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Dos hombres de espaldas con las manos escondidas: «The Great Depression» y el pasado de Planeta Gayfolk

Hay un plano en el videoclip de «The Great Depression» que dura apenas dos segundos y que para mí resume la canción entera. Dos hombres están de espaldas, entre una multitud con abrigos y sombreros, delante de una verja de hierro y de una luz de humo dorado. Uno lleva gorra de visera; el otro, sombrero de ala corta y abrigo negro de raya fina. Miran al frente, como todos. Y detrás de la espalda, donde nadie de la multitud puede verlo, tienen las manos juntas.

Esa imagen es la portada de este artículo. La elegí porque no se les ve la cara, y porque cuenta lo mismo que la letra sin decir ni una palabra: hubo un tiempo en el que querer a otro hombre había que hacerlo por detrás de la espalda.

Planeta Gayfolk es, sobre todo, un sitio de color: playas, cruceros, verbenas, plazas de toros rosas, discotecas con neón. «The Great Depression» es la excepción. Es la canción en la que mi planeta mira hacia atrás, a una época en la que no había ni planeta, ni neón, ni pista. Quiero contar dónde encaja, por qué está donde está y con qué otras canciones mías habla.

Una canción del tercer disco con el cartel del primero

En la ficha del catálogo, «The Great Depression» pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Es la canción 254 de las 273 de la lista, entre «¡Eso es lefa!» y «Un invitado VIP cortando cebolla». El videoclip se publicó el 29 de diciembre de 2025, dura cuatro minutos y cincuenta y tres segundos y en la sala de vídeos de Planeta Gayfolk ocupa el número 4 de 276, justo después de «Hoy es el último adiós» y antes de «Forocoches».

Lo curioso es cómo acaba el vídeo. El último plano no es de la historia de los dos hombres, sino el cartel de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco: tres hombres con esmoquin y pajarita, muy juntos, delante de un planeta rosa enorme, con el nombre del disco en letras grandes.

No es un error, y tampoco es la única vez que pasa: otros clips del tercer disco también se despiden con ese mismo cartel. Pero aquí el gesto tiene un peso especial. Después de casi cinco minutos de dos hombres que se esconden en 1929, el vídeo te enseña de golpe el planeta donde no tendrían que esconderse. Es como si la historia terminara con una dirección: aquí es adonde iban.

Un viaje en el tiempo dentro de un planeta inventado

Planeta Gayfolk es un lugar imaginario, de esos que la cultura queer lleva siglos inventando más allá del borde del mapa; de eso hablé en «Un sitio que todavía no existe». Es un mapa, no una fecha. Y casi todas mis canciones lo pintan en presente, con móviles, apps, supermercados y aviones.

Esta no. Esta viaja en el tiempo. Y lo bonito es que el videoclip no la rueda como una película de época limpia y lejana, sino con la misma textura que otras canciones del planeta. Hay humo de colores, solo que aquí es vapor de tren. Hay luces de neón, solo que aquí son bombillas de feria y farolas de gas. Hay pista de baile, solo que aquí es una feria con noria.

Me gusta pensar que en Planeta Gayfolk el pasado también forma parte del mapa. Que no es solo un sitio al que se viaja en nave, como en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», sino también un sitio al que se puede volver para mirar a quienes no tuvieron planeta.

El andén: la estación como frontera

El vídeo empieza en una estación. El primer plano, debajo del título en letras amarillas, enseña a los dos hombres abrazados delante de un río con un puente de hierro al fondo y un poblado de chabolas en la orilla, todo bañado en una luz violeta. Enseguida estamos en un andén: un tren de madera oscura, vapor por todas partes, y un hombre con uniforme y gorra de plato que se acerca a los dos.

Tres planos del clip de «The Great Depression»: los dos hombres de 1929 con las manos unidas en un comedor, el de la gorra pegado a una ventana con rejas y la guitarra en una colina al atardecer

El tren vuelve muchas veces. Hay un plano de una mano que sale por la ventanilla de un vagón para agarrar la de otro hombre que corre por el andén entre el vapor. Hay un hombre con sombrero que apoya la palma de la mano contra el cristal de una ventanilla, y al otro lado del cristal hay otra cara. Y hay un plano de un hombre doblado sobre sí mismo junto a las vías, mientras el tren se aleja envuelto en humo y, en una ventanilla, alguien se tapa la cara con la mano.

En mis canciones las estaciones y las maletas son puertas. En «Hoy es el último adiós», que va justo antes en la lista de vídeos, hay una maleta en una habitación de hotel. En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» aparece una maleta, la de un viaje imposible. En «The Great Depression» el andén es la frontera entre lo que se puede enseñar y lo que no. En el andén hay gente, uniformes, testigos. Las despedidas tienen que parecer despedidas de amigos.

Las chabolas junto al río

Hay otro escenario que vuelve varias veces y que sitúa la historia sin necesidad de rótulos. Es la orilla de un río con tiendas de lona y chabolas hechas con tablas, alguna hoguera encendida y humo que sube hacia un cielo color ceniza. Los dos hombres aparecen ahí abrazados, sentados en las rocas junto al agua, uno con la cabeza apoyada en el pecho del otro, mientras al fondo se pone el sol entre la bruma. En otro plano caminan por una calle mojada de noche, entre farolas, y en otro comparten mesa en un comedor abarrotado, con cazos humeantes y gente que come de pie.

Son los lugares de la crisis: el campamento, la cola, el comedor. La letra los nombra de pasada, con la cuenta del casero y los titulares, y el vídeo los convierte en decorado. Pero lo que me interesa es dónde pone la cámara. Nunca enseña la cola entera ni el campamento desde lejos, como haría un documental. Se queda siempre con los dos, en primer plano, y deja la miseria detrás, desenfocada. Es la misma decisión que tomé en la letra: la Gran Depresión es el fondo; el centro es una pareja que nadie podía ver.

En el mapa de Planeta Gayfolk no hay muchos sitios así. Mis escenarios suelen ser exagerados, brillantes, llenos de purpurina. Estas chabolas junto al río son de los pocos lugares pobres del planeta, y por eso me parecen tan valiosos: recuerdan que la alegría de la pista se construyó sobre muchas orillas grises.

Las mujeres de los ascensores

Una de las cosas que más me llamaron la atención al ver el vídeo despacio es un tipo de plano que se repite varias veces y que no tiene nada que ver con los dos hombres. Son mujeres solas dentro de ascensores antiguos, de esos con puerta de rejilla metálica y paredes de latón. Una lleva un abrigo de lana color avena, una boina y guantes. Otra, un traje de chaqueta de cuadros, un sombrero granate y guantes blancos. Otra, de perfil, un abrigo azul. Están quietas, con las manos juntas, mirando hacia delante o hacia un lado, como si esperaran algo o como si estuvieran vigilando el pasillo.

Recorte de Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes sobre papeles de colores, junto al verso de la muñeca de «The Great Depression»

Hay más mujeres solas en el clip: una con un vestido de seda que lee una carta junto a un tocador mientras sale humo de algún sitio; otra sentada en el suelo junto a una radio de mueble enorme, con un vestido rojo y las manos juntas como si rezara; otra de pie en un salón de actos con una bandera de barras y estrellas y filas de sillas vacías; otra arrodillada junto a una lámpara de pie.

La letra tiene un personaje que encaja con esos planos: la señora Crowley, siempre apostada en la barandilla. El vídeo no la enseña literalmente en una barandilla, pero ese desfile de mujeres en ascensores me parece su manera de multiplicarla: los ojos del edificio, del barrio, de la época. Y a la vez son mujeres que también están solas, también esperan, también tienen una carta en la mano. No las leo como enemigas. Las leo como parte del mismo silencio.

En Planeta Gayfolk la vecina que mira tiene parientes. «La vecina cotilla» es la versión en clave de humor, la que se asoma al rellano del presente. La señora Crowley es su abuela trágica. La misma mirada, noventa años antes y con consecuencias muchísimo más graves.

La radio y el teléfono

Dos objetos del clip conectan esta canción con el resto del catálogo. El primero es la radio. En la letra, una radio de escaparate tose jazz y los titulares chillan cómo estaba el país. En el vídeo hay una radio de mueble, enorme, de madera con rejillas doradas, y una mujer sentada en el suelo a su lado con los ojos cerrados.

El segundo es el teléfono. Un hombre con chaleco y camisa clara habla por un teléfono de pared en un pasillo de hotel con apliques encendidos. Otro camina por un pasillo con tirantes y el sombrero en la mano. Son escenas en las que no pasa nada, y precisamente por eso inquietan: en un edificio así, cualquier llamada podía ser para avisar a alguien.

En mis canciones del presente, los mensajes, las capturas y las apps hacen ese papel. En «The Great Depression» son la radio y el teléfono de pared. Cambia la tecnología; no cambia la sensación de que alguien puede estar escuchando.

Las manos

Si tuviera que elegir el motivo que une todo el vídeo, serían las manos. Las manos detrás de la espalda entre la multitud. La mano que sale por la ventanilla del tren. La palma contra el cristal. Dos manos agarradas sobre una mesa en un comedor lleno de gente con cazos y platos. Una mano en la nuca. Dos manos que se sujetan la cara la una a la otra frente a frente, con una luz blanca que les pasa por detrás. Y un plano de dos manos que se buscan a través de los barrotes de una ventana, uno dentro y otro fuera.

La letra empieza precisamente con una mano: «You held my wrist when the crowd surged wide.» Me agarraste de la muñeca cuando la multitud se echó encima. No es un beso, no es un abrazo, es un gesto que se puede disimular. Todo el vídeo está construido con esa clase de gestos.

En otras canciones del planeta las manos hacen cosas muy distintas. En «Soy marica sideral» hay un dedo levantado. En «Gaslighting» hay una chica que hace un corazón con las manos encima de la cabeza, a la vista de todo el mundo. Me emociona poner las dos imágenes juntas: el corazón a la vista en una nave con neón y las manos escondidas detrás de un abrigo en 1929. Entre una y otra está todo lo que pasó.

Los barrotes

El plano de los barrotes merece un apartado propio. Un hombre con gorra está detrás de una ventana con rejas, y el otro, desde fuera, le coge la mano a través de los hierros. Es el único momento en el que el vídeo enseña un encierro de forma tan directa.

La portada en blanco y negro de «The Great Depression» rodeada por las de «El día de la liberación», «Hoy es el último adiós», «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»

La letra lo dice en su verso más duro: «That love was there—then illegal need.» Aquel amor existía, y después pasó a ser una necesidad ilegal. El vídeo no explica por qué está uno de los dos detrás de las rejas, y yo tampoco lo voy a inventar. Solo apunto que, en la misma escena de la estación del principio y en el cartel del final, aparece un hombre de uniforme y gorra de plato que, en el último plano de la historia, le agarra la mano al del sombrero.

Las cuatro paredes también son un lugar del planeta. En «Entre cuatro paredes» el encierro es una habitación y una cabeza; en «The Great Depression» es una celda. Son encierros distintos, pero las dos canciones se preguntan lo mismo: qué le pasa a quien no puede salir por ser quien es.

La memoria en color sepia

Hacia el final, el vídeo cambia de luz. Todo lo anterior era gris, azul, marrón, con farolas mojadas y vapor. De repente entran planos en sepia muy cálido, como fotos antiguas iluminadas por el sol de la tarde. Los dos hombres van en un coche descapotable y se ríen. Uno toca la guitarra sentado en una colina al atardecer mientras el otro lo mira con un vaso en la mano. Pescan juntos en la orilla de un río, cada uno con su caña. Están tumbados en la hierba con la cara llena de luz. Se pasan el brazo por los hombros con camisa y tirantes. Toman algo en tazas de lata junto a una hoguera. Y al final, en una feria de noche con guirnaldas de bombillas y una noria al fondo, se abrazan sonriendo entre la gente.

Son los únicos planos del vídeo en los que nadie se esconde. Y no sé si son recuerdos, deseos o un futuro que no llegó. El vídeo no lo aclara, y me gusta que no lo haga.

Para mí esa secuencia en sepia es Planeta Gayfolk metido dentro de 1929. Una feria donde dos hombres pueden abrazarse delante de todo el mundo. Una colina donde uno toca la guitarra para el otro. Es el mismo planeta de siempre, solo que con otra ropa. Los dos hombres no saben que existe, pero la canción les presta un trozo.

El final: una cama y una mano

Después de la feria, el vídeo vuelve al gris. Uno de los dos hombres está tumbado en un catre, en un sitio lleno de gente que parece un albergue o una sala improvisada, y el otro está arrodillado a su lado sujetándole la mano junto a su boca. En otro plano, el de la gorra sostiene las manos de alguien tumbado en una camilla tapado con una sábana. No queda claro si es una despedida o una vigilia. Tampoco quiero decidirlo yo.

La letra lo deja igual de abierto. El estribillo habla de lágrimas sin derramar, de un gran sueño que desaparece, de aprender lo que vale un amor cuando te lo quitan, no cuando te lo traicionan: «when it's taken, not betrayed». Y la última estrofa guarda al otro doblado dentro del pecho, como un titular que nadie adivinó.

Lo que viene después de esa cama, en el vídeo, es otra vez el andén con el hombre de uniforme, el título en amarillo y, por último, el cartel del planeta rosa. Como si la canción dijera: aquí no pudo ser; en el planeta, sí.

Con qué canciones conversa

«The Great Depression» tiene una familia muy clara dentro de mi catálogo, la de las canciones que se van a otras épocas o se visten de otra época.

Datos de «The Great Depression»: canción 254 de 273 del catálogo, del disco «El día de la liberación», sello MIKE SAIN'T LOUIS

«Holy Stillness» es su pariente más cercana. Su videoclip también es en blanco y negro, de los años cuarenta, con soldados que vuelven a casa por calles nevadas, porches con guirnaldas, un tren con vapor y gente que espera sola junto a una radio o un plato vacío. Si «The Great Depression» es la historia de quien no pudo volver, «Holy Stillness» es la nana para quien espera.

«So Insignificant» comparte la niebla y el muelle, el chico de espaldas mirando a un sitio que no se ve. Y «Hoy es el último adiós», que va pegada en la lista de vídeos, comparte el idioma de las despedidas: una cabina, una maleta, un ramo blanco.

Hay otra conversación, menos evidente, con la letra de esta misma canción. Hace tiempo escribí un artículo largo sobre sus versos, el del puño de la camisa, y ahí está todo lo que tiene que ver con la ginebra barata, los martes encima de un bar y la señora Crowley. Lo que no había contado entonces es lo que añade el vídeo: los ascensores, las manos, la feria y el cartel del final.

Lo que mira de la cultura queer

Mis canciones casi siempre miran la cultura queer desde dentro y desde ahora: Chueca, las apps, los ex, la pista. «The Great Depression» es una de las pocas que mira hacia atrás, y lo hace con una idea muy concreta: que los libros de historia cuentan la crisis con bancos, pan y deudas, y dejan fuera las historias como esta. La letra lo dice con todas las letras: «They won't write how you fixed my cuff».

No quería hacer una clase de historia, y por eso la canción no da fechas ni nombres reales, más allá de octubre y de un titular. Todo lo que pasa es pequeño y doméstico: una habitación alquilada los martes, una corbata en un gancho, un azúcar prestado. Es la memoria de la gente que no salió en ningún periódico.

Soy letrista, compositor y productor musical: la letra y la producción son mías, y la música e interpretación vocal hechas con IA le ponen sonido. Las personas del vídeo están generadas y no representan a nadie real; los dos hombres, la señora Crowley y las mujeres de los ascensores son personajes inventados. Por eso puedo contarles una historia entera sin señalar a nadie.

Y al final, lo que me importa de esta canción dentro del planeta es eso: que Planeta Gayfolk no es solo un sitio para bailar. También es un sitio que se acuerda.

También me gusta lo que este vídeo hace con el tiempo dentro del propio catálogo. Es el cuarto videoclip de la lista, uno de los primeros que encuentra quien entra en la sala de vídeos, y sin embargo es de las últimas canciones del tercer disco. Quien empiece a ver mis clips por el principio se topa muy pronto con este viaje a 1929. Me parece un buen aviso: este planeta no solo va de fiesta.

Tres cosas que mirar si vuelves al vídeo

La primera: los dos hombres de espaldas con las manos detrás. Están muy al principio de la segunda mitad, entre la multitud, y pasan rapidísimo. Fíjate en que el del sombrero tiene la otra mano también a la espalda.

La segunda: las mujeres de los ascensores. Cuenta cuántas son y fíjate en que ninguna sale nunca del ascensor.

La tercera: el último plano del vídeo, en la sala de vídeos de la web. Después de los andenes grises, el cartel rosa del primer disco aparece como una ventana abierta.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «The Great Depression»? En la ficha del catálogo figura en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk, como canción 254 de 273. El videoclip termina con el cartel de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco.

¿Cuándo se publicó el videoclip? El 29 de diciembre de 2025. Dura cuatro minutos y cincuenta y tres segundos y en la sala de vídeos de Planeta Gayfolk es el número 4 de 276.

¿Qué aparece en el videoclip? Dos hombres de 1929 con gorra y sombrero, un andén con vapor y un hombre de uniforme, mujeres solas en ascensores de rejilla, una radio de mueble, un teléfono de pared, manos que se buscan a través de unos barrotes, recuerdos en sepia (un coche, una guitarra en una colina, una pesca, una feria con noria) y un final junto a una cama.

¿La historia es real? No. Los dos hombres, la vecina y el resto de personajes son inventados. La canción imagina una historia de amor escondida durante la Gran Depresión, sin nombres reales.

¿Por qué está en inglés? La letra está escrita en inglés, igual que la de otras canciones del catálogo como «Holy Stillness» o «So Insignificant».

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