
Por Mike Sain't Louis ·
Un hombre sentado en una sala blanca: el videoclip de «No me aparece una ilusión», de la persiana a la ventana con sol
De todo mi catálogo, «No me aparece una ilusión» es lo que más se parece a un día malo contado desde dentro. Casi todos sus versos empiezan por «no», y el estribillo regresa igual que regresan las ideas fijas en las semanas malas. El videoclip se publicó en YouTube el 11 de febrero de 2025 y dura dos minutos y cincuenta segundos.
En «Una canción hecha de noes» expliqué por qué esta letra no tiene ni un chiste, cuando casi todo lo que escribo tiene alguno. Aquí quiero hacer otra cosa: recorrer el vídeo plano a plano. Porque el clip hace con la luz lo que la letra hace con las negaciones. Empieza a oscuras, se queda a oscuras mucho tiempo y, en los últimos segundos, abre una ventana.
Antes de empezar, una cosa importante. Este vídeo habla de la depresión sin adornos, y puede remover. Si estás pasando por algo así ahora mismo, el 024 te atiende gratis, de día y de noche, y si hay peligro inmediato, el 112. Pedir ayuda funciona. Lo digo porque a mí me funcionó.
El hombre junto a la ventana
El primer plano es casi una silueta. Un hombre joven, de pie, junto a una ventana de guillotina en una habitación oscura. La luz de fuera es gris, de día nublado. Él está de perfil, con una mano apoyada en el alféizar, sin mirar hacia afuera del todo.
Es una imagen que vuelve varias veces en el clip: alguien junto a una ventana, con la luz al otro lado y sin decidirse a salir. Y es exactamente el segundo verso de la canción, el de no tener ganas de salir de la habitación. El vídeo no necesita más que eso para empezar. Una ventana que está ahí y que no se abre.
La cabeza sobre la mesa
Después llega uno de los planos más reconocibles del vídeo. Un hombre con el pelo revuelto tiene la cabeza apoyada sobre los brazos, encima de una mesa de madera. Detrás, una persiana deja pasar franjas de luz dorada que dibujan rayas en la pared. La luz es bonita, casi cálida, pero él no la ve. Tiene la cara escondida.
Me impresiona este contraste. Fuera hace un día precioso, se nota por la luz. Dentro, alguien no puede levantar la cabeza. Así es la depresión muchas veces: no tiene nada que ver con el tiempo que haga. La persiana deja pasar el sol a rayas, y las rayas parecen barrotes.
Las manos sobre la cara
Muy cerca de ese plano hay un primer plano en blanco y negro de unas manos que tapan una cara entera. Los dedos juntos, apretados, como quien reza o como quien no quiere ver nada. Solo se le ve el pelo por arriba.
El vídeo vuelve a este gesto varias veces: manos sobre la cara, frente apoyada en las palmas, la cabeza entre los brazos. Es el gesto universal del agotamiento. No hace falta saber qué le pasa a esa persona para entender que no puede más.
El pasillo de la bombilla
Luego vemos un pasillo largo, estrecho, con las paredes llenas de manchas y de papeles. Al fondo cuelga una bombilla desnuda que da una luz fría, azulada. Debajo, muy pequeño, hay un hombre de pie, quieto, mirando hacia la cámara.
Este pasillo me recuerda a un verso del final de la canción, el del túnel estrecho. No es un túnel de verdad, es un pasillo de casa, pero la sensación es la misma: un camino largo, con una sola luz que no ilumina casi nada, y alguien que no sabe si avanzar o quedarse.
El chico sentado contra la pared
En otro plano, un chico con camisa clara está sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas, la cara escondida entre los brazos. Está descalzo. La luz entra de lado, desde una ventana que no vemos, y dibuja una mancha blanca en el suelo de madera, cerca de él pero sin tocarle.

Me gusta mucho cómo está compuesta esta imagen. La luz está a un metro. Bastaría con moverse un poco. Pero él no se mueve. Esa distancia corta que parece imposible de recorrer es, para mí, lo que mejor define estar deprimido.
Los hombres de las fotografías
Hay dos planos que me tocan especialmente. En uno, un hombre de mediana edad sostiene una fotografía pequeña entre las manos y la mira con los ojos húmedos. En la foto se ve a un niño. En el otro, un hombre mayor, con el pelo gris y camisa de cuadros, sostiene también un retrato enmarcado de un niño y mira a la cámara.
No sé quiénes son esos niños. El vídeo no lo dice, y no voy a inventarlo. Lo que veo es a dos hombres mirando una imagen de la infancia, la suya o la de alguien a quien quisieron. Y en una canción que habla de la tristeza como algo que se siente eterno, mirar una foto de cuando eras pequeño es mirar hacia atrás buscando el momento en que todo era distinto.
En «Diagnóstico a los 41» conté que a mí me diagnosticaron depresión mayor, entre otras cosas, ya de adulto, y que muchas de esas heridas venían de la infancia. Estos dos hombres con sus fotos me hacen pensar en eso: en lo mucho que pesa lo que llevamos desde niños.
El hombre de rodillas en el suelo
En una habitación casi vacía, iluminada desde arriba con una luz verdosa, un hombre está de rodillas, doblado hacia delante, con la frente casi tocando el suelo. Es una postura de rendición total.
Unos segundos después, en otra escena, un chico está tumbado de espaldas en una cama, con los ojos cerrados y la luz de una ventana cayéndole encima. No sabemos si duerme o si solo está ahí, sin fuerzas para levantarse.
La cama y el suelo son los dos sitios donde transcurre gran parte del vídeo. Pocas veces vemos a alguien sentado en una silla o de pie haciendo algo. Casi siempre están tumbados, sentados en el suelo o apoyados en la pared. El cuerpo, en este clip, pesa.
La silueta que estira los brazos
Hay un plano casi abstracto: sobre un fondo completamente negro, una figura iluminada desde un lado estira los brazos hacia delante, como si buscara algo a tientas en la oscuridad. No toca nada. Solo extiende las manos.
Es una de las imágenes más bonitas del vídeo y, al mismo tiempo, de las más tristes. Encaja con la estrofa que habla de no encontrar consuelo ni siquiera en la oscuridad. Alguien que busca y no encuentra. Pero también me gusta leerla de otra manera: incluso en el negro absoluto, esa persona sigue estirando los brazos. Sigue buscando. No se ha rendido del todo.
La ducha
En otro momento vemos a un hombre bajo una ducha, con la cabeza echada hacia atrás y el agua cayéndole por la cara, en un baño de luz blanca y fría. Tiene los ojos cerrados.
No es una escena de alivio, o no lo parece. Es la ducha larga que te das cuando no tienes fuerzas para nada más, cuando dejas que el agua caiga porque al menos eso no requiere decisiones. Cualquiera que haya pasado por una época mala sabe de qué hablo.
La ventana con lluvia
Hay un plano precioso de un hombre de espaldas, apoyado en el marco de una ventana abierta. Fuera llueve con fuerza, y la lluvia se ve como una cortina blanca. Él tiene la cabeza agachada, los brazos apoyados en el alféizar.

Es la segunda ventana del vídeo, y otra vez el personaje está en el borde, entre dentro y fuera, sin cruzar. Esta vez fuera llueve. La lluvia en la ventana es una imagen que también aparece en el clip de «Entre cuatro paredes», y no me extraña: las dos canciones comparten encierro.
El espejo roto
Uno de los planos más inquietantes del clip es el del espejo roto. Un chico con el pelo revuelto se mira en un espejo agrietado, y en el reflejo no aparece su cara normal: aparece una versión deformada, con la piel gris y los ojos hundidos, como un monstruo.
Es la imagen de cómo te ves a ti mismo cuando estás deprimido. No como eres, sino como te dice la tristeza que eres. El espejo está roto, y lo que devuelve también. Me parece importante que el vídeo lo enseñe así, sin disimulo, porque es una de las cosas más difíciles de explicar a quien no lo ha vivido: que tu propia cara se vuelve irreconocible.
Más adelante hay otro espejo, este con un marco dorado y barroco, en el que un hombre se mira de pie. El reflejo es normal, pero él lo mira desde la sombra, como si no se reconociera del todo.
El chico contra la pared
En una habitación en penumbra, un chico con camisa blanca arrugada se apoya contra la pared con un brazo, la cabeza agachada, como si se sostuviera para no caerse. La luz le llega de lado y le marca la espalda.
Es una imagen de agotamiento físico. La depresión no se queda en la cabeza: se nota en las piernas, en los hombros, en las ganas de apoyarse en cualquier sitio. El clip lo entiende y lo enseña muchas veces.
La habitación forrada de fotos
Hay una escena que es, para mí, de las más potentes. Un hombre está de pie en el centro de una habitación cuyas paredes están completamente cubiertas de fotografías y papeles, del suelo al techo. Hay una lámpara encendida en una mesa y el suelo está lleno de papeles tirados. Él mira a su alrededor, en silencio.
No sé si las fotos son recuerdos, si son de personas que ya no están o si son la imagen de una cabeza que no para de dar vueltas a lo mismo. Prefiero no cerrar la lectura. Lo que me transmite es la sensación de estar rodeado por todos lados de algo que no te deja pensar en otra cosa. El último verso de una de las estrofas habla de un único pensamiento que lo ocupa todo. Esta habitación es esa cabeza.
La calle de noche desde la ventana
En otro plano, un hombre está sentado en el suelo junto a un ventanal, de noche. Fuera se ve una calle iluminada con farolas amarillas, y por la ventana entra esa luz naranja que dibuja la forma del marco en el suelo. Él está a contraluz, abrazado a sus rodillas.
Luego vemos otra escena parecida: un hombre sentado en un sillón junto a una ventana que da a una calle con gente paseando. Fuera hay vida. Él la mira desde dentro.
Esta imagen me lleva a otra canción mía, «Siempre apartado entre tanta gente», que en realidad nace de un verso de esta: el de estar solo aunque haya gente cerca. La ventana a una calle llena es eso mismo.
La sala blanca
Y llega el plano que he elegido para la portada. Una sala enorme, completamente blanca, vacía. Un suelo gris que se pierde en el fondo, paredes blancas sin ventanas, una luz difusa que viene de arriba. En el centro, muy pequeño, un hombre sentado en el suelo.

Es la imagen más radical del vídeo. Después de tantas habitaciones llenas de cosas, de fotos, de papeles, de muebles, de pronto la nada. Ni siquiera hay sombra. Solo un cuerpo diminuto en un espacio infinito.
Para mí, este plano es la soledad de la letra en estado puro. Las cuatro paredes del estribillo se han separado tanto que ya no se ven. Y la persona sigue ahí, sentada, sin saber hacia dónde ir. La elegí para la portada porque no tiene cara, no tiene drama, no tiene nada. Y precisamente por eso lo dice todo.
El anciano de la mecedora
Hacia el final, el vídeo nos lleva a una habitación vieja, con papel pintado, una lámpara de pie con pantalla y unas cortinas. Un hombre muy mayor, con el pelo blanco, está sentado en una mecedora, con las manos en los brazos del asiento, mirando hacia la ventana.
Es la imagen del tiempo. Uno de los versos habla de jornadas que se hacen cada vez más cuesta arriba, y este anciano parece la consecuencia de muchos días así, uno detrás de otro. Pero también tiene algo sereno. Está sentado, quieto, con la luz entrando por la ventana. No sé si es tristeza o si es calma.
Las peores escenas
Hay unos segundos en los que el vídeo baja al punto más oscuro: un hombre tirado en el suelo de una habitación desordenada, otro sentado en el suelo de un baño junto a la bañera, con la cabeza apoyada, otro agachado en una escalera. Son imágenes duras, y no voy a describirlas más de lo necesario.
Están ahí porque la canción las necesita. Hay una estrofa que dice que no se puede seguir en la oscuridad. El vídeo enseña esa oscuridad para que lo que viene después tenga sentido.
Si alguna de estas imágenes se parece demasiado a lo que estás viviendo, por favor, llama al 024. Es gratuito, es confidencial y te atienden a cualquier hora. En «Hablemos del suicidio sin tabú» cuento por qué creo que hablar de esto salva vidas.
Las sombras en la pared
Justo antes del final hay un plano muy oscuro de un pasillo con las paredes llenas de sombras de manos, como si muchas figuras intentaran agarrar a alguien. Al fondo, una puerta.
Es la imagen más cercana al miedo que tiene el vídeo. Las sombras no son de nadie concreto. Son lo que se te echa encima cuando estás mal: recuerdos, ruidos de dentro, miedos. Y la puerta del fondo sigue ahí.
La ventana con sol
Y entonces, el final. Un hombre está sentado en el suelo, de espaldas, frente a una ventana grande. Al otro lado, un paisaje de montañas y un sol que sale o se pone, dorado, inundando la habitación de luz cálida. Él mira hacia fuera.
Después de casi tres minutos de penumbra, es la primera vez que la luz entra de verdad. Y es la primera vez que alguien está de frente a la ventana, mirándola, en lugar de de lado o de espaldas a ella.
En el plano siguiente, un hombre de pie, de espaldas, frente a otra ventana iluminada, con las manos en la cintura. Y en el último, un hombre con traje oscuro, de pie en el centro de una habitación, bajo un haz de luz que cae desde arriba.
La letra termina con dos versos que son, para mí, de los más importantes que he escrito: algo dentro pide respirar, y tal vez algún día llegue el despertar. Nadie promete aquí un desenlace de película; queda un «quizá». Pero ese «quizá» llega con la ventana abierta. El vídeo lo entiende perfectamente: no enseña a nadie saltando de alegría, enseña a alguien sentado frente al sol. Mirándolo. Empezando.
Muchos hombres, una misma tristeza
Una cosa que tardé en notar la primera vez que vi el vídeo terminado es que no hay un único protagonista. El chico del espejo roto no es el de la ducha, el hombre de las fotos no es el de la sala blanca, y el anciano de la mecedora tiene cuarenta años más que el chico tumbado en la cama. Hay jóvenes, hombres de mediana edad y un hombre muy mayor. Unos llevan camisa, otros van sin camiseta, otros con traje.

Al principio pensé que era un problema de continuidad. Después entendí que era lo más acertado del clip. La depresión no tiene una sola cara ni una sola edad. Le puede pasar al chaval de veinte años y al abuelo de ochenta, al que vive solo y al que vive rodeado de gente. Al repartir la canción entre tantos cuerpos, el vídeo dice que esto no le pasa a un personaje concreto: nos puede pasar a cualquiera.
Y hay algo más. Si todos son la misma tristeza, todos pueden ser también la misma salida. El hombre que al final se sienta frente a la ventana con sol no es ninguno de los anteriores en concreto. Es todos ellos a la vez.
La luz como argumento
Si miras el vídeo entero fijándote solo en la luz, verás que cuenta una historia completa. Al principio, luz gris de día nublado. Después, luz que entra a rayas por las persianas, que no llega a quien la necesita. Luego, bombillas desnudas, luz fría de pasillo, luz verdosa. En el centro, la sala blanca sin sombra. Y al final, la luz dorada de la ventana con montañas y el haz que cae sobre el hombre del traje.
Es un recorrido de la luz que no toca a la luz que te alcanza. Y creo que es la forma más honesta de contar una salida: no como un interruptor que se enciende, sino como una luz que poco a poco se acerca hasta que un día, por fin, te da en la cara.
Lo que me ayudó a mí
No quiero terminar sin decir algo personal. Yo no salí solo de mi propia habitación. Me ayudó una psicóloga, y me sigue ayudando. Lo cuento en «Gracias a mi psicóloga». Y me ayudó escribir. Canciones como esta, que cuando la escribí no tenía ni una sola salida en la letra salvo esos dos versos finales, me sirvieron para ponerle forma a algo que no tenía forma.
Si quieres saber más de todo esto, en «Salud mental sin tabú» he reunido lo que he contado y dónde pedir ayuda según lo que estés viviendo. Y «La música me está salvando» es la canción que escribí cuando ya empezaba a ver esa ventana.
Dónde verlo
El clip completo está en mi canal de YouTube y en la página de vídeos de esta web. La letra entera, con todas sus estrofas, la tienes en las letras. Escribo, compongo y produzco; la música e interpretación vocal están hechas con IA. Y si quieres saber desde dónde nace todo, está en la página sobre mí.
Una sugerencia, si te ves con fuerzas: no te quedes en las escenas oscuras. Llega hasta el final. Los últimos quince segundos son los que dan sentido a todo lo demás.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «No me aparece una ilusión»? Hombres solos en habitaciones en penumbra: una cabeza sobre una mesa con persiana, un pasillo con una bombilla, fotos de niños en las manos, un espejo roto, una habitación forrada de fotografías, una sala blanca vacía y, al final, un hombre sentado frente a una ventana llena de sol.
¿Cuándo se estrenó el vídeo? Se publicó en YouTube el 11 de febrero de 2025 y dura dos minutos y cincuenta segundos.
¿El vídeo tiene un final esperanzador? Sí, aunque prudente. Después de casi tres minutos de oscuridad, los últimos planos muestran a un hombre frente a una ventana con sol y a otro bajo un haz de luz, en línea con los versos finales de la letra, que hablan de respirar y de un posible despertar.
¿Dónde pedir ayuda si me identifico con la canción? En España, el 024 atiende cualquier crisis emocional, gratis y a cualquier hora; el 112 si hay peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) también escucha. Fuera de España, findahelpline.com tiene las líneas de cada país.