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¿Cómo soy tan tonto?: insultarme a mí primero en «La casa de los mil cadáveres»

El primer insulto de la canción es para mí. El segundo, también. El ex tiene que esperar su turno.

«La casa de los mil cadáveres» empieza con una pregunta que me he hecho delante del espejo del baño más veces de las que me gustaría admitir, y que aquí admito porque para eso escribo canciones. La pregunta va con su signo de interrogación de apertura en mitad de la frase, porque así me salió y así se quedó: pero, ¿cómo soy tan tonto? Y unos versos más abajo, por si no había quedado claro, la versión ampliada: pero, ¿cómo soy tan fracasado?

Está en el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», y en la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 195 de 273, entre «Envejecer» y «Montaña rusa». Fíjate qué vecinas: una canción sobre hacerse viejo de la mano y otra sobre los subidones y bajones del amor. Y en medio, esta, que es la caída en picado con autoinsulto incluido.

En la ficha de la canción conté el soborno del medio pollo, los cotilleos de la urbanización y la cucaracha final. Hoy me quiero quedar con algo más íntimo y, a la vez, más técnico: por qué empiezo una canción contra un ex insultándome a mí. Y por qué creo que es la mejor decisión que tomé al escribirla.

Primero yo

«Pero ¿Cómo soy tan tonto?»

La mayoría de las canciones de despecho empiezan apuntando hacia fuera. Tú me engañaste. Tú me mentiste. Tú eres un tal y un cual. Y está bien, que a todos nos gusta un buen dedo acusador con la uña pintada. Pero yo tengo una costumbre, casi un tic, que me sale cada vez que escribo de un desengaño: antes de señalar al otro, me señalo a mí.

No es humildad. Que nadie se confunda. Es estrategia. Si me insulto yo primero, le quito al que escucha la tentación de hacerlo. Es como cuando llegas a una cena con una mancha en la camisa y lo dices tú antes que nadie: «Sí, ya lo sé, es tomate, no me lo digáis». A partir de ahí, la mancha es tuya. No pueden usarla contra ti.

En una canción de desamor pasa lo mismo. Todo el mundo que la escucha está pensando lo mismo: pero cómo no te diste cuenta. Pues ya lo pregunto yo. En el primer verso. Y con palabras más feas que las que tú usarías.

La interrogación en mitad de la frase

Un detalle de puntuación, que a lo mejor solo me interesa a mí, pero que dice mucho de cómo funciona el autoinsulto.

En la letra publicada, la pregunta empieza con un «Pero» y la interrogación se abre después. No delante del «Pero». Es decir, el «Pero» queda fuera de la pregunta, como un suspiro previo. Primero resoplas. Luego te preguntas.

Hay quien diría que es un error y que la norma pide otra cosa. Puede ser. A mí me gusta así porque se parece a cómo se dice esa frase en la vida real. Nadie dice «¿cómo soy tan tonto?» de golpe, en frío. Lo dices después de un «pero», después de un chasquido de lengua, después de dejar caer las llaves en la mesa del recibidor. El «pero» es el ruido de fondo de la vergüenza.

Y además tiene algo de conversación interrumpida. Como si llevaras un rato hablando solo, repasando todo lo que pasó, y de repente soltaras el «pero» que lo resume. Pero, a ver. Pero, vamos a ver. Pero, ¿cómo soy tan tonto?

Me parece que esa pequeña rareza tipográfica hace más por el tono de la canción que cualquier adjetivo. Y por eso no la he tocado nunca.

Tonto, que no es lo mismo que ingenuo

Elegí «tonto» y no otra palabra, y lo hice con cuidado.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y ahora que lo pienso, me río de mi suerte» de «La casa de los mil cadáveres»

Podría haber escrito ingenuo, que es más fino y suena a novela de Galdós. Podría haber escrito confiado, que suena a reportaje de prevención de estafas en el telediario. Pero tonto es la palabra del patio del colegio. Es lo que te dice tu hermano mayor cuando te la cuelan. Es lo que te dices tú en voz alta cuando te das con el pico de la mesa.

Me gusta porque no tiene adorno. No intenta quedar bien. Un ingenuo tiene algo de entrañable, de personaje bueno que el público quiere proteger. Un tonto, no. Un tonto da un poco de rabia. Y yo, en ese momento de la canción, me daba rabia a mí mismo. Quería que se notara.

Además, tonto rima con todo. Con pronto, con lo pongo, con lo pinto, más o menos. Es una palabra muy cómoda para alguien que escribe con rima de mercadillo, como yo.

Fracasado, la segunda bofetada

«Pero ¿Cómo soy tan fracasado?»

Si «tonto» es la colleja, «fracasado» es la bofetada con la mano abierta.

Aquí ya no hablo solo de no haberme dado cuenta. Hablo de mí entero. De mi vida. De la sensación, muy concreta, de que todo lo que hacía me salía mal y que aquella relación era la prueba final. Fracasado es una palabra que pesa, una palabra de expediente. Es lo que te ponen en el boletín de notas en rojo, lo que se dicen los hombres mayores en las barras de los bares de barrio con el tercer carajillo.

Lo que me hace gracia, y por eso funciona en la canción, es que justo después de decirlo viene la frase contraria: hoy te he olvidado y te he enterrado. O sea, que el fracasado, en el mismo aliento, se pone la gorra de enterrador y le echa tierra encima al otro. Es un cambio de humor brutal, de los que tengo en muchas canciones. De estar en el suelo a coger la pala.

Esa es la gracia de insultarse primero. Te libera las manos para lo siguiente.

La escalera de los insultos

Si te fijas en la letra completa, los insultos van subiendo de destinatario, como una escalera de vecinos.

En el primer piso estoy yo. Tonto. Fracasado.

En el segundo piso está el portero, comprado. Y el vecino del tercero, también comprado, este a mejor precio. No les insulto directamente, pero los dejo retratados como gente que se vende por poco.

En el tercer piso está la chusma con la que folla el otro, que no es un insulto bonito pero es un insulto colectivo. La gente del chalet de la esquina. El marido de la vecina.

Y arriba del todo, en el ático con terraza, está él. Malnacido. Payaso. Falso. Demente. Y la guinda: cucaracha.

Me gusta esa estructura porque es justa, en un sentido muy de barrio. Primero me pongo en mi sitio, luego pongo a cada uno en el suyo. Nadie sale limpio. Pero el que más tierra se lleva es el que más se la merece.

El tonto que se repite

No es la única vez que me llamo tonto o idiota en el catálogo. Es casi una firma.

Collage con un detalle de la carátula de «La casa de los mil cadáveres» y las carátulas de «Envejecer», «Montaña rusa», «Un invitado VIP cortando cebolla», «Me rindo»

En «Un invitado VIP cortando cebolla» el protagonista no quiere ser el único idiota que se queda en casa pintando mariposas mientras los demás salen. En «Me rindo» el que se cree listo resulta ser un circo, y no aclaro si el listo soy yo. Si hicieras un recuento de las veces que me pongo en ridículo en mis propias letras, no sé si saldría más largo que la lista de reproches a mis ex, pero andaría cerca.

No lo planeo. Me sale. Creo que viene de algo muy simple: me hace gracia la figura del tonto. El tonto de las películas de Paco Martínez Soria, el tonto del pueblo que al final resulta que era el listo, el tonto de los sainetes de los Álvarez Quintero que lo ve todo desde la puerta. Es un personaje con mucha tradición en España, y yo me apunto a ella sin pedir permiso.

Lo bueno del tonto es que nadie le tiene miedo. Puede decir cualquier cosa. Puede preguntar lo que nadie pregunta. Puede ponerse en ridículo y, en el ridículo, decir la verdad. Por eso me gusta tanto empezar una canción llamándome tonto: a partir de ahí, puedo decir lo que me dé la gana.

Los condicionales

Hay una parte de la canción que la ficha menciona y que aquí quiero mirar desde el ángulo del autoinsulto, porque es donde se ve mejor.

Son cuatro frases que empiezan igual. Si yo hubiera sabido. Si yo hubiera escuchado. Si hubiera sabido. Si hubiera captado. Es una letanía de condicionales, una especie de rosario laico de lo que podría haber sido.

Y fíjate en el sujeto de todos esos verbos. Soy yo. Yo no supe. Yo no escuché. Yo no capté. Cada condicional es, en el fondo, otro «¿cómo soy tan tonto?», pero en versión larga y con conjugación compuesta. La culpa vuelve a mí en cada frase, aunque las consecuencias apunten a él: si hubiera sabido, te habría mandado con tu madre; si hubiera captado, te habría dejado solo en tu fracaso.

Esto es muy de la gente que sale de relaciones con narcisistas. Lo he escrito en muchas canciones. Sales y lo primero que haces no es odiar al otro: es repasar todas las veces que tú tendrías que haberte dado cuenta. Las señales. Las frases. Las miradas. Es un ejercicio agotador e injusto, porque te carga con una responsabilidad que no es tuya. Pero es humano. Y la canción lo enseña sin corregirlo.

Lo que te diría un amigo

Ahora me pongo serio un momento, que también toca.

Insultarse a uno mismo en una canción es un recurso cómico, y lo defiendo. Pero en la vida real, si te pasas el día llamándote tonto y fracasado por haber confiado en alguien, eso ya no es comedia. Es otra cosa. Y conviene saberlo.

Lo que te diría un amigo, y lo que me digo yo ahora que ha pasado el tiempo, es que no eras tonto. Confiaste. Y confiar no es de tontos; es lo que hace la gente que todavía no ha perdido la capacidad de querer. El tonto, si hay alguno en esta historia, es el que te la jugó pensando que no se iba a notar.

Y si estás todavía en la fase de los condicionales, la de si hubiera sabido, si hubiera escuchado, date un margen. Esa fase pasa. No de un día para otro, ni con un libro de autoayuda del aeropuerto, pero pasa. Un día te despiertas y ya no repasas las señales. Las señales están ahí, en el pasado, donde tienen que estar, y tú estás aquí, desayunando.

Esa es la única moraleja que pienso poner en todo el artículo. Ya está. Vuelvo a la risa.

Pepi Valladares y la casa

La canción tiene un estribillo que mezcla mi autoinsulto con el título, y que es lo que más me preguntan: me siento como Pepi Valladares en la casa de los mil cadáveres.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Pero ¿Cómo soy tan fracasado?» de «La casa de los mil cadáveres»

No te voy a explicar quién es Pepi Valladares. No por misterio, sino porque prefiero que cada uno se imagine a su Pepi. A mí me suena a nombre de vecina de toda la vida, de las que tienen las llaves de medio edificio y saben quién entra y quién sale. Pero puede ser quien tú quieras.

Lo que sí te digo es que el título viene de una película de terror. «La casa de los mil cadáveres» es la traducción española de una película de Rob Zombie de principios de los dos mil, de esas de sótanos, payasos siniestros y familias que te invitan a cenar y no te dejan salir. Me pareció el sitio perfecto para alguien que acaba de enterrar a un ex. En una casa con mil cadáveres, uno más no se nota.

Y ahí vuelve el autoinsulto, pero dado la vuelta. Si me siento así, en una casa llena de cadáveres, es porque he enterrado a muchos. Esta no es la primera vez. Y eso, que podría ser motivo de vergüenza, en la canción se convierte en experiencia. No soy tan tonto, entonces. Tengo un cementerio entero de ex en el sótano. Algo habré aprendido.

Mil, que es una forma de hablar

Una nota sobre el número del título, que no es mío pero que hice mío.

Mil cadáveres son muchos. Ni el más mujeriego de los ex de una telenovela venezolana acumula mil. Es una exageración de película de terror, de cartel de cine de barrio con letras chorreando sangre. Pero metida en una canción de desamor, la exageración se vuelve autoparodia otra vez.

Porque quien se siente en una casa con mil cadáveres está diciendo, en el fondo, que lleva muchas. Muchas relaciones fallidas. Muchas decepciones. Muchos entierros de los que nadie se ha enterado. Es una forma de decir «otra vez lo mismo» con el volumen al máximo.

Y es también, lo reconozco, una forma de reírme de mi propia tendencia al drama. Si tengo que contar mis ex, no digo «tres o cuatro». Digo mil. Y me quedo tan ancho, con mi pala de enterrador y mi delantal manchado de tierra, como el dueño de una casa del terror que te recibe en la puerta con una sonrisa y una bandeja de canapés sospechosos.

La vuelta de la risa

«Y ahora que lo pienso, me río de mi suerte»

Esta es la frase que cierra el círculo del autoinsulto. Empecé llamándome tonto. Seguí llamándome fracasado. Y termino riéndome. No de él. De mi suerte.

Para mí, este es el punto exacto en el que una canción de despecho deja de ser rencor y empieza a ser otra cosa. Cuando te puedes reír de lo que te ha pasado. No de lo que te han hecho, ojo, que eso sigue sin tener gracia. De lo que te ha pasado. De la mala racha. De la cantidad de veces que te ha tocado el mismo tipo de persona, como si el destino tuviera un catálogo con una sola página.

Y justo después, la última frase de la estrofa, la que más me gusta decir en voz alta: he aprendido la lección, vaya mala racha. Es una frase de abuela. De esas que se dicen con el delantal puesto mientras se pela una patata. No es una lección de libro de autoayuda. Es una constatación. Me ha tocado lo que me ha tocado, he aprendido algo, se acabó.

Y entonces, ya sí, el último insulto. El de la cucaracha. Pero ese ya lo conté en la ficha.

Por qué el autoinsulto hace gracia

Me preguntan a veces cuál es el secreto del humor en mis canciones. No tengo un secreto, tengo manías. Y esta es una de las más gordas: reírme de mí antes que de nadie.

Ficha de la canción «La casa de los mil cadáveres» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo expliqué con más calma en lo que me hace reír cuando escribo. Si me río primero de mí, me gano el derecho de reírme de los demás. Es como pagar la entrada. Una canción que solo se ríe del otro suena a venganza, y la venganza aburre pronto. Una canción que empieza riéndose de quien la escribe tiene otro tono. Es una invitación. Mira qué tonto he sido, ahora mira lo que me hizo, y ahora ríete conmigo de los dos.

En el humor queer esto tiene mucha historia. Las locas de toda la vida se reían de sí mismas antes de que se rieran los demás, como una forma de desactivar el golpe. Lo cuento en de la risa ajena a la risa propia: durante mucho tiempo la risa sobre nosotros venía de fuera, y lo que hicimos fue quedárnosla. Insultarnos primero. Llamarnos maricas antes de que nos lo llamaran.

En esta canción me llamo tonto antes de que me lo llamen. Es la misma operación, en pequeñito.

Los límites del cachondeo

Hay una línea que no cruzo, aunque esta canción la roza muchas veces. La de reírme de gente que no tiene nada que ver.

En la letra hay vecinos, porteros, el marido de la del chalet. Son figuras de sainete, sin nombre, sin cara, que cualquiera puede rellenar con los personajes de su urbanización. No son personas reales a las que se pueda señalar. Si lo fueran, la canción no existiría. Lo conté en hacer humor gay sin hacer daño: el chiste tiene que apuntar hacia arriba o hacia uno mismo. Nunca hacia el que no se puede defender.

Por eso el autoinsulto es tan cómodo. Yo sí me puedo defender. Y además, como lo he escrito yo, tengo la última palabra.

Quién pone las palabras

La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que yo dirijo; lo cuento siempre y lo tienes explicado en Sobre Mike. Lo digo aquí con una intención especial, porque esta canción es casi un ejercicio de autorretrato. Una máquina no se llama tonta a sí misma. No tiene a quién decírselo ni de qué avergonzarse. El autoinsulto es una de las cosas más humanas que conozco.

Cómo escucharla

Te propongo un ejercicio, y es gratis.

Pon la canción y, en el primer estribillo, cuando llega la pregunta de cómo soy tan tonto, di tú en voz alta el nombre de la persona a la que se lo dedicarías. No a él. A ti. Ese momento en que te dices tonto por alguien. Todos tenemos uno.

Y luego, en la estrofa del final, cuando llega lo de reírme de mi suerte, ríete. Aunque sea por obligación, como en las clases de yoga de la risa que salen en los reportajes de los domingos. La risa forzada, al tercer intento, se vuelve de verdad.

La letra completa la tienes en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web. Y si te gustan las vecinas que lo saben todo, en el blog hay un artículo entero sobre la vecina cotilla, que es la prima hermana de Pepi Valladares.

Tonto fui. Fracasado, a ratos. Pero el que acabó enterrado no fui yo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La casa de los mil cadáveres»? Es una canción de despecho con mucho humor. Empieza con el protagonista llamándose tonto y fracasado por no haberse dado cuenta antes, sigue con los sobornos, los cotilleos y las fotos del ex por la urbanización, repasa todo lo que habría hecho de haberlo sabido y termina riéndose de su suerte y despidiéndose con un «hasta nunca».

¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 195 de 273.

¿De dónde viene el título? El título viene de la película de terror de Rob Zombie conocida en España como «La casa de los mil cadáveres». En la canción sirve de imagen para alguien que ya ha enterrado a más de un ex: en una casa así, uno más no se nota.

¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.

¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com.

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