
Por Mike Sain't Louis ·
«No me mires el pecho»: acoso sexual en el trabajo y en la calle, qué dice la ley y cómo actuar si eres testigo
Hay estribillos que funcionan como un cartel de aviso. El de «Licenciada en derecho» es uno de ellos:
No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho,
Lo repite tres veces seguidas, por si a alguien no le había quedado claro. La protagonista camina por la ciudad con tacones y libros de leyes en el bolso, se sabe observada, escucha los cuchicheos y, en lugar de bajar la cabeza, responde con una rima. En otro artículo ya escribí sobre la rima como escudo y las mujeres que abrieron camino en las profesiones jurídicas. Hoy quiero tomarme el estribillo de otra manera: como si la protagonista, licenciada al fin y al cabo, nos estuviera dando una clase práctica sobre el acoso sexual.
Porque detrás de la broma hay una situación que muchísima gente reconoce. La mirada que no se despega, el comentario en el ascensor, el «guapa» desde el andamio, el compañero que se acerca demasiado en la máquina del café, el jefe que convierte cada reunión en una evaluación de tu cuerpo. La canción lo resuelve con estilo y mala leche. En la vida real, muchas veces no hay rima a mano y lo que queda es el mal cuerpo.
La canción forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. Mezcla español e inglés y tiene una energía de pasarela que hace que el mensaje entre bailando. Yo soy letrista, compositor y productor musical, no jurista. Todo lo que explico aquí está contrastado con la legislación vigente y con fuentes públicas, pero para un caso concreto lo recomendable es hablar con una abogada, con el sindicato o con los servicios especializados que menciono al final.
Qué es exactamente el acoso sexual
Empecemos por las palabras, que en derecho importan. La Ley Orgánica 3/2007, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, define en su artículo 7 el acoso sexual como cualquier comportamiento, verbal o físico, de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un entorno intimidatorio, degradante u ofensivo.
Fíjate en dos detalles de esa definición. El primero: basta con que produzca ese efecto, aunque quien lo hace diga que no era su intención. El famoso «era una broma» o «era un piropo» no cambia lo que la otra persona ha vivido. El segundo: puede ser verbal. No hace falta que haya contacto físico para que algo sea acoso. Una mirada insistente acompañada de comentarios, mensajes con contenido sexual, chistes dirigidos a alguien o insinuaciones repetidas pueden entrar en la definición.
La misma ley distingue el acoso por razón de sexo, que no tiene por qué tener contenido sexual: es el trato hostil que alguien recibe por ser mujer, por ejemplo cuando se le niegan responsabilidades por estar embarazada o se ridiculiza sistemáticamente su trabajo. Las dos formas son discriminación.
Lo que castiga el Código Penal
No todo comportamiento inapropiado es delito, pero algunos sí lo son, y conviene conocerlos.
El acoso sexual en el trabajo. El artículo 184 del Código Penal castiga a quien solicite favores de naturaleza sexual, para sí o para un tercero, en el ámbito de una relación laboral, docente, de prestación de servicios o similar, cuando con ese comportamiento provoque a la víctima una situación objetiva y gravemente intimidatoria, hostil o humillante. Las penas aumentan si quien acosa se aprovecha de una situación de superioridad, como un jefe con su subordinada, o si anuncia que puede perjudicar a la víctima en su trabajo.
El acoso callejero. Desde la Ley Orgánica 10/2022, de garantía integral de la libertad sexual, el artículo 173.4 del Código Penal castiga también a quien se dirija a otra persona con expresiones, comportamientos o proposiciones de carácter sexual que creen a la víctima una situación objetivamente humillante, hostil o intimidatoria, aunque no lleguen a constituir otro delito más grave. Las penas previstas son leves, como la localización permanente durante unos días, los trabajos en beneficio de la comunidad o una multa, y para perseguirlo hace falta que la persona afectada lo denuncie. Pero el mensaje es claro: lo que antes se despachaba con un «son cosas de la calle» ahora tiene nombre en el Código Penal.
Esta reforma fue polémica por otros motivos y tuvo modificaciones posteriores en otros artículos, pero la inclusión del acoso callejero como conducta castigada es uno de sus elementos que menos discusión ha generado.
Lo que debe hacer tu empresa
Si el acoso pasa en el trabajo, hay una parte que no depende solo de los tribunales penales. Tu empresa tiene obligaciones.

El Estatuto de los Trabajadores, en su artículo 4.2.e, reconoce el derecho de cada trabajadora y cada trabajador al respeto de su intimidad y a la consideración debida a su dignidad, incluida la protección frente al acoso sexual y al acoso por razón de sexo, así como frente al acoso por otros motivos como la orientación sexual. Y la Ley de Igualdad obliga a las empresas a promover condiciones de trabajo que eviten el acoso sexual y a establecer procedimientos para prevenirlo y para dar cauce a las denuncias o reclamaciones.
En la práctica, eso se traduce en que todas las empresas, sea cual sea su tamaño, deben contar con medidas frente al acoso sexual y por razón de sexo, lo que habitualmente se concreta en un protocolo. Un buen protocolo explica qué conductas se consideran acoso, a quién se puede acudir, cómo se investiga, cómo se protege la confidencialidad de quien denuncia y de los testigos, y qué medidas cautelares se pueden tomar mientras se resuelve, como separar puestos o turnos.
Si tu empresa no lo tiene, o lo tiene guardado en un cajón, la Inspección de Trabajo puede intervenir. Según la Ley sobre Infracciones y Sanciones en el Orden Social, el acoso sexual que se produce dentro del ámbito al que alcanzan las facultades de dirección empresarial es una infracción muy grave, cualquiera que sea quien lo cometa, siempre que la empresa conociera los hechos y no adoptara las medidas necesarias para impedirlo.
A nivel internacional, España ratificó el Convenio 190 de la Organización Internacional del Trabajo, sobre la eliminación de la violencia y el acoso en el mundo del trabajo, que está en vigor para nuestro país desde 2023. Es el primer tratado internacional que reconoce el derecho de toda persona a un mundo laboral libre de violencia y acoso, incluido el de género, y lo extiende a situaciones como los desplazamientos, los eventos de empresa o las comunicaciones por medios digitales.
No es una cosa de pocas
A veces se habla del acoso como si fuera algo excepcional. Los datos dicen otra cosa. La Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2019, elaborada por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, recogió que el 40,4 % de las mujeres residentes en España de 16 o más años había sufrido acoso sexual en algún momento de su vida, y el 10,2 % en los doce meses anteriores. La encuesta preguntaba por comportamientos no deseados de connotación sexual, como miradas insistentes o lascivas que intimidan, contacto físico no deseado, exhibicionismo o el envío de imágenes sexualmente explícitas.
Detrás de ese porcentaje hay calles que se evitan, rutas que se alargan para no pasar por cierta obra, auriculares sin música para fingir que no se oye, faldas que se cambian por pantalones, ascensores en los que no se entra. El acoso no solo duele en el momento. Cambia la forma de moverse por el mundo.
También nos pasa a nosotros, de otra manera
El estribillo de la canción habla de un pecho y de una mujer, y las mujeres son de lejos quienes más sufren acoso sexual. Pero sería injusto no mencionar que muchas personas LGTBI también lo vivimos, a veces con formas propias.

Hay hombres gais a los que se les toca sin permiso en una discoteca porque «entre chicos no pasa nada». Hay lesbianas que reciben propuestas de hombres que convierten su orientación en una fantasía. Hay mujeres trans y personas no binarias que sufren miradas, preguntas y comentarios sobre su cuerpo que nadie se atrevería a hacerle a otra persona. El acoso sexual se mezcla a menudo con la LGTBIfobia, y la Ley 15/2022 de igualdad de trato y la Ley 4/2023 para la igualdad de las personas trans y LGTBI protegen frente a esas situaciones también en el ámbito laboral.
En mi blog he hablado de esto desde otros ángulos: lo que supone ser LGTBI en la oficina, el acoso en la calle cuando vas de la mano de tu pareja y las preguntas que no te pueden hacer en una entrevista. El hilo que une todos esos textos es el mismo: tu cuerpo, tu orientación y tu identidad no son un tema de conversación para nadie que no hayas invitado.
Las excusas de siempre
Cada vez que se habla de acoso aparecen las mismas frases para quitarle importancia. Merece la pena desmontarlas una por una, porque se repiten en las oficinas, en los bares y en las cenas familiares.
«Es un piropo, no un insulto». Un piropo que nadie ha pedido, dicho por un desconocido, en la calle, sobre tu cuerpo, no es un regalo. Quien lo recibe no puede contestar en igualdad de condiciones, no sabe qué va a pasar después y a menudo cambia de acera por si acaso. Si de verdad fuera un halago, no provocaría miedo.
«Es que él es así, de la vieja escuela». Que alguien lleve treinta años comportándose igual no lo convierte en aceptable. Solo significa que lleva treinta años sin que nadie le pare. Las normas de convivencia cambian, y el respeto no tiene fecha de caducidad.
«Ella también le seguía el rollo». Sonreír para salir del paso, reírse de un chiste incómodo o no contestar a un mensaje no es consentimiento. Muchas personas acosadas siguen la corriente porque temen las consecuencias de cortar en seco, sobre todo cuando quien acosa tiene poder sobre su trabajo.
«Ahora ya no se puede decir nada». Se pueden decir muchísimas cosas. Lo que ya no se puede es convertir el cuerpo de otra persona en un tema público sin su permiso. Esa frase suele decirla quien echa de menos un privilegio, no una libertad.
«Si fuera tan grave, lo habría denunciado antes». El miedo, la vergüenza, la dependencia económica o el temor a no ser creída explican por qué mucha gente tarda años en contar lo que le pasó, o no lo cuenta nunca. Que no haya denuncia no significa que no haya ocurrido.
El acoso que llega al móvil
Hoy una parte importante del acoso no sucede en la calle ni en la oficina, sino en la pantalla. Mensajes de madrugada del compañero que «solo quería saber cómo estabas», fotos sexuales que nadie ha pedido, comentarios en redes sobre tu cuerpo, perfiles falsos que te escriben una y otra vez aunque los bloquees.
Una parte de estas conductas puede encajar en la definición de acoso que hemos visto, y otras pueden constituir delitos concretos. Por ejemplo, el Código Penal castiga difundir sin permiso imágenes íntimas de otra persona que se obtuvieron con su consentimiento, cuando esa difusión menoscaba gravemente su intimidad, y castiga también a quien las reenvía sabiendo cómo se obtuvieron. El Convenio 190 de la OIT incluye expresamente el acoso que se produce a través de comunicaciones relacionadas con el trabajo, como los grupos de mensajería de la empresa.
Si te pasa, guarda las pruebas antes de bloquear: capturas con la fecha y el perfil visibles. Y no te culpes por haber contestado alguna vez o por haber aceptado una solicitud de amistad. La responsabilidad es de quien acosa. Sobre el acoso en redes cuando se mezcla con el odio a las personas LGTBI escribí en el artículo sobre treinta insultos al despertar.
Los espacios donde se normaliza
Hay lugares donde el acoso se disfraza de costumbre. Los vestuarios, donde las bromas sobre el cuerpo del otro pasan por camaradería, algo que conté en el texto sobre la LGTBIfobia en el deporte. Las comunidades de vecinos, donde el comentario desde el balcón se repite cada mañana y acaba convirtiendo tu portal en un sitio incómodo, como expliqué en el artículo sobre el acoso vecinal. Las discotecas y las fiestas, donde el ruido y el alcohol sirven de coartada. Y también los ambientes LGTBI, que no están libres de esto: hay quien opina en grupo sobre el cuerpo ajeno como si fuera un catálogo, con una presión estética de la que hablé en el texto sobre gordofobia, plumofobia y TCA en el ambiente gay.

Reconocer esos espacios es el primer paso para cambiarlos. Cuando alguien del grupo corta la broma, el resto suele agradecerlo en silencio.
La mirada que pesa
Vuelvo al estribillo, porque hay algo muy fino en él. La protagonista no dice «no me toques». Dice «no me mires el pecho». Señala el primer escalón del acoso, el más difícil de demostrar y el que más gente minimiza: la mirada.
Una mirada no es delito, claro. Mirar a alguien que te parece atractivo es humano. La diferencia está en la insistencia, en la intención y en el efecto. Hay miradas que te recorren de arriba abajo como si estuvieras en un escaparate, que no se apartan aunque notes que te incomodan, que vienen acompañadas de un gesto, de una sonrisa de suficiencia, de un comentario a quien está al lado. Esa mirada te convierte en objeto. Y esa es justamente la palabra que se usa para describirlo: cosificación.
Lo que hace la canción es devolver la mirada hacia arriba. Del pecho a la cara. Del cuerpo a la persona con un título universitario, con un trabajo, con una agenda, con una vida. Es un recordatorio de que lo que tienes delante es alguien, no algo. Escribí sobre otra forma de usar la mirada como poder en un texto sobre no mirar como respuesta.
Si te pasa a ti: pasos prácticos
Si estás sufriendo acoso sexual en el trabajo o en la calle, estas ideas pueden ayudarte a orientarte. No son una obligación: cada persona sabe qué puede asumir en cada momento.
- Apunta lo que pasa. Fecha, hora, lugar, qué se dijo o se hizo, quién estaba presente. Guarda mensajes, correos y capturas de pantalla. Un registro ordenado ayuda mucho si decides denunciar más adelante.
- Busca a alguien de confianza. Contarlo rompe el aislamiento y, en el trabajo, puede convertir a esa persona en testigo.
- Infórmate sobre el protocolo. Pregunta en recursos humanos, a la representación legal de los trabajadores o al sindicato si existe un protocolo de acoso y cómo se activa.
- Acude a la Inspección de Trabajo si la empresa no actúa. La denuncia puede ser confidencial.
- Valora la denuncia penal. Puedes presentarla en comisaría, ante la Guardia Civil o en el juzgado de guardia. Si dudas, consulta antes con una abogada o con los servicios especializados.
- Cuida tu salud. El acoso mantenido puede provocar ansiedad, insomnio y bajo estado de ánimo. Tu médico de familia puede orientarte y, si lo necesitas, valorar una baja.
Si lo presencias: las cinco D
Muchas veces el acoso ocurre delante de otras personas que no saben qué hacer y acaban sin hacer nada. No por maldad, sino por bloqueo. Hay una herramienta muy sencilla que difunde la organización estadounidense Right To Be, antes conocida como Hollaback!, y que se resume en cinco verbos que en inglés empiezan por D. En español funcionan igual de bien:

- Distraer. Interrumpir la situación sin enfrentarte directamente. Preguntar la hora, fingir que conoces a la persona acosada, derramar algo «sin querer». Cortas el momento y le das una salida.
- Delegar. Pedir ayuda a alguien con más capacidad de intervenir: el conductor del autobús, el personal de seguridad, la encargada del local, un compañero con más autoridad.
- Documentar. Si ya hay alguien ayudando y es seguro hacerlo, grabar o anotar lo que pasa puede ser útil. Eso sí: el vídeo es de la persona afectada, no tuyo. Pregúntale qué quiere hacer con él y no lo publiques sin su permiso.
- Demorar. Si no pudiste intervenir en el momento, acércate después. Pregunta cómo está, si necesita algo, si quiere que la acompañes. A veces ese gesto vale más de lo que imaginas.
- Dirigirte. Decirle claramente a quien acosa que pare, si es seguro hacerlo. Frases cortas y firmes, sin entrar en discusión. «Eso no está bien.» «Déjala en paz.» Y después centrarte en la persona afectada.
Lo más importante es no ponerte en peligro y no quitarle protagonismo a quien ha sufrido el acoso. No se trata de hacerte el héroe, sino de que no se sienta sola.
A quién llamar
Si eres mujer y estás sufriendo cualquier forma de violencia machista, incluida la violencia sexual, el 016 atiende de forma gratuita y confidencial, todos los días a cualquier hora, en numerosos idiomas. No deja rastro en la factura, aunque conviene borrarlo del registro de llamadas del teléfono. También responde por WhatsApp en el 600 000 016 y por correo electrónico. Desde la Ley Orgánica 10/2022, cada provincia debe contar con al menos un centro de crisis abierto las veinticuatro horas para víctimas de violencia sexual, donde se ofrece atención psicológica, jurídica y social.
Si estás en peligro inmediato, llama al 112 o a la policía. Si el acoso te ha dejado tan mal que te asaltan pensamientos de hacerte daño, el 024 es el teléfono público que atiende la conducta suicida: es gratuito, está abierto sin horario y también sirve para quien está preocupado por alguien. El Teléfono de la Esperanza escucha en el 717 003 717. Si eres menor de edad, la Fundación ANAR responde en el 900 20 20 10. Y si estás leyendo desde otro país, findahelpline.com reúne las líneas de ayuda de cada lugar.
Si eres una persona LGTBI y el acoso tiene un componente de odio por tu orientación o identidad, las asociaciones LGTBI de tu comunidad y los observatorios contra la LGTBIfobia pueden acompañarte, ayudarte a documentarlo y orientarte para denunciar.
Un estribillo que funciona como argumento
Me gusta mucho que la protagonista de esta canción sea licenciada en derecho. No es casualidad. Durante siglos, las mujeres no pudieron ejercer de abogadas ni de juezas en España. Hoy hay más mujeres que hombres en las facultades de Derecho y en la carrera judicial, aunque sigan siendo minoría en los puestos más altos. Que el personaje responda con su título no es presumir: es recordar que la ley también es suya y que sabe usarla.
La canción convierte en baile algo que en la vida real no tiene ninguna gracia. Ese es uno de los poderes del pop: coger una situación que te hace sentir pequeña y darle la vuelta hasta que te hace sentir enorme. La próxima vez que alguien te mire el pecho, el culo, el paquete o lo que sea en lugar de mirarte a los ojos, ojalá tengas a mano una rima. Y si no la tienes, ojalá sepas que hay leyes, protocolos, teléfonos y personas dispuestas a ayudarte.
Y si eres de los que miran así, quizá este artículo te sirva de aviso. La mirada sube. Y si no sube, que no sea porque nadie te lo dijo. Hay más canciones y letras de este planeta en la página de letras, y también hablé de otra cara del control sobre el cuerpo en el artículo sobre tutela, curatela y salud mental.
Preguntas frecuentes
¿Una mirada puede ser acoso sexual? Por sí sola, normalmente no es delito. Pero una mirada insistente y lasciva, sobre todo si se repite o va acompañada de comentarios o gestos, puede formar parte de un comportamiento de acoso que atenta contra la dignidad y crea un entorno intimidatorio, como define el artículo 7 de la Ley de Igualdad.
¿El acoso callejero es delito en España? Sí. Desde la Ley Orgánica 10/2022, el artículo 173.4 del Código Penal castiga dirigirse a otra persona con expresiones, comportamientos o proposiciones de carácter sexual que le creen una situación objetivamente humillante, hostil o intimidatoria. Para perseguirlo hace falta denuncia de la persona afectada.
¿Qué debe hacer mi empresa si denuncio acoso sexual? Activar su protocolo: investigar con confidencialidad, proteger a quien denuncia y a los testigos frente a represalias, adoptar medidas cautelares si hace falta y sancionar si se confirma. Si no actúa, puedes acudir a la Inspección de Trabajo.
¿Qué puedo hacer si veo a alguien sufriendo acoso? Puedes distraer, delegar en alguien con autoridad, documentar si es seguro, acercarte después a la persona afectada o dirigirte con firmeza a quien acosa. Lo esencial es no ponerte en peligro y respetar lo que quiera la víctima.
¿A qué teléfono puedo llamar? Al 016 si eres mujer y sufres violencia machista, incluida la sexual; es gratuito, confidencial y no deja rastro en la factura. En una emergencia, al 112. Si te sientes al límite, el 024 atiende a cualquier hora, y ANAR (900 20 20 10) ayuda a menores.