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Lo que la IA no sabe hacer en mis canciones: ironía, camp y doble sentido

Hay una pregunta que me hacen con cara de pillarme: si la IA hace la música, ¿qué impide que también haga la gracia? La respuesta corta es que la gracia no se fabrica, se comete. La larga es este texto, y voy a intentar darla sin hacerme el mártir ni el genio, que son los dos papeles que peor me sientan.

Escribo las letras de todas mis canciones. Para la música y la interpretación vocal trabajo con Suno, una herramienta que dirijo: elijo, descarto y vuelvo a pedir. Ese reparto lo he contado otras veces. Hoy quiero bajar a un sitio más pequeño y más concreto: el verso que tiene retranca. El que dice una cosa y quiere decir otra. El que solo hace gracia si sabes dónde estás, o el que duele justo porque parece una tontería.

Ahí la máquina no tiene ni idea. Y no lo digo para quedar bien.

La gracia es un acto, no un ingrediente

La herramienta que uso ha procesado muchísimas canciones y, por tanto, muchísimos chistes. Sabe qué forma suelen tener. Sabe que una rima inesperada provoca una sonrisa, que una lista que se tuerce al final funciona, que el contraste entre lo solemne y lo doméstico da juego. Todo eso lo sabe como se sabe la receta de un plato que nunca has probado.

Pero la ironía no es una forma. Es una relación entre lo que dices, lo que callas y lo que el otro ya sabe. Para que funcione hace falta alguien que sepa algo y alguien que lo comparta. Un guiño sin destinatario es un tic.

Por eso, cuando le pido a una máquina que algo «tenga humor», lo que me devuelve suele ser simpático. Simpático en el peor sentido: el de la tarjeta de cumpleaños de oficina, el del monólogo que no ofende porque no apunta a nada. El humor que a mí me importa apunta. A un ex, a un prejuicio, a mí mismo. Y apuntar requiere saber dónde está cada cosa.

Lo camp, además, tiene una trampa extra. Es exageración que sabe que exagera. La máquina exagera muy bien cuando se le pide, pero no sabe que lo está haciendo, y esa conciencia es justamente lo que separa el camp del simple exceso. Una peluca no es camp. Una peluca puesta con intención, en el momento exacto y delante del público exacto, sí.

Mercadona no sale en los manuales

Pongamos un ejemplo con nombre propio. En «El productor de Madonna no compra en Mercadona» hay un momento en que el ex, al que le encantaba Madonna, queda retratado por comparación. La reina del pop pasa a ser un desodorante y el desamor se resuelve en el pasillo del súper:

pues mira bonito me he cambiado a la marca blanca de Mercadona y también funciona

No voy a explicar el chiste entero, porque un chiste explicado es una rana disecada. Pero sí quiero señalar dónde vive. Vive en «mira bonito», que en España se dice con un tonito muy preciso, entre la condescendencia y el portazo, y que cualquier persona que haya discutido en una cocina reconoce al instante. Vive en la marca blanca, que aquí no es solo un producto barato: es una pequeña filosofía doméstica, la del que ya no está para pagar por el envoltorio. Y vive en «también funciona», que es la puñalada. No dice que sea mejor. Dice que da igual. Que te he sustituido sin drama.

Esa es la mala leche que me interesa. No la del insulto, que es fácil, sino la de la indiferencia bien colocada.

Si ese verso lo escribe alguien que nunca ha hecho la compra aquí ni ha oído «mira, bonito» dicho con las cejas, sale una frase correcta sobre cambiar de producto. Con la gramática perfecta y la gracia en paradero desconocido.

El verso está partido en renglones muy cortos, casi a tirones, y cada corte es una pausa antes del golpe. Cuando la herramienta lo convierte en música, a veces respeta las pausas y a veces las aplasta, así que escucho versiones hasta dar con la que deja respirar al chiste. Si «también funciona» llega atropellado, el chiste muere. Si llega con medio segundo de aire, la gente se ríe. Esa diferencia la decido yo, porque yo sé dónde está la risa. La máquina solo sabe dónde están las sílabas.

El doble sentido necesita a alguien que mire de reojo

El doble sentido es el primo travieso de la ironía. Funciona porque una misma frase lleva dos lecturas y el oyente elige, o mejor, no elige y se queda con las dos.

En «El anillo de casado» el estribillo termina con un verso que todavía me arranca una sonrisa:

Si pasa por mi cama y lo disfruto para mí es pasado

El juego está en «pasa» y «pasado», en ese verbo que primero es movimiento físico, alguien que cruza por tu cama como quien cruza por un portal, y luego se convierte en tiempo, en algo que ya no cuenta. Es una frase chulesca, de quien se hace el duro. Y es mentira, claro. Unos versos más abajo, el narrador confiesa que se está empezando a enamorar. La chulería es el disfraz y el disfraz se cae solo.

Aquí el doble sentido no es adorno, es carácter: ese hombre juega con las palabras porque necesita no decir las cosas de frente. Una máquina puede producir juegos de palabras a docenas. Lo que no puede es saber para qué los necesita alguien. Por qué un chico que se acuesta con un casado prefiere rimar a confesar.

Además, el doble sentido sexual en español tiene una tradición enorme, de la copla picarona a la revista y a las sobremesas de cualquier boda. Esa tradición se aprende escuchando a gente concreta. La herramienta la ha leído. No es lo mismo. Quien la ha oído sabe que la gracia está en el momento en que alguien baja la voz.

La ternura que se disfraza de chiste

Si la mala leche es difícil, la ternura lo es más. Porque la ternura de verdad, en una canción con humor, casi nunca se presenta como ternura. Se esconde.

En «Un invitado VIP cortando cebolla» hay una noche muy mala contada sin ningún filtro, con alcohol, con sauna, con la sensación de ser el único idiota de la fiesta. Y al final, cuando alguien podría verle llorando por la calle, el protagonista da una excusa:

es que me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla

Pocas cosas he escrito tan tiernas, y es un chiste: la mentira que se dice para que nadie se preocupe, la dignidad de quien no quiere dar pena. Todos conocemos esa excusa, en alguna de sus mil variantes: es la alergia, es el viento, se me ha metido algo en el ojo. Lo que hace la canción es llevarla al absurdo, una ensalada a deshoras para justificar una llorera por la calle, y en ese absurdo está la ternura. Porque nadie se lo va a creer, y él lo sabe, y lo dice igual.

Aquí está, para mí, el núcleo de por qué esto es cosa del letrista. Un verso duele no por las palabras que lleva, sino por lo que está tapando. Para escribir algo que tapa una herida hay que saber que la herida existe y qué forma tiene. La máquina puede escribir «estoy triste» de cien maneras elegantes. No sabe esconder la tristeza detrás de una cebolla, porque no tiene nada que esconder.

Luego está cuánto repetirlo. En la canción la excusa regresa varias veces, y con cada vuelta la mentira es más evidente y más tierna. Si se dijera una vez, sería un chiste. Repetida, es una persona intentando convencerse. Ese paso del chiste al retrato no está en ninguna instrucción. Está en haber escuchado a alguien repetir una excusa hasta que se le quiebra.

El reparto honesto: lo que hace ella y lo que hago yo

No quiero que esto parezca un alegato contra la herramienta, que sería injusto y falso. Así que pongo el reparto sobre la mesa.

Lo que hace la IA, y lo hace muy bien:

  • Propone melodías y arreglos para una letra que ya existe. A veces me sorprende con un giro que yo no habría imaginado y que le da a un verso un sentido nuevo.
  • Pone la interpretación vocal. El timbre, la emoción del canto, muchos matices que no he inventado yo nota a nota.
  • Me da variedad. Puedo escuchar una misma letra vestida de cinco maneras distintas y descubrir cuál le queda.
  • Reconoce estilos. Si le pido aire de copla, de verbena o de pista de baile, sabe por dónde van los tiros.

Lo que hago yo, y no puedo delegar:

  • Escribo cada palabra. Los chistes, los dobles sentidos, las referencias locales, los nombres propios, las excusas absurdas.
  • Decido a quién apunta cada chiste. Si un verso pega hacia abajo en vez de hacia arriba, lo quito.
  • Sé dónde está la risa y dónde está la herida, y elijo las versiones que las respetan. Si la música le pisa el remate a un chiste, esa versión no sirve, por bonita que sea.
  • Descarto. Canciones enteras que funcionaban técnicamente se han quedado fuera porque el humor no llegaba o porque la ternura sonaba a cursilería.
  • Pongo el lugar. Madrid, sus súperes, sus tonitos, sus excusas. Escribo para España y Latinoamérica, y sé que lo concreto, aunque sea muy de aquí, se entiende mejor que lo genérico.

Hay un punto intermedio que me parece importante confesar. A veces la música cambia el sentido de un verso sin que yo lo haya buscado. Una melodía muy triste debajo de un chiste lo convierte en otra cosa, más amarga. Una música muy alegre debajo de una letra dura la vuelve casi insoportable, en el buen sentido. Cuando eso pasa, el hallazgo es compartido. Yo lo reconozco y lo dejo pasar, pero no lo he provocado del todo. Me parece honesto decirlo, aunque me quite un poco de mérito.

Por qué no le pido chistes a la máquina

Las letras no se las encargo a ninguna máquina, y no es solo por orgullo. Cuando a una IA de texto se le piden versos con humor, lo que suele salir tiene dos defectos que se repiten. El primero, que es inofensivo: chistes que no molestan a nadie porque no hablan de nadie. El segundo, que es de ninguna parte: un humor neutro, pasteurizado, que podría estar en cualquier país y por tanto no está en ninguno.

El humor queer, además, tiene una historia propia que la máquina no ha vivido. Durante mucho tiempo, reírse fue para nosotros una manera de sobrevivir a salas hostiles, de soltar en voz alta lo que no se podía soltar sin red, de reconocerse entre iguales con una ceja levantada. Esa historia está en mis letras aunque no la nombre. Está en el «mira bonito», en el amante que se hace el duro, en el chico que llora y culpa a una cebolla. La herramienta puede imitar el tono, pero el tono sin la historia es disfraz de carnaval comprado a última hora. Brilla, pero no aguanta un baile.

Y hay una cuestión de responsabilidad. Si un chiste mío hace daño, es mío. No puedo echarle la culpa a un algoritmo. Escribir yo cada verso con retranca es también una forma de hacerme cargo de lo que digo. Prefiero equivocarme con mis propios chistes que acertar con los de nadie.

Lo que queda cuando la canción termina

Al final, lo que la gente recuerda de una canción con humor casi nunca es la melodía del chiste. Es el chiste. Es la frase que se repite en un grupo de amigos, la que alguien suelta en una cena para hacer reír a otro, la que se convierte en contraseña entre dos personas que la han escuchado juntas. Esa frase la escribo yo, sentado, tachando, leyéndola en voz baja para ver si respira.

Hay noches en que un verso me hace reír solo en casa y al día siguiente me parece una tontería. Hay otras en que algo que escribí como broma me encoge el estómago al releerlo, y entonces sé que ahí hay canción. Ese termómetro no se puede externalizar. Es el que distingue un chiste de un verso que duele, y a veces los dos son la misma línea.

La IA me ha dado una orquesta que yo no habría podido pagar y una interpretación vocal que yo no podría poner. Se lo agradezco de verdad. Pero la ironía, lo camp, el doble sentido, el chiste de barrio, la mala leche y la ternura siguen siendo cosa mía. Y espero que lo sigan siendo, porque es lo que más me divierte de todo este oficio.

Las letras completas, con todos sus chistes y alguna que otra cebolla, están en mikesaintlouis.com, y las canciones se pueden escuchar en Spotify y Deezer o descargar gratis desde la web.

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