
Por Mike Sain't Louis ·
La boca de Carrie: insultar con el cine de terror del videoclub
El pasillo del fondo. Ese que no tenía tanta luz, con las carátulas más oscuras, con muñecos diabólicos, motosierras, sangre de color ketchup y chicas gritando con la boca muy abierta. El pasillo de terror del videoclub. Ibas con tu madre a por una de Disney y, mientras ella pagaba, tú te escapabas a mirar aquellas cajas como quien se asoma a un pozo.
Muchos de mis insultos huelen a ese pasillo. Lo digo en serio.
«Madre mía / ¡Si parece la boca de Carrie!»
Ese verso está en «Bareback», en mitad de unos consejos de ex amigo sobre dientes, muelas y caries. Y la comparación no es con un monstruo cualquiera: es con Carrie, la de la película de Brian De Palma basada en la novela de Stephen King. La del baile de graduación. La del cubo de sangre.
La ficha de la canción ya explica qué pasa en la letra. Aquí me quedo con ese verso, y con todo lo que arrastra detrás: una manera de insultar que sale del cine de terror, del pasillo oscuro del videoclub y de las carátulas que nos quitaban el sueño.
El insulto de cinéfilo cutre
Hay insultos de patio, de taller, de oficina, de tertulia. Y luego hay un tipo de insulto que me encanta y que uso mucho: el insulto de cinéfilo cutre. El que no te llama feo, sino que te compara con un personaje de película. El que no dice que tienes mala boca, sino que parece la boca de Carrie.
Lo que hace ese insulto es convocar una imagen enorme con un solo nombre. Carrie trae consigo el vestido manchado, los ojos desorbitados, el gimnasio en llamas. No hace falta describirlo. Basta con nombrarla. Y la comparación, al ser tan exagerada, hace reír antes que doler. Es una exageración tan bestia que nadie se la puede tomar al pie de la letra.
Eso es lo que me gusta del cine de terror como fuente de insultos: es exageración pura. Nadie tiene la boca como Carrie. Nadie vive en la casa de los mil cadáveres. Nadie es Leatherface. Al compararte con ellos, te estoy diciendo algo muy feo, pero envuelto en un disfraz tan exagerado que el insulto se convierte en espectáculo.
Me siento como Pepi Valladares
En «La casa de los mil cadáveres», el terror no sirve para insultar al otro, sino para describirme a mí:
«Me siento como Pepi Valladares / En la casa de los mil cadáveres»
Ahí la película es el escenario de mi propia desgracia. Y meto en ella a un personaje de mi universo, como quien se cuela en un fotograma ajeno. No me hace falta explicar cómo me siento: si te digo que estoy en la casa de los mil cadáveres, ya sabes que la cosa va de sótanos, de gritos y de no salir vivo.
Lo bonito es que el mismo recurso sirve para las dos cosas. Para burlarme del otro, con la boca de Carrie, y para burlarme de mí, con la casa de los cadáveres. El terror es un idioma que me deja ir de un lado a otro sin cambiar de registro.
Y en la misma canción, por cierto, está la autoparodia más famosa de mis letras, el «pero ¿cómo soy tan tonto?». El terror y la autoparodia van juntos. Cuando te comparas con la víctima de una película de miedo, te estás riendo de lo poco que viste venir al asesino.
El vampiro emocional
Hay una figura del terror que vuelve una y otra vez en mis canciones: el vampiro. En «Como en La matanza de Texas», el otro es un vampiro emocional, y hay un verso que me parece de lo más exacto que he escrito sobre los manipuladores:

«Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal»
El vampiro es la metáfora perfecta del narcisista porque se alimenta de otro. No mata de golpe: chupa poco a poco, noche tras noche, y su víctima se va quedando pálida y débil sin saber por qué. Y lo que chupa, en mi verso, no es sangre: es esperanza. Esperanza que se convierte en sal, que es lo que queda en la cara cuando se secan las lágrimas.
El título, además, junta dos terrores distintos: el vampiro de los castillos de Transilvania y la motosierra de Texas. Es lo que pasa cuando creces en el pasillo del videoclub: mezclas todo, el gótico con el gore, Drácula con Leatherface, como quien mezcla las chucherías en la bolsa del kiosco.
Hay otro post en este blog, el de colmillos en el cuello, que va de esto con más calma. Aquí solo quiero señalar que el vampiro, en mis letras, siempre es el otro. Salvo una vez.
El vampiro que llora
La excepción está en «El castigo más duro». Ahí el vampiro soy yo, o al menos es lo que cree la gente que pasa:
«la gente que pasa cerca se cree / que soy un vampiro que llora bajo la luz de la luna»
Es una de las imágenes que más me gustan de todo lo que he escrito. Me salen palabras con pinchos, me sangra la boca, y los que pasan piensan que soy un vampiro. Pero no un vampiro que ataca: un vampiro que llora. Bajo la luna, como en las películas antiguas, pero con lágrimas en lugar de colmillos.
Aquí el terror se da la vuelta. El monstruo es la víctima. La sangre no es de otro, es mía. Y la luna, que en el cine de terror anuncia el ataque, aquí ilumina una pena.
Me parece la mejor demostración de que el cine de terror, en mis canciones, no es un decorado. Es un idioma emocional. Lo uso para insultar, para burlarme de mí y, a veces, para contar el dolor de una forma que no suene a balada de radiofórmula.
Por qué el terror y no el drama
Me podrías preguntar por qué no uso el drama de toda la vida. El de la copla, el del bolero, el de la telenovela. Lo uso también, claro. Pero el terror tiene algo que el drama no tiene: el humor involuntario.
Las películas de terror de serie B, las que llenaban el pasillo del videoclub, dan tanto miedo como risa. La sangre es demasiado roja. Los gritos son demasiado largos. Los muñecos se notan de goma. Y ese exceso es el que las convierte en material camp. Sirven para decir algo terrible y reírte a la vez.
El drama, en cambio, se toma en serio a sí mismo. Si comparo al ex con un villano de culebrón, el insulto tiene algo de solemne. Si lo comparo con Carrie cubierta de sangre de cerdo, el insulto tiene algo de verbena.
En el blog hay un texto sobre por qué el camp no es un chiste aunque te rías, y el terror de videoclub es uno de los ejemplos más claros. Es exagerado, es cutre, es teatral, y precisamente por eso puede decir cosas que en serio no se dirían.
Las carátulas
Vuelvo al pasillo del fondo, porque me parece importante para entender de dónde viene todo esto.

Para muchos niños que crecimos en los ochenta y los noventa en España, el videoclub era el primer contacto con el terror. Y no con las películas, que muchas veces no nos dejaban ver, sino con las carátulas. Esas portadas exageradas, con letras que goteaban sangre, con ojos brillando en la oscuridad, con frases del tipo «no la veas solo». Las carátulas eran pequeñas obras de arte del susto. Prometían mucho más de lo que daban las películas.
Y yo creo que eso se me quedó dentro como forma de escribir. Mis títulos son un poco carátulas de videoclub. Prometen mucho. Exageran. Te agarran por la solapa. «La casa de los mil cadáveres». «Como en La matanza de Texas». «Igual que en las pelis slasher». Son títulos que podrían estar en el pasillo del fondo, al lado de los de verdad.
Lo cuento también, de otra manera, en el texto sobre lo retro como forma de mirar hacia delante: no es nostalgia del videoclub. Es usar lo que aprendimos ahí para contar lo de ahora.
Las pelis slasher
En «Igual que en las pelis slasher», el terror se convierte en el marco de toda la canción. Hay un «hola, hola, hola» con la vocal estirada, un «¿hay alguien ahí?», un «¿viene a matarme?», como la chica de la película que baja al sótano con la linterna cuando todo el público le grita que no baje.
Ese momento del slasher, el de la víctima que hace justo lo que no debe, es una de las imágenes más camp que conozco. Todos sabemos que no hay que bajar al sótano. Todos le gritamos a la pantalla. Y ella baja. Siempre baja.
Me parece la metáfora perfecta de volver con un ex. Sabes que no. Todo el mundo te lo dice. Tus amigas te gritan desde el sofá como el público del cine. Y tú bajas al sótano con tu linterna y tu pijama y tu bata. Y ahí está el asesino, con su sonrisa de siempre.
La chica que grita
Hay una figura del cine de terror que los maricas hemos adorado siempre, y no es el monstruo. Es la chica que grita. La que corre en camisón por el bosque, la que tropieza justo cuando no debe, la que sobrevive al final con el maquillaje corrido y la mirada perdida. En inglés tiene nombre de cartel: la scream queen, la reina del grito.
No sé explicar del todo por qué nos gusta tanto, pero tengo una sospecha. La chica que grita es exagerada, es teatral, es vulnerable y al final resiste. Le pasan todas las desgracias del mundo y sale viva, despeinada pero viva. Es una diva de la supervivencia. Y eso, para mucha gente que ha crecido sintiéndose rara, tiene algo de espejo.
En mis canciones, cuando me pongo en el papel de la víctima de película, me pongo en el de esa chica. No en el del chico musculoso que muere en el minuto diez. En el de la que grita, la que baja al sótano, la que se equivoca una y otra vez y aun así llega viva a los créditos. Con su bata y su pijama, como en la canción de las pelis slasher.
Ser la chica que grita tiene algo de derrota y algo de victoria. Grita porque tiene miedo. Pero grita. No se calla.
Monstruos de goma
Otra cosa que me gusta del terror de videoclub es lo cutre que era. Los monstruos de goma, la sangre de bote, los decorados que temblaban si un actor cerraba la puerta muy fuerte. Muchas de aquellas películas se hacían con cuatro duros y mucha imaginación, y se notaba. Y precisamente por eso daban gusto: había algo artesanal, casi de función de colegio, en ese miedo.

Me identifico mucho con eso. Mis canciones, mis carátulas y mis videoclips se hacen sin grandes presupuestos, con lo que hay. Lo cuento en un texto del blog sobre qué hace un director artístico cuando no hay presupuesto. La serie B me enseñó, sin que yo lo supiera, que se puede asustar, emocionar y hacer reír con un monstruo de goma si te lo crees de verdad.
Y la clave es esa: creérselo. Las películas de terror cutres que funcionaban eran las que se tomaban en serio su propio disparate. Ninguna guiñaba el ojo al público. Iban a muerte con su muñeco de látex. Mis letras intentan hacer lo mismo: decir la burrada más grande del mundo con la cara más seria posible. La boca de Carrie, dicha con toda la convicción de una señora en la cola del pescado.
Gritar en una letra
El terror también me ha dado una forma de puntuar. El grito. La vocal que se estira, como en el «holaaaaaaaaa» de las pelis slasher, que es el de la chica que entra en la casa a oscuras y pregunta si hay alguien. Todos sabemos que hay alguien. Ella no.
Ese alargamiento de la vocal es puro cine de miedo. Es el grito convertido en ortografía. Y aparece en más canciones mías, en otros contextos, porque descubrí que una vocal larga en la página produce un efecto muy parecido al de un grito en una película: te prepara para algo.
Lo que viene después del grito, en el terror, suele ser el susto. En mis canciones, suele ser un chiste. O una verdad seca. Pero el mecanismo es el mismo: tensión, grito, golpe. Lo aprendí, sin saberlo, mirando carátulas.
El insulto que no hace daño de verdad
Aquí me pongo un poco serio, porque el insulto de cinéfilo tiene una ventaja ética que me importa.
Cuando comparo a alguien con Carrie o con un vampiro, no estoy atacando nada real de su persona. No me meto con su origen, su cuerpo de verdad, su forma de ser marica o lo que sea. Me meto con una imagen exagerada que no se parece a nada real. Es un insulto de ficción. Y los insultos de ficción duelen menos y hacen reír más.
Hay quien insulta con lo que la gente es. Yo prefiero insultar con lo que la gente ha hecho, y vestirlo de película. La boca de Carrie en «Bareback» viene después de unos consejos sobre dientes y caries, sí, pero el insulto en sí es tan exagerado que se convierte en caricatura. Nadie va a pensar que de verdad tiene la boca como Carrie. Va a pensar que el que escribe está muy, muy enfadado, y que tiene mucha cultura de videoclub.
Hay un texto en el blog sobre hacer humor gay sin hacer daño que va de esta frontera. No siempre la respeto al milímetro, que soy humano y me puede un chiste. Pero el terror me ayuda a quedarme en el lado bueno.
Una pequeña filmoteca
Para quien quiera ver de dónde salen mis insultos, una pequeña filmoteca de pasillo del fondo. No es una lista de recomendaciones, que no soy crítico de cine. Es un mapa:
- Carrie, para las bocas y los bailes de graduación que acaban mal.
- La matanza de Texas, para los manipuladores que no sueltan la motosierra.
- La casa de los mil cadáveres, para cuando me siento atrapado en mi propia historia.
- Las de vampiros, todas, para los que se alimentan de esperanza.
- Saw, con su máscara, para los juegos retorcidos de quien te pone pruebas para ver si le quieres.
Si has visto las cinco, entenderás la mitad de mis letras. Si no has visto ninguna, no pasa nada: las carátulas hablan solas.
Escribirlo yo
Una cosa que siempre conviene decir. Todas estas comparaciones las escribo yo, en mis letras, sin inteligencia artificial. La música y las voces de mis canciones están hechas con herramientas de IA como Suno; soy letrista, compositor y productor y no pongo la garganta. Pero lo de Carrie no lo ha decidido ninguna máquina. Lo ha decidido alguien que se asomaba al pasillo del fondo del videoclub mientras su madre pagaba la de Disney.

Bueno, eso último es una imagen, que no voy a contarte mi infancia con detalles que no vienen al caso. Pero el pasillo existía, y la carátula de Carrie también.
Rebobinar
Hay un gesto del videoclub que se ha perdido y que me parece una metáfora estupenda de lo que hago cuando escribo sobre un ex: rebobinar.
Las cintas de vídeo había que devolverlas rebobinadas. Si no, te cobraban una multa, o te miraba mal el dependiente, que era peor. Así que al terminar la película, antes de devolverla, la metías otra vez en el aparato, le dabas al botón y esperabas mientras la cinta volvía al principio con un zumbido. A veces, por curiosidad, rebobinabas mirando la pantalla, y veías la película al revés y a toda velocidad: la sangre volviendo a los cuerpos, los muertos levantándose, el asesino caminando hacia atrás.
Escribir una canción sobre una ruptura se parece mucho a eso. Rebobinas la historia, a toda velocidad, y la ves al revés. Lo que al final era monstruoso, al principio era encantador. El asesino de la escena final era, en el minuto uno, un chico simpático en una fiesta. Y al rebobinar te das cuenta de que las señales estaban ahí, en cada fotograma, solo que no sabías mirarlas.
Por eso mis letras están llenas de detalles de los primeros días. Las velas de la tarta, los ojos que parecían del color del mar, el selfie, la sonrisa del canario. Son fotogramas rebobinados. Pistas que el guion había dejado y que la víctima no vio.
Y luego, cuando ya has rebobinado entera la cinta, la devuelves. La sacas del aparato, la metes en su caja con la carátula exagerada y la dejas en el mostrador. Se acabó. Que la alquile otro.
El cubo de sangre
Para terminar, la imagen más famosa de Carrie: el cubo de sangre de cerdo cayendo sobre la reina del baile. Es la humillación pública convertida en escena. Y lo que viene después es la venganza más exagerada de la historia del cine.
En mis canciones no hay venganza de ese tamaño. Hay, como mucho, un verso. Una comparación. Un «¡si parece la boca de Carrie!» soltado entre risas, en una noche en la que, además, no hemos bebido ni un chupito. Es una venganza de bolsillo. De carátula, no de película.
La misma canción lo deja claro antes de llegar a Carrie: «Ni un chupito voy a dedicarte, para qué / ¿Para llorar por un mequetrefe?». Quien no gasta en ti ni un chupito tampoco va a gastar en ti un cubo de sangre de cerdo. El insulto llega, sí, pero llega de pasada, como quien comenta el tiempo.
Pero tiene su gracia. Y si el otro se ofende, siempre puedo decirle lo que se decía en el videoclub cuando devolvías una cinta sin rebobinar: no es culpa mía, venía así.
La canción está en la lista de singles y la letra completa en gayfolkplanet.com. Ponla con la luz apagada. Por ambientar.
Preguntas frecuentes
¿Por qué aparece Carrie en «Bareback»? Porque, dentro de unos consejos burlones sobre los dientes del ex, la letra suelta: «¡Si parece la boca de Carrie!». Mike Sain't Louis usa a menudo el cine de terror como fuente de comparaciones exageradas y humor camp.
¿Qué otras canciones suyas usan el cine de terror? «La casa de los mil cadáveres», «Como en La matanza de Texas», «Igual que en las pelis slasher» y «El castigo más duro», con su vampiro que llora bajo la luna.
¿Quién escribe las letras? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas y están escritas sin inteligencia artificial; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.
¿Dónde se puede leer la letra de «Bareback»? En gayfolkplanet.com/letras/bareback. La ficha está en mikesaintlouis.com/blog/bareback.