
Por Mike Sain't Louis ·
«¿Ya cansa mi historia lírica?»: la pregunta que me hice en «Otro bombardeo»
Un hombre corriendo entre explosiones, con la camisa rota y la cara desencajada, levantando polvo en un descampado mientras detrás arde todo. Humo negro, chispas, tierra en el aire. La portada de «Otro bombardeo» parece un fotograma de una película bélica de las que echaban en La 2 los domingos por la tarde. No hay ningún avión en el cielo. El bombardeo no se ve. Solo se ve al que huye.
Así es la canción. Una guerra sin metralla, contada por alguien que corre.
Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y casi siempre me escondo detrás de un chiste. En esta no hay chiste, o hay uno solo, y va contra mí. La ficha de la canción explica su recorrido. Aquí quiero hablar de una pregunta que aparece en mitad de la letra y que, como letrista, me parece la más incómoda que me he hecho nunca.
Estoy tan triste
La letra empieza sin adornos. No hay vampiros, ni ataúdes de neón, ni sardinas en el minibar. Hay alguien que dice estoy tan triste, sin más, y a continuación confiesa que no puede parar de llorar. Así, con el sujeto, el verbo y el adjetivo, como en un ejercicio de primero de primaria.
Lo escribí así porque hay días en que no sale otra cosa. Los días buenos, las metáforas llegan solas. Los días malos, solo llega la frase de diccionario. Y me parecía más honesto dejar la frase de diccionario que inventarme una imagen bonita para disfrazarla, como quien se pone gafas de sol en un entierro para que no le vean los ojos.
Luego la letra lo remata con el verso que cito: «Y no puedo parar de / Llorar». El corte entre las dos palabras está en la letra publicada, y me gusta porque obliga a hacer una pausa justo antes de la palabra que pesa. Como cuando alguien te cuenta algo por teléfono y se le quiebra a media frase.
En quién confiar
La segunda frase de la estrofa es la de la desconfianza: «Ya no sé en quién confiar / Porque todos me tratan tan mal».
Ese «todos» es exagerado, claro. No todo el mundo me trata mal, ni a mí ni a nadie. Pero quien ha pasado por una temporada de ataques sabe que el «todos» es real por dentro aunque sea falso por fuera. Cuando el móvil vibra y te da miedo mirarlo, cuando cada notificación puede ser otro reproche, el mundo entero se convierte en sospechoso. El cartero, la vecina, la amiga que tarda en contestar. Todos.
Me interesa esa exageración porque es diferente de las mías de siempre. Cuando exagero en una canción de fiesta, lo hago para reírme. Aquí la exageración es la del miedo, la que no tiene gracia. Y la letra no la corrige, la deja ahí, en bruto, como se queda una mancha de café en un mantel blanco.
La rima más incómoda
Y entonces llega la pregunta. La cito entera porque es el centro de todo: «¿Será verdad que soy una víctima / Y ya cansa mi historia lírica?».
Víctima rima con lírica. Dos esdrújulas, de esas que en el colegio te hacían subrayar porque llevan tilde siempre. Es una rima casi de broma, demasiado perfecta, de las que sacarían una sonrisa en un concurso de poesía de instituto. Y sin embargo lo que dice no tiene nada de broma.
Lo que dice es esto: llevo mucho tiempo escribiendo sobre lo que me hicieron. Canciones sobre narcisistas, sobre luz de gas, sobre ex que mienten, sobre castigos en silencio. ¿Y si ya aburro? ¿Y si la gente está harta de mi dolor? ¿Y si me he convertido en el amigo que en todas las cenas saca el mismo tema y los demás se miran entre ellos?
Es la pregunta que se hace cualquiera que haya contado su historia muchas veces. Y es especialmente incómoda para un letrista, porque mi oficio consiste justamente en contarla. Si mi historia lírica cansa, mi trabajo cansa. No hay separación posible.
Historia lírica
Me detengo en la expresión, que no es la que usaría nadie en un bar. Nadie dice «ya cansa mi historia lírica» cuando habla con su hermana. Dice «ya estoy dando la lata otra vez». Lírica es una palabra de libro de texto, de examen de Lengua, de comentario de Bécquer con el boli rojo.

La elegí, o me salió, porque tiene dos filos. Lírica es la poesía, el género de los sentimientos en primera persona. Pero en la calle, decir que alguien se pone lírico es decir que exagera, que se pone intenso, que está a dos minutos de recitar a la luna. Mi historia lírica es, a la vez, mi obra y mi drama. Lo que escribo y lo que doy.
Y la rima con víctima remata el doble sentido. El que se pone lírico y el que se pone de víctima, dos figuras que a nadie le gusta ser en una cena de amigos. La canción las junta en dos versos y las mira de frente. Ese momento de mirarse desde fuera, con una palabra de libro de texto, es lo más mío que tiene la letra.
El que va de víctima
Hay una capa más en esa pregunta, y es la que más me escuece. En otra canción mía, «La ley de la exageración», le digo a un narcisista que va de víctima cuando en verdad es otra cosa. Es una de las trampas más típicas de esta gente: hacerse el herido para que nadie crea al herido de verdad.
Y aquí, en «Otro bombardeo», el miedo es el contrario. Que me vean a mí como al que va de víctima. Que mi dolor suene a pose. Que alguien diga: ya está otra vez el de las canciones de narcisistas, qué pesado, qué victimista.
Esa es la jugada más perversa del abuso emocional: te deja dudando hasta de tu derecho a quejarte. Te hace sentir que contar lo que pasó es exagerar, es dar pena, es buscar atención. Y la pregunta de la canción recoge esa duda tal cual, sin resolverla. No digo «no, no soy un victimista». Digo «¿será verdad?». Y la dejo en el aire.
Lo dejo en el aire porque no tengo la respuesta. Y prefiero una pregunta honesta a una respuesta falsa.
Dos bombardeos posibles
El título viene del final de la estrofa, del verso que también cito: «Otro bombardeo y aquí tampoco / Puedo escapar». Y ese bombardeo no está explicado en la letra. No dice de qué es.
Yo veo dos lecturas, y las dos me valen. La primera es la de los ataques: mensajes, reproches, comentarios, broncas, uno detrás de otro, sin tregua, como un asedio. La segunda es más retorcida. En el vocabulario del narcisismo existe lo que en inglés llaman love bombing, bombardeo de amor: esa fase en la que el narcisista te inunda de cariño, regalos y atenciones para engancharte, y que luego se alterna con la frialdad. Después de una temporada de frío, otro bombardeo de amor puede ser lo más peligroso del mundo, porque te devuelve a la casilla de salida.
La canción no elige entre las dos lecturas, y yo tampoco voy a elegir por ti. Lo que sí está claro es la segunda parte del verso: aquí tampoco puedo escapar. Ese «aquí» puede ser la casa, la ciudad, el propio cuerpo, la propia cabeza. No hay refugio antiaéreo.
Un bucle sin salida
La letra repite su única estrofa varias veces, casi sin cambios. Tristeza, desconfianza, pregunta, bombardeo. Y vuelta a empezar.

En otras canciones uso la repetición para hacer gracia, como una tabla de multiplicar o una charanga de verbena. Aquí la repetición es otra cosa: es el insomnio. Es la cabeza que da vueltas a lo mismo a las cuatro de la mañana, con el techo encima y el móvil en la mesilla boca abajo. No avanza. No llega a ninguna parte. Vuelve.
Me parecía importante que la canción no tuviera puente, ni giro, ni final feliz. Que se quedara atrapada igual que se queda atrapada la persona que la vive. Si hubiera metido una estrofa final de esperanza, con su sol saliendo por la ventana, habría mentido. En esos días no sale el sol. Sale otra notificación.
Gua, guantar
Al final de la última vuelta pasa algo pequeño que es lo que más me gusta de la canción. La palabra aguantar se rompe. En la letra publicada aparece así, con las comillas incluidas, partida en dos: «Gua» «Guantar».
Es un hipo de llanto. El momento en que ya no puedes terminar la palabra porque te ahogas. Y que la palabra que se rompa sea precisamente aguantar tiene una ironía que no busqué y que me parece perfecta. No puedo aguantar, dice la canción, y se demuestra en directo: no puede ni aguantar la palabra entera.
En una canción de fiesta, un tropiezo así sería un fallo. En esta es lo más verdadero que tiene. A veces el oficio consiste en dejar el error donde está.
Yo ahora mismo
Hay dos palabras en la letra que paso por alto casi siempre y que, cuanto más las miro, más me importan: ahora mismo. La frase completa dice que yo ahora mismo no puedo aguantar otro bombardeo.
Ahora mismo. No dice nunca, ni jamás, ni para siempre. Dice que en este momento concreto no queda fuerza. Es una diferencia pequeña, pero es la diferencia entre la desesperación y el cansancio. Quien dice que no puede aguantar ahora mismo está diciendo, sin saberlo, que quizá mañana sí. Que hoy no es el día. Que hoy toca sofá, manta y persiana bajada.
No lo escribí pensando en la esperanza, la verdad. Lo escribí porque así se habla cuando estás agotado: en presente, en primera persona, con prisa por decir lo que te pasa antes de que se te escape otra lágrima. Pero me alegra que esté. Es la única rendija de luz de toda la canción, y está tan escondida que hay que buscarla con lupa.
Ahora mismo no. Luego ya veremos.
Si alguien que lee esto está en su propio ahora mismo, sin fuerzas para el siguiente mensaje, no hace falta contestarlo hoy. Un móvil en silencio durante una tarde no es una derrota. Es una trinchera, y en las guerras las trincheras también salvan vidas. No lo digo como consejo de manual: lo digo porque la propia letra lo pide, con ese ahora mismo, sin pedir más.
Lo que la letra calla
En «Otro bombardeo» no hay nombres. No hay un ex con nombre de telenovela, ni una ciudad, ni un trabajo, ni una fecha. No sabemos quién bombardea, ni por qué, ni desde cuándo. Ni siquiera sabemos si es una persona o son varias.

En mis canciones de humor me encanta el detalle concreto: la marca de un bañador, la sección de un supermercado, el nombre de una folclórica. Aquí quité todo eso a propósito, o mejor dicho, no lo puse nunca. Cuando estás en mitad del asedio, los detalles dan igual. No piensas en quién te escribió el mensaje de las tres de la tarde. Piensas que hay otro mensaje.
Además, una letra sin nombres deja sitio. Cualquiera que la escuche puede poner ahí a su propio bombardero: una pareja, una familia, un grupo de WhatsApp, un jefe, una red social entera. La canción no le pide a nadie que demuestre nada. Le basta con que se reconozca en el que corre.
Contar la misma historia otra vez
Vuelvo a la pregunta de la historia lírica, porque tiene una segunda parte que me toca como letrista. Una parte de mi catálogo está hecha de ex, de narcisistas y de traiciones. Unas veces me río de ellos, como explico en el texto sobre por qué me río de mis ex. Otras veces no me río. Pero la materia prima se parece.
¿Es eso repetirse? Puede ser. También se repetían las coplas: la mujer abandonada, el amor prohibido, la pena que no se va. Generaciones enteras escucharon variaciones de la misma desgracia y no se cansaron, porque cada variación iluminaba un rincón distinto. Rocío Jurado no contaba la pena igual que Lola Flores, aunque las dos la contaran. Cada una tenía su ángulo.
Ese es el truco, si es que hay alguno: no contar otra vez la historia, sino otro ángulo de la historia. En «La ley de la exageración» el ángulo es la rabia con guasa. En «Otro bombardeo» el ángulo es la duda. Y la duda es nueva aunque la herida sea la de siempre.
Lo que pasa cuando alguien lo dice por ti
Hay otra razón por la que la pregunta me escuece. Cuando publicas mucho, la gente opina, y a veces opina lo que tú ya te temías. Sobre cómo encajo las críticas escribí en lo que aprendí de los comentarios negativos, y no voy a repetirlo aquí.
Solo diré una cosa. La pregunta de la canción la hice yo antes de que nadie me la hiciera. Me parece más digno así. Si alguien me escribe un día «ya cansas con tus dramas», podré contestarle que lo sé, que tengo una canción entera dudándolo, y que a pesar de la duda la publiqué.
Eso también es una forma de defensa. Preguntarse en voz alta lo que otros podrían usar como insulto le quita filo al insulto.
La única broma
Dije al principio que esta canción no tiene chistes, o que tiene uno y va contra mí. El chiste es la propia pregunta. Un letrista que se pregunta, en mitad de una canción triste, si sus canciones tristes ya aburren. Es como un cocinero que, sirviendo el plato, pregunta si no estará demasiado salado.
Es autoparodia, pero autoparodia de la que duele. No me río de mí para quitarle importancia al asunto. Me río porque es ridículo estar llorando y, a la vez, preocupado por si el llanto queda pesado. Es lo más humano y lo más absurdo del mundo. Quien haya llorado delante de alguien y haya pedido perdón por llorar sabe de qué hablo.
Ese perdón también está en la canción, aunque no lo diga.
La portada: correr sin avión
Vuelvo a la imagen, que traduce el título casi al pie de la letra. Un hombre corriendo entre explosiones, en tonos de sepia y fuego, con la camisa desgarrada. La guerra de verdad no tiene nada que ver con esto, y no quiero frivolizar con ella: hay gente bajo bombas reales mientras escribo esto, y eso es otra escala. La portada usa la imagen de la guerra como metáfora, igual que la usamos todos cuando decimos que alguien nos está bombardeando a mensajes.

Lo que me interesaba de la imagen es que no se ve de dónde vienen las bombas. No hay aviones, ni tanques, ni enemigo a la vista. Solo explosiones y alguien huyendo. Así se vive el abuso emocional: no siempre sabes de dónde viene el golpe, solo que viene. Esa es la ventaja de una imagen sin enemigo: cada uno pone el suyo.
Un disco de ganas de irse
La canción pertenece a *Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK*, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Es el disco de las ganas de largarse a otro planeta, y esta canción explica bastante bien de dónde salen esas ganas. Cuando aquí tampoco puedes escapar, lo único que queda es imaginar un sitio donde sí.
En el catálogo de 273 singles es la pista 161. Justo antes va «Me gusta el verano», y justo después, «El concierto de Ismael Serrano». Del verano al bombardeo y del bombardeo a un concierto de los de toda la vida, con guitarra y canciones de desamor. Puesto así parece una semana cualquiera de alguien con altibajos: el lunes en la playa, el miércoles bajo las bombas, el viernes en un concierto con un mechero en alto.
Las canciones de los días malos
«Otro bombardeo» tiene compañía en el catálogo. Hay un rincón de canciones de salud mental, sin chistes o con muy pocos, que escribí para los días en los que el humor no llega. Está «La música me está salvando», que es casi un agradecimiento. Está «Punto muerto», con alguien que siente que solo molesta. Está «Llorar», que ya lo dice todo en el título.
No son las de bailar en la verbena. Pero me importa mucho que existan. Si alguien llega a una de ellas una noche mala, y la canción le hace compañía sin pedirle que se anime, ya ha cumplido.
Lo que pone la máquina y lo que pongo yo
La letra es mía, desde la primera tristeza hasta el «gua, guantar». La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir, y mi trabajo es elegir, entre las versiones posibles, la que no endulce el bucle. Una canción así se estropea si la base suena demasiado bonita, demasiado de anuncio de compresas con chicas corriendo por la playa.
Busqué que sonara a lo que dice: a alguien atascado. Sobre cómo elijo entre muchas versiones escribí en «El oficio de descartar», y el resumen de cómo trabajo está en mi página de presentación.
Para quién es
Para quien ha pedido perdón por llorar. Para quien ha dejado de contar lo que le pasa porque cree que ya cansa. Para quien tiene el móvil boca abajo en la mesilla y se sobresalta cada vez que vibra.
Y para los amigos de esa persona. Si alguien te cuenta la misma historia por décima vez, quizá no es que sea pesado. Quizá es que todavía no ha terminado de pasar.
La letra completa está en su página de letras, y todas las demás en el archivo de letras de esta web. Para escucharla, Spotify o el videoclip en gayfolkplanet.com.
La respuesta que no tengo
Me sigo haciendo la pregunta de la canción. ¿Cansa mi historia lírica? Puede que a algunos sí. No voy a dejar de contarla por eso.
Porque la otra opción es callarse, y callarse es justo lo que quería el que bombardeaba.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Otro bombardeo» de Mike Sain't Louis? De alguien que está triste, no puede parar de llorar y ya no sabe en quién confiar. En mitad de la letra se pregunta: «¿Será verdad que soy una víctima / Y ya cansa mi historia lírica?». El bombardeo del título no se explica, y puede leerse como ataques o como el «bombardeo de amor» de un narcisista.
¿En qué disco está «Otro bombardeo»? En Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles es la pista 161, entre «Me gusta el verano» y «El concierto de Ismael Serrano».
¿Por qué la palabra «aguantar» aparece partida al final? En la última repetición la letra publicada escribe «Gua» «Guantar», como un sollozo que rompe la palabra. Es el único cambio en una canción que, por lo demás, se repite en bucle.
¿Quién escribió «Otro bombardeo»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.