
Por Mike Sain't Louis ·
«Hasta nunca, maldita cucaracha»: cómo acaban mis canciones
«Te mando un hasta nunca ¡ maldita cucaracha!»
Ese es el último verso de «La casa de los mil cadáveres». Lo escribí con ese espacio raro antes de la exclamación, como si me hubiera tomado un segundo para coger aire antes de soltarlo. Y me sigue pareciendo uno de los finales más honestos que tengo. No hay resolución, no hay lección, no hay perdón. Hay un insecto. Y una puerta cerrada con tanta fuerza que tiembla el marco.
Hay una forma de leer canciones que me gusta mucho: al revés. Empezando por el final. Es un ejercicio que recomiendo a cualquiera que escriba: coger todo lo que has hecho y leer solo las últimas líneas, una detrás de otra, como quien lee las últimas páginas de una pila de novelas en una librería sin intención de comprarlas. Y lo que sale es un retrato bastante fiel de cómo me despido. De la gente, de las historias y de las canciones.
Este texto va de eso. De cómo acaban mis letras.
El portazo
El final más frecuente en mi catálogo es el portazo. El adiós con insulto, con mala leche, con la última palabra bien afilada.
En «La casa de los mil cadaveres», antes de la cucaracha, hay dos versos que preparan el golpe: «Y ahora que lo pienso, me río de mi suerte» y, enseguida, «He aprendido la lección, vaya mala racha». Fíjate en el orden. Primero me río de mí. Luego digo que he aprendido. Y solo entonces, cuando ya me he puesto por encima de la situación, suelto el insulto. El portazo llega cuando ya estoy fuera.
Ese es el truco de casi todos mis portazos: no son rabia en caliente. Son rabia con la maleta hecha. El protagonista ya se ha ido cuando insulta. Y por eso el insulto no suena a súplica, que es lo que suena cuando gritas desde dentro de una relación. Suena a despedida.
Hay otros finales así. En «El castigo más duro» la letra se despide con una frase que no tiene nada de gracioso: «que ni vales ni un mensaje / que no eres nada para nadie». Es un portazo sin chiste. Seco. De los que no hacen ruido pero dejan la casa en silencio durante días. Y me gusta que esté ahí, en una canción que habla precisamente del castigo del silencio. El final le devuelve al otro su propio método: el desprecio sin palabras, solo que esta vez con palabras.
En «No te vuelvo a mirar más» el portazo es casi una cláusula de contrato: «Las reglas las pongo yo… / y no las vas a dictar». Los puntos suspensivos en medio son lo mejor. Es el segundo de pausa en el que el otro todavía cree que va a poder decir algo. Y luego, no.
El adiós repetido
Hay canciones que no acaban con una frase sino con una palabra. Repetida. Como un eco que se va apagando en un pasillo.
«Hoy es el último adiós» es la más clara. La letra es cortísima y se va comiendo a sí misma hasta quedarse en lo esencial: «El último adiós / Adiós». Al principio hay una frase completa, con su «yo solo he venido a decirte que hoy». Luego se queda en «el último adiós». Luego solo «adiós». Es como ver a alguien alejarse por una calle larga. Primero le ves entero. Luego solo la espalda. Luego un punto.
De esa canción ya escribí en otro texto, el de la ruptura con palabras de funeral, así que no me repito. Solo digo una cosa: ese final no lo pensé como recurso. Me salió así porque, cuando de verdad te despides de alguien, no tienes muchas palabras. Tienes una. Y la repites para convencerte.
Esa repetición final también aparece en canciones mucho más gamberras. «Karma» acaba con la palabra estirada hasta el ridículo: «KAAAAAARMAAAAAA». Ahí la repetición no es eco: es trompeta. Es el anuncio por megafonía de que la vida ha pasado factura. Mismo mecanismo, temperatura opuesta. Una palabra que se queda sola al final de la canción puede ser un susurro o un claxon. Depende de las vocales.
El verso limpio
Y luego están los finales que me sorprenden incluso a mí. Los que llegan después de toda una canción de humor o de drama y, de repente, dicen algo sin adornos.

El más claro es el de «La playa del Mal Pas»: «Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor». Esa canción no tiene ni un chiste en toda la letra. Es una playa pequeña de Benidorm mirada desde lejos, y es una mirada a la propia vida. Y el final no cierra nada. Abre. Ese «quizás» es lo más importante de todo el verso. No dice «eso es amor». Dice que puede que lo sea. Que no lo sé. Que lo intuyo.
Esos finales limpios son pocos en mi catálogo, y creo que por eso funcionan. Si todas mis canciones acabaran con una frase tierna, la ternura se gastaría. Como un perfume caro que te echas todos los días hasta que ya no lo hueles. Prefiero tener veinte portazos y un «quizás». Así el «quizás» pesa.
Otro final limpio, aunque en otro idioma, es el de «Gatekeeping». La canción es una lista de reproches al que decide quién puede entrar en el arte y quién no. Y el final, en tres frases de dos palabras, es casi un poema aparte: «I didn't knock. / I didn't wait. / I stayed». No llamé. No esperé. Me quedé. No hay insulto. No hay victoria gritada. Hay alguien sentado en una silla que no le ofrecieron, sin moverse. Es el final más tranquilo y más desafiante que he escrito.
Me desangro y bailo
Hay un tipo de final que es mi favorito, aunque no me sale a menudo. El que junta la herida y la fiesta en la misma línea.
«La primera drag de Benidorm» es una letra durísima. Tacones rotos, falda ardiendo, uñas quebradas, fotos censuradas, lengua cortada. Una lista de daños dicha en primera persona por una drag que se arrastra por los semáforos de una ciudad que no la recuerda. Y el final, después de todo eso, se queda en tres palabras separadas por silencios: «Aquí... / me desangro... / y bailo».
Para mí ese final resume buena parte de lo que intento hacer con mis canciones. No negar la herida. No hacerla bonita. Pero tampoco quedarse tirado en el suelo. Sangrar y bailar a la vez. Que es, si lo piensas, lo que ha hecho nuestra gente durante décadas en pistas de baile que eran el único sitio seguro.
Ese «y bailo» no es optimismo. Es terquedad. Y la terquedad, en según qué contextos, es la forma más digna de esperanza que conozco.
El final que se rinde
No todos mis finales ganan. Algunos se rinden. Y me parece importante que estén ahí.
En «La insignia de artista» la última frase es una de las más desarmadas que tengo: «No sé, / creo que ya me rindo». Después de toda una canción hablando de quién reparte los carnés de artista y por qué a mí no me lo dan, el final no es un grito de guerra. Es un encogimiento de hombros. Un «no sé». Y eso, en un catálogo tan peleón como el mío, es casi un escándalo.
En «Me rindo» la rendición está hasta en el título, y el final se queda girando sobre sí mismo: «y me rindo, y sigo temblando siempre». Rendirse y seguir temblando. No es una paz. Es un cansancio con escalofríos.
Me gusta que haya canciones que acaben así porque la vida, muchas veces, acaba así. No con un portazo ni con un «quizás» precioso. Con un «no sé». Con ganas de que se acabe el día. Y si yo solo escribiera finales victoriosos, estaría mintiendo a la gente que me escucha en sus días malos.
El final que se queda en la pista
Hay finales que no cierran la canción: la dejan abierta, como una puerta de discoteca a las seis de la mañana.

En «Dark Corners» alguien pregunta en la barra si estás bien. «Hey… are you okay?» Y la respuesta, que es la que damos todos, es la última línea: «Yeah… just dancing…». Ahí no se resuelve nada. El protagonista sigue en la pista, con la pena intacta, fingiendo que solo baila. La canción termina, pero la noche no.
Ese tipo de final me gusta porque deja al oyente dentro. No le acompaña a la puerta. Le deja ahí, con la música sonando y la duda de si el que baila está bien o no. Es un final que pregunta en vez de contestar.
El final que se queda mudo
Hay un final en mi catálogo que hace exactamente lo que dice. Se calla.
«Montaña rusa» es una canción de duelo creativo: el día en que la musa, la persona que te inspiraba, se va. La letra juega con la rima entre rusa, musa y muda, estirando las vocales hasta que parecen una sirena de ambulancia. Y el final es esta palabra, primero alargada y luego seca, sin vocales de más: «Muda». Una sola palabra. Y después, nada.
Me gusta mucho ese final porque la canción se apaga con lo mismo que cuenta. La musa se ha quedado muda y la letra también. No hay estribillo de cierre, no hay frase redonda. Se acaba como se acaba una conversación cuando el otro cuelga. Te quedas con el teléfono en la oreja, escuchando el tono.
El final que contesta tarde
Y luego está el final que llega con retraso. El que responde a una pregunta que te hicieron hace años.
En «Envejecer» la canción entera gira alrededor de una pregunta que el ex hacía mientras engañaba: si me imaginaba a los dos viejitos cogidos de la mano. Y durante casi toda la letra no hay respuesta. Hay rabia, hay tristeza estirada, hay palabras sueltas, una por línea, como quien camina con dificultad. Y al final, por fin, la respuesta. Dicha «cuando ya es demasiado tarde». Sí. Lo imaginaba. Estaba tan seguro de que íbamos a envejecer juntos.
Ese final me sigue doliendo. Es contestar con la verdad cuando la verdad ya no sirve para nada. Y es, creo, uno de los finales más sinceros que tengo: no gana nadie, no se cierra ninguna puerta. Solo se admite algo que ya no se puede cambiar.
El final de serie B
Y hay finales que son puro spoiler. Literalmente.
En «Spoiler» la letra va contando, fase por fase, cómo alguien empieza a tontear en redes con otros chicos. Primero un «me gusta» a fotos de una diva. Luego historias. Luego corazones. Y el protagonista, que ya ha visto esta película, lo anuncia: te hago un spoiler de esta película de terror de serie B. Y el final de la canción es el final de la película contado antes de tiempo: «lo acabamos dejando, pero esta vez soy inmune».
Ese «esta vez soy inmune» es un final que me hace gracia por lo que tiene de bravata. Como el personaje de terror que dice «ya no me da miedo» justo antes de que se apague la luz. No sé si es verdad. La canción tampoco lo sabe. Pero suena bien decirlo.
El final que te habla a ti
Hay un final que no le habla al ex, ni a mí, ni al público. Le habla a quien estaba al lado.

«Una obra de teatro» es una de las canciones más desconcertadas que tengo. Alguien se entera de que siete años de relación eran una función. Un escenario. Lágrimas fingidas. Y se queda atrapado en la pregunta de cómo se explica eso, sobre todo cuando el que pasa por loco eres tú. La letra da vueltas, se repite, se atasca, como se atasca uno cuando le cuentan algo que no le cabe en la cabeza.
Y al final, de repente, cambia de destinatario. Ya no le habla al actor de la obra ni a sí mismo. Le habla a alguien que todavía está dentro de otra función parecida: «lo suyo no tiene solución / al menos sálvate tú». Es un final de amigo. De mano en el hombro. De «sal de ahí mientras puedas».
Ese «sálvate tú» me parece de lo más útil que he escrito. No sé si sirve como verso. Sé que me habría servido oírlo antes.
El final que pregunta
Algunos finales no cierran nada porque terminan con una pregunta. Y no una pregunta retórica: una pregunta que se queda colgando.
En «Mi último ex era una IA disfrazada» la canción juega todo el rato con la idea de que sería mejor crear un novio con inteligencia artificial, porque al menos no mentiría. Y el final es la sospecha llevada al absurdo: «¿Entonces mi último ex era una I A disfrazada?». Con la i estirada hasta el infinito y la a en mayúsculas, como un grito de comedia de enredo al descubrir el pastel.
Me encanta acabar con esa pregunta porque le da la vuelta a todo lo que me dicen sobre la IA. Me reprochan que mis canciones las hace una máquina, cuando la letra es mía de la primera a la última sílaba. Y en esa canción le devuelvo la pelota a la vida: aquí el que parecía programado, el que tenía «el chip de la traición», no era la máquina. Era el ex. Una pregunta así no se contesta. Se deja ahí, para que el oyente se ría o se preocupe, según el día.
El final con chiste de cuñado
Y no todos mis finales son profundos. Algunos son puro juego de palabras de sobremesa.
En «La dieta del cucurrucho», después de una canción entera de celos, cartas a un actor y planes absurdos para tener un hijo con doble apellido, el final es un chiste que solo funciona en español y que me hace reír cada vez que lo leo: «¡De Paco bastante / Y de León mucho!». No voy a explicarlo. Los chistes explicados son como las croquetas recalentadas en el microondas.
En «Tengo argumento» el final es casi una frase de anuncio de caldo: «Rica rica con fundamento, tengo argumento». Después de un lío de Marías y de un novio de veinte años mandado a freír espárragos, la canción se despide como un cocinero de la tele. Así, sin más. Me parece una forma muy sana de acabar una historia que podría haber sido un drama: con una frase de bar que todos conocemos.
Esos finales tontos me importan tanto como los serios. Una canción que acaba con un chiste te deja con una sonrisa, y a veces la sonrisa es todo lo que uno necesita de una canción. No todo tiene que doler para valer.
El final con dedicatoria
Hay finales que, en vez de mirar al otro, miran a quien me acompaña.

En «El abrazo de Pitufo» la canción acaba con una dedicatoria directa, sin ironía: «Gracias por ser mi refugio». En «Tus letras son basura», después de contestar a los que dicen que lo mío no vale, el texto se cierra con una frase corta que es casi una firma: «Pero son mías». Y en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el texto que presenta el segundo disco de la trilogía, me despido de quien ha llegado hasta el final con una frase que me gusta mucho: «Nos vemos al otro lado del espejo».
Esos finales son como la última línea de una carta. No cierran la historia de la canción. Cierran la conversación con quien la escucha. Y en un catálogo tan lleno de portazos, me parece justo dejar de vez en cuando una puerta entornada para los que se quedan.
Lo que he aprendido de mis finales
Leer mis canciones al revés me ha enseñado algunas cosas que no sabía.
La primera es que el final manda. Leídas al revés, muchas de mis canciones parecen construidas hacia atrás, como si la última frase fuera la estación y todo lo demás, el tren que lleva hasta ella. Los tacones rotos existen para llegar a «y bailo». Los condicionales, para llegar a la cucaracha.
La segunda es que un buen final no resume. No repite lo que ya has dicho. Añade una cosa más, pequeña, inesperada. El «quizás» de la playa. El «I stayed» del que no pidió permiso. El «y bailo» de la drag. Si el final solo repite, la canción se queda en un círculo. Si añade, se abre.
La tercera es que los finales tienen que variar. Si todas mis canciones acabaran con un insulto, el insulto dejaría de sorprender. Si todas acabaran con ternura, la ternura sonaría a fórmula. El catálogo necesita portazos y ecos, versos limpios, rendiciones, preguntas sin respuesta, chistes de cuñado y pistas abiertas. Como una fiesta necesita canciones rápidas y lentas.
Y la cuarta, la más personal, es que leídos en fila mis finales parecen un diario de ánimo. Los portazos suenan a días de rabia. Los adioses repetidos, a cansancio. Los «quizás», a días raros, de esos en los que sin saber por qué miras algo con cariño. No tengo forma de saber qué final saldrá la próxima vez. Pero me gusta pensar que, mientras haya finales distintos, sigo vivo por dentro.
Y hay una quinta cosa, más práctica, que aprendí casi sin querer. El final es lo que la gente recuerda. Puedes tener una canción con un arranque flojo y un estribillo regular, que si el último verso pega, el oyente se va con él puesto. Lo tararea en el metro, lo repite en el grupo de amigos, lo escribe en un comentario. «Maldita cucaracha.» «I won maricón.» «Y bailo.» Por eso el último verso merece más cuidado que ninguno. Si no deja nada en la boca, la canción entera se olvida.
El último verso de este texto
Me toca acabar a mí. Y no sé cuál de mis finales elegir.
Podría dar un portazo, pero no tengo a nadie a quien dárselo. Podría repetir una palabra hasta que suene a eco, pero en un blog eso queda raro. Podría rendirme, pero no me apetece.
Así que me quedo con el que más me cuesta escribir. El verso limpio. Todas estas canciones están en el archivo de letras, y la de la cucaracha, la del portazo con la maleta hecha, la tienes entera en gayfolkplanet.com.
Gracias por leer hasta aquí. Eso, quizás, también es amor.
Preguntas frecuentes
¿Cómo suelen terminar las canciones de Mike Sain't Louis? Muchas acaban con un portazo: un insulto o una frase seca contra un ex o un narcisista. Otras terminan con una palabra repetida, como «Adiós» o «Karma», y unas pocas con un verso limpio y tierno, como el final de «La playa del Mal Pas».
¿De qué va «La casa de los mil cadáveres»? Es una canción contra un ex en la que el protagonista se ríe primero de sí mismo («¿Cómo soy tan tonto?»), repasa con condicionales todo lo que habría hecho de haberlo sabido y acaba con un «hasta nunca». La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.
¿Qué canción acaba con «me desangro y bailo»? «La primera drag de Benidorm», del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK».