Skip to content
← Song by song¿Artista o terrorista? El vampiro que llora y cuando el que sufre parece el monstruo

By ·

¿Artista o terrorista? El vampiro que llora y cuando el que sufre parece el monstruo

This article is only available in Spanish. Leer en español

Hay un verso en «El narcisista» que durante mucho tiempo me dio vergüenza escuchar. No porque estuviera mal escrito, sino porque decía algo que yo no quería que fuera verdad. Dice así: «El narcisista nunca te vio como un artista, / sino como un terrorista».

La rima es fácil, casi de patio de colegio. Artista, terrorista. Pero detrás de esa rima hay una experiencia que mucha gente reconocerá si ha pasado por una relación así. Tú estás haciendo algo que para ti es lo más vulnerable del mundo, escribir, crear, contar lo que sientes, y la otra persona lo mira como si fuera una amenaza. Como si cada canción fuera una bomba con temporizador.

Y hay otro verso, en «El castigo más duro», que funciona como su gemelo. Me sale tanta sangre de la boca que la gente que pasa cerca se cree que soy «un vampiro que llora bajo la luz de la luna». Otra vez lo mismo: alguien sufre, y desde fuera parece el monstruo.

Este texto va de ese espejo deformado. De por qué en mi universo el que sufre acaba tantas veces con colmillos dibujados encima. Y de cómo escribir mis propias letras fue, poco a poco, recuperar el retrato.

La rima del patio

Empiezo por la rima, porque creo que su sencillez es parte de la fuerza. Artista y terrorista comparten terminación, comparten música, y en el oído casi se confunden. Ese es justamente el problema. Desde fuera, con prisa, sin mirar bien, se pueden confundir.

Un artista expone algo. Un terrorista hace estallar algo. Los dos generan una conmoción. Los dos hacen que la gente hable. Pero uno intenta tocar a los demás y el otro intenta destruirlos. La diferencia está en la intención, y la intención no se ve desde lejos.

Cuando alguien te ha hecho daño y tú empiezas a contarlo, aunque sea en forma de canción, aunque sea con humor, aunque sin nombres, esa persona tiene dos opciones. Puede escuchar lo que dices. O puede decidir que lo que dices es un ataque. Y si elige lo segundo, tu obra deja de ser obra y pasa a ser arma.

Lo que se contó a los compañeros La canción lo explica casi como un parte de guerra. Dice que ya ha contado a sus compañeros que eres muy falso, que no me hagan caso, que voy hasta a un psicólogo. Ese «hasta» me parece uno de los detalles más tristes de toda la letra. Como si ir a terapia fuera una prueba de que estás loco y no de que estás intentando estar bien.

Ahí está la inversión completa. El que busca ayuda es presentado como el desequilibrado. El que cuenta lo que pasó es presentado como el mentiroso. El que sufre es presentado como el peligro. Es un mundo al revés, y lo peor de vivir dentro de un mundo al revés es que al principio te lo crees.

El vampiro bajo la luna

Vuelvo al otro verso, el del vampiro, porque me parece una de las imágenes más raras y más mías que he escrito.

Fotogramas del videoclip oficial de «El narcisista», de Mike Sain't Louis

La escena es casi de cine mudo. Una calle de noche. Una luna llena. Un hombre parado con la boca llena de sangre. La gente pasa, lo mira y se aparta. Piensan que es un vampiro. Pero el hombre no ha mordido a nadie; la sangre es suya. Le sale porque las palabras que no consigue decir tienen pinchos y le destrozan la boca por dentro.

Me gusta mucho que el vampiro llore. Los vampiros de las películas no lloran. Son fríos, elegantes, crueles. Un vampiro que llora es un error del género, un monstruo que no funciona como monstruo. Y ese error es exactamente lo que soy en ese verso: alguien que tiene toda la pinta de la criatura terrible y que, si te acercas, es solo un tipo herido que no puede hablar.

En «Colmillos en el cuello» ya conté por qué hablo del desamor con películas de terror. Allí el monstruo solía ser el otro: el depredador, el que succiona la energía, el vampiro emocional. Lo que me interesa aquí es el giro: el momento en que los colmillos te los ponen a ti.

La luz de la luna La luna en ese verso no está de adorno. Es la luz que deforma. Bajo la luna todo parece más pálido, más fantasmal, más amenazante. Una cara normal con luz de luna puede dar miedo. Una mancha de sangre con luz de luna parece un crimen.

Creo que la luna es una buena metáfora de esa versión de la historia que la otra persona cuenta. No inventa del todo los hechos: es verdad que había sangre, es verdad que había un hombre llorando en la calle. Lo que hace es iluminarlo desde un ángulo que lo vuelve monstruoso. La misma escena, con luz de día, sería simplemente alguien que necesita ayuda.

Una galería de malentendidos

Si recorro el catálogo con esta idea en la cabeza, el vampiro que llora no está solo. Mis canciones están llenas de personajes que parecen una cosa y son otra. El chico que se ríe en la pista y por dentro no puede más. El que llega a una fiesta vestido de lentejuelas para que nadie le pregunte cómo está. El que suelta un chiste salvaje justo cuando más le duele. Todos llevan una especie de disfraz, y casi siempre el disfraz se lo ha puesto el miedo.

Lo que cambia en el caso del vampiro es quién ha elegido el disfraz. En los otros personajes, el disfraz es una defensa: me pongo purpurina para que no se me vean las ojeras. En el vampiro, el disfraz lo pone la mirada de los demás. Yo no me he vestido de monstruo; me han visto así. Y esa diferencia es enorme, porque contra un disfraz propio basta con quitártelo, pero contra uno ajeno tienes que convencer a los otros de que se quiten las gafas.

Escribir me sirvió para cambiar de una cosa a la otra. Al poner el vampiro en una canción, el disfraz pasó de ser una mirada ajena a ser un personaje mío. Ya no era algo que me hacían; era algo que yo contaba. Y lo que uno cuenta, de alguna manera, ya le pertenece.

El público de la calle Me fijo también en la gente del verso. No son amigos ni enemigos, son transeúntes. Pasan cerca, miran, se forman una idea en un segundo y siguen andando. Esa gente es, para mí, la imagen más honesta de cómo funciona un rumor. Nadie investiga. Nadie pregunta. Cada uno ve un fragmento de la escena, con la luz que haya en ese momento, y se lleva a casa su conclusión.

No les guardo rencor a esos transeúntes. Seguramente yo también he pasado alguna vez por delante de alguien que lloraba sin pararme, y me he formado ideas rápidas de personas que no conocía. Lo que me enseñó el verso fue a desconfiar de mis propias conclusiones de luna llena. A pensar, cuando veo a alguien con aspecto de monstruo, que a lo mejor la sangre es suya.

La versión inventada y la verdad real

Hay una frase en «El narcisista» que siempre me ha parecido torpe y perfecta a la vez. Dice que estoy desesperado intentando que salga a la luz toda la verdad, «pero la verdad real / no esa versión de la historia que te has inventado».

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «moribundo desnudo mientras me ahogaba en el lodo» de «El narcisista»

La verdad real. Es un pleonasmo, claro. La verdad, si es verdad, ya es real. Pero cuando alguien ha estado contando otra versión durante meses, a sus compañeros, a sus amigos, a quien quiera escuchar, sientes la necesidad de añadir ese adjetivo. Como cuando dices «te lo juro de verdad». La redundancia es la marca del cansancio. Es lo que dice alguien que lleva demasiado tiempo sin que le crean.

En psicología existe un nombre para ese mecanismo de dar la vuelta a la historia: DARVO, unas siglas en inglés que propuso la investigadora Jennifer Freyd en los años noventa. Significan negar, atacar e invertir los papeles de víctima y agresor. No lo cuento para diagnosticar a nadie, que no me corresponde, y en «La palabra de moda» ya pensé en cuándo usar estas etiquetas ayuda y cuándo sobra. Lo cuento porque saber que existía un nombre me alivió. Si tiene nombre, es que les pasa a otros. Y si les pasa a otros, no estoy loco.

Dos retratos en la misma pared Me imagino una galería con dos cuadros colgados en la misma pared. Uno lo ha pintado la otra persona: un monstruo con colmillos, un terrorista con un detonador, un falso, un loco que va hasta al psicólogo. Está muy bien pintado, con mucha seguridad, y mucha gente se para delante y asiente.

El otro cuadro lo pinto yo. Al principio es solo un boceto, una línea temblorosa. Pero cada canción le añade algo. Un color, una sombra, una sonrisa torcida. Con el tiempo, el segundo cuadro empieza a parecerse a alguien. Empieza a parecerse a mí.

Escribir mis letras fue eso: pintar el segundo cuadro. No para tapar el primero, que sigue ahí y que no puedo descolgar, sino para que exista otra imagen al lado. Para que quien pase por la galería pueda comparar.

Por qué me ayudó dibujarme con colmillos

Podría parecer contradictorio. Si me dolía que me vieran como monstruo, ¿por qué me dibujé a mí mismo como vampiro en una canción?

Creo que la respuesta es que, al hacerlo yo, el disfraz dejó de ser suyo. Cuando otro te pone colmillos, es una acusación. Cuando te los pones tú, con una lágrima incluida, es una broma triste, una forma de enseñar el disfraz y decir: mira, esto es lo que creen que soy. Y mira lo que hay debajo.

Es lo mismo que hacen muchas personas queer con los insultos. Te llaman marica y tú dices marica, sí, y además sideral. Te llaman loca y te pones un traje de lentejuelas. En «El traje de la heroína de serie B» escribí sobre ese camp del terror como forma de sobrevivir. El vampiro que llora es de la misma familia: coges la imagen con la que te quieren asustar y la exageras hasta que deja de dar miedo y empieza a dar pena, o risa, o ternura.

El monstruo que no funciona Hay algo muy liberador en ser un monstruo que no funciona. Un vampiro que llora no puede asustar a nadie de verdad. Un terrorista que lo único que lanza son canciones no puede volar ningún edificio. Al nombrar el disfraz, lo vacío.

Y al vaciarlo, me quedo con lo que sí soy. Alguien que escribe. Alguien que lloraba en la calle sin que nadie se acercara. Alguien que estaba intentando, de una forma torpe y desesperada, que su versión existiera.

Moribundo y desnudo en el lodo

Hay otra imagen de «El narcisista» que quiero mirar, porque completa este retrato. La canción habla de dejarme «moribundo desnudo mientras me ahogaba en el lodo», y de la gente que sonreía mientras me hundía en el barro.

Collage con un detalle de la carátula de «El narcisista» y las carátulas de «El castigo más duro», «Vampiro Emocional», «No Contact»

Es una imagen muy física, muy de cuerpo. Desnudo, sin protección. En el lodo, sin suelo firme. Y rodeado de gente que mira y sonríe. Si la pongo al lado del vampiro bajo la luna, veo la misma escena desde dos distancias. De cerca, es un hombre hundido en el barro que no puede salir. De lejos, con luna, es una criatura oscura, manchada, inquietante.

El barro, además, mancha. Quien sale del lodo sale sucio, y la suciedad se puede usar en su contra. Mira qué pinta tiene. Mira cómo va. Esa es otra de las crueldades de la inversión: primero te empujan al barro y luego señalan tus manchas.

Lavarse en la página Escribir, para mí, tuvo algo de lavarse. No de borrar lo que pasó, sino de quitarme el barro de la cara para que se me viera. Cada verso era un poco de agua. No todo salía a la primera; hay manchas que tardan.

Me acuerdo de la sensación de terminar una letra y releerla y pensar: esto es lo que pasó. No la versión de la luna. La de la luz de día. Esa sensación no arreglaba nada fuera, pero dentro de mí ponía las cosas en su sitio. Yo era el que estaba en el barro. Yo no era el monstruo.

El planeta como lugar donde te ven bien

Muchas veces me han preguntado qué es Planeta Gayfolk, y tengo muchas respuestas. Una de ellas, la que tiene que ver con este texto, es que es un lugar donde te ven bien.

Un planeta donde la luz no deforma. Donde el artista es artista y el vampiro que llora es un chico que necesita un pañuelo. Donde nadie te presenta como falso ante sus compañeros, porque allí no hay compañeros con los que hablar a tus espaldas. Donde las letras se leen como lo que son, no como amenazas.

Ese planeta no existe, claro. Es un sitio inventado. Pero inventarlo me sirvió para saber cómo quería que me miraran. Y saber cómo quieres que te miren es el primer paso para dejar de aceptar que te miren de otra manera.

Frío y fuego, otra vez En «Es hielo abrasador» escribí sobre la otra gran imagen de esta canción: el lanzallamas contra el corazón congelado. No quiero repetirlo, pero sí quiero conectarlo. Porque en el fondo las dos imágenes hablan de lo mismo: de intentar llegar a alguien que no quiere ser alcanzado. Con fuego, con canciones, con explicaciones. Y de que, cuando no llegas, el que intentó con más fuerza acaba pareciendo el violento.

Si me ves con un lanzallamas en la mano, parezco peligroso. Nadie ve que lo único que quería era descongelar algo. Es otra vez la luz de la luna.

La rima como arma de vuelta

Hay una cosa que me hace sonreír cuando pienso en el verso del principio. Si la otra persona me veía como terrorista, la canción le ha dado la razón de la manera más inofensiva posible: le ha dedicado un estribillo. Esa es toda la explosión. Una rima que se repite, un coro, un ritmo que se te queda en la cabeza.

Me gusta pensar que el arte es la única forma de terrorismo que no deja víctimas. Lo único que hace estallar son silencios. El silencio de quien no podía contar lo que le pasaba, el silencio de los compañeros que solo escucharon una versión, el silencio de la calle bajo la luna. Una canción rompe esos silencios sin romper a nadie.

Y si alguien se siente atacado por una canción que no le nombra, que no da pistas, que habla de personajes inventados, a lo mejor es que se ha reconocido. Pero eso ya no es asunto mío. Mi asunto era sacar lo que tenía dentro, ponerlo en algún sitio fuera de mí, y seguir caminando un poco más ligero.

Artista, al final No me gusta mucho la palabra artista para hablar de mí. Me suena grande, de museo, de gente con boina. Prefiero decir que escribo letras, que compongo y que produzco. Pero en este verso la palabra tiene otro sentido. Artista aquí no es un título; es lo contrario de terrorista. Es alguien que construye en vez de destruir.

Visto así, sí me la quedo. No como medalla, sino como descripción de lo que intentaba hacer en los peores momentos: construir algo con lo que me estaba destruyendo. Una canción con el barro. Un estribillo con la sangre. Un planeta entero con lo que no podía decir.

Lo que no voy a hacer

Quiero ser claro sobre algo. Este texto no es una respuesta a nadie concreto. No voy a nombrar a nadie, ni a dar pistas, ni a contar episodios. En mis canciones los nombres son personajes y las historias son materiales. La «verdad real» de la que habla la canción no es un expediente que vaya a abrir aquí. Es otra cosa: la verdad de lo que sentía, que nadie me puede discutir porque es mía.

Ficha de la canción «El narcisista» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Tampoco voy a decir que ahora todo el mundo me ve bien. Hay gente que seguirá viendo el primer cuadro. Lo que ha cambiado es que yo ya no lo miro tanto. He colgado el mío al lado y paso más tiempo delante de él.

Si te han pintado con colmillos Si estás en una situación en la que te han dado la vuelta a la historia, en la que te sientes el malo de algo que te hicieron a ti, quiero decirte un par de cosas. La primera: no estás solo, y eso que te pasa tiene nombre. La segunda: tu versión merece existir, aunque al principio solo exista en un cuaderno. Escríbela. No para publicarla, no para ganar ninguna discusión, sino para que tú la puedas leer.

Y si el barro llega muy arriba, si sientes que te ahogas, busca a alguien que te tienda la mano. Puede ser un amigo, un profesional, o una de estas líneas:

  • 024: atención telefónica en España para cualquier momento emocional difícil, sin coste y sin juicio, las veinticuatro horas.
  • 112: si estás en peligro ahora mismo.
  • Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: alguien al otro lado para hablar con calma.
  • Fundación ANAR, 900 20 20 10: si eres menor de edad o te preocupa un menor.
  • Fuera de España: findahelpline.com busca la línea de tu país.

Quitarse los colmillos

Vuelvo a la calle, a la luna, al hombre con sangre en la boca. Me gusta imaginar cómo termina la escena, aunque la canción no lo cuenta. La gente sigue pasando. Alguien se para, por fin. Se acerca. Ve que no son colmillos, que son lágrimas mezcladas con sangre. Le ofrece un pañuelo.

No sé quién sería esa persona. A lo mejor soy yo mismo, unos años después, volviendo a la escena con la canción en la mano. A lo mejor eres tú, que estás leyendo esto. A lo mejor es alguien que todavía no conozco.

Lo que sí sé es que el vampiro, al final, se quita los colmillos de plástico, se limpia la cara y dice lo que no podía decir. Que no voy a aguantar más. Que no puedo más. Que no soy un terrorista. Que soy un artista, o algo parecido, alguien que escribe para entender lo que le pasó.

Y que desde aquí se ve todo un poco más claro. Y que, si alguna vez dejas de contestar mensajes para protegerte, eso también es una forma de quitarte el barro: lo conté en «No Contact».

Preguntas frecuentes

¿En qué canción aparece «nunca te vio como un artista, sino como un terrorista»? En «El narcisista», de Mike Sain't Louis. La letra habla de una persona que cuenta a sus compañeros otra versión de la historia y que mira cada intento de expresarse como una amenaza.

¿Qué significa «un vampiro que llora bajo la luz de la luna»? Es un verso de «El castigo más duro». Describe a alguien que sangra por la boca porque no consigue decir lo que siente, y al que la gente que pasa toma por un monstruo. El texto lo lee como la imagen de quien sufre y parece el peligro.

¿Qué es DARVO? Unas siglas en inglés propuestas por la investigadora Jennifer Freyd para describir un patrón: negar, atacar e invertir los papeles de víctima y agresor. El texto las menciona sin diagnosticar a nadie.

¿Las canciones hablan de personas reales? En las letras de Mike Sain't Louis los nombres y los personajes son inventados. Lo que se cuenta es lo que sentía, no un expediente sobre nadie.

¿Dónde pedir ayuda? En España, el 024 para cualquier crisis emocional, a cualquier hora; el 112 si hay peligro; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.