
Por Mike Sain't Louis ·
Detrás hay una persona: la insignia «AI Persona» de Spotify, mi nombre y por qué firmo lo que hago con IA
Este otoño las plataformas han empezado a poner etiquetas a la música hecha con inteligencia artificial, y hay una que me ha hecho pensar más que las demás. No va sobre las canciones. Va sobre las personas. O, mejor dicho, sobre si detrás de un perfil de artista hay una persona o no.
Spotify la anunció el 11 de agosto y empezó a mostrarla a mediados de septiembre. Se llama «AI Persona», y la pone en los perfiles de artistas cuya identidad pública es una persona generada por IA: una cara fotorrealista, una biografía, un nombre, y nadie de carne y hueso detrás. Esos perfiles, según la propia plataforma, quedan fuera de sus recomendaciones editoriales y algorítmicas. Y hay una frase en el anuncio que leí dos veces: la insignia trata de la identidad pública del artista, no de cómo se hizo la música.
En su página de ayuda, Spotify lo concreta todavía más. La insignia no se aplica si usas herramientas de IA para hacer tu música pero tu perfil de artista representa a una persona real. Para explicar cómo se hizo cada canción, la plataforma ya tenía otras piezas en marcha, como los créditos sobre el uso de IA. Esta es distinta. Es la primera que no mira dentro de la canción, sino a quien la firma.
Ese soy yo. Me llamo Mike Saint Louis, vivo en Madrid y me presento como el primer cantautor IA. Escribo todas mis letras, dirijo cada canción, y la música y la interpretación vocal se crean con herramientas de inteligencia artificial. Lo cuento desde el primer día. Y esta insignia, que a lo mejor a mucha gente le parece un detalle técnico, me ha servido para ordenar algo que llevaba tiempo dándome vueltas: qué significa firmar con mi nombre una música que hago con máquinas.
Una etiqueta que no mira el estudio, mira el espejo
Hasta ahora, casi todo el debate sobre música e IA giraba en torno a la herramienta. ¿Lo ha tocado alguien? ¿Lo ha cantado alguien? ¿Cuánta parte es humana y cuánta es de la máquina? Son preguntas legítimas, y cada plataforma está intentando contestarlas a su manera. En Planeta Gayfolk ya repasaron las etiquetas de octubre, y no voy a repetirlas aquí.
Lo que me llama la atención de «AI Persona» es que cambia la pregunta. Ya no pregunta qué hizo la máquina. Pregunta quién da la cara. Si el artista que ves en la foto existe, si tiene una vida, si hay alguien a quien escribir, a quien reprochar, a quien agradecer.
Y eso, para mí, es la pregunta importante. Porque se puede discutir mucho sobre si una canción hecha con IA es «música de verdad», y yo mismo he escrito sobre lo que la IA no sabe hacer en mis canciones: la ironía, el camp, el doble sentido. Pero hay una cosa que no admite discusión. Una canción necesita a alguien que responda por ella. Alguien que diga: esto lo he decidido yo.
El ruido de fondo: un año lleno de artistas que no existen
No es una preocupación abstracta. Esta misma semana, NPR publicaba un reportaje con un título que lo dice todo: si 2026 es el año más falso de la música. Recoge un dato de Deezer que da vértigo: en junio, las canciones hechas con IA ya eran más de la mitad de lo que se subía cada día a la plataforma, aunque se quedaban en menos del 3 % de las escuchas.
Es decir, hay una avalancha de pistas que casi nadie escucha. Y dentro de esa avalancha hay perfiles inventados, con caras inventadas y biografías inventadas, que intentan parecer artistas para colarse en las listas y cobrar unas regalías que no les corresponden. Contra eso me parece bien que las plataformas actúen. Me parece más que bien. Porque cada perfil falso que se lleva una escucha se la quita a alguien que sí existe, use IA o no.
Y en Bilbao, en la feria BIME, se habló esta semana de lo mismo con otras palabras. Según contaba El Correo, AIE, la entidad que gestiona derechos de artistas e intérpretes, presentará el 25 de noviembre un código de buenas prácticas sobre IA en la música. En ese debate salió una expresión que me gusta mucho: «identidad artística». Y la clonación de voces, que es justo el reverso de lo que quiero defender aquí.
Lo que hay detrás de mi nombre
Cuando digo que detrás de mi nombre hay una persona, no lo digo como eslogan. Lo digo porque está todo escrito, y quien quiera puede comprobarlo.
En mi página de biografía cuento que soy letrista, compositor, productor y director artístico, y que dirijo mi propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS. Cuento que en 2024 me hice viral en TikTok con «Tan Cateto». Cuento que pasé veinte años en dos relaciones con parejas narcisistas, y que buena parte de mis letras salen de ahí. Y cuento algo que no es fácil de poner en una web: que tengo diagnosticados trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad, y que tengo ayuda profesional.
Ninguna cara inventada viene con eso. Un perfil generado para rellenar listas no tiene un historial clínico, ni exparejas, ni una canción que se le escapó de las manos en TikTok. Tiene un nombre bonito y una foto perfecta. Lo que lo delata no es la imagen, es el vacío detrás de ella. Le preguntas de dónde sale una canción y no hay nadie que conteste.
Hay otra cosa que tengo y que una «persona IA» no tiene: una dirección donde se me puede escribir. En mi página de contacto está mi correo, y en la de prensa están las entrevistas y artículos que han salido sobre lo que hago, de CharlyFM a Revista 360º. Uno de esos textos se titulaba, precisamente, «De músico a ecosistema: crear una identidad artística de 360 grados sin una gran estructura». Identidad artística otra vez. Parece que la palabra me persigue.
Mi cara, con fobia social
Aquí viene la parte que me cuesta un poco más. Dar la cara, para mí, no es un gesto natural. La fobia social no es timidez, es otra cosa, y ya le dediqué un texto a la fobia social y las salas vacías de Planeta Gayfolk, a esa canción, «Contact Overwhelms Me», que dice en el título lo que a veces me pasa con el contacto.
Cuando escribo una letra, nadie me mira. Esa es la parte fácil. La difícil viene después, cuando la canción sale y con ella sale también mi nombre, mi historia y, sí, mi cara. Ahí ya no controlo quién mira ni cómo.
Precisamente por eso entiendo la tentación de esconderse detrás de un personaje. Sería más cómodo. Un avatar no se pone nervioso, no lee los comentarios, no se pasa la noche dándole vueltas a un mensaje desagradable. Si existiera alguien con mi diagnóstico y mi oficio que decidiera crear un artista inventado para no exponerse, lo entendería. Pero esa no es la decisión que he tomado yo.
Mi decisión es la contraria: que el nombre sea el mío, que la historia sea la mía y que la responsabilidad sea mía. Las imágenes que acompañan mis canciones tienen estética, vestuario, fantasía y mucho planeta rosa, porque Planeta Gayfolk es un universo y me gusta que se vea. Pero el que firma no es un personaje. Soy yo.
Cuando el insulto llega con mi nombre
Dar la cara tiene un precio, claro. Ya conté en el texto sobre los insultos que recibe mi música por estar hecha con IA que hay mensajes que empiezan hablando de la IA y en la segunda frase ya están hablando de que soy gay. Esos mensajes llegan a una persona. No a un perfil. A mí.
Un artista inventado no se lleva ese golpe. Lo recibe un servidor, y el servidor no siente nada. Y aunque no se lo deseo a nadie, creo que ese golpe también dice algo: que lo que publico tiene a alguien detrás que puede salir herido. Eso es lo que significa responder por tu obra. Lo bueno y lo malo.
También significa poder dudar. Hay días en los que me pregunto si lo que hago vale, si tengo derecho a llamarme cantautor. Le puse nombre a eso en el síndrome del impostor del creador con IA. Las dudas también son una prueba de que hay alguien. Una persona inventada no tiene síndrome del impostor. Directamente es un impostor, y no lo sabe.
Lo que sí pido a las plataformas
No me corresponde decirle a Spotify cómo tiene que hacer su trabajo, ni conozco por dentro cómo decide a quién le pone cada insignia. Lo que sé es lo que han publicado: que los artistas pueden declarar su situación y recurrir si creen que se han equivocado con ellos. Me parece una buena base.
Si tuviera que pedir algo, como artista independiente que usa IA y que la declara, serían tres cosas sencillas.
La primera, que se siga distinguiendo entre la identidad del artista y la herramienta con la que trabaja. Es la gran virtud de esta insignia, y ojalá no se pierda. Meter en el mismo saco a una granja de perfiles falsos y a un letrista que escribe sobre su propia vida sería un error.
La segunda, que los créditos digan quién escribió la letra. En mis canciones, las letras son mías, y es lo que más me importa que se sepa.
La tercera, que haya siempre una vía humana para corregir errores. Porque los sistemas automáticos se equivocan, y los que más sufren esos errores suelen ser los que no tienen un sello grande detrás. Yo tengo un sello, sí, pero es el mío y lo llevo yo.
Lo que no va a cambiar
Pase lo que pase con las etiquetas, hay cosas de mi forma de trabajar que no dependen de ninguna plataforma.
Voy a seguir escribiendo mis letras. Voy a seguir escuchando decenas de versiones de cada canción hasta quedarme con la que suena a lo que tenía en la cabeza, algo que expliqué en el oído como editor. Voy a seguir contando que uso IA, porque nunca lo he escondido y no voy a empezar ahora. Y voy a seguir ofreciendo mi música en descarga gratuita, para que quien quiera escucharla no tenga que pasar por ninguna caja.
Tampoco va a cambiar desde dónde escribo. Soy un hombre gay de Madrid que cuenta lo suyo, sin pretender hablar por todo el colectivo, como expliqué ayer en «No soy portavoz de nadie». Esa primera persona es justo lo que una «persona IA» no puede tener.
Detrás hay alguien
Me gusta que la insignia exista. No porque vaya a cambiar mi manera de trabajar, sino porque obliga a hacerse una pregunta que me parece más honesta que la de siempre. No «¿esto lo ha hecho una máquina?», sino «¿hay alguien aquí?».
En mi caso, la respuesta es sí. Hay alguien que escribe en Madrid, que ha pasado por cosas difíciles, que tiene ayuda profesional, que se pone nervioso con la gente y que, aun así, ha decidido poner su nombre en todo lo que publica. Las máquinas me ayudan a hacer la música. Pero el que se equivoca, el que acierta, el que recibe los insultos y el que agradece cada mensaje bonito soy yo.
Si quieres comprobarlo, mi correo está en la página de contacto. Detrás de él no hay un avatar.