
Por Mike Sain't Louis ·
«Filiflama alabe cundre»: la jitanjáfora, el glíglico y el galimatazo leídos con «Sunshine»
«Mm-hmm, mm-hmm, Sunshine, mm-hmm, feel the warmth». Así empieza «Sunshine», con cuatro sílabas que no significan nada antes de la primera palabra con diccionario. Y la canción sigue así hasta el final: «Oh-oh», «ah-ah», «ee-ee», «la-la», intercaladas entre un puñado de sustantivos en inglés. Si alguien intentara traducirla palabra por palabra, se quedaría con media página en blanco.
Sobre el tarareo, el coro a boca cerrada y el scat de jazz ya escribí en «Palabras que no dicen nada», a propósito de otra canción. Hoy quiero ir por otro camino, más literario: el de los poetas que, en distintas épocas y por distintas razones, decidieron escribir palabras que suenan antes de significar. O que no significan nada en absoluto. Y que, aun así, o precisamente por eso, nos dicen algo.
Es una tradición más seria de lo que parece. Tiene un nombre precioso en castellano, inventado por un mexicano a partir de un poema de un cubano. Tiene un momento fundacional en un cabaret de Zúrich en plena Primera Guerra Mundial. Tiene un monstruo inglés con un nombre imposible y un capítulo de novela argentina que todavía hace sonrojar a los lectores. Y tiene, en el fondo, una intuición que comparto: a veces el lenguaje se queda corto, y entonces solo queda el sonido.
La palabra que bautizó un poema
Empiezo por el nombre. En 1928 el poeta cubano Mariano Brull publicó un libro titulado Poemas en menguante. Uno de ellos, «Leyenda», arranca así:
«Filiflama alabe cundre / ala olalúnea alífera / alveolea jitanjáfora / liris salumba salífera».
No busques esas palabras en el diccionario: no están. Son palabras inventadas, que suenan a castellano, a latín, a lengua de cuento, sin pertenecer a ninguna. Y sin embargo, léelas en alto. Tienen ritmo, tienen musicalidad, tienen algo de hechizo. «Olalúnea» suena a ola y a luna. «Alífera» suena a ala. «Salífera» suena a sal. El significado no está en las palabras, pero aparece en la cabeza de quien las escucha.
Al año siguiente, en 1929, el escritor mexicano Alfonso Reyes publicó un ensayo titulado «Las jitanjáforas», y cogió una de esas palabras inventadas de Brull para bautizar todo el fenómeno. Desde entonces, en castellano, una jitanjáfora es un texto o una palabra que no significa nada, o casi nada, y que vale por su sonido. Reyes buscó ejemplos por todas partes: en canciones infantiles, en juegos de palabras, en fórmulas mágicas, en poetas de vanguardia. Y descubrió que la jitanjáfora estaba en todas partes. Solo le faltaba un nombre.
Lo que la jitanjáfora no es Conviene aclarar una cosa. La jitanjáfora no es un error, ni un tartamudeo, ni una palabra mal escrita. Es una elección. El poeta podría usar palabras con sentido y decide no hacerlo. Igual que en «Sunshine» se podría haber escrito una estrofa entera con frases completas y se eligió poner «Ah-ah, ah-ah» delante de «River». No es pereza. Es una manera de decir que hay cosas que no caben en una frase.
Un traje de cartón en Zúrich
Ahora viajo a 1916. Europa está en guerra. En Zúrich, ciudad neutral, un grupo de artistas exiliados abre un local llamado Cabaret Voltaire. Ahí nace el dadaísmo, un movimiento que respondía al horror de la guerra con el absurdo: si la razón había llevado a Europa a matarse en las trincheras, quizá había que desconfiar de la razón.

Una noche de ese año, el poeta alemán Hugo Ball se sube al escenario metido en un traje de cartón que casi no le deja moverse, con una especie de sombrero de chamán, y recita un poema hecho solo de sonidos. Uno de esos poemas, «Karawane», empieza con «jolifanto bambla ô falli bambla». No hay ni una palabra alemana. Hay sílabas que evocan elefantes, caravanas, desiertos. Ball llamó a estas piezas «poemas sin palabras» o versos fonéticos.
Lo que me parece fascinante de esa escena es el contexto. No es un juego de salón. Es un hombre recitando sílabas sin sentido mientras al otro lado de la frontera morían miles de personas cada día. Ball sentía que el lenguaje había quedado contaminado por la propaganda y la mentira de la guerra, y quería volver a una especie de lengua antes del lenguaje. Al sonido puro. A la sílaba que todavía no ha sido usada para engañar.
El lenguaje cansado Esa idea, la de que las palabras pueden gastarse y ensuciarse, me toca de cerca. Hay momentos en los que las frases de siempre ya no sirven. Las que nos han dicho tantas veces que han perdido el sentido. «Te quiero», «estoy bien», «no pasa nada». Palabras que se dicen para tapar, no para decir. Ahí entiendo que alguien prefiera un «mm-hmm». Al menos no miente.
El monstruo que se llamaba Jabberwocky
Unas décadas antes de Zúrich, en 1871, Lewis Carroll había publicado A través del espejo, la segunda parte de las aventuras de Alicia. Dentro del libro, Alicia encuentra un poema escrito al revés, que solo se puede leer con un espejo. Es «Jabberwocky», y empieza con un verso famosísimo: «'Twas brillig, and the slithy toves / Did gyre and gimble in the wabe».
Casi todas las palabras importantes son inventadas. Y lo más curioso es que, aun así, se entiende la historia: un joven sale a matar a un monstruo, lo mata y vuelve a casa, donde su padre lo celebra. La gramática es inglesa, la estructura es la de una balada heroica, y el contenido lo ponen sonidos que no existen. El cerebro rellena los huecos.
En castellano el poema se ha traducido muchas veces, y cada traductor ha tenido que inventar sus propias palabras. Una de las versiones más conocidas lo llama «Galimatazo», que es una palabra estupenda porque suena a galimatías y a porrazo a la vez. Traducir un poema sin sentido es un ejercicio de locura: no puedes traducir el significado, porque no lo hay, así que tienes que traducir el sonido y el ambiente.
Las palabras maleta En el mismo libro, el personaje de Humpty Dumpty le explica a Alicia algunas de esas palabras inventadas. Dice que muchas son como una maleta: dos significados metidos en una sola palabra. «Slithy», por ejemplo, junta resbaladizo y ágil. De ahí viene la expresión «palabra maleta» que se usa todavía en lingüística.
Me gusta mucho esa imagen, porque en mis letras pasa algo parecido con el spanglish, donde dos idiomas se meten en la misma frase. Sobre eso hay textos como «Treinta palabras prestadas» o «Cuando la letra cambia de idioma». Pero en «Sunshine» el mecanismo es otro: no se mezclan dos lenguas, sino una lengua y el sonido sin lengua.
El glíglico de Cortázar
Damos un salto a 1963. Julio Cortázar publica Rayuela, una novela que se puede leer en varios órdenes. En el capítulo 68 aparece un pasaje escrito en una lengua inventada que los protagonistas, Oliveira y la Maga, usan entre ellos. La llaman glíglico. Empieza así:

«Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes».
Ninguna de esas palabras clave existe. Y sin embargo, cualquiera que lo lea entiende de qué va: es una escena de amor, de deseo, de cuerpos. «Amalaba» suena a amar y a acariciar. «Hidromurias» suena a agua y a murmullo. El glíglico es una jitanjáfora con argumento. Y es, sobre todo, un idioma de pareja: una lengua secreta que solo entienden dos personas.
El idioma íntimo Esto me parece muy humano. Casi todas las parejas, las familias y los grupos de amigos acaban inventando palabras propias. Motes, diminutivos absurdos, sonidos que significan algo solo para ellos. Es una forma de intimidad. Cortázar la llevó a la literatura y la convirtió en algo sensual y misterioso.
En «Sunshine» no hay un idioma de pareja, pero sí hay algo de intimidad en esas sílabas. Son las que se le dirían a alguien a quien quieres calmar. El «mm-hmm» de quien te escucha, el «ea, ea» de quien acuna, el «sh, sh» de quien pide silencio para que alguien duerma. Sobre las nanas y el derecho a que te arropen ya escribí en «La nana del chico de cuero», así que aquí solo lo apunto.
Cuando el poema se deshace
Hay otro ejemplo que siempre me ha impresionado. En 1931 el poeta chileno Vicente Huidobro publicó Altazor, un poema largo dividido en siete partes, que cuenta la caída de un personaje desde el cielo. A medida que avanza, el lenguaje se va rompiendo. Las palabras se mezclan, se inventan, se descomponen. Y en la última parte el poema ya no es más que vocales y sílabas sueltas, como si el lenguaje se hubiera desintegrado en la caída.
Leer el final de Altazor es como asistir a un derrumbe. No es un juego, como en Carroll, ni una provocación, como en Ball. Es una despedida del idioma. Como si, después de intentar decirlo todo, el poeta descubriera que solo queda el grito, el suspiro, la vocal abierta.
El sonido al final de todo Me impresiona esa trayectoria porque es, al revés, la de «Sunshine». En Altazor las palabras se deshacen en sonido. En «Sunshine» el sonido va por delante y las palabras aparecen después, poquitas, como piedras en un río. Es casi el camino de un bebé que aprende a hablar: primero el balbuceo, después las palabras sueltas.
Y hay un verso hacia el final de la canción que me hace pensar en Huidobro: «Ee-ee, ee-ee, end of days». El final de los días, precedido de dos vocales. Puede ser el final de un día cualquiera, cuando cae la noche. Pero también suena a algo más grande. Y que lo anuncie una sílaba sin significado le da un aire raro, como de oráculo.
Las retahílas del patio
No hace falta ir a las vanguardias para encontrar jitanjáforas. Están en cualquier patio de colegio. «Pito, pito, gorgorito, ¿dónde vas tú tan bonito?». «Una, dola, tela, catola». «Chimpón». Las retahílas para echar a suertes, las canciones de comba, los juegos de palmas están llenos de palabras que no significan nada y que todo el mundo sabe de memoria.
Alfonso Reyes lo vio claramente: la jitanjáfora no la inventaron los poetas, la inventaron los niños. Los poetas solo se dieron cuenta de que eso también era poesía. Y es que los niños, antes de usar el lenguaje para informar, lo usan para jugar. Repiten sonidos porque les gusta cómo suenan. Se inventan palabras porque sí. Disfrutan del idioma como de un juguete.
Jugar con la lengua En el catálogo del Planeta Gayfolk ese juego aparece por todas partes: trabalenguas, dobles sentidos, rimas absurdas. Hay una canción en el catálogo que lo lleva al extremo, «Trabalenguas para meter la lengua». Y aunque «Sunshine» parece lo contrario de un trabalenguas, porque es suave, lenta y fácil, comparte el mismo origen: el placer físico de las sílabas en la boca.
Sílabas en la música de todos
La jitanjáfora no se quedó en los libros. La música popular está llena de ella, y muchas veces son precisamente esas sílabas las que se nos quedan pegadas. En 1955, Little Richard abrió «Tutti Frutti» con un grito que todavía se cita como uno de los arranques más salvajes del rock and roll: «A-wop-bop-a-loo-bop-a-lop-bam-boom». Al año siguiente llegó «Be-Bop-A-Lula». Y en 1968 los Beatles publicaron «Ob-La-Di, Ob-La-Da», cuyo título es una fórmula que no traduce nadie.

En la tradición española pasa igual. Las alegrías de Cádiz tienen su célebre «tiriti tran tran tran», una retahíla de sílabas que marca el compás y que todo aficionado reconoce al instante. El flamenco entero está atravesado por el «ay», ese quejío que no es una palabra pero que contiene más dolor que muchas estrofas. Las canciones de verbena se llenan de «tralará» y de «lerele». Las jotas rematan con gritos que nadie escribe y todo el mundo sabe.
El estribillo que no se olvida Hay una razón práctica para todo esto: las sílabas sin significado son fáciles de recordar y de repetir en grupo. No exigen saber el idioma ni entender la historia. Cualquiera puede unirse a un «la-la-la» en un concierto o en una boda. Son la parte más democrática de la música. Quien no se sabe la letra, se sabe el «oh-oh».
En «Sunshine» esas sílabas no son un adorno para el estribillo, sino la estructura misma de cada verso. Cada línea empieza con dos golpes de sonido, «Mm-hmm, mm-hmm» o «Oh-oh, oh-oh», antes de dejar entrar una palabra con sentido. Es como si la canción entera fuera un estribillo de fiesta llevado a la calma, sin multitud, sin escenario, a la hora de dormir. El mismo recurso que en el rock sirve para desatarse, aquí sirve para soltar el cuerpo.
Lo que el sonido dice
Llegados aquí, la pregunta obvia es: si estas palabras no significan nada, ¿por qué nos emocionan? Creo que la respuesta tiene que ver con lo que el sonido transmite por sí mismo. Una «a» abierta suena distinta a una «i» cerrada. Un «mm» con la boca cerrada transmite calma; un «oh» abierto, sorpresa o asombro. Hay estudios sobre simbolismo sonoro que muestran que muchas personas, en culturas muy distintas, asocian ciertos sonidos con ciertas formas o sensaciones. El más famoso compara dos palabras inventadas, «bouba» y «kiki», y muestra que casi todo el mundo asocia la primera a una forma redondeada y la segunda a una forma con picos.
Las sílabas de «Sunshine» son casi todas redondas. «Mm-hmm», «oh-oh», «la-la». Hay pocas consonantes duras. Es un paisaje sonoro blando, como de manta. Encaja con lo que dicen las pocas palabras de la canción: el sol que calienta, la luna que alumbra el camino, la brisa que mece los árboles.
«Set your mind at ease» Hay un momento en el puente de la canción que me parece la clave de todo: «La-la, la-la, set your mind at ease». Tranquiliza tu mente. Es una de las pocas frases completas de la letra, y llega precedida de dos sílabas sin sentido. Como si la canción dijera: antes de que te dé una instrucción, déjame calmarte con sonido.
Creo que eso tiene que ver con algo muy concreto de cómo funciona la ansiedad. Cuando la cabeza va a mil, las palabras a menudo empeoran las cosas: son más pensamientos, más argumentos, más vueltas. El sonido, en cambio, puede ir por debajo. Un ritmo lento, una sílaba repetida, una respiración larga. No necesitan ser entendidos para hacer efecto.
Escribir sin palabras
Escribo para sacar fuera lo que siento. Lo he contado en «Mariposas en un cuaderno»: la escritura me ha ayudado a salir de momentos muy oscuros. Pero hay días en que lo que siento no tiene forma de frase. No sé explicarlo, no encuentro las palabras, o las palabras que encuentro me parecen falsas.

En esos días, entiendo perfectamente a Hugo Ball con su traje de cartón. A veces lo honesto no es una frase redonda, sino un «mm-hmm». Un sonido que dice: estoy aquí, algo pasa, no sé nombrarlo todavía. Y no pasa nada por no saber nombrarlo. El sonido también es una forma de sacarlo.
Una propuesta pequeña Si alguna vez te pasa, prueba algo muy sencillo. En lugar de obligarte a escribir lo que sientes en frases completas, escribe sonidos. Sílabas. Palabras inventadas que te suenen a lo que sientes. Una jitanjáfora propia. Puede parecer una tontería, pero a veces desbloquea algo. Las palabras con sentido pueden venir después.
Y si lo que te pasa no se calma ni con sonidos ni con palabras, si notas que la angustia crece y no encuentras salida, habla con alguien. En España, el 024 es la línea pública de atención a la conducta suicida: es gratis, contesta a cualquier hora y también orienta a quien está preocupado por un ser querido. Si hay riesgo inmediato, llama al 112. El Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717, ofrece escucha en momentos de crisis, y ANAR, en el 900 20 20 10, atiende a menores de edad. Desde fuera de España, findahelpline.com te ayuda a encontrar una línea cercana.
La sinceridad del sinsentido
Hay una cosa que une a Brull, a Ball, a Carroll, a Cortázar y a Huidobro, aunque sean tan distintos. Todos desconfiaban de que el lenguaje normal pudiera decirlo todo. Y todos encontraron en el sonido un territorio de libertad. Donde no hay significado, no hay mentira posible. Donde no hay frase, no hay argumento que rebatir.
Eso conecta con algo que me preocupa mucho en mis letras: la diferencia entre decir la verdad y fingir. En «El poeta es un fingidor» hablé de Pessoa y de las dos maneras de fingir. La jitanjáfora es casi lo contrario del fingimiento: no pretende convencerte de nada. Solo suena. Y en ese sonido, cada cual pone lo que tiene dentro.
De la envidia a la calma Hace poco escribí sobre la envidia en la literatura, en «La envidia mata», y me llama la atención el contraste. Allí todo eran palabras afiladas, versos que señalaban, frases que dolían. Aquí todo son sílabas redondas. El catálogo del Planeta Gayfolk tiene las dos cosas: la canción que contesta y la canción que acuna. Las dos hacen falta.
Cómo escuchar «Sunshine» después de esto
Si te apetece, vuelve a escucharla pensando en esta tradición. No intentes entender las sílabas. Déjalas sonar. Fíjate en cómo cada una prepara a la palabra que viene detrás, como un pequeño trampolín. Fíjate en que el estribillo, «Sunshine, sunshine, oh-oh, / Moonlight, good night, oh-oh», casi no necesita traducción: cualquier persona del mundo entiende «sol», «luna» y «buenas noches» por el tono.
Y piensa en todos esos poetas que, en un cabaret de Zúrich, en Cuba, en un piso de París o entre los claustros de Oxford, decidieron que a veces es mejor sonar que significar. La letra completa está en la sección de letras, el videoclip en vídeos, y el disco al que pertenece es «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo de la trilogía.
Filiflama alabe cundre. Mm-hmm. La-la. No significa nada. Y, aun así, algo se queda.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una jitanjáfora? Es un texto o una palabra inventada que no tiene significado y vale por su sonido. El término lo creó el escritor mexicano Alfonso Reyes en 1929, a partir de una palabra del poema «Leyenda» del cubano Mariano Brull.
¿Qué es «Karawane»? Un poema fonético del dadaísta alemán Hugo Ball, recitado en 1916 en el Cabaret Voltaire de Zúrich. Está hecho solo de sílabas sin significado y empieza con «jolifanto bambla ô falli bambla».
¿Qué es el glíglico? La lengua inventada que usan Oliveira y la Maga en el capítulo 68 de «Rayuela» (1963), de Julio Cortázar. Con palabras que no existen describe una escena amorosa que cualquier lector entiende.
¿Qué tiene que ver «Sunshine» con todo esto? «Sunshine», del segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis, alterna sílabas sin significado («mm-hmm», «oh-oh», «la-la») con unas pocas palabras en inglés. Este artículo la lee junto a esa tradición de poesía hecha de sonido.
¿Dónde pido ayuda si la angustia no se va? En España: 024 (gratuito y a cualquier hora), 112 en emergencias, Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.