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El pasado al filo de la cama, un edredón y una nube: las camas de Planeta Gayfolk

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Pasamos en la cama un tercio de la vida, y casi nunca hablamos de ella más que para quejarnos de que no dormimos bien. Es el mueble más íntimo de una casa. El único en el que estamos con los ojos cerrados. Ahí se duerme, se llora, se hace el amor, se pasa la fiebre, se mira el techo a las tantas. Y ahí, también, se escuchan cosas que durante el día no se oyen.

Cuando me puse a buscar camas en mis letras y en mis clips, salieron muchas más de las que esperaba. Algunas están en los versos y no salen en la imagen. Otras salen en la imagen y nadie las nombra. Hay camas de hotel, camas de nubes, camas con un perro, camas con un plato de queso encima y camas en las que no hay nadie. Aquí las recorro una por una, desde la que no te deja dormir hasta la que, por fin, te deja levantarte.

Alguien sentado al filo

Empiezo por el verso que me dio la idea, porque es el que mejor explica lo que puede ser una cama cuando las cosas van mal. Está en «Ruido en mi mente»:

El pasado se sienta al filo de mi cama Recordándome que soy su esclava

Me gusta mucho la imagen porque es muy física. El pasado no aparece como un recuerdo abstracto, sino como alguien de carne y hueso que entra en tu cuarto, se sienta en el borde del colchón y te habla. Todo el mundo sabe cómo se hunde el colchón cuando otra persona se sienta en él. Ese hundimiento es el peso del pasado.

Y ese «esclava» en femenino, en una canción que habla en primera persona, me sigue pareciendo una de las decisiones que más me gustan de la letra. No quise corregirlo. La esclavitud no tiene género cuando lo que te domina es tu propia cabeza.

Las demás cosas de esa habitación

El resto de la letra amuebla la misma habitación con objetos que hacen ruido. «Un reloj parado grita su tic», dice al principio. Un reloj que no anda y aun así suena: así es el tiempo cuando no duermes. Luego viene la súplica de cualquier noche mala: «Cierro los ojos pero no se va esta vez». Y después el sueño, que no descansa: «Corro en círculos en un sueño sin red».

Es una cama sin descanso. Una cama que funciona como un escenario donde la cabeza representa todas sus obsesiones mientras el cuerpo está quieto. La canción salió en YouTube el 24 de marzo de 2025, un lunes, a las nueve y cuarto de la noche (hora de Madrid); son dos minutos y cincuenta segundos. En el catálogo es la pista 179 de 273, en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

El vídeo sin cama

Paradójicamente, en el videoclip de «Ruido en mi mente» la cama del verso no aparece. Lo que hay son los sitios adonde se va la cabeza cuando no consigue dormir: una farmacia de pasillos blancos con estanterías llenas de cajas, un túnel en espiral hecho de ropa y objetos que giran, una costa verde por la que baja un río de lava hacia el mar, una playa con palmeras y una multitud que camina en grupo, un salón con lámparas de araña donde varios hombres de esmoquin se llevan las manos a la cara.

El clip completo se puede ver en Planeta Gayfolk. Para mí es el vídeo de lo que pasa detrás de los párpados. La cama no sale porque estás dentro de ella, con los ojos cerrados, y lo que ves es el remolino.

Como soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), cada clip lo monto yo eligiendo entre muchas imágenes generadas, y al hacerlo tengo la costumbre de no ilustrar la letra al pie de la letra. Aquí lo agradezco. Una cama en pantalla habría sido demasiado literal. El túnel de ropa que gira dice mucho mejor lo que es una noche sin pegar ojo.

El remolino de ropa

Hay un plano de ese vídeo al que vuelvo a menudo. Hacia el segundo sesenta y nueve, la cámara se mete en un túnel circular cuyas paredes están hechas de cosas: camisas, papeles, trozos de tela de colores, objetos que no se distinguen bien. Todo gira alrededor de un agujero negro en el centro, como el desagüe de una lavadora vista desde dentro.

Tres fotogramas del videoclip de «Ruido en mi mente»: un túnel en espiral hecho de ropa y objetos que giran, un río de lava que baja por una costa verde hasta el mar y una playa con palmeras y un grupo de gente caminando

Lo he puesto entre las imágenes de este texto porque, para mí, es una cama deshecha vista desde arriba a las cuatro de la mañana. Las sábanas enredadas, la ropa que dejaste en la silla, los papeles de la mesilla, todo dando vueltas mientras tú intentas encontrar una postura. El agujero del centro es el sueño, que está ahí, se ve, pero no hay manera de caer en él.

Unos segundos después, la imagen salta a una costa verde por la que baja un río de lava naranja hasta el mar, con una columna de vapor blanco donde el fuego toca el agua. Es la fiebre. Esa sensación de tener la cabeza ardiendo y el cuerpo quieto, que tanta gente conoce de las noches de gripe o de las noches de angustia. El vídeo no tiene cama, pero tiene todo lo que pasa en una cuando no se duerme.

Cuatro paredes y una almohada

La cama que sí sale, y mucho, es la de «Entre cuatro paredes». Su clip, todo en grises, arranca con un chico con chaqueta de cuero en un dormitorio, junto a una cama con las almohadas revueltas. Una y otra vez regresa a ella: tumbado de lado, sentado en el borde, con la cabeza hundida. Entre una vuelta y otra hay un vagón lleno de gente, un pasillo largo por el que se aleja de espaldas, una mano apoyada en un cristal mojado.

La letra lo dice sin metáforas: «No me apetece salir de la habitación». Y casi al final deja una puerta entornada: «Tal vez algún día logre despertar.»

Es la cama como refugio y como cárcel a la vez. El sitio del que no quieres salir porque fuera hay demasiada gente, y el sitio que, a fuerza de no salir, se vuelve más pequeño cada día. Lo he vivido. Y ese «tal vez algún día» me parece de las frases más esperanzadas que he escrito, precisamente porque no promete nada.

El colchón con un plato de queso

Otra cama que me encontré al repasar es la de «Hetero». Sale una sola vez, hacia la mitad del clip. El cuarto está en penumbra y por la ventana entra la luz anaranjada de una farola. Encima de la colcha hay un chico tendido, sin quitarse ni los zapatos, que se tapa la frente con la mano. Junto a él, en el sitio donde dormiría otra persona, alguien ha dejado el queso que llevaba a la cita, servido en un plato.

Es una cama de vuelta a casa. La del que ha salido con su botella y su queso hacia una cita y ha regresado con el queso intacto. No hay nadie más. El queso hace de acompañante.

De todas las camas de este paseo, quizá sea la que más me conmueve, porque es muy cotidiana. No hay drama, ni lágrimas, ni música triste. Solo un hombre que se tumba sin quitarse la ropa porque no tiene ganas de nada más.

Un chihuahua en el edredón

Y entonces llega la cama más tierna de todo el planeta. En el videoclip de «Limón» apenas hay decorado: un chihuahua de color crema dormido sobre un edredón blanco, con una luz amarilla que lo baña todo y unos cojines estampados detrás. Duerme de lado, con el hocico apoyado, mientras pasa la canción.

Foto real de Mike Sain't Louis en blanco y negro recortada como pegatina sobre papeles rasgados, con el verso «El pasado se sienta al filo de mi cama» de «Ruido en mi mente»

La letra es una nana dirigida a él:

Duérmete limón , ya es hora de dormir

He dejado ese espacio raro antes de la coma tal como está en la letra publicada, porque no toco las letras. Y me gusta que se quede así, con esa pequeña torpeza, como cuando hablas bajito a alguien que se está durmiendo y no te preocupas de la ortografía.

Si la cama de «Ruido en mi mente» es la que no deja dormir, esta es la contraria. Aquí el que duerme no es quien cuenta la historia, sino quien está a su cuidado. Y eso también es una forma de descansar: velar el sueño de otro.

La cama de nubes

En el videoclip de «Can't Wait» hay dos camas muy distintas. Hacia el segundo veintiséis aparece un chico tatuado con gorra en la cama de un hotel, con un retrato en blanco y negro colgado detrás. Y hacia el segundo cuarenta y uno, una cama blanca de barrotes rodeada de nubes, como si flotara en el cielo, con dos rubias platino dentro.

La cama de nubes es la cama de los sueños en sentido literal. No hay paredes ni suelo. Solo algodón alrededor. Es la imagen de lo que una cama debería ser: el sitio donde dejas de pesar.

Pero el clip la pone muy cerca de la cama de hotel, que es todo lo contrario: una cama de paso, de una noche, con un cuadro que no es tuyo en la pared. Entre esas dos camas cabe casi todo lo que se puede vivir encima de un colchón.

Dos toreros junto a una cama de hotel

Hablando de hoteles. Uno de mis videoclips más gamberros, el de «Garrafón de China», empieza con dos toreros con traje de luces de pie en un dormitorio rosa de hotel, al lado de una cama con sábanas blancas. Más adelante los vemos tumbados en un sofá de rayas amarillas y negras, agotados, con la chaquetilla abierta.

La letra va de la mañana siguiente:

Esta mañana, me he levantado

Y del despiste más clásico de las resacas: «No recuerdo como llegó este tío a mi cama». Es la cama como escena del crimen, pero de un crimen de risa. La cama de la que te levantas sin saber muy bien quién hay al lado.

Me gusta tenerla en este paseo porque recuerda que las camas no son solo tristeza. También son el sitio de la fiesta que se alarga, de la noche que no recuerdas y del café que te tomas a mediodía riéndote de ti mismo.

Despertarse sola

Hay otra manera de estar en una cama, que es la de la rutina. «No quiero otro novio cojín» empieza justo en el momento de abrir los ojos:

Despierto sola Miradas vacías

Un poco más adelante aparece una expresión que me parece muy bonita para describir esa vida en piloto automático: «Sueños dormidos». Sueños que no se han muerto, pero que están dormidos. Que siguen ahí, en algún rincón del colchón, esperando a que alguien los despierte.

La cama de la rutina es la que más se parece a un despertador. Te levantas, desayunas, trabajas, vuelves. Y por la noche te acuestas en el mismo sitio para repetirlo todo.

Las almohadas de «El calcetín»

Esa canción tiene una segunda parte, «El calcetín», y su videoclip está lleno de lo que hay encima de cualquier cama: almohadas y cojines. Cojines con piernas que pasean por un supermercado, vestidos hechos de almohadas en una pasarela, una pelea de almohadas con plumas volando en una nave con grafitis. Casi al final, uno de los personajes vestido de cojín aparece tumbado en una piscina de agua clara, como si se hubiera echado a dormir. Y justo después, un calcetín gigante cuelga sobre una bañera.

Dos polaroids: el chihuahua color crema dormido sobre un edredón blanco del videoclip de «Limón» y un chico de espaldas que se aleja por un pasillo en blanco y negro del videoclip de «Entre cuatro paredes»

Me hace gracia pensar que todo lo que salía de la cama en la primera canción, la rutina, el aburrimiento, el novio de relleno, en la segunda se convierte en juego. La almohada deja de ser el sitio donde se llora para ser el arma de una pelea de risa.

La cama de las dos de la mañana

Hay un verso que todo el que haya tenido insomnio reconocerá a la primera. Está en «Forocoches»:

Las dos de la mañana y aún no me he dormido

Esa es la hora exacta de la cama sin sueño. La hora del móvil iluminando la cara, de las discusiones con desconocidos, de leer lo que no deberías leer. Hay una cama así en casi todas las casas, y casi siempre es la misma: la del que está despierto mientras el resto del edificio duerme.

El dormitorio de las teles

En el videoclip de «Contact Overwhelms Me» sale un cuarto con la cama hecha y varias pantallas encendidas. Nadie duerme en él. Las pantallas siguen emitiendo para una cama sin nadie.

Me parece una de las imágenes más tristes que he montado, y a la vez una de las más actuales. Cuántas veces nos dormimos con algo encendido para no oír el silencio. Cuántas camas tienen una pantalla al lado que hace de compañía.

La nana para los mayores

Tengo una canción que se llama «Nana para adultos», y su portada es un dormitorio de lo más kitsch: pijamas de satén, pelo rosa por todas partes y un neón enorme. No tiene letra publicada, así que no cito nada de ella, pero el título ya lo dice todo.

Los adultos también necesitamos que alguien nos arrulle, aunque nos dé vergüenza reconocerlo. Lo buscamos en un pódcast, en una lista de reproducción de lluvia, en un vídeo que dejamos sonando bajito. La cama adulta también quiere su nana.

Dormir de dos en dos

Repasando estas camas me doy cuenta de que muy pocas son de dos personas que duermen juntas y en paz. La de «Can't Wait» tiene dos rubias, pero flota en las nubes y parece más un sueño que una cama. La de «Garrafón de China» tiene a dos toreros al lado, pero de pie y vestidos de luces, como si no supieran muy bien qué hacer allí. La portada de «Nana para adultos», con sus pijamas de satén, es lo más parecido a un dormitorio compartido que tengo, y aun así es un decorado de neón.

No creo que sea casualidad. Las camas de mis canciones son casi siempre camas de una persona: la que no duerme, la que vuelve sola, la que despierta sola. Y quizá por eso me emociona tanto la del chihuahua, que es la única donde alguien duerme tranquilo sabiendo que hay otro cerca.

En Planeta Gayfolk hay muchas parejas que se cogen de la mano, que bailan en la playa, que se besan delante de una favela o que surfean juntas una ola rosa. Pero casi nunca las he llevado a la cama para que duerman. Será que la paz, de momento, la imagino mejor de pie y al aire libre. O será que esa cama todavía está por escribir.

Gramática de la cama

Si ordeno todas estas camas, me salen más o menos seis tipos. La cama del insomnio, donde se sienta el pasado o donde dan las dos de la mañana. La cama refugio, de la que no quieres salir. La cama de vuelta, donde te tumbas vestido con un plato de queso al lado. La cama de la fiesta, de la que te levantas sin saber con quién. La cama de los sueños, hecha de nubes. Y la cama de cuidar, donde duerme alguien que no eres tú.

Ficha de la canción «Ruido en mi mente» con su carátula: disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», puesto 179 de 273, letra y producción de Mike Sain't Louis

Ninguna es mejor que otra. Todos pasamos por varias en la misma semana. Y a veces en la misma noche.

Mi propia cama

No voy a contar más de lo que he contado otras veces, pero sí puedo decir que la cama ha sido para mí, durante mucho tiempo, un sitio complicado. Durante dos décadas encadené dos parejas narcisistas. El día que dejaron de fingir, consiguieron que una parte de mi círculo se volviera contra mí.

Más tarde me diagnosticaron varias cosas; entre ellas, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación. Ese verso de «Entre cuatro paredes», el de no tener ganas de salir de la habitación, no es una figura literaria: es una descripción bastante exacta de algunas temporadas.

Ahora estoy en tratamiento con psiquiatra y psicólogo, y las canciones han sido el lugar donde por fin he podido dar mi versión. La cama sigue estando ahí, claro. Pero ya no es el único sitio donde estoy a salvo. Y cuando el pasado viene a sentarse en el borde del colchón, a veces consigo decirle que se vaya.

Despertar sintiéndose libre

Por eso quiero terminar con un verso que es exactamente lo contrario del de «Ruido en mi mente». Está en «No Contact», una canción sobre cortar del todo con quien te hace daño:

Hoy despierto feeling free

No dice que haya dormido bien. No dice que la noche haya sido fácil. Dice que, al abrir los ojos, se siente libre. Es la otra cara de la cama: no la del pasado sentado al filo, sino la de la mañana en que te levantas y el filo está vacío.

Una lista de canciones para la mesilla

Si te apetece hacer tu propia lista para la mesilla de noche, aquí tienes las camas de este paseo en un orden que funciona: empieza con «Ruido en mi mente» para las noches malas, sigue con «Entre cuatro paredes» y «Hetero» para las de quedarse en casa, pasa por «Garrafón de China» para reírte de la última resaca, baja el ritmo con «Limón» y termina con «No Contact» para levantarte con otra cara.

Las tienes todas para oír y bajar gratis desde la sección de descargas de mi web, sin cuenta y sin pagar un euro.

Hacer la cama

Hay quien dice que lo primero que hay que hacer al levantarse es hacer la cama, porque así, pase lo que pase durante el día, por la noche vuelves a un sitio ordenado. No sé si sirve para todo el mundo, pero la idea me gusta.

Las canciones son un poco eso para mí. Una manera de estirar las sábanas después de una mala noche, de ahuecar la almohada, de abrir la ventana. No borran lo que ha pasado en la cama. Pero la dejan lista para la siguiente.

Preguntas frecuentes

¿Qué es este texto sobre las camas de Planeta Gayfolk? Es un paseo poético por las camas que aparecen en las letras y los videoclips de Mike Sain't Louis: la del pasado sentado al filo de «Ruido en mi mente», la de «Entre cuatro paredes», el colchón con queso de «Hetero», el chihuahua de «Limón», la cama de nubes de «Can't Wait» y otras.

¿Qué verso de «Ruido en mi mente» da pie al texto? «El pasado se sienta al filo de mi cama», seguido de «Recordándome que soy su esclava». La canción se publicó el 24 de marzo de 2025 y es la pista 179 de 273 del catálogo.

¿Aparece una cama en el videoclip de «Ruido en mi mente»? No. El vídeo muestra una farmacia, un túnel en espiral de ropa, una costa con lava, una playa con palmeras y un salón con lámparas de araña: los lugares adonde se va la cabeza cuando no consigue dormir.

¿Hay historia personal en el texto? Sí, brevemente. Mike cuenta que tras dos relaciones narcisistas y diagnósticos como la fobia social la cama fue durante años un sitio difícil, y que hoy, en tratamiento, ya no es el único lugar donde se siente a salvo.

¿Se pueden descargar las canciones? Sí. Todas se pueden escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mikesaintlouis.com.