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El novio con número de serie: llevar una metáfora hasta el noveno moreno

Una cocina de los años cincuenta. Nevera redondeada color menta, fogones a juego, azulejos rojos, una lámpara de cobre colgando sobre la encimera. Un tío con los brazos llenos de tatuajes sujeta una caja de cartón con ventana de plástico, como las de los muñecos de colección. Dentro de la caja, de pie y muy tieso, está él mismo en versión juguete: camisa negra, pantalón negro, sonrisa de anuncio. En la parte de arriba de la caja, en letras doradas: 3 años de garantía.

Esa portada es el resumen perfecto de lo que quise hacer con la canción. Coger a un hombre y meterlo en una caja. Con su código de barras, su manual de instrucciones y su plazo de devolución.

Y luego, sobre todo, no sacarlo de la caja nunca.

Este post va de una regla de oficio que me tomo muy en serio, por mucho que mis canciones parezcan de broma: si empiezas una metáfora, la llevas hasta el final. Sin pestañear. Sin guiños al público. Aunque te lleve a una oficina de consumo de la Comunidad de Madrid con un funcionario que ha escuchado historias de terror.

Yo quiero uno entero

La canción empieza como empiezan todas las teletiendas de madrugada. Un anuncio en la tele. Un chico moreno, muy mono, con buen físico. Y un narrador que, en lugar de suspirar, hace lo que haría cualquiera delante del anuncio de un robot de cocina a las tres de la madrugada: «Yo quiero uno entero».

Esa frase la escribí pensando en la carnicería. «Póngame uno entero», como quien pide un pollo asado los domingos. No medio. No un cuarto. Entero, con todo. Es la primera señal de que en esta canción el amor se va a tratar como mercancía de principio a fin, y que el narrador está encantado de comprar.

Hay que decidirlo pronto. Si la primera estrofa duda, si el narrador se pone tierno o se arrepiente, la metáfora se cae. El público necesita saber en los primeros diez segundos a qué juego está jugando. Y aquí el juego está claro: esto es un pedido.

La disciplina del absurdo

Mucha gente piensa que el humor absurdo es improvisación. Que uno suelta disparates y a ver qué cae. Y es justo al revés. El absurdo es de las cosas más disciplinadas que hay, porque solo funciona si tiene una lógica interna de hierro.

Pienso en Martes y Trece, en el sketch de la empanadilla de Móstoles, que es pura lógica llevada al delirio. Pienso en Gila hablando por teléfono con el enemigo. Pienso en «Aquí no hay quien viva», donde cada locura de los vecinos tiene una causa y una consecuencia. El absurdo bueno no rompe sus propias reglas. Las cumple con tanta seriedad que da risa.

Con «3 Años de Garantía» me impuse una sola regla: el moreno es un electrodoméstico. Y todo lo que le pase tiene que ser algo que le pasaría a una lavadora. Entrega en veinticuatro horas laborables. Pago contra reembolso. Mes de prueba. Garantía. Avería a los dos años y pico. Taller. Avería definitiva justo cuando expira la garantía, que es la ley no escrita de todos los aparatos del mundo. Reclamación. Respuesta oficial. Recomendación de tirarlo al contenedor.

No me salí ni una vez. Y eso es lo que hace que la canción funcione, creo. Que nunca dejo de tratar al novio como un frigorífico, ni siquiera cuando el narrador se enfada.

Hablo más de este tipo de disciplina en cómo se escribe un estribillo que se ríe de ti y contigo. Allí la regla es otra, pero el principio se parece: el chiste tiene que respetarse a sí mismo.

Una buena opinión en Google

Hay un detalle que me encanta y que es de los que más comentarios me han traído. Después de recibir al moreno en casa, el narrador está tan contento con el servicio que hace lo que hacemos todos con una empresa amable: «Les puse en Google una buena opinión».

Fotogramas del videoclip oficial de «3 Años de Garantía», de Mike Sain't Louis

Cinco estrellas. Muy amables. Entrega rápida. Recomendable.

Esa línea es mi pequeño homenaje a la vida moderna, en la que todo se puntúa. Puntuamos al repartidor, al restaurante, al conductor de la aplicación, al dentista. ¿Por qué no al novio? Y lo mejor es lo que viene después, que la canción no dice pero que cualquiera imagina: la reseña sigue ahí, en Google, con sus cinco estrellas, mientras el producto se ha convertido en una pesadilla.

Hay pocas cosas más humillantes que tus propias reseñas antiguas. Las fotos de pareja que no has borrado. Los «te quiero» en público. Los comentarios de «qué suerte tengo». Todo queda ahí, archivado, como una reseña de cinco estrellas de un producto defectuoso.

Me río de eso porque me ha pasado. A mí y a medio Chueca.

Contra reembolso, como en los noventa

Hay un detalle de la primera estrofa que delata la edad de quien escribe, y lo admito sin vergüenza: el narrador coge el dinero de su bolso y paga contra reembolso.

Hoy nadie paga contra reembolso. Hoy pagas con el móvil, con un clic, con la huella del dedo, y el dinero desaparece sin que lo veas salir. Pero en los noventa, en mi casa y en todas las casas de mi barrio, el contra reembolso era un ritual. Llegaba el cartero o el mensajero, tocaba el timbre, y había que tener el dinero preparado en un sobre, contado al céntimo, porque no daban cambio. Así llegaban los pedidos del catálogo de Venca, las cosas de la Teletienda, los discos que se pedían por correo.

Meter ese gesto en la canción tiene algo de nostalgia y algo de chiste. Es comprar un novio como se compraba una faja reductora a las dos de la madrugada. Con el sobre, con el bolso, con la ilusión de abrir el paquete en el salón y ver si es tan bonito como en el anuncio.

Spoiler: nunca lo es. Pero durante un mes, sí.

Treinta días de felicidad garantizada

El mes de prueba es otro de esos detalles que parecen relleno y que para mí son estructurales. Al principio todo fue una maravilla, dice la letra, y una voz de vendedor tranquiliza al narrador con un no se preocupe, señor.

Me encanta ese señor. Es el tratamiento de usted de los dependientes de El Corte Inglés, el de los comerciales que te llaman al fijo a la hora de la siesta. Y es la voz de quien vende, no de quien ama. En mi canción, la voz que promete que todo saldrá bien no es la del novio: es la del servicio de atención al cliente.

Pensándolo ahora, me parece una forma bastante exacta de describir el principio de algunas relaciones. Todo es maravilloso, todo está garantizado, y quien te lo asegura con más ganas es precisamente el que más gana con la venta. El mes de prueba no es para que tú pruebes el producto. Es para que te enganches antes de que empiecen los fallos.

Y cuando empiezan, ya no hay devolución posible. Ha pasado el plazo. Lo pone en la letra pequeña.

El taller, los dos años y pico

La canción tiene un tempo narrativo que, si te fijas, es el de la vida útil real de muchos aparatos. Mes de prueba, todo maravilloso. Dos años y pico, empieza a fallar. Tres años, se estropea del todo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Les puse en Google una buena opinión» de «3 Años de Garantía»

No lo hice por casualidad. Quería que el oyente reconociera ese ritmo, porque es también el ritmo de muchas relaciones que se viven con prisa. La fase de luna de miel. La fase de los primeros arreglos, cuando ya hay roces pero se pasa por el taller, se habla, se recompone. Y la fase final, cuando ya no hay pieza de repuesto que valga.

El taller merece un apartado. En la canción, de primeras, más o menos consiguen arreglarlo. Ese más o menos es toda una filosofía. Es la terapia de pareja que funciona a medias. Es la reconciliación después de la bronca, que deja las cosas en pie pero con un ruidito raro que antes no estaba. Como la lavadora que vuelve del técnico centrifugando, sí, pero dando unos saltos que mueven la cocina.

Quien haya vivido un «más o menos arreglado» sabe exactamente de qué hablo.

La palabra calvario

En el estribillo hay una palabra que no es de oficina ni de teletienda, y que se cuela a propósito: calvario. A los tres años, dice, empezó mi calvario.

Es una palabra de Semana Santa. De procesión, de capirote, de saeta desde un balcón de Sevilla. Ponerla al lado de una garantía caducada es mezclar la liturgia con el ticket de compra, y esa mezcla me parece muy de aquí. En España sufrimos así: con un pie en la cofradía y el otro en la cola de la oficina de reclamaciones. La tragedia y el trámite van de la mano.

También es una palabra exagerada, y lo sé. Nadie en su sano juicio llama calvario a una lavadora estropeada. Pero el narrador no está hablando de una lavadora, aunque finja que sí. Y en esa exageración se le escapa la verdad: que lo que se ha roto le duele mucho más de lo que la metáfora de electrodoméstico deja ver.

Ahí está la grieta. Por esa palabra se ve que, debajo del chiste de la garantía, hay alguien que lo ha pasado mal de verdad. Las reclamaciones le están quitando la energía, dice justo después. Y eso ya no es una broma de teletienda. Es cansancio. Del que se te mete en los huesos y no se quita con una siesta.

Me gusta dejar esas grietas. Si la metáfora fuera perfecta, sin ninguna fisura, la canción sería un mecanismo muy bien engrasado y nada más. Con la grieta, respira.

Un número de referencia como estribillo

Ahora viene la parte de la que más orgulloso estoy como letrista, y que a mucha gente le parece una locura: meter un número de referencia en la canción. Entero. Con su barra A.

495, 492, 559, 13, 27 barra A. Firmado por la Comunidad de Madrid.

En la letra va escrito en palabras, cifra a cifra, como lo leería en voz alta una funcionaria por teléfono. Y se repite. Dos veces seguidas. Es un estribillo hecho de burocracia.

Lo hice por dos razones. La primera es el ritmo: los números dichos uno a uno tienen una musicalidad curiosa, casi de mantra, de rezo de rosario en la sala de espera de una ventanilla. La segunda es el contraste: en mitad de una canción de amor, aunque sea un amor de teletienda, aparece el lenguaje más frío del mundo. El de los expedientes. El que no tiene ni un adjetivo.

Ese contraste es muy madrileño, creo. Madrid es una ciudad de ventanillas, de citas previas imposibles, de colas en la Seguridad Social y de cartas certificadas que llegan cuando no estás en casa. Los que vivimos aquí tenemos una relación íntima con los números de expediente. Los recitamos de memoria. Los apuntamos en un pósit en la nevera.

Escribí sobre la ciudad como escenario en Madrid sin postal. Esta canción podría ser un capítulo de ese post: Madrid sin Cibeles ni Gran Vía, solo con su oficina de consumo.

Como la trucha al trucho

Y llego a la respuesta oficial, que es mi parte favorita de toda la letra.

Collage con un detalle de la carátula de «3 Años de Garantía» y las carátulas de «Como en la matanza de Texas», «He creado un novio con inteligencia artificial»

La oficina de consumo contesta, y además rápido, que eso en Madrid ya es noticia. Han hablado directamente con el denunciado. Y el denunciado dice que está muy enamorado. Que le quiere, y cito literal, «como la trucha al trucho».

Esa expresión es de las que te salen de la infancia. Es un dicho de los de antes, de abuela, de pueblo, de reunión familiar en el patio con sillas de plástico. Me parecía perfecto ponerlo en boca de un producto defectuoso que intenta escaquearse de la reclamación. Porque eso es lo que hacen muchas personas cuando las pillas: sacar la frase hecha, el tópico cariñoso, la excusa de manual. Te quiero mucho. Estoy muy enamorado. Como la trucha al trucho.

Y la oficina, que tiene más tablas que nadie, ni se lo cree. Dice que ha habido muchos clientes afectados. Que la mayoría han llegado a la oficina destrozados.

Ahí la canción gira, sin avisar, y deja de ser solo mía. Ya no es un novio defectuoso: es un modelo entero que va dejando víctimas en serie. El fallo no es de fábrica. Es de diseño.

El noveno

La recomendación del funcionario es tan sensata que da miedo: «Tendrá que comprarse otro moreno» y tirar el defectuoso al contenedor.

Es el consejo que te dan las amigas a las dos de la madrugada, con la tercera copa. Olvídate de ese, hay muchos más. Tíralo. Bórralo. Al contenedor amarillo. Y el narrador contesta con la frase que convierte la canción en tragedia: que con este ya va por el noveno.

Nueve morenos. Nueve cajas. Nueve garantías.

Ese número me parece de lo más honesto que he escrito sobre mí mismo, aunque esté envuelto en chiste. Porque habla de algo que todos hacemos y que nadie admite: repetir el mismo modelo una y otra vez. Comprarlo en distinta tienda, con distinto envoltorio, pero el mismo producto. Moreno, mono, buen físico, y defectuoso a los tres años.

La autoparodia está ahí, servida en bandeja: el problema, quizás, no está solo en los morenos. Está también en quien sigue haciendo el mismo pedido. Lo dejo caer y no insisto. Una moraleja por canción es más que suficiente.

Y el remate del funcionario es de película de miedo: con ese moreno, él ha escuchado auténticas historias de terror. Ese guiño al terror conecta con canciones mías como «Como en la matanza de Texas», donde el monstruo ya no es una metáfora de oficina sino de motosierra.

La explosión y el final que abre otra puerta

Al final, el narrador revienta. Le han hecho explotar, dice. Les manda a todos al infierno. Es el único momento en que la paciencia burocrática se rompe, y lo hace con un portazo de los que tiemblan los cristales.

Y entonces llega la salida. La solución definitiva para no comprar un décimo moreno defectuoso: será mejor crear un novio con inteligencia artificial.

Ese final lo escribí sabiendo muy bien quién lo escribía. Yo hago canciones con herramientas de IA. La música y las voces de esta misma canción salen de ahí, de programas como Suno, mientras que la letra es mía y está escrita sin máquinas. Que el narrador termine proponiendo un novio artificial es, para mí, un chiste contra mí mismo. Es como si un carnicero acabara su canción diciendo que se va a hacer vegano.

Y, además, es una puerta. Porque esa idea no se quedó en la última línea: creció hasta convertirse en otra canción entera, He creado un novio con inteligencia artificial. Una termina donde empieza la otra. Me gusta que mis canciones se pasen la pelota así, como vecinos que se hablan por el patio de luces.

Sostener sin explicar

Vuelvo a la regla del principio, porque creo que es lo más útil que puedo contar de esta canción a quien escriba.

Ficha de la canción «3 Años de Garantía» con su carátula: disco «Single fuera de la trilogía», letra y producción de Mike Sain't Louis

Sostener una metáfora significa, sobre todo, no explicarla. En ningún momento la letra dice «esto es como si el amor fuera un producto». Nunca. No hay una estrofa que haga de traductora para el público despistado. El oyente tiene que hacer el trabajo él solo, y lo hace encantado, porque descubrirlo por su cuenta es parte del placer.

Cuando empecé a escribir, me pasaba lo contrario. Tenía miedo de que no se entendiera, así que metía al final una línea de explicación, una especie de subtítulo para que nadie se perdiera. Y esas líneas mataban la canción. Era como contar un chiste y después explicar por qué tiene gracia.

Lo he aprendido a base de equivocarme, y algo de eso conté en mi cuaderno de letras. La confianza en el oyente es una forma de respeto. Si yo creo que me va a entender, escribo mejor.

La caja de juguete

Me quedo un rato más con la portada, porque hace exactamente lo que hace la letra.

El hombre que sujeta la caja y el muñeco que hay dentro son la misma persona. El comprador y el producto. El que pide uno entero y el que viene empaquetado. Me fascina esa ambigüedad. ¿Quién es el defectuoso? ¿El que está en la caja o el que la compró? ¿O los dos, cada uno con su garantía caducada?

La cocina retro también tiene su intención. Es la cocina de los anuncios de los cincuenta, de las amas de casa felices con sus electrodomésticos nuevos y su sonrisa de laca. El sueño americano del hogar perfecto, donde todo funciona y todo viene con instrucciones. Meter ahí a un tío tatuado con su novio en caja es romper ese sueño desde dentro, con mucha pluma y algo de mala leche.

Ese tipo de portada la explico mejor en qué hace un director artístico cuando no hay presupuesto. Aquí solo diré que la caja tiene el nombre de la marca en la base, como cualquier juguete de colección. Y que no pienso abrirla.

Si te ha tocado un defectuoso

No te voy a decir que tires a nadie al contenedor. Eso que lo diga el funcionario.

Lo que sí te digo es lo que me enseñó escribir esta canción. Que reírse de la propia mala suerte es muchísimo más sano que hacerse la víctima en bucle. Que repetir el mismo modelo es humano, pero que en algún momento conviene mirar el catálogo con otros ojos. Y que, si has llegado al noveno, no pasa nada: hay gente que va por el decimocuarto y sigue tan fresca.

Y si un día te cansas de todo, de los morenos, de las garantías y de las oficinas de consumo, siempre te queda la opción del final de la canción. No la recomiendo. Pero la canción es mía, y en mi canción la propongo.

Mientras tanto, guarda bien el tique. Por si acaso.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «3 Años de Garantía»? De un novio comprado como si fuera un electrodoméstico: llega a casa en veinticuatro horas, tiene un mes de prueba y tres años de garantía, y se estropea justo cuando la garantía expira. Luego viene la hoja de reclamación y la respuesta de la oficina de consumo.

¿Dónde puedo leer la letra completa? La letra está publicada en gayfolkplanet.com/letras/3-anos-de-garantia.

¿Por qué termina hablando de inteligencia artificial? Porque el narrador, harto de morenos defectuosos, propone fabricarse un novio con IA. Es una broma de quien hace música con herramientas de IA, y esa idea dio pie a otra canción, «He creado un novio con inteligencia artificial».

¿Quién escribe la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces se crean con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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