
Por Mike Sain't Louis ·
Escribir desde otra piel: la protagonista de «Me fui sin correrme»
Una mujer de pelo rosa, con los ojos cerrados, riéndose a carcajadas. Goterones rosas cayéndole por la imagen como si se le derritiera el maquillaje de tanto disfrutar. El título en blanco sobre negro, sin adornos. Esa es la portada de «Me fui sin correrme», y es de las pocas de mi catálogo en las que el centro no lo ocupa un hombre.
Casi todo Planeta Gayfolk mira el mundo desde un sitio muy concreto: el de un maricón de Madrid que se ríe de sus ex, de los tópicos y de sí mismo. Es lo que conozco y lo que me sale sin pensar. Por eso esta canción es una excepción que quiero contar despacio. Su protagonista es una chica. Una de tantas, dice el texto. Y lo que hace es algo que todavía cuesta decir en voz alta en una comida de domingo.
Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras, y la ficha de la canción ya resume la historia. Aquí quiero hablar de la decisión de cambiar de piel: por qué una protagonista mujer en un catálogo tan marica, qué riesgos tiene y qué gana la historia con ello.
Un chico que prometía mucho
El texto es corto y muy de cine. Una chica, una noche cualquiera, y lo cuento con la línea literal: «Una noche cualquiera, con un chico cualquiera, que prometía mucho… hasta que se quedó dormido».
Ese «prometía mucho» seguido de puntos suspensivos es la tragedia entera en cuatro palabras. Todos conocemos al chico que prometía mucho. El que te escribía por Tinder con una seguridad de presentador de concurso, el que hablaba de sus habilidades como quien enseña el folleto de un todo incluido en Punta Cana. Y luego, a la hora de la verdad, el folleto resulta ser de un hostal en Benidorm con la piscina vacía.
Que se quede dormido es el remate perfecto. No es malo, no es cruel, no es un narcisista de los míos. Es un chico que ha cerrado los ojos justo cuando ella los tenía abiertos de par en par. La decepción más doméstica del mundo, la que no sale en los telediarios pero sí en los audios de WhatsApp a las amigas al día siguiente.
La línea hace reír. Pero la risa, aquí, es solo la puerta.
Ella se fue
Lo siguiente es una frase de tres palabras que es mi favorita de toda la canción: ella se fue. Así, sin más. No hay portazo, no hay discusión, no hay nota escrita con pintalabios en el espejo del baño. Se viste y se va.
Y el texto describe cómo se va con una frase que es casi un manifiesto: «Sin rabia, sin culpa, sin pedir permiso».
La culpa es la que más me interesa de las tres. A muchas mujeres les han enseñado que, si una noche sale mal, algo habrán hecho ellas. Que no fueron lo bastante guapas, lo bastante pacientes, lo bastante algo. Que el chico que se duerme es culpa de la chica que no supo mantenerlo despierto. Esta protagonista no se compra ese cuento. Se va sin culpa, que es lo más difícil.
Y sin pedir permiso. A nadie. Ni al chico dormido, ni a su madre, ni al cura de la parroquia de su barrio, ni a la vecina que la ve llegar a las tantas con los zapatos en la mano.
Terminar la historia por su cuenta
Cuando llega a casa, decide terminar la historia ella sola. Es la frase más delicada de la canción, y la escribí sin detalles a propósito. No hay descripción, no hay escena explícita, no hay música de saxo de película de Antena 3 a las dos de la madrugada. Hay una decisión.

Y esa decisión choca de frente con un silencio que sigue pesando muchísimo: el que rodea a la masturbación femenina. De la masculina se hacen chistes en todas las comedias de Santiago Segura. De la femenina, casi nada. Como si las mujeres no tuvieran cuerpo, o como si lo tuvieran solo para los demás.
El texto lo dice con una claridad que me sigue gustando: la canción va del momento en que una mujer elige no esperar más. No esperar al chico que se despierte. No esperar al príncipe azul que llegue con su caballo. No esperar a que alguien le dé permiso para disfrutar.
Una de tantas
El texto empieza presentándola con tres palabras que me parecen fundamentales: una de tantas. No tiene nombre. No sabemos si es de Getafe o de Tarragona, si tiene veinte años o cuarenta y cinco, si trabaja en un banco o en una pescadería del mercado de la Cebada.
Esa falta de datos es deliberada. Si le pongo nombre, la canción se convierte en la historia de esa chica concreta, y entonces es una anécdota. Si la dejo sin nombre, es la historia de cualquiera que haya vivido algo parecido, y entonces es un retrato. En mis canciones de ex suelo hacer lo contrario: pongo detalles, orígenes, manías, para que el personaje sea reconocible. Aquí quería que cada oyente pusiera su propia cara.
Una de tantas es también una forma de decir que esto pasa mucho. Que no es una rareza ni una excepción. Que si sales a la calle un sábado por la noche y miras a las chicas que vuelven a casa a las tres, alguna vuelve exactamente así. Y nadie lo cuenta.
En defensa del chico dormido
Ya que la canción no le insulta, me permito hacerlo yo un poquito, con cariño.
El chico dormido es un personaje universal. Está en todas las épocas y en todas las ciudades. Es el que te dice «dame cinco minutos» y se despierta a las diez de la mañana del día siguiente con la boca abierta y un hilo de baba en la almohada. Es el que había presumido de resistencia de maratoniano y resultó tener la de un señor de ochenta años en la cola del ambulatorio. No hace daño a nadie, pero tampoco hace nada más.
Lo bonito es que la canción no se queda con él. Lo despacha en un verso y se olvida. Ni siquiera le dedica un insulto, que en mi catálogo es casi una humillación mayor que el insulto mismo. A los ex importantes les dedico canciones enteras. A este, medio verso y unos puntos suspensivos.
Hay pocas venganzas más elegantes que la indiferencia. Y esta chica la ejecuta sin despeinarse.
Ni un mensaje. Ni un reproche.
Un silencio de generaciones
Durante mucho tiempo, el placer femenino fue un tema de confesionario, no de canción. Las abuelas no hablaban de eso. Las madres, si acaso, en un susurro y con la puerta cerrada. En la tele, los chistes sobre el tema los hacían siempre ellos, y casi siempre a costa de ellas.
Las cosas han cambiado, claro. Hay series, hay libros, hay podcasts. Pero el silencio sigue ahí en muchos sitios, en muchos pueblos, en muchas casas donde una chica todavía se pondría colorada si su madre encontrara algo en el cajón de la mesilla. La canción no va a cambiar eso por sí sola, faltaría más. Pero cada vez que alguien dice algo en voz alta, el silencio pierde un poco de terreno.
Y me hace gracia que sea un maricón madrileño el que se ponga a romper ese silencio en concreto. Tiene su lógica, si lo piensas. A nosotros también nos tocó un silencio de generaciones. Sabemos lo que es esconder lo que deseas. Quizá por eso me sale defender a quien todavía tiene que esconderlo.
El beso de carmín
El texto termina con un beso de pintalabios dibujado, el emoticono de los labios rojos. Es un detalle que podría parecer decorativo, de descripción de Instagram, pero a mí me gusta mucho.

Ese beso es la firma de ella. Después de todo lo que ha pasado, del chico dormido, de la vuelta a casa, de la decisión, lo último que deja es un beso. No para él. Para sí misma, o para quien la esté escuchando. Es la marca de carmín en el espejo que no dejó al irse, puesta al final de la canción en su lugar.
Y tiene su punto de descaro. Un beso de carmín después de hablar de masturbación es como guiñar un ojo al salir de misa. Muy de Planeta Gayfolk.
Por qué ella y no yo
Podría haber escrito una escena parecida con un protagonista hombre. Un tío que se va de una cita decepcionante y se busca la vida en casa. Pero no habría significado nada. Eso no rompe ningún tabú; se da por hecho desde que el mundo es mundo. Hay canciones de rock sobre eso desde los años setenta.
Que lo haga una mujer sigue siendo, para mucha gente, algo de lo que no se habla. Y el silencio que quería romper era el suyo, no el mío. Por eso le cedí la canción.
La cultura marica siempre ha tenido una alianza especial con las mujeres que se salen del guion. Las folclóricas que dijeron lo que no se podía decir, Lola Flores con su «si me queréis, irse», Rocío Jurado plantándole cara al desamor desde el escenario, las chicas de Almodóvar al borde de un ataque de nervios con el gazpacho de somníferos. Esta chica anónima pertenece, a su escala, a esa familia. No es una diva. Es una de tantas. Y por eso me gusta más.
El riesgo de hablar por otra
Escribir desde una experiencia que no es la tuya tiene un riesgo evidente: hablar por encima de quien la vive. Hacer de señoro que explica a las mujeres cómo es su placer, que es justo lo que menos falta hace en este mundo. Lo tuve muy presente.
Por eso el texto es corto y deliberadamente poco detallado. No describe lo que siente ella por dentro ni pretende explicar la sexualidad femenina, que yo de eso sé lo que sabe un gato de física cuántica. Se limita a narrar una acción y a darle un sentido claro.
Creo que en estas canciones la sobriedad es una forma de respeto. Cuanto más pretendes saber de la vida interior de alguien que no eres, más probable es que metas la pata hasta el corvejón. Contar lo que hace, en cambio, es terreno firme. Ella se fue. Ella llegó a casa. Ella decidió. Lo demás es suyo.
Desearse también es quererse
El texto acaba con dos frases que son casi un eslogan, y que dejé así porque no encontré una forma mejor de decirlo. La primera: «Porque desearse también es quererse».

Me gusta que use el verbo desearse, en reflexivo. Estamos acostumbrados a desear a otros, a que nos deseen, a medir nuestro valor por cuánta gente nos mira en la discoteca. Desearse a uno mismo suena raro, casi narcisista, y no lo es. Es lo contrario del narcisista de mis canciones, que necesita que lo deseen para existir. Ella se desea sin público.
La segunda frase la dejo sin comillas para no pasarme de versos citados: tocarse no es pecado, es poder. Con su beso de pintalabios al final, como firma. Ahí la canción deja de ser una anécdota de cita fallida y se convierte en una pequeña declaración. Sin pancarta, pero con carmín.
El título como chiste y como tesis
«Me fui sin correrme» es un título que provoca una risa nerviosa, y lo sé. Es directo, bruto, de los que no se pueden leer en voz alta en la sala de espera del dentista. Pero cumple una función: nombra sin eufemismos aquello de lo que la canción quiere hablar. Si el problema es el silencio, el título no puede andarse con rodeos de señorita de la Sección Femenina.
Además, el título está en primera persona. Es ella quien lo dice. No es una frase sobre una mujer, es una frase de una mujer. Ese detalle gramatical es la clave de todo. Hablé de escribir sobre el cuerpo sin disculparse en «Escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón», y esta canción es quizá el ejemplo más claro de esa idea, aunque el cuerpo no sea el mío.
Lo que no es esta canción
No es una canción contra los hombres. El chico que se queda dormido no es un villano. Es un chico cualquiera que prometía y no cumplió, como tantos. No hay insultos ni ajuste de cuentas, cosa rarísima en mi catálogo, donde los ex suelen salir peor parados que un concursante de Gran Hermano en la gala de expulsión.
Tampoco es una canción de despecho. Ella se va sin rabia, ya lo dice el texto. Lo que me interesaba era justo eso: una salida sin drama, una independencia tranquila. A veces lo más revolucionario es no montar una escena.
Y me río de mí mismo por eso, porque yo soy incapaz. Si un ex se me duerme, le escribo una canción con su nombre en clave, su ciudad de origen y tres insultos con rima. Esta chica es mucho más elegante que yo. La envidio un poco.
La portada: carcajada rosa
Vuelvo a la imagen del principio, porque la dirigí para que dijera lo que el texto no describe. La mujer de pelo rosa no está triste, ni frustrada, ni mirando por la ventana con un cigarro como en un anuncio de perfume de los noventa. Está riéndose. Con los ojos cerrados. Disfrutando.
Los goterones rosas que le caen tienen algo de pintura derretida y algo de otra cosa, y cada cual los puede leer como quiera. Para mí son la alegría desbordándose del cuadro. El fondo negro y el título en blanco, muy sobrios, hacen que el rosa estalle todavía más.
Quise que la portada contara el final y no el principio. El principio es un chico dormido. El final es una mujer riéndose. Todas las portadas del catálogo, para quien quiera compararlas, están en la página de singles.
Entre «Él» y la hierba
En el catálogo de 273 singles, «Me fui sin correrme» es la pista 117. Justo antes va «Él», y justo después, «Mejor hierba que guerra». Me hace gracia la secuencia: primero una canción con un pronombre masculino de título, luego una chica que deja al él dormido y se va, luego una canción que prefiere el humo a la pelea. Casi parece una noche contada en tres capítulos, y no la ordené así a propósito.

La canción forma parte de *El día de la liberación*, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Me parece su sitio natural. El tercer disco celebra la llegada a un planeta donde cada cual puede vivir como es. Y la liberación no va solo de orientación sexual. También va del derecho al propio placer, sin esperar a que nadie te lo conceda.
Si quieres entender cómo encajan los tres discos, tienes mi guía para escuchar la trilogía de principio a fin.
Lo que pone la máquina y lo que pongo yo
El texto es mío, escrito por mí, palabra a palabra. La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir, y lo cuento siempre. En una canción con protagonista mujer, la producción me permite algo que de otra forma sería complicado para un letrista que trabaja solo: elegir un timbre que encaje con el personaje y no con el autor.
Esa elección es parte de mi trabajo de dirección, igual que la portada y el videoclip. Escucho versiones, descarto las que suenan a parodia, me quedo con la que suena a ella. Lo explico con más detalle en «Qué es mío en una canción hecha con IA». Y en mi página de presentación está el resumen de cómo trabajo.
Para quién es
Para todas las que alguna vez esperaron algo que no llegó y se sintieron culpables por no haberlo provocado. Para las que se fueron de madrugada y no se lo contaron a nadie. Para las que todavía se ponen rojas si alguien saca el tema en una cena.
Y también para los chicos que se quedaron dormidos. Que la escuchen, se rían un poco de sí mismos y la próxima vez pongan una alarma.
Puedes escucharla en Spotify, verla con su videoclip en gayfolkplanet.com y leer el texto entero en su página de letras. Las demás letras están en el archivo de letras de esta web, y las dudas frecuentes sobre el proyecto, en las preguntas frecuentes.
Cómo escucharla sin ponerse colorado
Te propongo un ejercicio sencillo. Ponla en una reunión de amigas, sin avisar del título. Observa las caras cuando llegue el estribillo. Siempre hay una que se ríe a carcajadas, otra que se tapa la boca y otra que dice «pues a mí me pasó exactamente eso» antes de que acabe la primera escucha.
Esa tercera es la razón por la que existe la canción. No tengo que inventarme a nadie para saber que existe: basta con mirar cualquier grupo de amigas un viernes en una terraza de la Latina para entender que todas tienen una historia de chico dormido. Lo que no siempre tienen es permiso para contarla en voz alta y reírse de ella.
Si la escuchas sola, mejor todavía. Con cascos, en el metro, de vuelta a casa después de una cita que prometía mucho. Puede que te haga compañía. Puede que te dé una idea.
Lo que me llevo
Escribir desde otra piel me enseñó algo que no esperaba: que el humor no siempre tiene que ir contra alguien. En casi todas mis canciones, la risa necesita una víctima. Aquí la risa es de ella, y no se ríe de nadie. Se ríe porque está bien.
Eso es raro en mi catálogo. Debería pasar más.
Mientras tanto, cada vez que alguien me pregunte por qué hay una chica en mitad de tanto maricón despechado, le contestaré lo mismo: porque ella también vive en el planeta GAYFOLK, y allí nadie tiene que esperar a que el de al lado se despierte para pasárselo bien.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Me fui sin correrme» de Mike Sain't Louis? De una chica que se va de una cita cuando el chico se queda dormido y decide terminar la noche por su cuenta. Habla del placer femenino y del silencio que aún rodea a la masturbación de las mujeres: «Porque desearse también es quererse».
¿Por qué tiene una protagonista mujer si Planeta Gayfolk es un proyecto queer? Porque el tabú que la canción quiere romper es el del placer femenino. Mike Sain't Louis eligió contar la historia desde ella para que el silencio que se rompe sea el suyo.
¿En qué disco está «Me fui sin correrme»? En El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles es la pista 117.
¿Quién escribió la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.