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«Yo soy deportista y un buen macho»: LGTBIfobia en el deporte, vestuarios, gradas y armarios

«Tienes pluma y eres afeminado, / Yo soy deportista y un buen macho,»

Son dos versos de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», la canción que da nombre al primer disco de la trilogía. Los dice un personaje que no soy yo: el típico chulo de aplicación que te bloquea después de soltarte un catálogo de defectos. La misma estrofa aparece en «Buscando el polvo perfecto», y remata con una orden que me sigue haciendo gracia por lo absurda (la letra completa está en gayfolkplanet.com):

«Ponte a hacer deporte, ¡Romeo!»

Me interesa cómo funciona esa frase. El personaje pone el deporte en un lado y la pluma en el otro, como si fueran equipos rivales. Deportista igual a macho. Afeminado igual a blando, a inútil, a alguien que debería avergonzarse de su cuerpo. Es una idea vieja, y no la inventé yo para la canción: la he oído toda la vida, en el patio, en la tele y en las gradas.

Hoy quiero sacar esos versos de la aplicación de ligar y llevarlos al sitio donde esa idea hace más daño: el deporte. Los vestuarios, los campos, las gradas, las federaciones. Por qué tan pocos deportistas profesionales salen del armario, qué cuentan los datos, qué dicen las leyes españolas desde 2023 y qué puedes hacer si te insultan en un partido, juegues o mires. No soy deportista de élite ni hablo en nombre de quien lo es. Escribo como letrista, compositor y productor musical que se ha pasado años escuchando la frase «eso es de maricas» aplicada a casi todo.

Deportista o afeminado: una frontera inventada

La oposición entre deporte y pluma tiene historia. Durante buena parte del siglo XX, el deporte moderno se presentó como una escuela de hombría: disciplina, fuerza, aguante, nada de lágrimas. En ese molde, un chico con pluma era una anomalía, y una chica con fuerza, una sospechosa. Las mujeres que jugaban al fútbol eran «marimachos» y los hombres que bailaban, «nenazas». Las dos etiquetas sirven a lo mismo: vigilar que nadie se salga de su casilla.

La realidad desmonta esa frontera cada día. Hay deportistas gais, lesbianas, bisexuales y trans en todas las disciplinas, con pluma y sin ella, en élite y en ligas de barrio. Lo que no hay es el mismo permiso para decirlo. En el fútbol femenino, por ejemplo, muchas jugadoras hablan con naturalidad de sus parejas. En el fútbol masculino profesional, en cambio, los casos de jugadores en activo que lo han contado en público se pueden contar con los dedos de una mano.

En «El examen del lunes» ya escribí sobre la otra cara: la presión de saber de fútbol para demostrar que eres un hombre de verdad, a propósito de mi canción «No me gusta el fútbol». Aquí no hablo del gusto por el deporte, sino de lo que pasa dentro.

Lo que cuentan los datos

El estudio más amplio que conozco sobre esto es europeo. En 2019, el Instituto de Sociología y Estudios de Género de la Universidad Alemana del Deporte de Colonia publicó los resultados de Outsport, la primera encuesta en toda la Unión Europea sobre las experiencias de personas LGTBI en el deporte. Respondieron más de 5.500 personas de los entonces 28 países de la UE, de entre 16 y 78 años, con una media de 27.

Fotogramas del videoclip oficial de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», de Mike Sain't Louis

Algunos resultados, tal como los resume el propio proyecto:

  • Casi el 90 % considera que la homofobia, y sobre todo la transfobia, son un problema actual en el deporte.
  • El 20 % ha dejado de practicar un deporte que le interesaba por su orientación sexual o su identidad de género. Entre las personas trans, el 54 %. Los deportes que más se mencionan son el fútbol, el baile, la natación y el boxeo.
  • Un tercio de quienes practican deporte no ha contado su orientación o su identidad a nadie de su entorno deportivo.
  • El 16 % de quienes hacen deporte tuvo al menos una experiencia negativa relacionada con su orientación o su identidad en los últimos doce meses. Entre las mujeres trans, el 46 %.
  • De quienes vivieron experiencias negativas, el 82 % sufrió insultos y el 75 %, discriminación estructural, como tener menos oportunidades. También hubo amenazas (44 %), acoso por internet (40 %), empujones o contacto indeseado (36 %) y violencia física (20 %).
  • Más de un tercio no conocía ninguna organización ni persona a la que acudir si le discriminaban en el deporte.

Hay un dato que me parece el más triste de todos: uno de cada cinco ha renunciado a un deporte. No porque no le gustara ni porque no valiera, sino porque el ambiente le echaba. Es un talento perdido y, sobre todo, salud perdida: menos ejercicio, menos equipo, menos sitios donde hacer amistades.

El vestuario: el último armario

Si hay un lugar que concentra el miedo, es el vestuario. Es un espacio de cuerpos desnudos, bromas constantes y jerarquías. Ahí el chiste de maricas funciona como contraseña: quien se ríe, pertenece. Quien no se ríe, queda señalado. Y quien es gay aprende pronto a reírse también, o a ducharse el último, o a no ducharse.

El miedo más repetido entre deportistas que no han salido del armario no es al público, sino a los compañeros: a que cambien las miradas, a que alguien diga que no quiere compartir ducha, a que el entrenador deje de contar contigo. Es un miedo con base: en la encuesta europea, cuando había discriminación, a menudo venía del propio equipo.

La idea de que un gay en el vestuario es una amenaza dice mucho más de quien la tiene que del gay. Nadie va al vestuario a ligar, igual que nadie va a la oficina a ligar con todo el que pasa. De la oficina, por cierto, escribí en «El armario de la oficina», y muchas de las cosas que conté allí, como el esfuerzo diario de esconderse, valen también aquí.

La grada: cuando el insulto es un coro

Luego está la grada. Cualquiera que haya ido a un estadio en España ha oído gritos homófobos, a veces de miles de personas a la vez. Se dirigen al árbitro, al portero rival o a un jugador concreto, y muchas veces quien grita ni siquiera piensa en la homosexualidad: usa «maricón» como el peor insulto que tiene a mano. Precisamente por eso hace tanto daño. Lo que aprende el niño que está en la grada es que lo peor que se puede ser es eso.

En otros países se han ensayado medidas. En algunos partidos se ha llegado a detener el juego por gritos homófobos. Clubes y ligas lanzan campañas con brazaletes y cordones arcoíris. Hay quien las ve como un gesto vacío, y a veces lo son. Pero los gestos también cuentan cuando los ve un chaval que pensaba que en su deporte no había sitio para él. Lo que no sirve es el arcoíris un día al año y el silencio los otros 364, que es algo de lo que hablé en «El arcoíris no se alquila».

Lo que dice la ley en España

Aquí hay buenas noticias, al menos sobre el papel. La Ley 4/2023, la llamada ley trans y LGTBI, dedica su artículo 26 al deporte, la actividad física y la educación deportiva. Obliga a las administraciones públicas a promover que el deporte se practique con pleno respeto a la igualdad de trato y la no discriminación por orientación sexual, identidad sexual, expresión de género y características sexuales, «para erradicar la homofobia, la bifobia y la transfobia en el deporte».

Collage con un detalle de la carátula de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y las carátulas de «Buscando el polvo perfecto», «No me gusta el fútbol», «La vecina cotilla», «El espejo de enfrente»

Para eso enumera medidas concretas:

  • Fomentar el respeto a la diversidad en las normas que regulan las competiciones.
  • Fomentar que clubes, agrupaciones y federaciones incluyan compromisos de respeto a la diversidad y de condena a la LGTBIfobia en sus estatutos, códigos éticos y declaraciones públicas.
  • Prevenir y erradicar los actos de LGTBIfobia en competiciones y eventos, dirigidos a deportistas, técnicos, árbitros, acompañantes o público.
  • Aprobar planes de actuación y campañas de sensibilización.
  • Formar a todas las personas que trabajan en el deporte, federado o no: entrenadores, árbitros y profesorado de educación física.

El mismo artículo encarga al Consejo Superior de Deportes promover la inclusión y el respeto a la diversidad. Y la ley modificó además la Ley 19/2007 contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte, para añadir entre sus objetivos eliminar la LGTBIfobia y garantizar la igualdad de trato de las personas LGTBI en el deporte. Es decir: lo que antes se perseguía como racismo o violencia en un estadio, ahora también tiene nombre cuando es homofobia o transfobia.

La ley no dice que vaya a ser fácil aplicarlo. Que un árbitro pare un partido, que un club expulse a un socio o que una federación sancione a un equipo depende de que alguien lo denuncie y de que quien tiene que actuar quiera hacerlo. Pero la herramienta existe, y eso cambia la conversación: ya no es una cuestión de sensibilidad, es una cuestión de cumplir la ley.

Salir del armario siendo deportista

Cada vez que un deportista conocido sale del armario se repite la misma escena: titulares, mensajes de apoyo, algún comentario asqueroso en redes y la pregunta de siempre, «¿y a quién le importa?». Le importa, sobre todo, a quien todavía no se atreve.

Hay casos que se han hecho historia. El futbolista alemán Thomas Hitzlsperger lo contó en enero de 2014, después de retirarse. El australiano Josh Cavallo lo hizo en octubre de 2021, en activo, con el Adelaide United. El checo Jakub Jankto, que había pasado por el Getafe, lo anunció en febrero de 2023 mientras jugaba en el Sparta de Praga. Cada uno lo hizo en un momento distinto de su carrera y con un coste personal que solo ellos conocen.

Que tantos esperen a la retirada no es casualidad. El deporte profesional mezcla contratos cortos, vestuarios cambiantes, aficiones exigentes y patrocinadores que miran la imagen. En esas condiciones, contarlo parece un riesgo que se suma a todos los demás. Y en las encuestas, cuando se pregunta a las personas LGTBI qué ayudaría más a acabar con la LGTBIfobia en el deporte, la primera respuesta es justo esa: que salgan del armario deportistas famosos.

Ojo, eso no convierte a nadie en responsable de los demás. Salir del armario es una decisión personal, y nadie le debe su historia a nadie. Ya escribí sobre lo que significa contarlo cuando eres adulto en «Tengo un amigo que…», y en el deporte vale lo mismo: se sale cuando se puede y cuando se quiere.

Las deportistas trans: el debate que tapa a las personas

No puedo escribir de deporte y LGTBI sin mencionar a las personas trans, porque en la encuesta europea son las que peor lo pasan: más de la mitad ha renunciado a algún deporte. Y en los últimos años se han convertido en el centro de un debate muy ruidoso sobre la competición de élite.

Ese debate existe y es complejo, y no voy a resolverlo aquí. La propia Ley 4/2023 deja la competición federada en manos de la normativa específica, nacional e internacional, y de las federaciones. Lo que sí quiero decir es que la élite es una parte minúscula del deporte. La inmensa mayoría de personas trans que hacen deporte lo hacen en un gimnasio, en una piscina municipal o en una liga de aficionados, y lo que necesitan es poder cambiarse sin miedo, que las llamen por su nombre y que nadie las eche del equipo. Eso no debería estar en discusión.

El gimnasio: el cuerpo como uniforme

Hay otro deporte que en el ambiente gay casi es obligatorio: el gimnasio. Lo he tratado con ironía en varias canciones. En «La vecina cotilla», la protagonista no puede quitarle ojo a un vecino:

Ficha de la canción «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Hace deporte con sus shorts cortitos no se si me explico»

Y en «El espejo de enfrente», un día bueno se mide así:

«Ya se me marcan las abdominales»

Son versos de humor, pero dicen algo. Para muchos hombres gais el gimnasio va más allá de la salud: es un uniforme, una forma de que nadie te llame blando, una armadura. A veces es la misma frase del chulo de la canción, «ponte a hacer deporte», pero interiorizada. Sobre la presión estética, la plumofobia y los trastornos de la conducta alimentaria en el ambiente escribí en «Eres gordo, eres calvo», así que aquí me quedo con una idea: hacer deporte para sentirte bien es estupendo; hacerlo para que nadie te desprecie es otra forma del mismo armario.

Qué puedes hacer si te insultan

Si eres deportista, aficionado, entrenador o simplemente estás en la grada, algunas ideas prácticas:

  • Guarda pruebas. Anota día, hora, lugar y lo que se dijo. Si hay vídeos o testigos, mejor. En redes, haz capturas con la fecha visible.
  • Avisa a quien tiene autoridad. En un partido, al árbitro, al delegado o al responsable de seguridad. En un club, a la junta directiva. En un gimnasio, a la gerencia.
  • Comunícalo a la federación. Las federaciones tienen comités de disciplina y, desde la Ley 4/2023, la obligación de prevenir la LGTBIfobia.
  • Denuncia si hay delito. Las amenazas, las agresiones y el discurso de odio pueden ser delito. Puedes acudir a la Policía Nacional (091), a la Guardia Civil (062) o a la policía local.
  • Busca apoyo. No tienes que hacerlo solo. Las asociaciones LGTBI asesoran gratis en estos casos.
  • Si eres entrenador o profesor, no dejes pasar el chiste. Un «aquí eso no se dice» a tiempo protege a quien no se atreve a hablar.

Y si eres testigo, lo más útil suele ser lo más simple: no reírte, ponerte al lado de quien recibe el insulto y preguntarle qué necesita.

Clubes y ligas donde nadie tiene que esconderse

En muchas ciudades de España existen clubes deportivos LGTBI e inclusivos: de natación, de fútbol, de rugby, de voleibol, de baloncesto, de running. Para muchas personas han sido la primera vez que hacían deporte en equipo sin miedo. No sustituyen a los clubes de siempre, ni deberían: la meta es que cualquier club sea un sitio seguro. Pero mientras tanto, cumplen una función preciosa: devolver el deporte a gente que lo había dejado.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y las personas allí no son simples objetos.» de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»

Además existen competiciones internacionales para deportistas LGTBI y aliados, como los Gay Games y los EuroGames, que llevan décadas demostrando lo obvio: que la pluma y el deporte nunca fueron equipos rivales.

Educación física: donde empieza todo

Mucho antes del estadio está el patio y la clase de educación física. Ahí se aprende quién elige equipo y quién queda el último, a quién se le pasa el balón y a quién no, qué chico «corre como una niña» y qué niña «juega como un chico». Para muchos adultos LGTBI, el primer recuerdo de sentirse fuera de lugar no está en una discoteca ni en una aplicación, sino en un gimnasio de colegio con olor a goma y a lejía.

No hace falta que nadie diga la palabra prohibida para que el mensaje llegue. Basta con que las risas siempre vayan hacia el mismo lado, con que el profesor mire hacia otra parte cuando alguien imita andares o con que los deportes se repartan por sexo sin preguntar a nadie qué le apetece. El resultado es conocido: niños y niñas que dejan de moverse porque moverse les expone. Algunos vuelven al deporte de adultos. Otros no vuelven nunca.

La Ley 4/2023 pide expresamente formación para el profesorado de educación física, y tiene sentido, porque es la primera persona que puede cortar el chiste o dejar que crezca. Sobre la escuela y la diversidad en general escribí en «Que te molesta que tus hijos vean un beso». Aquí solo añado una idea sencilla: una clase de gimnasia en la que nadie tiene miedo de hacer el ridículo es una clase en la que todo el mundo se mueve más.

Árbitros, entrenadores y directivos: los adultos de la sala

En el deporte de base, los adultos marcan el tono. Un entrenador que llama «nenaza» al que falla un pase está enseñando algo más que táctica. Un padre que grita desde la banda lo que no se atrevería a decir en su trabajo enseña a su hijo dónde está permitido insultar. Y un árbitro que oye un insulto homófobo y sigue pitando como si nada también está diciendo algo.

Lo contrario funciona igual de rápido. Cuando quien manda en el equipo deja claro desde el primer día que en ese vestuario no se insulta a nadie por cómo es, la mayoría se adapta sin dramas. No hace falta una charla larga ni un cartel enorme. Hace falta que la norma exista, que se diga con claridad y que se aplique a todos por igual, también a la estrella del equipo.

A los clubes les toca otra parte: escribirlo en sus códigos éticos, como pide la ley, y tener un protocolo para cuando pase. ¿A quién se lo cuenta un juvenil que recibe mensajes humillantes de sus compañeros? ¿Qué hace el club si un socio insulta desde la grada? Si nadie lo ha pensado antes, la respuesta suele ser el silencio, y el silencio siempre protege al que insulta.

Ni deportista ni macho: lo que quería decir la canción

Vuelvo al principio. En la canción, el personaje que presume de ser «deportista y un buen macho» no sale bien parado. Es un tipo que necesita humillar a otro para sentirse superior, que confunde su cuerpo con su valor y que bloquea en cuanto alguien le contesta. La canción no le da la razón: se ríe de él. Y esa risa es un pequeño acto de defensa.

Lo que me gustaría es que la frase dejara de tener sentido. Que nadie entendiera por qué «deportista» y «afeminado» tendrían que ser opuestos. Que en un vestuario se pudiera hablar del novio igual que de la novia, y que en la grada el peor insulto no fuera el nombre de lo que soy. Hasta entonces, seguiré escribiendo canciones donde el chulo hace el ridículo. Es lo que mejor sé hacer.

Si necesitas hablar con alguien

Si el acoso en el deporte, en el colegio o en cualquier otro sitio te está pesando más de la cuenta:

  • Línea Arcoíris de FELGTBI+: 913 604 605 y WhatsApp 676 78 58 30, información y apoyo para personas LGTBI.
  • COGAM, en Madrid: 91 523 00 70, con asesoría psicológica y jurídica.
  • 024, la línea del Ministerio de Sanidad para cuando el malestar se vuelve muy intenso: gratuita, confidencial y disponible a todas horas, por teléfono y chat.
  • 112 si hay un peligro inmediato.
  • Si vives fuera de España, llama al número de emergencias de tu país o busca la línea de crisis más cercana en findahelpline.com.

En «Salud mental sin tabú» tienes más recursos para pedir ayuda.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice la Ley 4/2023 sobre el deporte? Su artículo 26 obliga a las administraciones a promover un deporte libre de discriminación por orientación sexual, identidad sexual, expresión de género y características sexuales. Prevé normas de competición respetuosas, compromisos contra la LGTBIfobia en clubes y federaciones, prevención de incidentes, campañas y formación del personal deportivo.

¿Se puede sancionar la homofobia en un estadio? Sí. La Ley 4/2023 modificó la Ley 19/2007 contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte para incluir entre sus objetivos la eliminación de la LGTBIfobia. Las conductas más graves, como amenazas o agresiones, pueden además ser delito.

¿Cuántas personas LGTBI dejan el deporte por discriminación? En la encuesta europea Outsport de 2019, con más de 5.500 participantes, el 20 % dijo haber renunciado a un deporte que le interesaba por su orientación sexual o identidad de género. Entre las personas trans, el porcentaje subía al 54 %.

¿Por qué hay tan pocos futbolistas profesionales que hayan salido del armario? Por el miedo a la reacción del vestuario, de la afición y de los patrocinadores, en un entorno de contratos cortos y mucha exposición. Muchos esperan a la retirada. Los pocos casos en activo, como el de Josh Cavallo en 2021, han tenido una enorme repercusión.

¿De qué habla «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»? Es la canción que da nombre al primer álbum de la trilogía. Entre otras cosas, se ríe del chulo de aplicación que humilla a otros por su pluma, su edad o su cuerpo y presume de ser «deportista y un buen macho».

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La interpretación vocal de sus canciones se genera con inteligencia artificial.

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