencia a seguir invirtiendo en algo porque ya se ha pagado, aunque ya no compense. En un buffet libre se nota cuando se come de más para amortizar lo pagado.

¿Qué hago si mis vacaciones no se corresponden con lo contratado? Guarda el contrato y la publicidad, haz fotos, pide la hoja de reclamaciones y, si contrataste un paquete de vacaciones, reclama al organizador o a la agencia. Si es un vuelo cancelado en la UE, pide asistencia y la información por escrito.