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El traje de la heroína de serie B: terror camp para sobrevivir

Un plan calculado al milímetro. Y algo que falla.

Así empieza «Escupiré sobre tu tumba», y lo primero que quiero decir es que la canción no es cómoda. Habla de golpes tan fuertes que la mente no se los creía. Habla de una agresión sexual cometida en grupo, con alguien al frente que se cree el líder, el comercial, el campeón. No hay eufemismo ni metáfora suave en esa parte de la letra, y no la voy a suavizar aquí tampoco.

Pero esta canción también tiene una escopeta atada a los huevos de alguien, una explosión que se activa con una llamada de un ligue de crucero y una despedida que dice «un besiño». Y esa mezcla, que a mucha gente le descoloca, es lo que quiero explicar en este texto.

La ficha de la canción ya cuenta qué dice la letra, verso a verso. Aquí voy a hablar de otra cosa. De por qué, para contar lo más feo, me puse el disfraz más exagerado que encontré: el de la protagonista de una película de venganza de serie B.

No se puede contar en tono de telediario

Hay historias que, si las cuentas con la voz neutra de un telediario de las tres, te destrozan. A ti y a quien te escucha. La neutralidad, en según qué temas, es una forma de crueldad. Te obliga a mirar la herida sin anestesia, a plena luz, con el presentador poniendo cara de circunstancias antes de pasar a los deportes.

Y hay otra opción. La de las películas de terror.

El cine de miedo de madrugada, el de videoclub con la carátula gastada y la cinta rebobinada mil veces, enseña una cosa que luego he usado mucho escribiendo: el terror es una forma de hablar de lo que no se puede hablar. El monstruo es siempre otra cosa. El asesino con máscara es el padre, el vecino, el novio, el miedo a salir del armario. Lo pones fuera, con su motosierra y su música de violines, y entonces lo puedes mirar.

Mis canciones están llenas de eso. «La casa de los mil cadáveres», el ataúd de neón, los vampiros emocionales, la máscara de Saw. Lo hago tanto que ya forma parte de la casa. Pero en «Escupiré sobre tu tumba» el terror no está para hacer gracia. Está para hacer posible algo que, contado de otra forma, no habría salido nunca del cuaderno.

Ponerse el traje

El estribillo es la clave:

«Pero no contabas con que yo soy / Igual que la protagonista de Escupiré sobre tu tumba.»

La película que da título a la canción pertenece a ese subgénero que se conoce como de violación y venganza, y que tiene su original de finales de los setenta y su remake bastantes años después. Su protagonista es una mujer agredida que no se queda en el suelo. Vuelve. Y vuelve a por cada uno de ellos.

No voy a defender aquí esas películas como cine, que tienen lo suyo y no es este el sitio para discutirlo. Lo que me interesa es la figura. La de la víctima que deja de serlo. La de la persona a la que eligieron porque parecía débil y que resulta ser la que menos convenía elegir.

Cuando escribo que soy igual que ella, no estoy diciendo que vaya a hacer lo que hace ella en la película. Estoy diciendo algo más sencillo y, para mí, más importante: que me pongo su traje. Que durante tres minutos me presto su cuerpo, su rabia y su determinación, porque el mío ese día no daba para tanto.

Eso es lo que hace el camp cuando se pone serio. Te deja disfrazarte de alguien más grande que tú para poder decir cosas que, con tu ropa de diario, no te atreverías. La drag queen que sube al escenario con veinte centímetros de tacón y dice lo que el chaval de pueblo nunca dijo. La folclórica con bata de cola que llora delante de dos mil personas lo que no lloró en su casa. La heroína de serie B con el vestido roto y el cuchillo en la mano. Todo es la misma operación: un disfraz que, en lugar de esconder, te deja hablar.

Lo cuento con más calma en el camp no es un chiste aunque te rías. Esta canción es probablemente el ejemplo más extremo que tengo de esa idea.

Que ni me dolía

Antes del estribillo hay un verso que me gustaría que se leyera despacio, porque es de los más verdaderos de la canción:

Fotogramas del videoclip oficial de «Escupiré Sobre Tu Tumba», de Mike Sain't Louis
«Me pegaste tan, tan, tan fuerte / Que ni me dolía porque no se lo creía mi mente.»

Ese «tan, tan, tan» parece un tartamudeo, y lo es. Es lo que pasa cuando intentas explicar algo que no cabe en las palabras: repites la misma sílaba como quien da golpes a una puerta que no se abre.

Y luego la segunda mitad, que es casi clínica. No me dolía porque mi mente no se lo creía. Mucha gente que ha pasado por algo así describe exactamente eso: una especie de desconexión, como si estuvieras viendo la escena desde la esquina del techo, como si le estuviera pasando a otra persona en una película mala. No duele en el momento. Duele después. A veces años después, en el lugar más tonto, haciendo la compra o esperando el autobús.

Lo escribí así, sin adornos, porque esa parte no necesitaba ninguna imagen de terror. Ya era terror. Las escopetas y los cruceros vienen luego, cuando hace falta respirar.

Líder, comercial, campeón

La letra le pone al agresor tres títulos seguidos: el líder, el comercial, el campeón. Y me hace gracia lo poco que se parecen a lo que uno espera de un monstruo. No dice el asesino, el psicópata, la bestia. Dice el comercial.

Porque así son muchos. No llevan máscara de hockey. Llevan corbata y sonrisa de anuncio de seguros. Son el que vende más en la oficina, el que organiza las cenas de empresa, el que todo el mundo adora en la barbacoa del chalet. El campeón del pádel de los domingos.

Ese es el verdadero terror de la canción, más que la agresión en sí: que el que la comete está perfectamente integrado. Que tiene buena prensa. Que si lo cuentas, nadie te va a creer, porque «¿pero ese? ¿el simpático?». Y por eso la letra se dedica, verso a verso, a destrozarle la reputación. Retratado. Por debajo de objetivos. Al comercial le hunde las ventas.

Una heroína, no un héroe

Hay algo que a lo mejor no se nota a la primera: la canción no dice «soy igual que el protagonista». Dice «la protagonista». En femenino. Me identifico con una mujer.

Y eso, para un marica, es lo más natural del mundo. Muchos crecimos sin héroes que se parecieran a nosotros en las películas. Los chicos de la pantalla eran el capitán del equipo de fútbol, el poli duro, el que se quedaba con la chica. No nos veíamos ahí. Nos veíamos en ellas. En la que gritaba en la escalera, en la que corría descalza por el bosque, en la que, al final, cuando todos estaban muertos, cogía el hacha y se daba la vuelta.

En el cine de terror hay incluso un nombre para ella: la chica final, la que sobrevive cuando han caído todos los demás. Llevamos décadas aplaudiéndola en los cines de barrio, en las sesiones de madrugada y en los maratones de Halloween con las amigas. No es casualidad. Es la única que sale viva, y nosotros, de alguna manera, también hemos tenido que salir vivos de muchas casas.

Así que, cuando busqué un traje para esta canción, no me paré a pensar si era de hombre o de mujer. Era el traje de la que sobrevive. Y ese me queda bien.

Elegiste mal

Hay un verso que me parece de los más rabiosos que he escrito, y lo digo con orgullo:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Me pegaste tan, tan, tan fuerte Que ni me dolía porque no se lo creía mi mente.» de «Escupiré Sobre Tu Tumba»
«Has elegido mal esta vez tu prototipo de víctima: / Alguien débil, confiado y con muy baja autoestima.»

Fíjate en la palabra «prototipo». No es una palabra de canción. Es una palabra de oficina, de departamento de márketing, de PowerPoint. Y está ahí a propósito, porque así ve el agresor a su víctima: como un perfil. Un público objetivo. Un cliente potencial.

La persona que hace daño de esta forma no elige al azar. Busca a quien tiene la autoestima por los suelos, a quien se fía, a quien no va a contarlo. Hace su estudio de mercado. Y la letra le devuelve su propio lenguaje, con sorna: te has equivocado de prototipo, campeón. Tu estudio de mercado ha fallado.

Me gusta especialmente que el verso no niegue la descripción. No dice «yo no era débil». Dice que lo parecía. Que lo era, quizá, en ese momento. Pero que el prototipo tenía una función oculta que no venía en el manual de instrucciones.

La escopeta y el crucero

Y aquí llega la parte que hace que a algunos se les atragante la canción. La fantasía.

La letra se imagina al agresor con una escopeta amarrada a los huevos, y un invento que se activa cuando le llama alguno de sus ligues de crucero. Suena el teléfono, explota, «¡por Dios! te peta y te duele», y él no entiende nada. «¡Aguanta, nene!».

Es exagerado. Es ridículo. Es de dibujos animados, de Coyote y Correcaminos con un cartucho de dinamita marca ACME. Y está escrito así a conciencia.

Porque la fantasía de venganza, cuando es realista, da miedo. Te convierte en lo que no quieres ser. En cambio, cuando es absurda, cuando es de cómic, cuando tiene un mecanismo imposible que se activa por una llamada de un ligue, se convierte en otra cosa: en un desahogo. En una broma privada que te hace reír en el peor momento. Nadie va a fabricar ese invento. Nadie lo pretende. Pero imaginarlo te devuelve, durante un segundo, la sensación de que el que tiene el poder eres tú.

El detalle del crucero, además, es muy de mi casa. No es un ligue cualquiera, es uno de crucero. Lo cotidiano y lo cutre metido en mitad de la escena de terror, como en todas mis canciones. Hasta en la peor pesadilla hay un buffet libre y un camarote interior sin ventana.

La venganza de verdad

Pero si me preguntas cuál es para mí el verso más importante de la canción, no es el de la escopeta. Es este:

«Yo subiendo como la espuma y haciendo nuevos amigos.»

Y el que viene detrás: tú, retratado y con la reputación por debajo de objetivos. Otra vez el lenguaje de oficina, «por debajo de objetivos», como si fuera la evaluación trimestral de un comercial que no ha llegado a la cuota.

Esa es la venganza que vale. No la explosión. La espuma.

Subir. Hacer amigos nuevos. Estar bien. Que te vaya bien mientras el otro se queda retratado, que es una palabra preciosa en el español de la calle: retratado es que todo el mundo ha visto cómo eres. Ya no puedes esconderte detrás de la sonrisa de comercial.

No hace falta destruir a nadie cuando vives bien y el otro tiene que mirarlo. La fantasía de la escopeta está en la canción para desahogarse. La espuma está para quedarse.

Un besiño

Y el final, que es puro veneno con lazo:

Collage con un detalle de la carátula de «Escupiré Sobre Tu Tumba» y las carátulas de «La Casa de los Mil CadáVeres», «Karma (Versión Alternativa)»

Pídele ayuda al de los abrigos, no cuentes conmigo. Y luego una pulla política, de las que me gustan, con nombre propio de ministra incluido. Y la despedida: hasta nunca, mi niño. Un besiño, marrano de El Médano.

«Un besiño». En gallego, o en ese gallego de broma que usamos los de Madrid para hacernos los simpáticos. Es la despedida más tierna del mundo puesta al final de la canción más dura que tengo. Y ahí está el truco. Despedirse con cariño de quien te ha destrozado es la forma más elegante de decirle que ya no te importa. El odio todavía es un vínculo. El «besiño» es una puerta cerrada con una sonrisa.

El apodo del final, el marrano de El Médano, aparece en más letras de Planeta Gayfolk, como en «Karma (Versión Alternativa)». Es mi manera de convertir a alguien en personaje, de reducirlo a caricatura. Ya no tiene nombre de pila en mis canciones. Tiene apodo de feria.

La portada del cuchillo

Mira la portada, porque es casi un fotograma de esas películas. Un hombre de espaldas, sin camiseta, con la piel sucia y marcada, un trapo blanco roto atado a la cintura y un cuchillo en la mano derecha. El título a la izquierda, en letras rojas y negras, con mi nombre debajo.

No se le ve la cara. Mira hacia otro lado, hacia algo que nosotros no vemos. Y eso me parece lo más inquietante de la imagen. No sabes si viene de algo o si va a por algo. Las dos cosas, probablemente.

Es la heroína de la película, pero en hombre, en marica, en cuerpo de gimnasio con tatuajes. El traje de la serie B, cosido a mi medida. Cada single tiene su imagen, y esta parece arrancada directamente de un póster de videoclub. Puedes ver las demás portadas del catálogo en singles.

Lo que me enseñaron las películas malas

Me encanta la serie B, y lo digo sin ironía. Las películas baratas de terror tienen algo que las grandes producciones no tienen: se les ven las costuras. La sangre es pintura roja de un color chillón. El monstruo lleva una cremallera en la espalda. El decorado tiembla cuando alguien cierra la puerta.

Y eso, que parece un defecto, a mí me parece una forma de honestidad. La serie B no te engaña. Te dice «esto es una película, esto es de mentira, tranquilo», y precisamente porque te lo dice, te deja asustarte a gusto. Sabes que es teatro y por eso puedes entrar.

Mi forma de hacer canciones tiene mucho de eso. Sin presupuesto de multinacional, sin equipo de cuarenta personas, con mi sello de una sola persona y mis herramientas. Lo cuento en qué hace un director artístico cuando no hay presupuesto. Y en una canción como esta, esa estética de serie B le viene como anillo al dedo. La escopeta de dibujos animados, el invento imposible, la explosión que suena a efecto de sonido de los ochenta. Todo tiene cremallera. Todo es exagerado a propósito.

Porque si la venganza fuera realista, daría miedo de verdad. Y la canción no quiere dar miedo. Quiere quitarlo.

Escribir sobre el cuerpo

Hay gente que piensa que estas cosas no se deberían contar en una canción. Que son demasiado íntimas, demasiado feas, demasiado de juzgado. Que una canción es para bailar.

Ficha de la canción «Escupiré Sobre Tu Tumba» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Yo creo que el cuerpo tiene derecho a contar lo que le ha pasado, en el formato que le dé la gana. También en uno de tres minutos con estribillo. Escribí sobre eso en escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón, y esta canción podría ser el ejemplo número uno de aquel texto.

Lo que sí hago es una cosa: no confundo la canción con un testimonio judicial. Una letra no es una declaración ante la Policía. Es otra cosa. Es una forma de poner orden en algo desordenado. Por eso tiene escopetas de dibujos animados, ministras y cruceros. Porque así es como la cabeza procesa lo insoportable: mezclándolo con lo ridículo hasta que se puede tocar.

Del chiste a la piedra

Voy a decir algo sin guasa, una sola vez.

Si a ti te ha pasado algo de lo que cuenta esta canción, no necesitas ser la heroína de ninguna película. No tienes que volver a por nadie. No tienes que subir como la espuma mañana mismo. No tienes que hacer amigos nuevos ni ponerte guapa para que el otro te vea. Basta con seguir. A tu ritmo, que puede ser lentísimo.

La heroína de la serie B es un disfraz. Sirve para un rato. Luego te lo quitas y te queda tu cuerpo de siempre, con su cansancio. Y eso también está bien.

Ya está. Vuelvo a lo mío.

En el primer disco, y no por casualidad

La canción está en el primer disco de la trilogía, *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*. En el catálogo completo de gayfolkplanet.com aparece como la pista 123 de 273, entre «Doña Rogelia» y «Punto muerto». Ya ves qué vecinos: a un lado, una señora con nombre de abuela de pueblo; al otro, un título que suena a parte de accidentes. Mi catálogo no tiene orden de estilo. Tiene orden de vida.

Que esté en el primer disco tiene sentido. Ese disco es el del descubrimiento, el de llegar a un planeta nuevo donde se puede ser como uno es. Lo explico en por qué el primer disco de GAYFOLK tiene título de noticia. Y para llegar a ese planeta, antes hay que dejar atrás algunas cosas. Algunas, con un escupitajo.

Las letras son mías. La música y las voces de Planeta Gayfolk se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, y lo cuento abiertamente en toda esta web. Si quieres el mapa completo del universo en el que vive esta canción, está en Planeta Gayfolk. La máquina pone el sonido de la explosión. La escopeta, la espuma y el besiño son míos.

Lo que no escupo

Una última cosa, que es casi un chiste pero no del todo.

El título dice «escupiré», en futuro. No «escupo». No «he escupido». Es una promesa, no un hecho. Y como todas las promesas que se hacen con rabia, tiene algo de teatro. Probablemente no escupiré sobre ninguna tumba. Probablemente ni sabré dónde está. Probablemente, cuando llegue el día, estaré en otra cosa, en una terraza o en el sofá con los chihuahuas, y ni me enteraré.

Y esa es, si lo piensas, la mejor venganza posible. Que la tumba de quien te hizo daño te dé exactamente igual. Que ni te acuerdes de ir.

Para eso escribí la canción. Para poder olvidarme de ir.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Escupiré sobre tu tumba»? De una persona agredida que se compara con la protagonista de la película de venganza del mismo título. Mezcla un relato muy duro con una fantasía de revancha exagerada, de cómic, y termina con la idea de que la mejor venganza es que a uno le vaya bien.

¿Por qué tiene humor una canción sobre una agresión? Porque el humor exagerado y el terror camp permiten mirar lo insoportable sin quedarse paralizado. La parte de la agresión no tiene chiste; la fantasía de la escopeta, sí, y está escrita como un dibujo animado a propósito.

¿En qué disco está? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 123 de 273.

¿Quién la escribió? La letra es de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con el sello MIKE SAIN'T LOUIS.

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