Saltar al contenido
← Canción a canciónLa palabra de moda: cuándo llamar narcisista a alguien ayuda y cuándo sobra

Por ·

La palabra de moda: cuándo llamar narcisista a alguien ayuda y cuándo sobra

Un despacho con madera oscura y lámparas verdes de banquero. Un señor de traje impecable, corbata ajustada, las manos quietas. En la cara, una máscara de calavera con una cruz pintada en la frente. Delante de él, en primer plano, un chico tatuado hasta el cuello envuelto en un abrigo de plumas blancas, mirando a cámara con cara de cansado. Y abajo, en letras rojas de cartel de terror: «Perverso narcisista».

Si alguien quisiera resumir mi catálogo en una portada, podría elegir esta. Y me da un poco de vergüenza reconocerlo.

Porque he escrito tantas canciones sobre narcisistas que a veces me pregunto si no me he convertido en el letrista oficial del gremio. El que, si un día le preguntan por su especialidad, tiene que contestar: «Pues mira, yo hago narcisistas». Como quien hace croquetas o arreglos de costura.

Este texto va de esa duda. De la palabra que más he usado y de cuándo creo que sirve.

Un aviso antes de empezar

La letra de «Perverso narcisista» todavía no está publicada en la página de letras de la web, así que no voy a contar lo que dice. Hablo a partir del título y de la portada, que la ficha de la canción describe, y de las muchas canciones mías del mismo tema que sí tienen la letra a la vista.

Diagnóstico de sobremesa

La ficha llama al título «un nombre de diagnóstico de sobremesa». Me gusta esa expresión porque describe muy bien lo que ha pasado con la palabra narcisista en los últimos años.

Antes era un término de consulta de psiquiatra, de libro de texto, de serie de médicos americanos. Ahora se usa en la mesa del domingo, entre el segundo plato y el café. «Tu cuñado es un narcisista.» «Mi jefa es narcisista perdida.» «El ex de la Mari, un narcisista de manual.» La palabra ha salido de la consulta y se ha ido a vivir al grupo de WhatsApp de las primas.

Y la versión con apellido, perverso narcisista, tiene todavía más pegada. Es un término que viene de la psicología francesa, que se popularizó mucho con los libros sobre acoso moral, y que describe a alguien que no solo se quiere demasiado a sí mismo, sino que disfruta manipulando y desgastando a los demás. Suena a película. Suena a villano con máscara de calavera.

Tiene sentido que lo use como título. Es una palabra que la gente dice cuando por fin entiende lo que le pasó.

Cuando la palabra ayuda

Empiezo por lo bueno, que lo tiene.

Hay un momento en las relaciones dañinas en que no tienes palabras para lo que te pasa. Sabes que estás mal, que algo no cuadra, que el otro te hace sentir pequeño, pero no sabes nombrarlo. Y lo que no se nombra no existe. Si no existe, la culpa debe de ser tuya. Eso es lo que el narcisista, en el sentido de andar por casa, consigue: que dudes de ti.

Ahí la palabra es una linterna. Alguien te dice «eso que describes tiene nombre» y de repente todo encaja. El silencio de días como castigo, la frialdad cuando más lo necesitas, el encanto con los demás y el desprecio en casa. Ya no es que tú seas exagerado. Es que hay un patrón, y otros lo han vivido.

Lo escribí de forma muy seca en «Ni con un palo»: «No es rechazo, es cálculo. / Es saber que el otro sufre y quedarse quieto». Esa frase no tiene chiste. Es lo que te dice alguien que ya ha entendido. Y entender, en ese momento, es lo primero que te devuelve el suelo bajo los pies.

Cuando la palabra sobra

Ahora lo malo, que también lo tiene, y me toca a mí ponerme delante del espejo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Perverso narcisista», de Mike Sain't Louis

Una palabra que lo explica todo acaba no explicando nada. Si todo ex que se porta mal es un narcisista, si toda jefa exigente es narcisista, si todo amigo que no te devuelve una llamada es narcisista, la palabra pierde su filo. Se vuelve un insulto genérico, como «tóxico», que ya no significa más que «alguien que no me gusta».

Y eso tiene un coste para quien de verdad ha vivido algo grave. Si la palabra se gasta, cuando la usas para describir años de manipulación suena igual que cuando tu prima la usa porque el novio no le dio like a una foto.

Lo reconozco: parte de ese desgaste es culpa de gente como yo, que la ha usado en muchas canciones. No me arrepiento, pero me obliga a tener cuidado. Una de las cosas que intento es no usarla siempre de la misma forma. A veces con diagnóstico, a veces con monstruos, a veces con burla, a veces como apodo con mala leche. Y otras veces sin decirla, describiendo lo que hace el otro para que el oyente ponga la palabra si quiere.

La máscara que no se mueve

Vuelvo a la portada, porque resuelve mejor que yo este dilema.

El señor de detrás lleva una máscara de calavera. No es una cara, es una máscara. Y la máscara tiene una sonrisa pintada que no cambia nunca. Esa es la imagen exacta de lo que quiero decir cuando uso la palabra en serio: alguien cuya cara pública es una pieza fija, una sonrisa que no responde a lo que pasa a su alrededor. Te puede ver llorar y la sonrisa sigue ahí, igual.

Además, va vestido de banquero. Traje oscuro, corbata ajustada, despacho con madera. Es el poder respetable, el que no levanta la voz porque no le hace falta. El narcisista de mis canciones casi nunca es un monstruo que grita. Es el que parece el más formal de la reunión. El que queda divino en las cenas de empresa. El que todo el mundo envidia que tengas por pareja.

Y la cruz en la frente de la máscara le da un toque de iglesia, de moral, de santurrón. Como si dijera: además de todo, se cree bueno.

El chico de las plumas

El de delante es el que me interesa más.

Tatuado hasta el cuello, con un abrigo de plumas blancas enorme, de esos de diva entrando en una gala. Pelo oscuro, barba, mirada directa. No parece asustado. Parece harto. La ficha lo dice muy bien: parece cansado de fingir que no ve a quien tiene detrás.

Esa expresión es para mí la mejor parte de la portada, y la que más se parece a lo que quiero contar en estas canciones. No me interesa la víctima temblorosa, ni la pobre criatura que no se entera. Me interesa el momento en que ya lo sabes. En que miras a cámara, con tu abrigo de plumas y tu dignidad un poco despeinada, y piensas: «Sé perfectamente quién está detrás de mí. Lo que no sé todavía es cómo salir».

Ese momento, el de saberlo y no haber salido aún, es el que más canciones me ha dado. Es un momento incómodo, de sala de espera, en el que ya no puedes hacerte el tonto pero todavía no tienes fuerzas para levantarte. Mucha gente se queda ahí meses. Algunos, años.

Cambió el nivel de su juego

Hay otra frase de «Ni con un palo» que me parece la mejor respuesta a la pregunta que se hace todo el mundo en esa fase: ¿es que ha cambiado? ¿Era así al principio? La frase dice: «Pero no cambiaste tú: cambió el nivel de su juego».

Collage con un detalle de la carátula de «Perverso narcisista» y las carátulas de «Ni con un palo», «El castigo más duro», «El narcisista», «Gaslighting»

Ahí está la trampa de las relaciones con alguien así. Al principio todo parece perfecto, y cuando empieza a torcerse, la primera reacción es pensar que has hecho algo mal. Que has cambiado tú. Que ya no eres tan interesante, tan guapo, tan divertido. La frase te quita esa culpa de encima: tú eres el mismo; lo que ha cambiado es la estrategia del otro.

La portada de «Perverso narcisista» podría ser la ilustración de ese verso. El chico de delante es el mismo de siempre, con sus plumas y sus tatuajes. Lo que ha cambiado es lo que sabe sobre el de atrás.

Lo que una canción no puede hacer

Antes de seguir, una línea seria, porque hace falta.

Una canción no diagnostica a nadie. Yo no soy psicólogo ni psiquiatra, y cuando uso la palabra narcisista en una letra no estoy haciendo un informe clínico. El trastorno narcisista de la personalidad existe, está descrito en los manuales y lo evalúan profesionales, con tiempo y con herramientas. Lo que hago yo es otra cosa: uso la palabra como la usa la gente en la calle, para nombrar un patrón de conducta que duele.

Si lo que estás viviendo te tiene hundido, la canción puede acompañarte un rato. Lo que te saca de ahí es hablar con alguien que sepa, y con gente que te quiera.

Dicho esto, sigo con la máscara.

El encanto del principio

Hay una fase de estas historias que casi nunca sale en las portadas y que, sin embargo, lo explica todo: el principio.

Nadie se enamora de un señor con máscara de calavera. Te enamoras de alguien encantador. Atento hasta lo exagerado, con mensajes a todas horas, con planes para dentro de un año cuando todavía no lleváis un mes. La gente que sabe de esto lo llama «bombardeo de amor», y la expresión me parece muy buena, porque tiene algo de guerra y algo de regalo. Te bombardean con cariño hasta que no puedes pensar.

En mis canciones esa fase aparece casi siempre de pasada, como recuerdo amargo. Los primeros días, las primeras semanas, el amor tres veces al día. Lo cuento poco porque, en el momento de escribir, ya estoy en la otra orilla. Pero sin esa fase, nada de lo demás se entiende. El chico de las plumas no estaría en ese despacho si al principio no le hubieran abierto la puerta con champán.

Por eso desconfío un poco de las relaciones que van demasiado deprisa. No siempre son un peligro. Pero cuando alguien te declara amor eterno en la tercera cita, conviene mirar si lleva algo en la cara.

Lámparas de banquero

Un detalle de la portada que pasa desapercibido: las lámparas verdes. Son las clásicas de despacho de banco o de biblioteca antigua, con la pantalla de cristal verde y la base de latón. Y la madera oscura de las paredes. Todo huele a dinero viejo.

No es casualidad que el narcisista de la imagen tenga despacho. En muchas relaciones de este tipo hay un componente de poder económico: quién paga, quién decide, quién depende de quién. El que controla la cartera controla mucho más de lo que parece. Y en el mundo gay, donde muchas parejas no tienen la red de seguridad de una familia que las apoye, esa dependencia puede ser todavía más fuerte.

La portada no lo dice, pero lo sugiere con ese decorado. El señor de la máscara no está en un callejón oscuro. Está en su oficina, rodeado de cosas que se compran con dinero. Y el chico de las plumas, por muy diva que vaya, está en su territorio.

El abrigo como armadura

Y vuelvo a las plumas, porque tienen una lectura más.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Perverso narcisista», de Mike Sain't Louis

Un abrigo de plumas blancas enorme es lo más llamativo que alguien puede ponerse. Es ropa de escenario, de gala, de entrada triunfal. En la cultura gay, las plumas son mucho más que un adorno: son la pluma, lo que se nos nota, lo que durante años nos dijeron que escondiéramos. Ponerse un abrigo de plumas es decir «aquí estoy, y se me nota todo».

Ponérselo delante de un narcisista con traje es casi una provocación. El de detrás representa lo serio, lo correcto, lo que no se sale de la norma. El de delante es todo lo contrario. Y lo lleva puesto como una armadura: si me vas a hacer daño, que sea viéndome entero, con mis plumas y mis tatuajes, sin disfrazarme de lo que tú quieres que sea.

Me gusta pensar que esa es una de las formas de resistir. No hacerse pequeño. No vestirse de gris para no molestar. Seguir con el abrigo de plumas aunque el de la máscara frunza el ceño detrás de la calavera.

Palabras que evito

Ya que hablo del desgaste de las palabras, confieso algunas que intento no usar, o usar muy poco.

«Tóxico» es la primera. Se ha convertido en un comodín que vale para todo, desde un novio que te pega hasta una amiga que llega tarde a los cafés. Cuando lo leo en una letra ajena, me suena a camiseta de mercadillo. Prefiero describir lo que hace el otro: te castiga con el silencio, te hace dudar de lo que recuerdas, te deja en visto tres días y luego vuelve como si nada.

«Psicópata» es otra. Tiene demasiado de película de asesinos y muy poco de lo que se vive en un piso de Usera un martes por la tarde. Y además es una palabra clínica todavía más grave que narcisista, que no conviene tirar a la ligera.

Y luego está todo el vocabulario de taza de desayuno, el de los lemas motivadores en tipografía de caligrafía con una hojita dibujada al lado. Ese no lo uso nunca. Me suena a tienda de regalos de aeropuerto, a cojín con frase, a calendario de autoayuda que alguien te regala por el amigo invisible. Lo que sí uso es la frase seca, el diagnóstico corto, el verso que no consuela pero aclara. Para consolar ya están los amigos. La canción está para poner nombre.

El hacerte creer

Hay una frase en «El castigo más duro» que define el centro de todo esto mejor que cualquier etiqueta. Dice que el castigo más duro que un narcisista puede aplicar es «el hacerte creer / que no vales nada». No el grito. No el portazo. Hacerte creer.

Esa es la diferencia entre una relación que acaba mal y una relación con alguien así. En la primera, sales herido pero sabiendo quién eres. En la segunda, sales sin saberlo. Te han ido cambiando la imagen que tienes de ti mismo poco a poco, como quien cambia los muebles de una casa mientras duermes, hasta que un día te despiertas y no reconoces tu propio salón.

La palabra narcisista, cuando se usa bien, sirve para eso: para devolver los muebles a su sitio. Para decirte que lo que te hicieron creer no era verdad. Ahí sí, que se use todas las veces que haga falta.

Las canciones hermanas

Si te interesa el tema, en mi catálogo hay un recorrido completo, casi un manual por capítulos.

Ficha de la canción «Perverso narcisista» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Está «El narcisista», donde el corazón del otro está tan congelado que ni con un lanzallamas. Está «Gaslighting», sobre esa manipulación que te hace dudar de tus propios recuerdos. Está «El descarte del narcisista», sobre el momento en que te tiran como si no hubieras existido. Está «Manual de escape de un narci», que va de lo que su título promete. Y está «No contact», que es la última página del manual: no contestar más.

Visto así, en fila, parece un curso por fascículos de esos que vendían en los quioscos. «Coleccione el narcisismo en veinte entregas, con regalo de un abrigo de plumas en el primer número.»

Me río, pero lo digo en serio. Escuchadas en orden, pueden servir de mapa: primero el encanto, luego la duda, luego el descarte, luego la salida. Y si una sola persona ha salido del despacho de la máscara gracias a una canción mía, el gremio de los narcisistas me puede odiar tranquilo.

El riesgo de quedarse a vivir

Hay un peligro más en escribir tanto sobre lo mismo, y es quedarse a vivir en la herida.

Cuando una experiencia dolorosa te da material, existe la tentación de seguir exprimiéndola mucho después de que haya dejado de doler. De convertirla en marca. De que tu identidad se resuma en «el que fue víctima de un narcisista». Y eso, aunque dé canciones, no es bueno para nadie, empezando por uno mismo.

Lo que me salva de eso, creo, es el humor. En me río de mis ex porque es la forma más honesta que tengo de contarlo lo explico mejor: reírte de lo que te pasó es una forma de salir de ahí. El que se ríe ya no está dentro. Está mirando la escena desde fuera, como quien ve la portada entera y no solo el despacho.

Y también me salva escribir de otras cosas. De Lola Flores, de mi sobrina, de los fuegos artificiales, de croquetas en un crucero. El narcisismo es una sección de la tienda, no la tienda entera.

Por qué «perverso»

Una última cosa sobre el título. El adjetivo.

«Perverso» es una palabra de moral antigua, de confesionario y de novela victoriana. Suena a vicio, a pecado, a algo que se hace a escondidas en un sótano. Al ponerla delante de narcisista, el título suma dos registros: el clínico y el moralista. El de la consulta y el del púlpito.

Esa mezcla me hace gracia porque es exactamente la mezcla de la portada: el despacho de banquero y la cruz en la frente. La respetabilidad y la máscara. Y porque, para alguien que viene de donde vengo yo, de un mundo en el que durante mucho tiempo los perversos éramos nosotros, apropiarme de esa palabra para señalar a otro tiene su punto de justicia poética.

Ya no es perverso el que ama distinto. Es perverso el que hace daño sonriendo.

Ponla con el volumen alto, como dice la ficha. Y si al escucharla te viene una cara a la cabeza, no hace falta que la digas. Basta con que la reconozcas. Ese reconocimiento, el de ponerle cara a la máscara, es el primer paso para salir del despacho. El segundo es buscar la puerta, que casi siempre está más cerca de lo que parece, detrás de esas lámparas verdes que tanto deslumbran.

Preguntas frecuentes

¿Qué es un perverso narcisista? Un término procedente de la psicología francesa que se popularizó con los libros sobre acoso moral. Describe a alguien que manipula y desgasta a otros para sostener su propia imagen. En la canción funciona como título y como diagnóstico de sobremesa.

¿Dónde está la letra de «Perverso narcisista»? En el momento de escribir esto, todavía no está publicada en la web. Sí puedes leer la de otras canciones sobre el mismo tema, como «Ni con un palo»: gayfolkplanet.com/letras.

¿Qué otras canciones de Mike Sain't Louis tratan el narcisismo? Entre otras, «El narcisista», «Gaslighting», «El descarte del narcisista», «Manual de escape de un narci», «No contact» y «Ni con un palo».

¿Quién hace estas canciones? Mike Sain't Louis escribe las letras, compone y produce. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial.

Compartir