
Por Mike Sain't Louis ·
«¿Esto cuenta como mío?»: el síndrome del impostor de quien crea con IA
Hay una pregunta que no me hace nadie y que me hago yo casi todas las semanas. No llega en una entrevista ni en un comentario de Instagram. Llega a solas, normalmente cuando una canción acaba de salir y alguien me escribe para decirme que le ha gustado. En ese momento, en vez de alegrarme sin más, una voz pequeña y muy educada me susurra: «¿Y esto cuenta como tuyo?».
Esa voz tiene nombre. Se llama síndrome del impostor, y quiero dedicarle un texto entero, porque sospecho que la conoce mucha más gente de la que lo confiesa. Gente que crea con inteligencia artificial, desde luego. Pero también gente que acaba de conseguir un trabajo, que ha aprobado una oposición o que publica su primer libro y siente que, en cualquier momento, alguien va a llamar a la puerta para pedirle que devuelva el premio.
Un aviso antes de empezar: no soy psicólogo y lo que sigue no es un diagnóstico de nada ni de nadie. Es lo que he aprendido leyendo fuentes fiables y lo que me pasa a mí por dentro, contado con la honestidad que me permito en esta serie.
Qué es eso que llamamos síndrome del impostor
La expresión viene de un artículo de 1978. Dos psicólogas estadounidenses, Pauline Rose Clance y Suzanne Imes, describieron lo que llamaron impostor phenomenon, el fenómeno del impostor, tras observarlo en mujeres con trayectorias brillantes que, aun así, estaban convencidas de no merecer lo que habían logrado. Atribuían sus éxitos a la suerte, a un error de quien las había evaluado o a haber sabido caer bien, y vivían con miedo a que algún día se descubriera el «engaño».
Con los años se ha visto que no es cosa solo de mujeres ni de un tipo concreto de profesión. Aparece en hombres y en mujeres, en estudiantes, en médicos, en programadores, en artistas. Las revisiones de estudios dan cifras muy dispares, porque se mide de maneras distintas, pero todas coinciden en que es frecuente. También se ha observado que pesa más en quien siente que no encaja en el sitio donde está: la primera persona de su familia en ir a la universidad, quien pertenece a una minoría en su entorno de trabajo, quien llega a un oficio por una puerta que no es la habitual.
Conviene dejar algo muy claro: el síndrome del impostor no es un diagnóstico clínico. No aparece como trastorno en el DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría ni en la CIE-11 de la Organización Mundial de la Salud. Se usa la palabra «síndrome» por costumbre, pero los especialistas prefieren hablar de fenómeno o de experiencia. Es una forma de pensar sobre uno mismo, no una enfermedad.
Eso no significa que sea inofensivo. Los estudios lo relacionan con el perfeccionismo, con la ansiedad y con un estado de ánimo bajo, y puede hacer mucho daño cuando se suma a otras cosas. Si esa voz no se apaga nunca, si te impide trabajar, dormir o disfrutar de nada, no es un rasgo simpático de tu carácter: es un motivo para hablar con un profesional.
Clance describió un ciclo que me parece muy exacto. Llega una tarea y aparece la ansiedad. Entonces uno, o se mata a trabajar, o lo deja todo para el último minuto. La tarea sale bien. Hay un alivio breve. Y enseguida el cerebro hace su truco: si salió bien a base de esfuerzo excesivo, es que no tengo talento, solo me he matado a trabajar; si salió bien después de dejarlo para el final, es que he tenido suerte. Ningún éxito cuenta. La siguiente tarea vuelve a empezar desde cero.
La versión con inteligencia artificial
En mi caso, ese ciclo tiene un ingrediente que no existía en 1978.
Escribo todas mis letras. La música y la interpretación vocal se hacen con IA, con Suno, y eso lo digo siempre, en la primera línea, sin letra pequeña. No canto mis canciones ni toco instrumentos en ellas. Soy letrista, compositor y productor, y me presento como el primer cantautor IA, que es la etiqueta que elegí y que sigo firmando.
El problema es que el síndrome del impostor necesita muy poco para alimentarse, y la IA le sirve el banquete hecho. Cuando una canción gusta, mi cabeza tiene a mano una explicación perfecta para quitarme el mérito: «Lo que le ha gustado es la música, y la música la ha hecho la máquina». Da igual que la persona me hable de un verso concreto. Da igual que se ría con el título. La voz tiene la coartada lista.
Y luego está el mundo de fuera, que a veces repite en voz alta lo que la voz dice bajito. Lo escribí en «Discutiendo con la IA», con mi humor de siempre y con bastante mala leche:
«¿Por qué decías que como lo mío era / IA / no valía?»
Esa pregunta va dirigida a otra persona, pero cuando la releo me doy cuenta de que muchas veces me la estoy haciendo a mí mismo. El juez más severo que tengo no está en ningún comentario. Vive en mi cabeza y se sabe todos los argumentos.
En «La insignia de artista» puse en boca de un personaje con contactos la sentencia completa: «No mereces la insignia de artista». Lo escribí para reírme del personaje, y me sigo riendo. Pero hay noches en que esa frase no me suena a personaje. Me suena a mí.
Qué parte es mía y qué parte es de la herramienta
La forma que he encontrado de pelearme con la voz no es darle la razón ni quitársela de golpe. Es hacer inventario. Ya he escrito en otro sitio sobre qué es mío en una canción hecha con IA, así que no voy a repetirlo. Aquí lo miro desde otro ángulo: no como argumento para convencer a nadie, sino como herramienta para no hundirme.
Cuando el síndrome del impostor aprieta, me hago tres listas.
- Lo que hago yo y nadie más. Las letras, palabra por palabra. Los títulos. La idea de cada canción. La decisión de qué versión se publica y cuál se queda en la carpeta. La visión de conjunto: qué es PLANETA GAYFOLK, de qué habla, a quién le habla, cómo se ve.
- Lo que hace la herramienta. El sonido. La melodía que propone, el timbre de la interpretación, buena parte del arreglo. Eso no lo invento yo nota a nota y no voy a fingir que sí.
- Lo que hacemos entre los dos. Ese momento en que una versión le da a la letra un sentido que yo no había previsto, y lo reconozco, y lo elijo. Ahí la autoría está repartida, y me parece sano decirlo.
Lo interesante de estas listas es que la voz del impostor solo mira la segunda. Coge lo que hace la herramienta y lo convierte en el todo. Las listas me obligan a mirar las tres a la vez. No para concluir que todo es mío, que sería mentira, sino para dejar de concluir que nada lo es, que también lo es.
Hay un dato que me ayuda mucho, precisamente porque es frío. He publicado unas 273 canciones. Tardé unos dos años en sacar los singles y los videoclips. Cada una tiene una letra que escribí yo. Ninguna herramienta escribe por mí «No mereces la insignia de artista» ni decide que una canción se va a llamar como se llama. Cuando la voz dice «tú no has hecho nada», le enseño el número. No siempre se calla. Pero baja el volumen.
La comparación con los músicos «de verdad»
Hay una trampa que conozco bien y que quiero desmontar en voz alta: compararme con los músicos «de verdad».
Pongo las comillas a propósito. Yo admiro muchísimo a quien toca un instrumento, a quien ha pasado años en el conservatorio, a quien canta en directo y se la juega cada noche. Ese oficio es real y lo respeto sin matices. El problema no es el respeto. El problema es lo que hace el síndrome del impostor con él.
La voz coge a esos músicos y los convierte en una vara de medir que yo nunca voy a alcanzar, porque mide otra cosa. Es como si un guionista se sintiera un fraude por no saber manejar la cámara, o un arquitecto por no poner ladrillos. La comparación parece lógica, pero mezcla oficios distintos. Yo no compito en la categoría de intérprete. No me he presentado nunca a esa prueba.
Lo que sí puedo comparar es lo comparable. ¿Mis letras dicen algo? ¿Tienen humor, tienen dolor, tienen personajes? ¿Hay gente que se reconoce en ellas? Ahí sí me puedo medir con quien escribe canciones, y ahí la comparación ya no me deja en el suelo. Me deja en mi sitio, que es un sitio humilde y bastante digno.
Hay algo más. El síndrome del impostor suele compararte con la mejor versión de los demás y con la peor versión de ti. Comparas tu borrador con su disco terminado, tu noche de dudas con su foto en el escenario. Los músicos «de verdad» también dudan, también tiran canciones, también se sienten un fraude a veces. Es más: el fenómeno se describió primero en gente con éxito, no en gente sin él. Sentirlo, por tanto, no me apunta en la lista de los farsantes. Me apunta, curiosamente, en la misma lista que a mucha gente a la que admiro.
Cómo convivir con la voz sin que te paralice
No he conseguido que la voz desaparezca, y he dejado de esperar que lo haga. Lo que intento es que no conduzca ella. Estas son las cosas que me sirven, y que coinciden bastante con lo que recomiendan las guías de psicología que he leído. No son una receta: son costumbres.
- Ponerle nombre. Cuando aparece el pensamiento de «esto no cuenta», me digo: «Ah, eres tú otra vez». Parece una tontería, pero separar el pensamiento de la verdad ya cambia mucho. Un pensamiento no es un hecho, por muy convencido que suene.
- Distinguir sentir de ser. Puedo sentirme un fraude y no serlo. Las dos cosas caben en el mismo martes. La sensación es real; la conclusión, no necesariamente.
- Llevar la cuenta de lo hecho, no solo de lo que falta. Al cerrar la semana, anotar lo que ha salido adelante: una letra terminada, un título que me ha hecho reír, un vídeo montado. La voz del impostor solo lleva el libro de lo pendiente; alguien tiene que llevar el otro.
- Aceptar un elogio sin devolverlo. Cuando alguien te dice que una letra le ha gustado, la tentación es contestar enseguida con un «bueno, es que la música ayuda mucho». Intento decir solo «gracias». Cuesta. Pero cada vez que devuelvo un elogio le doy la razón a la voz.
- Bajar el listón de lo perfecto. El perfeccionismo y el síndrome del impostor son primos hermanos. Si solo vale lo perfecto, nada vale nunca. Publicar algo bueno es mejor que esconder algo perfecto que no existe.
- Contarlo. Este texto es parte de eso. La voz se alimenta del secreto. Cuando la repites en alto, a un amigo, a tu psicóloga, a alguien de confianza, pierde mucha autoridad: dicha a la luz del día suena bastante menos convincente que en la cabeza a las tantas.
Y una más, que es mía: reírme. Mis canciones son camp, queer, a veces muy explícitas, y el humor es parte de la obra. También es parte de cómo me cuido. Cuando la voz se pone solemne y me dice que no merezco nada, a veces le contesto como contestaría uno de mis personajes. No arregla el fondo. Pero le quita la corona.
Lo que no voy a decir es que la música me cura. Me sostiene, me da un motivo, me ordena las semanas. Pero no sustituye a la terapia. Si la voz del impostor se junta con tristeza que no se va, con ansiedad constante o con la sensación de que no vales nada, eso merece la atención de un profesional, igual que la merece cualquier otro dolor.
Si lo necesitas, pide ayuda
El síndrome del impostor no es un trastorno, pero puede ir de la mano de otros que sí lo son, como la depresión o la ansiedad. Si notas que te pesa demasiado, habla con tu médico de familia o con un profesional de la psicología sanitaria, y cuéntaselo también a alguien de confianza. No hace falta estar fatal para pedir ayuda.
Si en algún momento piensas en hacerte daño o en quitarte la vida:
- En España, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, confidencial y atiende las 24 horas.
- Si hay peligro inmediato, llama al 112.
- En Latinoamérica y en el resto de Europa, llama al número de emergencias de tu país.
Pedir ayuda no es reconocer que eres un fraude. Es lo contrario: es tomarte en serio. Este texto forma parte de la serie «Salud mental sin tabú», donde están todos los demás y más recursos.