
Por Mike Sain't Louis ·
«Gracias, pero no»: la buena educación como respuesta a la luz de gas
«Me dices baby no pasó / Que lo soñé, que todo fui yo». Así abre «Gaslighting», y lo primero que me sale cuando releo esos dos versos es una carcajada nerviosa. Porque cualquiera que haya compartido piso, cama o cuenta de Netflix con la persona equivocada los ha oído. No con esas palabras, no con ese «baby» de anuncio de perfume, sino en la versión de andar por casa: «Te lo estás inventando», «Eso no fue así», «Tú siempre tan dramático». La luz de gas es el único truco de magia que funciona mejor cuanto más cerca está el público.
Y luego, en el estribillo, la respuesta. Ni un «hijo de puta», ni un «te voy a arruinar la vida», ni un portazo con bisagras volando. Una fórmula de señora educada que rechaza el segundo trozo de tarta en una boda de Getafe: «Gracias pero no».
Este texto va de esa frase. De por qué, después de años escribiendo insultos con nombre, apellido y código postal, a la luz de gas decidí contestarle con buenos modales.
Lo soñaste, cariño
Empiezo por el mecanismo, porque si no lo entiendes no entiendes por qué la respuesta tiene que ser tan corta.
La luz de gas no te pega. Te corrige. Te corrige la memoria como quien corrige un examen con boli rojo: esto no, esto tampoco, aquí te has equivocado, aquí te has pasado. Al principio te ríes. «Que sí, que fue el jueves.» «Que no, que fue el martes y tú estabas de mal humor.» Al tercer mes ya no te ríes. Al sexto apuntas las cosas en las notas del móvil para tener pruebas, como si fueras tu propio abogado de oficio. Al año ya no apuntas nada, porque has aprendido que la versión buena siempre es la suya.
Lo perverso es que no hay un golpe que puedas enseñar. No hay moratón. Hay una conversación en la cocina, con el extractor encendido, en la que de repente tú eres el que está mal de la cabeza.
Por eso la canción empieza justo ahí, en la frase del otro. No la escribí para describir la luz de gas desde fuera, con bata de psicólogo y gafas en la punta de la nariz. La escribí desde dentro de esa cocina, con el extractor todavía sonando.
El verso que viene después es el que sostiene la canción entera: un «sorry» y la afirmación más pequeña del mundo, que la persona sabe lo que vio y lo que sintió. Parece poca cosa. Es todo.
El sorry que no pide perdón
Fíjate en ese «sorry». Es la palabra más irónica de toda la letra.
En inglés, sorry es perdón. Lo dices cuando pisas a alguien en el metro de Sol a las ocho y media. Pero aquí no hay ningún perdón. Es el sorry de las dependientas de Serrano cuando te dicen que esa talla no la tienen: un sorry que significa «no». Un sorry con el bolso ya colgado del hombro.
Me gusta usar el inglés así, como si fuera un cuchillo de untar mantequilla: no corta, pero si aprietas mucho hace daño. En muchas de mis letras de pista meto palabras en inglés y siempre hay alguien que me pregunta por qué no lo escribo todo en español, si soy de Madrid y tengo el acento de la plaza de Lavapiés pegado al paladar. Ya conté algo de eso en el texto sobre escribir pop en español de España a América, pero con «Gaslighting» hay una razón más concreta.
La palabra no tiene buena traducción. «Luz de gas» suena a película antigua en blanco y negro, con Ingrid Bergman y un marido de bigote que baja la llama de las lámparas para que ella crea que se está volviendo loca. Que es exactamente de donde sale el término. Pero en la calle, en los grupos de WhatsApp, en los vídeos de TikTok con música triste de fondo, la gente dice gaslighting. Le hacía falta a la canción esa palabra en ese idioma, porque es como lo dice quien lo está viviendo ahora, con el móvil en la mano.
Y si el título es en inglés, el resto de la letra puede ir y venir. Español para la herida, inglés para el brillo. Esa fue la regla que me puse, y no siempre la cumplí.
Por qué no un insulto
Aquí viene lo que más me preguntan cuando hablo de esta canción, o lo que yo me pregunto cuando la comparo con otras mías.

Yo insulto bien. Lo digo sin falsa modestia, porque es de lo poco que sé hacer sin mirar el manual. Tengo canciones enteras construidas a base de motes, de diagnósticos de barra de bar, de retratos con defectos numerados del uno al diez. En «El narcisista» hay un lanzallamas y un corazón congelado. En «Ni con un palo» hay una frase tan seca que todavía me da frío releerla. Me río de mis ex porque, como dejé escrito en otro texto de este blog, es la forma más honesta que tengo de contarlo.
Pero con la luz de gas el insulto no funciona. Y te explico por qué.
Quien te hace luz de gas vive de tu reacción. Si gritas, confirmas su teoría: «¿Ves? Estás histérico». Si lloras, también: «¿Ves? No se puede hablar contigo». Si le dedicas una canción llena de insultos, la pone en el grupo de amigos como prueba de que estás obsesionado. Cualquier exceso tuyo es munición para él. Es un juego en el que el que se altera pierde, y él lleva años entrenando para no alterarse nunca.
Así que la única jugada que le desmonta el tablero es la que no le da nada. Ni drama, ni rabia, ni lágrimas para enmarcar. Una frase de señora que ha visto mucho mundo. «Gracias pero no.»
Es la respuesta de quien ya no necesita ganar la discusión. Porque ya no está discutiendo.
Mesa camilla y bola de discoteca
Todos conocemos a una señora que dice que no sin levantar el tono. La tía que escucha entera la propuesta del comercial de la compañía de la luz, le pregunta por su familia, le agradece muchísimo la visita y le cierra la puerta con una sonrisa. El chaval baja la escalera sin saber muy bien qué ha pasado. Esa forma de decir que no la hemos visto en alguna vecina del cuarto, en la señora de la mercería del barrio, en la portera que lo sabe todo y no suelta nada, y es mucho más peligrosa que un grito.
Porque un grito se contesta con otro grito. Una sonrisa con la puerta cerrada no tiene contestación posible.
Ese registro es el que quería para el estribillo. Educación de mesa camilla, pero puesta encima de un beat de discoteca, con luces de colores y humo. La mezcla me hacía mucha gracia. Una señora con permanente diciendo «gracias pero no» mientras gira la bola de espejos. Si eso no es camp, que baje Alaska y lo vea.
Luego está el resto del estribillo, que va subiendo de temperatura con frases en inglés de cartel luminoso: que ya es libre, que la partida ha terminado. Y el remate, que es lo que más me gusta de toda la canción y probablemente de todo el disco: «I won maricón».
I won maricón
Esa frase me sigue haciendo reír cada vez que la leo, y eso que la escribí yo.

Tiene trampa, como casi todo lo que escribo. Empieza en inglés, con un «I won» de concurso de la tele americana, de los que levantan los brazos con confeti cayendo del techo. Y acaba en la palabra más española, más de patio de colegio, más de esquina de barrio que existe para los que somos como yo. Maricón. La palabra que te gritaban desde un coche cuando ibas con tu primer novio de la mano por la Gran Vía.
Juntas, las dos mitades hacen algo raro. El «I won» te sube. El «maricón» te baja al suelo. Y en medio queda una risa que no sé explicar del todo, pero que tiene que ver con no pedir permiso para ganar.
Porque el que te hacía luz de gas también te quitaba eso: el derecho a celebrar. Si algo te salía bien, encontraba la manera de que fuera mérito suyo, o casualidad, o de que en el fondo no fuera para tanto. Ganar delante de él era imposible. Así que la canción gana delante de todo el mundo, con la palabra más gorda que tengo a mano.
Alguien podría pensar que esa última palabra sobra. Que con la victoria en inglés ya estaba dicho. Para mí, sin esa palabra no hay canción.
Lo de ponerle insultos de patio a una victoria no es de ahora. Lo he hecho mucho, y no sé si alguna vez lo había pensado tanto como al escribir esto. Hay quien lo ve como mala educación, y yo lo veo como la forma más educada que tengo de decir la verdad: con humor, que es la cuarta regla de la casa y la que más cumplo, según conté en la página donde explico quién soy.
El espejo y el tacón
En la segunda parte de la letra hay dos objetos que sostienen todo.
Uno es el espejo, delante del cual la protagonista dice en inglés que aquí está. Aquí no hay nadie más. No le contestas al otro mirándole a los ojos, porque ya sabes que eso no sirve. Te contestas a ti, que eres el que se ha creído durante meses que estaba loco. El espejo es el testigo que el otro no puede manipular. Por mucho que te diga que no estabas, tu cara está ahí, con sus ojeras y todo.
Me gusta que la frase sea en inglés y tan simple. Here I am. Como si fuera la primera frase de un niño que aprende un idioma. A veces, después de la luz de gas, tienes que volver a aprender a decir dónde estás.
El otro objeto es el tacón. «Cada paso sobre este tacón / Es mi grito contra tu prisión». Ese verso lo puse por todas las mujeres trans, las drags y las locas que conozco y que conozco de vista, que llevan años andando con tacones por calles que no estaban hechas para ellas. El tacón hace ruido. No puedes llevar tacones y pasar desapercibido en un pasillo de baldosas. Cada paso se oye. Y eso, después de que alguien se haya pasado meses diciéndote que no te has enterado de nada, es una forma de decir: aquí estoy, y me oyes.
Una cosa más, para que conste. La canción no dice quién lleva el tacón. Puede ser el protagonista, puede ser una persona que se ha puesto unos de su hermana para salir esa noche, puede ser alguien que no se ha puesto unos tacones en su vida y los imagina. No me interesaba cerrarlo.
Lo que arde
Hay un juego de palabras en la letra que puede parecer demasiado obvio: pedirle al gas del otro que arda, y coronarse reina en el mismo verso.

Lo dejé porque es obvio de la manera buena. El gas que usaba para apagarte, para bajar la llama de las lámparas como en la película, ahora es combustible. Lo que te iba a dejar a oscuras ahora te ilumina. Es un juego de patio de colegio, de esos que haces con la palabra hasta que la retuerces, y a mí me encantan esos juegos porque nadie se los toma en serio y por eso pasan las cosas más serias por debajo.
Y además está el neón, que en la letra cubre a la protagonista y la vuelve inmortal. Una persona que salió de la luz de gas y se encuentra en una discoteca de Chueca a las tres de la mañana, con todos los colores encima, sintiéndose por fin de una pieza. A mí esa imagen me parece preciosa y un poco ridícula a la vez, y en esa mezcla está lo mejor que sé hacer.
La pista como tribunal
¿Por qué en una discoteca? Esto también me lo preguntan.
Podría haber escrito una balada. Piano, cuerdas, una persona con un jersey de cuello alto mirando la lluvia desde la ventana de un tercero sin ascensor. Hay muchas canciones así sobre relaciones de abuso psicológico, y algunas son muy buenas. Pero yo no quería que quien saliera de la luz de gas tuviera que seguir llorando para que le creyeran.
En la pista de baile no se discute. No hay pruebas, ni versiones, ni «es que tú también». Hay un ritmo y un cuerpo que se mueve. Y un cuerpo que se mueve es la prueba más difícil de refutar de que estás vivo. Él te decía que lo habías soñado. Pues mira, ahora estoy soñando delante de doscientas personas y con las luces encendidas.
He escrito más de una vez sobre la diferencia entre escribir para que te bailen y escribir para que te lean. «Gaslighting» está claramente en el primer cajón. Es una canción para moverse. Pero la escribí pensando en que alguien, algún día, la iba a leer entera en el autobús, a las siete de la mañana, sin música, y se iba a reconocer en el primer verso.
Esa persona me importa más que la que baila.
Las órdenes del final
Casi al final de la letra hay un tramo donde cambio el tono. Dejo de describir y empiezo a mandar.
Ahí aparece una orden en inglés repetida, pegada a verbos en español: no te atrevas a decir que no, no te atrevas a negar lo que pasó. La construcción es una mezcla que en clase de inglés me habrían suspendido: la mitad de la frase en un idioma, la otra mitad en otro. Pero es así como habla mucha gente que conozco cuando se enfada de verdad. Empiezan en un idioma y terminan en el que les sale de las tripas.
Esa parte es una advertencia, no un ruego. Ya no le pides que reconozca lo que pasó. Le prohíbes que lo niegue. Es un cambio pequeño en la gramática y enorme en la vida. Pasar de «por favor, dime que me crees» a «ni se te ocurra decir que no fue así».
Y luego, una línea que suena a camiseta de mercadillo y que me encanta precisamente por eso, la de ser el jefe. En otra canción me habría dado vergüenza. Aquí no. Después de todo lo anterior, ser el jefe de tu propia memoria es lo mínimo.
Las notas del móvil
Vuelvo un momento a la cocina del principio, porque hay un detalle de la luz de gas que no cabe en ninguna canción de tres minutos y que, sin embargo, explica por qué esta tiene un estribillo tan corto.

Cuando alguien te corrige la memoria durante mucho tiempo, empiezas a guardar pruebas. Capturas de pantalla de conversaciones de WhatsApp. Audios que no te atreves a borrar. Notas en el móvil con la fecha y la hora, escritas a escondidas en el baño, con el grifo abierto para que no se oiga el teclado. Es un archivo de supervivencia, y a la vez es una trampa, porque te convierte en un detective de tu propia vida. Te pasas el día recopilando, y el día que por fin enseñas las pruebas, el otro mira la pantalla, se encoge de hombros y dice que eso está sacado de contexto.
Ahí entendí, escribiendo esta letra, que el problema no era la falta de pruebas. Era creer que necesitaba convencerle.
Por eso la canción no tiene ninguna prueba. No hay fechas, no hay mensajes, no hay testigos. Hay alguien que sabe lo que vio y punto. Es la letra más corta de razonamientos que he escrito sobre este tema, y la hice así a propósito. Quien sale de la luz de gas no necesita otro expediente. Necesita dejar de presentar expedientes.
Borra las notas, si quieres. O guárdalas en una carpeta que no abras. Ya no son para él.
La hermana pequeña
En la ficha de la canción conté que «Gaslighting» tiene hermana. Es «No Contact». Una es la pelea y la otra es lo que viene después, cuando ya no contestas los mensajes ni miras sus historias ni compruebas a qué hora se ha conectado.
No las escribí pensando en que fueran juntas, o al menos no lo recuerdo así. Pero cuando las pones una detrás de otra se entienden mejor. En la primera todavía hay alguien enfrente a quien decirle que no. En «No Contact» ya no hay nadie. Solo silencio, y es un silencio que esta vez eliges tú.
Las dos están en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», que es un disco de deseo, de querer estar en otro sitio. Y salir de la luz de gas es eso: querer estar en un sitio donde lo que viste sea lo que pasó.
Quién pone qué
Como siempre que hablo de una canción, dejo esto claro para que no haya confusiones.
La letra de «Gaslighting» es mía. Cada verso, cada sorry, cada maricón. La escribí yo, sin máquinas. Yo no interpreto: soy letrista, compositor y productor. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, y lo que se queda en la versión final lo decido yo. No lo escondo, y he contado con calma en otros textos cómo trabajo con eso y por qué lo digo abiertamente.
Esto viene a cuento por algo que tiene que ver con la propia canción. Hay gente que me ha intentado hacer luz de gas con la IA. «Eso no lo has hecho tú.» «Eso es apretar un botón.» «No te engañes.» Me lo dicen con el mismo tono con el que te dicen que lo has soñado. Como si mi cuaderno, mis tachones y mis noches no existieran.
Así que, aunque la canción no habla de eso, cuando releo la frase del principio me suena también a esos comentarios. Y la respuesta es la misma.
Gracias pero no.
Una frase para llevar en el bolsillo
Termino con algo práctico, que no suelo hacer.
Si estás saliendo de una relación donde te hacían dudar de lo que viste, no te voy a decir que vayas a terapia, aunque ojalá puedas, ni que leas libros, aunque algunos ayudan. Te voy a dar una frase. Dos palabras de agradecimiento y una de negación. Llévala en el bolsillo como quien lleva un caramelo de menta. Cuando alguien te diga que no pasó, que lo has soñado, que todo fuiste tú, sácala.
No hace falta explicarla. No hace falta defenderla. Funciona igual en una cocina con el extractor encendido que en una pista de baile a las tres de la mañana.
Y si después de decirla te apetece bailar, baila. Que arda.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Gaslighting»? De la luz de gas: la manipulación que consiste en hacerte dudar de tu propia memoria. La letra empieza con la frase del manipulador («Me dices baby no pasó») y responde desde la pista de baile con un estribillo educado y firme: «Gracias pero no».
¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Por qué mezcla español e inglés? Porque gaslighting es la palabra que usa hoy quien lo está viviendo. La letra va y viene entre los dos idiomas: el español para la herida y el inglés para el brillo de la pista.
¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde puedo leer la letra completa? En la ficha de la canción en este blog y en la página de letras de gayfolkplanet.com.