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La pandilla de la Polaroid: «Boys Like Us» y el plural que salva

Cinco chicos apretados en una habitación pequeña. Uno lleva una boa de plumas negras sobre el pecho tatuado. Otro, una camiseta de rejilla y un collar de perro de cuero al cuello. Otro, un sombrero con una pluma blanca y collares de perlas. Hay bigotes de los setenta, una melena rubia cardada, gafas de sol redondas de color azul. En la pared, fotos y pósters pegados con celo. Una luz rosa de neón en una esquina. Y todo dentro del marco blanco de una Polaroid gastada, como si la hubieras encontrado en una caja de zapatos en casa de tu tío.

Esa es la portada de «Boys Like Us», y es de las pocas de mi catálogo en las que no hay un personaje solo. Hay una pandilla.

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, y la ficha del blog ya cuenta lo esencial: los tacones como armadura, el puente en el que la gente mira y a nosotros nos da igual, el coro de oh-oh-oh-oh para gritarlo en una carroza. Aquí quiero fijarme en una sola palabra, la más pequeña del título. Us. Nosotros. Porque si repasas mis letras, casi todas hablan en primera persona o le gritan a un tú: al ex, al narcisista, al hater, a la suegra. «Boys Like Us» habla en plural de principio a fin. Y ese plural es la mitad de lo que la canción tiene que decir.

Chicos como nosotros

La primera palabra de la letra ya es plural: we. We shine, we rise, we never hide. Brillamos, nos levantamos, nunca nos escondemos.

Parece una tontería gramatical, pero no lo es. Cuando eres un niño marica en un pueblo, o en un barrio, o en un colegio de curas, lo primero que aprendes es que eres el único. No conoces a nadie más. No hay nadie en tu clase, en tu calle, en tu familia. La tele, si acaso, te enseña a alguno como chiste: el peluquero gracioso, la loca del programa de humor del sábado. Pero alguien como tú, alguien de verdad, cerca, no hay.

El día que te enteras de que hay más, que hay chicos como tú, cambia todo. Puede ser en un bar de Chueca a los dieciocho años, con las piernas temblando. Puede ser en un foro de internet a las dos de la mañana. Puede ser en una app, en un campamento de verano, en el vestuario de un gimnasio, en el primer Orgullo al que vas casi a escondidas. Pero hay un momento en que el «yo» se convierte en «nosotros», y desde ese momento ya no estás tan solo.

Antes de internet, ese descubrimiento tenía formas muy concretas. Una revista comprada con vergüenza en un quiosco lejos de casa, metida dentro de un periódico para que no la viera nadie en el autobús. Un programa de radio de madrugada. Un anuncio por palabras. Un libro sacado de la biblioteca municipal con la portada forrada. Una película de Almodóvar vista a escondidas en el vídeo del salón, con el volumen al mínimo y el dedo en el botón de stop por si se abría la puerta. Cada una de esas cosas era una ventana pequeña a un nosotros que todavía no conocías en persona.

Y luego, un día, la ventana se convierte en puerta. Entras en un bar, o en una asociación, o en una fiesta en casa de un amigo de un amigo, y ves a veinte chicos como tú riéndose a carcajadas de cosas que tú también entiendes. Esa primera noche no se olvida nunca. Es la noche en la que dejas de ser una rareza y pasas a ser parte de algo.

«Boys Like Us» está escrita desde después de ese momento. Desde el plural.

Donde nadie ve

Lo curioso es que la primera estrofa, la del plural orgulloso, esconde una contradicción preciosa:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «We turn the night into gold We never do what we're told» de «Boys Like Us»
«He holds my hand / Where no one sees»

Me coge de la mano donde nadie ve. Dos versos después de decir que nunca nos escondemos, la letra confiesa que la mano se coge a escondidas. La ficha ya apunta esa imagen como el arranque de todo: el amor que primero se esconde y luego decide salir. Yo quiero quedarme un rato más en la contradicción, porque me parece lo más verdadero de la canción.

Porque las dos cosas pasan a la vez. Puedes ir al Orgullo, ponerte la purpurina, gritar el coro desde una carroza en la calle Alcalá, y al día siguiente soltar la mano de tu novio cuando pasáis por delante de un grupo de chavales en la parada del autobús. Lo sabe todo el mundo que lo ha vivido. El orgullo y el miedo no se excluyen. Conviven en el mismo cuerpo, a veces en la misma tarde.

La canción no lo resuelve. Pone las dos cosas juntas y sigue adelante, como hacemos todos.

Y esa mano que se coge donde nadie ve también tiene algo de tierno, ojo. No todo lo que pasa a escondidas es vergüenza. Hay intimidades que son nuestras precisamente porque nadie las mira.

El amor que no se guarda

Hay un verso en la primera estrofa que me parece el más serio de toda la canción, aunque pase rápido entre tanto glitter:

«We are the love / They never keep»

Somos el amor que nunca guardan. Que nunca conservan. Y ese «they», ellos, no tiene cara, pero todos sabemos quiénes son.

Son los libros de historia que no cuentan que aquellos dos señores que vivieron juntos cuarenta años en un piso de Lavapiés eran pareja. Son las familias que, cuando se muere uno, vacían el piso y tiran las fotos y las cartas a un contenedor. Son las esquelas que ponen «su amigo». Son los archivos de las comisarías, los expedientes de la ley de peligrosidad social, que guardaban los nombres de los maricas detenidos pero no lo que sentían. Durante décadas, en este país, lo único que se guardó de nuestros amores fue la ficha policial.

Por eso me emociona tanto la portada con forma de Polaroid. Es una foto de las que nadie guardó. O de las que alguien guardó a escondidas en una caja de zapatos, debajo de la cama, y apareció años después cuando ya no quedaba nadie para contar quiénes eran esos cinco chicos con boas y rejilla.

Este verso es para ellos. Para los que no salen en ningún archivo.

La familia que eliges

Vuelvo a la pandilla de la portada, porque creo que ahí está el corazón del asunto.

Muchos maricas de mi generación y de las anteriores tuvimos que buscarnos una segunda familia. No siempre porque la de sangre nos echara, aunque a muchos les pasó. A veces simplemente porque la de sangre no entendía. Te quería, sí, pero no sabía qué hacer contigo. No sabía qué decirte cuando lo dejabas con tu novio. No sabía por qué llorabas en Nochevieja. No podía acompañarte a ciertas cosas.

Y entonces aparece la pandilla. Los amigos con los que compartes piso en Malasaña a los veintitantos. La amiga que te recoge a las seis de la mañana cuando te ha ido fatal en la discoteca. El grupo que se reúne en Navidad en casa del que tiene el salón más grande, con un pavo que nadie sabe cocinar y villancicos de Raphael a todo volumen. Esa es la familia elegida, y para mucha gente es la que de verdad sostiene la vida.

En Nueva York, en los ochenta, a esas familias las llamaban casas. Las casas del ballroom, con su madre, sus hijas y sus apellidos inventados, que cuenta el documental «Paris Is Burning». Aquí no tuvieron ese nombre, pero existieron igual, en pisos compartidos de Chueca, en bares de la Movida, en las fiestas de pueblo donde las cuatro locas de la comarca se juntaban para bailar.

La portada de «Boys Like Us» es una foto de una de esas casas. Y el «us» del título es su apellido.

Lo que nos mandan

El estribillo, o lo que hace de estribillo antes del grito final, tiene una pareja de versos que es casi un programa:

Collage con un detalle de la carátula de «Boys Like Us» y las carátulas de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», «Antisocial», «Con el taconeo»

«We turn the night into gold / We never do what we're told»

Convertimos la noche en oro. Nunca hacemos lo que nos mandan. La ficha ya dice que eso es un programa vital, y tiene razón. Yo quiero pensar un momento en qué es eso que nos mandan.

Nos mandan no hacer ruido. Nos mandan no tener tanta pluma. Nos mandan casarnos, pero sin besarnos en la boda delante de la abuela. Nos mandan ser discretos en el trabajo. Nos mandan que el Orgullo sea una fiesta, pero que no corte el tráfico. Nos mandan dar las gracias por los derechos que tenemos, como si fueran un regalo y no algo que se peleó en la calle. Nos mandan no ser tan intensos, tan exagerados, tan maricas.

Y la canción contesta con lo más sencillo: no lo hacemos. Nunca. Convertimos la noche, que era el único sitio donde nos dejaban existir, en oro.

Esa alquimia es muy nuestra. Coger lo que te dieron como castigo, la noche, el gueto, el bar sin ventanas, y convertirlo en algo que brilla.

Pop en inglés para un Orgullo en español

La canción está entera en inglés, y la ficha ya señala que habla de algo que se entiende en cualquier idioma. Añado una cosa: el inglés es, desde hace décadas, el idioma del pop del Orgullo en todas partes. Las canciones que suenan en las carrozas de Madrid, de Sitges o de Maspalomas son en buena parte canciones en inglés. Las letras de las divas que nos acompañaron, de los himnos de discoteca que gritamos con los brazos en alto, nos llegaron en un idioma que muchos de los que bailaban no hablaban del todo.

Y aun así nos lo sabíamos de memoria. Destrozábamos la letra, inventábamos palabras, pero el «we» lo entendía todo el mundo.

«Boys Like Us» entra en esa tradición sin complejos. Es pop de carroza, de los de brazos arriba. La letra es mía y la música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, como en todo el catálogo, y el resultado es una canción que podría sonar en cualquier pista del mundo. Pero el plural, el nosotros, me lo traje de casa. De las pandillas de aquí.

Ellos susurran, ellos miran

El puente cambia el punto de vista. Por primera vez aparece «they», ellos, como sujeto:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «He holds my hand Where no one sees» de «Boys Like Us»
«Oh they wonder / Why we glow / But boys like us / Always know»

Ellos se preguntan por qué brillamos. Pero los chicos como nosotros siempre lo saben.

Me hace mucha gracia ese «always know». Siempre lo sabemos. Es una especie de secreto compartido, como un guiño entre dos desconocidos que se cruzan en el metro y se reconocen. Ese radar que tenemos todos, que durante siglos fue una forma de sobrevivir: saber quién era de los tuyos sin que nadie dijera nada. Una mirada que duraba un segundo más de la cuenta. Un pañuelo en un bolsillo. Una forma de sujetar el cigarro.

Ellos miran desde fuera y no entienden de dónde sale el brillo. Nosotros lo sabemos porque lo hemos fabricado juntos, a base de años y de entierros, de fiestas que acababan a las nueve de la mañana.

Y no hace falta explicarlo.

Fotos en la pared

Hay un detalle de la portada que se ve poco pero que a mí me dice mucho. Detrás de los cinco chicos, en la pared, hay fotos pegadas. Retratos en blanco y negro, recortes, alguna imagen que parece sacada de una revista. No se distingue quién sale. Pero están ahí, por encima de las cabezas, como santos en la pared de una capilla.

Esa pared la ha tenido casi todo el mundo. La habitación de adolescente con los pósters de tus ídolos, sujetos con chinchetas o con celo que dejaba marca en el gotelé. Para muchos maricas, esa pared fue el primer sitio donde nos atrevimos a decir algo de nosotros mismos sin decirlo. El póster del ídolo guapo de la tele que tu madre creía que estaba ahí porque te gustaba su música. La foto de la actriz de la que querías la vida entera, no el novio. La portada de un disco con una diva vestida de lentejuelas.

Era una forma de decir «esto soy yo» en un idioma que solo entendías tú. Y a veces, si tenías suerte, algún amigo que entraba en tu cuarto y se quedaba mirando la pared un segundo de más.

En la Polaroid de «Boys Like Us», esa pared ya no está en un cuarto de adolescente solo. Está en un sitio donde hay cinco. Los ídolos siguen ahí arriba, pero abajo ya hay un nosotros que se mira a la cámara sin bajar los ojos.

Es la pared del cuarto, pero con la puerta abierta.

Y quizá, dentro de unos años, alguien pegue esa misma Polaroid en la pared de otro cuarto. Un chaval que no sabe quiénes eran esos cinco, pero que la mira y entiende algo que todavía no sabe decir. Así se pasan las cosas entre nosotros: de pared en pared.

Brillar no es pedir permiso

La ficha termina diciendo que nadie tiene que darte permiso para brillar, y quiero tirar de ese hilo un poco más, porque la letra repite la palabra shine una y otra vez. We shine. We shine so bright. We shine tonight.

Brillar no es lo mismo que gustar. Gustar depende de los demás: de que te miren, te aprueben, te den un like, te pongan una nota en una app. Brillar depende de ti. Puedes brillar en una habitación vacía. Puedes brillar en una pista en la que no te mira nadie. Puedes brillar en la cola del paro, en la sala de espera del centro de salud, en la terraza de un bar de pueblo donde todos los señores de la partida de mus se dan la vuelta cuando entras.

Durante mucho tiempo nos enseñaron a lo contrario. A apagarnos. A bajar el tono, a vestirnos de gris, a no reírnos tan alto, a no mover tanto las manos. Y lo que propone la canción es encender la luz justo donde nos dijeron que la apagáramos.

Eso no tiene nada de ingenuo. Cuesta.

Lo contrario de «Antisocial»

En el catálogo hay una canción que es casi el reverso de esta. «Antisocial» habla de cerrar la puerta, de quedarse con cuatro personas y un gato, de preferir a los animales antes que aguantar al narcisista de turno. Es una canción en singular: yo, mi castillo, mi armadura.

Ficha de la canción «Boys Like Us» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Boys Like Us» es la puerta abierta. Es la pandilla, la pista, la carroza, el plural.

Y me gusta que convivan, porque las dos son verdad. Hay épocas de la vida en las que necesitas a la pandilla, y otras en las que necesitas el sofá. Hay días de Orgullo y días de manta. Muchas veces, el que hoy se encierra en casa es el mismo que hace diez años salía en la foto de la Polaroid con una boa de plumas. Y no se ha traicionado. Ha crecido.

Hasta el antisocial tiene a sus pocos elegidos. Y esos pocos, si te fijas, son su «us».

Tacones en la Polaroid

La ficha ya habla de los tacones como armadura, así que no me repito. Solo quiero añadir que en la portada no se ven tacones. Se ven boas, rejilla, collares, sombreros, bigotes. La foto está cortada a la altura de la cintura, y lo que pasa de ahí para abajo te lo tienes que imaginar.

Yo me imagino plataformas de los setenta, botas de cowboy, alguna sandalia con calcetín, unas zapatillas de deporte manchadas de cerveza. Una pandilla nunca va conjuntada. Cada uno se ha vestido con lo que tenía, con lo que le prestó la vecina, con lo que encontró en el Rastro el domingo. Y por eso funciona.

He escrito sobre los tacones en otras canciones con más detalle, como en «Con el taconeo», donde el tacón flamenco y el tacón drag comparten tarima. Aquí el tacón es una palabra en la letra y un misterio fuera de plano.

Para el que todavía suelta la mano

La ficha dedica la canción a cualquier chico que todavía suelta la mano de su novio cuando pasa por según qué calle, y a los que ya no la sueltan nunca. No se me ocurre mejor dedicatoria. Solo quiero sumarle a un tercer grupo.

Los que todavía no tienen a nadie a quien cogerle la mano. Los que están en el «yo» y no han llegado al «nosotros». El chaval de pueblo que escucha esto con los cascos puestos en su cuarto y no conoce a ningún otro chico como él. Para ese escribí también «Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie».

A ese chico le diría lo que dice el título. Hay chicos como tú. Muchos. Más de los que crees. Algunos están ahora mismo en una habitación pequeña con una luz rosa, haciéndose una foto que dentro de cuarenta años alguien encontrará en una caja de zapatos.

Algún día saldrás en una.

El plural que salva

Hay muchas cosas que salvan a la gente. La música, desde luego. Un buen psicólogo. Un perro. Una ciudad nueva. Pero si tuviera que elegir una sola para los maricas de mi generación y de las anteriores, elegiría esa: el plural. Darte cuenta de que no eres el único. Que hay un nosotros esperándote en algún sitio.

Lo dije en «Hacen falta canciones de amor gay que salen bien», y lo repito aquí con otra palabra: hacen falta también canciones de amistad marica que salen bien. Canciones de pandilla. De familia elegida. De cinco chicos en una Polaroid que no sabían que algún día iban a ser historia.

Un Orgullo no se acaba en junio. Hay Orgullos pequeños, como el de un martes cualquiera de noviembre, cuando te juntas con los tuyos sin motivo y os reís de lo mismo de siempre.

Ese martes, también, somos boys like us.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «Boys Like Us»? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿En qué idioma está la letra? La letra de «Boys Like Us» está entera en inglés.

¿De qué habla «Boys Like Us»? De un grupo de chicos que deciden no esconderse: convierten la noche en oro, no hacen lo que les mandan y brillan aunque la gente los mire y susurre.

¿Qué aparece en la portada? Una foto con marco de Polaroid de cinco chicos en una habitación pequeña, con boas de plumas, camisetas de rejilla, collares y sombreros, bajo una luz rosa de neón.

¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.

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