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Morderse la lengua: «La lengua equivocada», el chisme, el beso y el idioma que no toca

Hay palabras que trabajan en varios sitios a la vez, como esas personas que tienen tres empleos y ninguna tarde libre. «Lengua» es una de ellas. Con la lengua hablamos, con la lengua besamos y con la palabra lengua nombramos un idioma entero. Por eso un título como «La lengua equivocada» no se deja leer de una sola manera. ¿Equivocada al decir algo? ¿Equivocada al besar a alguien? ¿Equivocada por hablar en el idioma que no correspondía?

La letra de la canción todavía no está publicada, así que aquí no voy a citar versos ni a imaginarlos. Lo que tengo es el título, la portada, el disco en el que está y la fecha en la que subí su videoclip a YouTube, el 19 de junio de 2026. Con eso, y con lo que el español lleva siglos diciendo sobre la lengua, hay materia de sobra.

Este post recorre las tres lenguas posibles. La que habla de más, la que besa sin pensar y la que no es la tuya. Y lo hace con ese diablo de raso fucsia mirándonos desde la portada, con la lengua fuera, como si supiera algo que nosotros todavía no.

Un diablo con pendientes

Empiezo por la imagen, porque es la que manda mientras la letra no esté a la vista. La portada es un diablo, sin medias tintas: cuernos, capa de raso fucsia, mirada de quien sabe que está tentando a alguien. Pero es un diablo coqueto. Lleva pendientes, cadenas y una crucecita colgada del cuello, como si fuera lo más normal del mundo que el demonio llevara un símbolo religioso de adorno.

Esa crucecita me hace mucha gracia. Es el detalle que convierte la imagen en chiste serio. El diablo no viene a destruir la iglesia, viene a ponérsela de accesorio. Es la misma operación que hace la estética camp con todo lo sagrado: no lo niega, lo viste. Las procesiones, los mantos de las vírgenes, las estampitas, el oro de los retablos, todo eso ha alimentado durante décadas la imaginación de muchos maricas de pueblo que crecimos mirando la Semana Santa con más interés estético que devoción.

Y luego está la lengua. Larga, rosada, con textura de serpiente, saliendo de la boca de forma provocadora. No parece del todo humana. Es una lengua que viene de otro sitio, de un bestiario antiguo. La tipografía del título, de cartel viejo con adornos, termina de darle a todo un aire de estampa de feria, de pliego de cordel, de copla oscura.

La serpiente que habló primero

Una lengua de serpiente en la boca de un diablo no es un capricho. Es la iconografía más vieja que tenemos del mal hablar. En el relato del Génesis, lo primero que hace la serpiente en el jardín es conversar. No muerde, no ataca, no envenena: habla. Convence. Y desde entonces, en la tradición cristiana, la palabra persuasiva y torcida ha tenido forma de reptil.

En español llamamos «viperina» a la lengua que hace daño. Una lengua viperina es la de quien suelta veneno con cada frase, la de quien critica con precisión quirúrgica. La víbora no necesita ser grande para matar, le basta una gota. Igual que el chisme, que con una sola frase bien colocada puede arruinar una reputación de años.

La portada junta las dos cosas, el diablo y la serpiente, en un solo rostro. Es la lengua equivocada por excelencia: la que tienta, la que engaña, la que dice lo que no debe en el momento exacto para hacer el mayor daño posible. Y sin embargo el diablo sonríe, se ha puesto pendientes y se ha arreglado. El mal, aquí, tiene sentido del humor.

La lengua que habla de más

La primera lectura del título es la más española: la lengua que habla de más. Tenemos un refranero entero dedicado a ese pecado. «Por la boca muere el pez». «En boca cerrada no entran moscas». «Quien mucho habla, mucho yerra». Son consejos de prudencia que nuestras abuelas repetían como mantras, y que casi nunca seguían.

Fotogramas del videoclip oficial de «La lengua equivocada», de Mike Sain't Louis

Tenemos también un vocabulario riquísimo para describir la lengua desatada. «Irse de la lengua» es contar lo que no se debía. «Tener la lengua larga» es no saber callarse. «Darle a la lengua» es hablar sin parar. «Las malas lenguas» son ese sujeto colectivo y anónimo que siempre dice algo, que nunca tiene cara, que sabe todo de todos. «Morderse la lengua» es el esfuerzo heroico de no decir lo que uno piensa, y todos sabemos lo poco que dura.

En mis canciones el chisme tiene un lugar de honor. Está «La vecina cotilla», por ejemplo, y escribí sobre ese personaje en «La vecina cotilla, el personaje que todos tenemos en el rellano». El cotilleo es una de las grandes artes populares de este país. Se practica en los portales, en las peluquerías, en los grupos de WhatsApp. Y como todo arte, tiene su lado luminoso y su lado oscuro.

El chisme y el armario

Para las personas LGTBI, el chisme ha sido durante mucho tiempo un arma de doble filo. Por un lado, fue una red de supervivencia. Saber quién era «de los nuestros», en qué bar se podía entrar, qué portero era de fiar, todo eso circulaba de boca en boca cuando no había otra forma de saberlo. El rumor era información, y la información salvaba.

Por otro lado, la lengua equivocada también ha sido la que sacaba a alguien del armario sin su permiso. Contar que fulanito es gay, dicho en el sitio equivocado, delante de la persona equivocada, podía costar un trabajo, una familia, una casa. Hoy lo llamamos «outing», y aunque las cosas han cambiado mucho, sigue pasando. En institutos, en oficinas, en pueblos pequeños donde todo el mundo se conoce.

Por eso una lengua puede ser la más cariñosa y la más cruel del mundo dependiendo de qué diga y de a quién. Revelar la orientación o la identidad de alguien sin su consentimiento no es un cotilleo inocente. Si alguna vez te ha pasado, o si el acoso que vino después se te hace cuesta arriba, no tienes que llevarlo solo. En España, el 024 atiende gratis y de forma confidencial a cualquier persona que esté pasando un mal momento, y ante un peligro inmediato está el 112. Si vives fuera de España, las líneas de crisis de tu país o el número de emergencias local pueden ayudarte de la misma forma.

La lengua que besa

La segunda lectura del título es la del cuerpo. La lengua equivocada puede ser la que besaste sin pensar. La del ligue de una noche que no debía ser, la del ex al que juraste no volver, la de la persona que tenía pareja y tú lo sabías. El beso con lengua tiene algo de frontera: es el momento en el que una conversación se convierte en otra cosa.

En la portada, esa lengua larga y rosada fuera de la boca es claramente sensual. No es la lengua de quien habla, es la de quien provoca. Hay una tradición enorme de lenguas fuera de la boca en la cultura pop: el logo de los Rolling Stones, que apareció a principios de los setenta, o la lengua que Gene Simmons sacaba en los conciertos de Kiss. En ambos casos la lengua es exceso, descaro, deseo exhibido sin pudor. Es lo contrario de morderse la lengua.

Me gusta pensar que el diablo de la portada pertenece a esa familia. No viene a contar chismes, viene a tentar. Y la tentación, en una canción de un planeta queer, tiene casi siempre forma de cuerpo. La lengua equivocada sería entonces la que no se debía probar, y que se probó igual. Esa es la definición más vieja de pecado que conozco.

Los besos que no tocaban

Todos tenemos algún beso que no tocaba. El de la fiesta de fin de curso, el del portal a las cinco de la mañana, el que diste porque estabas triste y no porque quisieras. Muchos de esos besos se recuerdan con vergüenza, otros con cariño, algunos con una mezcla de las dos cosas que no se sabe muy bien cómo clasificar.

Collage con un detalle de la carátula de «La lengua equivocada» y las carátulas de «La vecina cotilla», «Trabalenguas para meter la lengua», «Quien miente y jura», «El canario que miente»

En la experiencia de muchos hombres gais hay una categoría propia de besos equivocados: los que se dieron a escondidas, con alguien que luego fingía no conocerte por la calle. El beso en el coche aparcado, en el baño de la discoteca, en la parte de atrás de un parque. Besos que eran verdaderos en el momento y que al día siguiente se negaban. Ahí la lengua no estaba equivocada. Lo equivocado era el mundo que obligaba a esconderla.

Por eso el título me parece tan abierto. Una lengua puede estar equivocada porque eligió mal, o puede que la llamen equivocada quienes no soportan lo que eligió. Durante siglos, que un hombre besara a otro hombre fue, para muchos, la definición misma de equivocarse de lengua. Hoy, con la misma palabra, podemos reírnos de aquella idea.

La lengua que no es la tuya

La tercera lectura es la del idioma. En español, como en latín, la misma palabra sirve para el órgano y para el idioma. Hablamos de lengua materna, de lenguas extranjeras, de lenguas cooficiales. Equivocarse de lengua puede ser, literalmente, hablar en el idioma que no correspondía en un sitio concreto.

Pasa constantemente. El turista que pide en inglés en un bar de pueblo, el madrileño que suelta una palabra en castellano en una reunión donde todos hablan otra lengua, el niño que mezcla idiomas en casa y al que corrigen en el colegio. La lengua equivocada es también la que te delata como forastero, la que dice de dónde vienes antes de que tú lo cuentes.

Esa idea me toca de cerca. Escribo casi siempre en español de Madrid, con sus giros y sus tacos, pero publico en todo el mundo, y mi web tiene versión en inglés. Lo expliqué en «Escribo en español: por qué mi web también está en inglés». Hay canciones mías con títulos en inglés, en francés, en alemán o en portugués. En cada una de ellas existe el riesgo de usar la lengua equivocada, de que la palabra elegida suene rara a un nativo. Y en ese riesgo también hay algo divertido.

En España, además, la cuestión de la lengua nunca es neutra. Convivimos con varias lenguas oficiales en distintos territorios, y elegir una u otra en según qué contexto puede leerse como un gesto político, como una cortesía o como una provocación. Hay quien ha sentido vergüenza de su acento al llegar a Madrid y quien ha sentido vergüenza de no entender una conversación en otra comunidad. La lengua equivocada, en ese sentido, es muchas veces la lengua de quien acaba de llegar.

Y hay un último matiz que me encanta: en el mundo queer también tenemos lenguas propias. Palabras, giros, maneras de hablar que se aprenden en los bares, en los grupos de amigos, en las redes. Usarlas fuera de su sitio, delante de la familia o en el trabajo, también puede ser hablar en la lengua equivocada. O la acertada, según con quién estés.

Cuando la lengua se traba

Hay una forma más de equivocarse de lengua, la más inocente: trabarse. El lapsus, la palabra que sale cambiada, el trabalenguas que no hay manera de terminar. Freud escribió sobre los actos fallidos a principios del siglo XX y desde entonces cualquier error al hablar parece sospechoso: ¿qué querías decir de verdad cuando dijiste eso?

Más fotogramas del videoclip oficial de «La lengua equivocada», de Mike Sain't Louis

En mi catálogo hay un título que juega con esa idea desde otro sitio: «Trabalenguas para meter la lengua». La lengua aparece ahí también con doble sentido, entre el juego de palabras infantil y el guiño adulto. Pongo las dos canciones juntas porque comparten órgano y descaro, aunque cada una vaya por su lado.

Lo que me interesa del lapsus es que desmonta la seriedad. Una persona importante que se traba en un discurso se vuelve humana de golpe. La lengua equivocada, entendida así, es la que nos devuelve a todos al mismo nivel. Nadie habla perfecto. Nadie besa perfecto. Nadie elige siempre bien el idioma.

Mentir con la lengua

No puedo hablar de lenguas equivocadas sin hablar de la mentira. Mentir es, por definición, poner la lengua al servicio de algo falso. Y en mis canciones los mentirosos aparecen con frecuencia: ex que juraban amor eterno, narcisistas que contaban historias, amigos que prometían lo que no iban a cumplir. Hay títulos como «Quien miente y jura» o «El canario que miente» que ya avisan desde la portada.

La tradición cristiana es muy dura con la lengua mentirosa. En la carta de Santiago, en el Nuevo Testamento, se dice que la lengua es un fuego, un mundo de maldad metido en nuestro cuerpo. Es una imagen tremenda, de predicador antiguo, y encaja de maravilla con el diablo de la portada. Fuego, raso fucsia, lengua de serpiente. Todo arde.

Pero en el tono de esta portada hay más guiño que sermón. El diablo no da miedo, da gracia. Y eso cambia la lectura. La lengua equivocada no es aquí una condena, es un personaje. Alguien que habla de más, besa a quien no debe y mezcla idiomas, y que en lugar de esconderse sale en la foto con capa y pendientes.

La copla oscura

La tipografía antigua y el aire de estampa me llevan a la copla. La canción española del siglo XX está llena de lenguas equivocadas: la mujer señalada por el pueblo, el amor prohibido del que todo el mundo murmura, el hombre que se va de la lengua y lo pierde todo. La copla es, en buena parte, un género sobre lo que dicen los demás. Sobre el qué dirán.

Escribí sobre eso en «La copla dentro del pop queer», porque el drama de siempre le sienta de maravilla a nuestras historias. Las coplas que hablaban de amores que no se podían nombrar se leen hoy, muchas veces, como canciones de armario. No es casualidad que tantas folclóricas sean iconos gais.

«La lengua equivocada», por lo que cuenta su portada, juega en ese terreno. Un pecado, una estampa, un personaje que no pide perdón. Lo que suene dentro lo descubrirás al escucharla. Pero el marco ya está puesto, y es un marco de copla oscura con purpurina.

La lengua que se calla

Si hay una lengua equivocada, tiene que haber también una lengua acertada, y a veces la lengua acertada es la que se queda quieta. Callar no siempre es cobardía. Hay silencios que protegen, silencios que respetan, silencios que dejan espacio al otro para que hable cuando esté listo. Saber cuándo no decir algo es una forma de inteligencia que no se enseña en ningún colegio.

Ficha de la canción «La lengua equivocada» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Pero callar tiene también su cara amarga, y muchas personas LGTBI la conocemos de memoria. Durante años callamos lo que éramos para que no se notara. Callamos en la mesa familiar, en el vestuario, en la entrevista de trabajo. Aprendimos a cambiar el género de las parejas al contar un fin de semana, a decir «una persona» en lugar de «mi novio», a reírnos de chistes que nos dolían. Esa lengua mordida durante tanto tiempo deja marcas.

Por eso me gusta que la portada vaya en la dirección contraria. El diablo no se muerde la lengua: la saca entera, larga, rosa, a la vista de todos. Es casi una respuesta a todos aquellos años de silencio. Después de tanto callar, una lengua que se exhibe sin pedir permiso tiene algo de revancha. Puede que esté equivocada, pero por lo menos es suya.

Las malas lenguas en el móvil

Las malas lenguas de hoy ya no necesitan portal ni peluquería. Viven en el móvil. El chisme que antes tardaba una semana en recorrer un barrio ahora tarda segundos en dar la vuelta a un grupo de WhatsApp. Una captura de pantalla puede hacer más daño que cien conversaciones en la escalera, porque deja prueba, porque se reenvía, porque no se olvida.

En las redes sociales, además, la lengua equivocada encontró un altavoz que nunca había tenido. Comentarios crueles escritos desde el sofá, hilos enteros dedicados a destrozar a alguien, apodos que se vuelven virales. Lo he vivido en primera persona como cualquiera que publica cosas en internet, y he aprendido que la mejor defensa suele ser no contestar en caliente.

Lo curioso es que la palabra sigue siendo la misma. Seguimos diciendo «malas lenguas» aunque ya nadie hable, aunque todo se escriba con los pulgares. El refranero se ha quedado corto de órganos, pero no de razón: por la boca, o por el teclado, sigue muriendo el pez.

Un disco que desea

La canción está en *Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk*, el segundo disco de la trilogía. Es el disco del deseo, del «ojalá», de las ganas que todavía no se cumplen. Encaja muy bien con una lengua que tienta. El deseo, al fin y al cabo, empieza muchas veces en la boca: en lo que se dice, en lo que se calla, en lo que se besa.

En ese disco el planeta Gayfolk es todavía un lugar al que se quiere llegar. Y para llegar a cualquier sitio hace falta hablar su idioma. Quizá la lengua equivocada sea también eso: la de quien todavía no ha aprendido a hablar en su propio planeta, la de quien usa las palabras que le enseñaron en lugar de las que necesita.

Para quién es esta canción

Para esa persona que nunca sabe cuándo callarse, y que lo sabe. Para quien se ha mordido la lengua tantas veces que ya le duele. Para quien soltó lo que no debía en la cena de Navidad y desde entonces cada diciembre es una aventura.

Para quien besó a quien no tocaba y no se arrepiente del todo. Para quien fue señalado por las malas lenguas del pueblo, del instituto o de la oficina, y siguió adelante. Para quien habla un idioma en casa y otro en la calle y a veces se le cruzan.

Y para quien mire esa portada, ese diablo coqueto con su crucecita y su lengua de serpiente, y se reconozca un poco. Todos tenemos algo de lengua equivocada. Lo importante es elegir bien cuándo sacarla.

La letra se publicará en mi apartado de letras y en gayfolkplanet.com. Mientras tanto, puedes escucharla en Spotify.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La lengua equivocada»? La letra todavía no está publicada. El título y la portada juegan con los tres sentidos de la palabra lengua: la que habla de más, la que besa y la que nombra un idioma.

¿Qué aparece en la portada? Un diablo coqueto con cuernos, capa de raso fucsia, pendientes, cadenas y una pequeña cruz al cuello, con una lengua larga y rosada de textura de serpiente. La tipografía es de cartel antiguo.

¿En qué disco está? En Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk, el segundo disco de la trilogía Planeta Gayfolk. El videoclip se publicó en YouTube el 19 de junio de 2026.

¿Tiene relación con otras canciones? Comparte tema con «Trabalenguas para meter la lengua», «La vecina cotilla» o «Quien miente y jura», aunque cada una va por su lado.

¿Quién hace la música y las voces? Las letras, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis. La música y las voces se generan con inteligencia artificial.

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