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«Cara de asco»: el asco como arma contra las personas LGTBI y cómo desactivarlo

Rosa de arriba abajo. Pelo rosa en punta, camisa abierta sobre una camiseta de tirantes, un callejón de noche con el suelo mojado y una farola que se refleja en los charcos. Y una mano levantada hacia la cámara con el dedo corazón bien estirado. La portada de «Cara de asco» no necesita subtítulos. Es la cara que se pone cuando alguien te mira como si fueras algo pegado a la suela del zapato y tú decides que esa mirada no se va a quedar contigo.

La canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, y el videoclip oficial se estrenó en YouTube el 3 de julio de 2026. Su letra todavía no está publicada, así que aquí no aparece ni un solo verso. No hace falta. El título y la imagen ya plantean la pregunta que me interesa: qué pasa cuando el asco, una emoción que existe para protegernos de la comida podrida, se usa para apartar a personas. Y qué podemos hacer cuando esa mirada nos apunta a nosotros.

Ya escribí sobre la palabra en sí, sobre cómo «asco» va y viene en mis letras, a veces dirigida hacia fuera y a veces hacia dentro. Este texto es otra cosa. No habla de mis canciones por dentro, sino de la calle, de la historia y de la ley. De por qué tanta gente LGTBI ha crecido sintiendo que su existencia provocaba repugnancia, y de cómo se le da la vuelta a eso sin quedarse atrapado en el mismo gesto.

Una emoción antigua con un trabajo muy concreto

El asco es una de las emociones más estudiadas. Charles Darwin ya describió su expresión en 1872, en «La expresión de las emociones en el hombre y los animales»: la nariz arrugada, el labio superior levantado, la cabeza que se retira. Un siglo después, Paul Ekman la incluyó entre las emociones básicas que se reconocen en culturas muy distintas. Cualquiera que haya abierto un táper olvidado en la nevera sabe de qué hablamos. El cuerpo reacciona antes de que pienses.

Paul Rozin, psicólogo de la Universidad de Pensilvania, dedicó buena parte de su carrera a entender esa reacción. Su idea central es fácil de explicar. El asco empezó siendo una defensa ante lo que podía enfermarnos si lo metíamos en la boca: lo podrido, los restos, ciertos fluidos. Con el tiempo, esa emoción se extendió a otros terrenos. Empezamos a sentir asco ante cosas que no nos van a intoxicar, pero que nos recuerdan que somos cuerpos, que sudamos, que morimos. Y en algún momento también ante personas y conductas que la sociedad marcaba como impuras.

Hay un rasgo del asco que lo vuelve especialmente peligroso cuando se aplica a seres humanos: la lógica del contagio. Rozin y su equipo mostraron que mucha gente se niega a beber un zumo en el que ha estado sumergida una cucaracha esterilizada, aunque sepa que es inofensiva. Lo que toca lo impuro queda manchado. No importan los datos. Importa la sensación de que algo se pega.

Ahora traslada eso a una persona. Si alguien te provoca asco, no basta con no acercarte. Tampoco quieres usar el mismo vaso, ni compartir vestuario, ni que se siente al lado de tus hijos en el autobús. El asco no pide argumentos. Pide distancia. Y la distancia, cuando se organiza socialmente, se llama exclusión.

Del táper podrido al vecino del quinto

Lo que vuelve el asco tan útil para quien quiere discriminar es que parece natural. El que dice «me da asco» no siente que esté opinando. Siente que está describiendo una reacción de su cuerpo, algo tan objetivo como el frío. «No es que tenga nada en contra, es que me da cosa». Esa frase la ha oído casi cualquier persona LGTBI en este país. Se pronuncia con una mueca y se presenta como si fuera inocente.

Pero no lo es. Las cosas que nos dan asco se aprenden en gran parte. Un bebé no siente asco: se mete cualquier cosa en la boca. La repugnancia se va moldeando con lo que ve en casa, en el patio, en la tele. Si un niño crece viendo que dos hombres besándose provocan una cara de náusea en los adultos que quiere, aprende esa cara. No la trae de serie. La copia.

Por eso me interesa tanto la portada. La cara de asco no está en quien mira con desprecio, sino en quien recibe la mirada y la devuelve. Es una manera de decir: conozco ese gesto, sé de dónde viene y no te lo voy a comprar. El rosa, un color que se suele asociar a lo dulce y a lo blando, funciona ahí como uniforme de combate. Ya conté en otro texto cómo un insulto puede convertirse en bandera. Con el asco pasa algo parecido: se puede coger el gesto que te lanzan y ponerlo en una portada a tamaño gigante.

Martha Nussbaum y el asco proyectivo

Quien mejor ha explicado esto en el terreno de la ley es la filósofa estadounidense Martha Nussbaum. En «Hiding from Humanity», publicado en 2004 y traducido al español como «El ocultamiento de lo humano», analiza el papel del asco y la vergüenza en el derecho. Seis años después, en 2010, publicó «From Disgust to Humanity», un libro dedicado por entero a la orientación sexual y a la manera en que el asco se había colado en las leyes de Estados Unidos.

Fotogramas del videoclip oficial de «Cara de asco», de Mike Sain't Louis

Nussbaum distingue entre el asco primario, el de los olores y lo podrido, y lo que llama asco proyectivo. Este segundo tipo consiste en atribuir a un grupo de personas las cualidades que nos repugnan de nuestra propia condición animal: la suciedad, el olor, la animalidad, la enfermedad. El grupo pasa a encarnar todo lo que no queremos ver en nosotros mismos. Y una vez que se ha proyectado ese asco sobre él, se le puede tratar como algo menos que humano.

Su conclusión es clara: el asco no es una buena guía para hacer leyes. Que algo le dé repugnancia a una parte de la población no demuestra que cause daño a nadie. Una sociedad democrática debería proteger a las personas del daño real, no de las muecas de los demás. Frente a la política del asco, Nussbaum propone lo que llama política de la humanidad: el esfuerzo de imaginar la vida del otro desde dentro, de ver a la persona y no la etiqueta.

Esa idea, la de imaginar la vida del otro, me parece lo contrario exacto de la cara de asco. La mueca de repugnancia corta la imaginación. Te impide preguntarte cómo vive esa persona, a quién quiere, qué teme. Ponerse en su lugar es muy difícil cuando todo tu cuerpo te pide alejarte.

Plagas, cucarachas y ratas: el vocabulario de la deshumanización

La historia está llena de ejemplos de cómo el asco se ha usado para preparar el terreno a la violencia. La propaganda nazi presentó a los judíos como ratas que traían enfermedades; la película «El judío eterno», de 1940, montaba imágenes de roedores junto a imágenes de personas. En Ruanda, la emisora Radio Mille Collines llamó durante meses «inyenzi», cucarachas, a los tutsis antes y durante el genocidio de 1994. No son metáforas casuales. Son herramientas pensadas para que el oyente sienta, antes de pensar, que esas personas son una plaga.

Con las personas LGTBI el vocabulario ha sido parecido. Durante siglos se habló de la homosexualidad como de una «aberración», un «vicio contra natura», una «enfermedad» que podía contagiarse. La Organización Mundial de la Salud no la retiró de su clasificación de enfermedades hasta el 17 de mayo de 1990, y por eso ese día se celebra hoy el Día Internacional contra la LGTBIfobia. Las personas trans tuvieron que esperar mucho más: la OMS dejó de clasificar la transexualidad como trastorno mental con la CIE-11, que entró en vigor en 2022.

En España, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 permitía internar a hombres homosexuales en centros especiales. El lenguaje oficial hablaba de peligrosidad. El lenguaje de la calle hablaba de asco. Ambos se reforzaban. Ya conté en el texto sobre bulos y salud cómo en los ochenta se llegó a hablar de «peste rosa». La palabra peste no se eligió por casualidad: es la imagen perfecta del contagio, de lo que hay que mantener lejos.

Cómo se ve el asco en la vida diaria

No hace falta irse a la propaganda de los años cuarenta. El asco contra las personas LGTBI tiene formas muy cotidianas y muy reconocibles. Algunas son evidentes. Otras van tan disfrazadas que cuesta nombrarlas.

Collage con un detalle de la carátula de «Cara de asco» y las carátulas de «Ataúd de neón», «En Canarias No Existen las Sirenas»
  • La mueca cuando una pareja de dos chicos se da un beso en el metro.
  • La persona que se cambia de asiento o se aparta en la cola.
  • El comentario de «que lo hagan en su casa», como si el afecto entre dos mujeres fuera algo que ensucia la calle.
  • La broma del vestuario sobre no agacharse a recoger el jabón.
  • El chiste sobre el olor, la ropa o la manera de moverse de alguien con pluma.
  • La negativa a usar el mismo baño que una mujer trans.
  • El «no me importa lo que hagan, pero no me lo enseñen».

Todo eso comparte una misma lógica: la presencia de la persona LGTBI se vive como una contaminación del espacio común. Escribí sobre la autocensura y el acoso callejero cuando vas de la mano, y gran parte de esa autocensura nace de anticipar el asco ajeno. Sueltas la mano antes de que alguien ponga la cara. Te adelantas a la mueca.

El problema de anticiparse es que acabas haciendo el trabajo del que te desprecia. Él ni siquiera tiene que abrir la boca. Ya te has escondido tú.

Lo que el asco ajeno hace por dentro

Hay algo especialmente cruel en esta emoción: se pega. Si durante años te miran con repugnancia, es fácil que acabes mirándote igual. Muchas personas LGTBI describen haber sentido asco de sí mismas en la adolescencia, una sensación de estar sucias o de ser defectuosas, sin haber hecho nada más que existir. La psicología tiene un nombre para la parte general de este proceso: homofobia interiorizada, o LGTBIfobia interiorizada. Lo que la sociedad proyecta hacia fuera termina instalándose dentro.

Yo sufrí acoso escolar, y no voy a contar aquí los detalles. Pero sé lo que es crecer sabiendo que tu manera de ser provoca rechazo en otros. Esa experiencia no se queda en el patio. Se arrastra durante años, se mezcla con otras heridas y termina pesando. En mi caso, el diagnóstico llegó a los 41 años, y la ayuda de una buena psicóloga me ha permitido ordenar muchas cosas. Las canciones, entre ellas esta, han sido una forma de sacar lo que había dentro y mirarlo con un poco de distancia.

Por eso me parece tan importante distinguir el asco de la vergüenza. La vergüenza dice: he hecho algo malo o soy algo malo. El asco ajeno, cuando lo interiorizas, dice algo todavía peor: soy algo que contamina. Salir de ahí no se consigue con un póster motivador. Se consigue poco a poco, con gente que te mira bien, con información, con terapia si la necesitas y con espacios donde nadie pone esa cara al verte.

Escribí sobre el estrés de minoría y el cansancio de estar siempre alerta, y el asco es uno de sus motores. Si sabes que en cualquier momento alguien puede apartarse de ti con una mueca, tu cuerpo vive en guardia. Escaneas cada vagón, cada bar, cada sala de espera. Ese escaneo agota.

Cuando el asco se convierte en delito

Una mueca no es un delito. Una cara de desprecio en el metro no se puede denunciar, y está bien que así sea: no queremos una policía de las caras. Pero el asco rara vez se queda en la cara. Muchas veces es el primer paso de algo más grave: el insulto, la humillación, la agresión, la negativa a atenderte o a alquilarte un piso.

En España, el artículo 510 del Código Penal castiga a quien fomente, promueva o incite públicamente al odio, la hostilidad, la discriminación o la violencia contra un grupo o contra una persona por, entre otros motivos, su orientación o identidad sexual o por razones de género. También castiga la humillación pública y el menosprecio de esos grupos. Además, el artículo 22.4 permite agravar la pena de cualquier delito cuando se comete por motivos discriminatorios. Una agresión acompañada de insultos homófobos puede recibir un castigo más duro que la misma agresión sin ese motivo.

Fuera del ámbito penal hay dos leyes que conviene conocer. La Ley 15/2022, integral para la igualdad de trato y la no discriminación, prohíbe la discriminación en servicios, trabajo, vivienda, sanidad o educación, y crea un sistema de infracciones y sanciones administrativas. La Ley 4/2023, conocida como ley trans y de derechos LGTBI, desarrolla medidas específicas para las personas lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersexuales. Las dos permiten actuar cuando el asco se traduce en trato desigual.

Ya expliqué en el texto sobre el derecho de admisión que un bar no puede negarte la entrada por ser quien eres, por mucho cartel que tenga en la puerta. Y en el que dediqué al acoso vecinal hablé de qué hacer cuando la hostilidad vive en el mismo edificio que tú.

Qué hacer si el asco pasa a la acción

Si una situación pasa de la mueca al insulto, la amenaza o el golpe, estas son algunas pautas prácticas. No son consejos de abogado, sino una orientación para no quedarse paralizado.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Cara de asco», de Mike Sain't Louis

Primero, tu seguridad. Si estás en peligro, llama al 112. No hace falta tener claro si lo que ocurre es delito: eso lo valorarán después.

Segundo, guarda pruebas. Anota la hora, el lugar y lo que se dijo con las palabras exactas, aunque sean feas. Si hay testigos, pídeles un nombre y un teléfono. Si se trata de mensajes o publicaciones en redes, haz capturas donde se vea la fecha y el perfil. En el texto sobre el odio en redes detallé cómo hacerlo con ciberacoso.

Tercero, si hay lesiones, acude a un centro de salud o a urgencias y pide un parte. Ese documento es importante si luego denuncias.

Cuarto, puedes denunciar en comisaría, en el cuartel de la Guardia Civil o en el juzgado de guardia. Es útil decir de forma explícita que crees que la agresión fue por tu orientación o tu identidad, para que conste el posible motivo de odio. Las fiscalías provinciales cuentan con secciones especializadas en delitos de odio y discriminación.

Quinto, no lo hagas solo si no quieres. Las asociaciones LGTBI acompañan en estos procesos. En Madrid, COGAM atiende en el 91 523 00 70 por las tardes, y la Línea Arcoíris de FELGTBI+ en el 91 360 46 05 por las mañanas. Muchas ciudades tienen observatorios contra la LGTBIfobia que registran incidentes y orientan a las víctimas.

Denunciar no es obligatorio, y hay muchas razones por las que alguien decide no hacerlo. Pero cada denuncia ayuda a que las cifras reflejen lo que pasa de verdad, y las cifras son las que luego justifican recursos y políticas.

Devolver la mirada sin quedarse con el asco

La portada levanta el dedo, y entiendo perfectamente el impulso. Hay días en que la única respuesta sana a una mirada de repugnancia es esa: un «no me vas a hacer sentir pequeño» en forma de gesto. Pero también sé que el asco es contagioso en las dos direcciones. Si contestas al asco con asco, corres el riesgo de convertirte en lo que combates.

Por eso me gusta pensar la cara de la portada como un escudo, no como un arma. Un gesto que dice «esto no entra», no uno que pide devolver el daño. La diferencia es sutil pero importante. El escudo te protege a ti. El arma busca herir al otro. Y yo no quiero vivir mirando a nadie como si fuera basura, ni siquiera a quien me mira así.

Hay algunas maneras de desactivar el asco que no pasan por responder con la misma moneda:

  • Nombrarlo. Cuando alguien dice «no es que tenga nada en contra, es que me da cosa», se puede contestar con calma: «eso que sientes se aprende, no es un dato». A veces basta con señalar que una emoción no es un argumento.
  • Hacerlo concreto. El asco funciona con categorías abstractas: «los gais», «los trans». Se debilita cuando aparece una persona con nombre, con madre, con perro y con hipoteca. Por eso las caras visibles importan tanto.
  • Buscar aliados. Quien pone cara de asco en un grupo suele buscar complicidad. Si nadie se ríe, la mueca se queda sola.
  • Cuidar tu propia mirada. Revisar, sin castigarte, qué gestos de rechazo has aprendido tú hacia otros. Todos llevamos alguno.

Nada de eso funciona de un día para otro. Pero las investigaciones sobre el contacto entre grupos, que llevan décadas acumulándose en psicología social, coinciden en algo esperanzador: conocer de cerca a personas de un grupo reduce los prejuicios hacia ese grupo. El asco aguanta mal la cercanía.

El cuerpo que se mira y se juzga

Gran parte del asco contra las personas LGTBI tiene que ver con el cuerpo. Con cómo se mueve, cómo se viste, cómo se toca con otros cuerpos. Por eso el asco ataca con especial saña a la pluma, a las mujeres masculinas, a los cuerpos trans, a quien no encaja en la idea de lo «normal». Hablé de esto en el texto sobre escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón, y también en el que dediqué a la pluma y a que te llamen exagerada.

Ficha de la canción «Cara de asco» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Dentro del propio colectivo también existe este gesto. El «no plumas», «solo masculinos» o «nada de afeminados» que durante años se ha leído en perfiles de aplicaciones es otra forma de asco interiorizado: se rechaza en otros lo que la sociedad te enseñó a rechazar en ti. Reconocerlo no significa sentirse culpable, sino entender de dónde viene y decidir si lo quieres seguir cargando.

La estética del videoclip juega mucho con eso. Neones rosas y azules, coches antiguos, personajes con peinados de otra época, botellas en la mano, miradas desafiantes. Todo está exagerado a propósito. Es un mundo en el que el exceso no se esconde, sino que se pone en el centro del encuadre. Y en un mundo así, la mueca de asco del que mira desde fuera pierde fuerza. Lo que se exhibe con orgullo es más difícil de convertir en vergüenza.

Cuidarse cuando la mirada duele

Si el asco de otros te ha afectado, no eres débil. Es una de las formas de violencia más eficaces que existen, justamente porque no deja marcas visibles. Algunas cosas que pueden ayudar:

  • Rodearte de gente y espacios donde nadie te mire así. Una asociación, un grupo de amigos, una comunidad en la que no tengas que explicar quién eres.
  • Hablarlo con un profesional de la salud mental, preferiblemente alguien formado en diversidad. Muchas asociaciones LGTBI ofrecen atención psicológica gratuita o a bajo coste.
  • Escribir. Lo digo porque a mí me funciona: ponerle palabras a lo que sentí cuando alguien me miró como a algo sucio me permitió dejar de cargarlo en silencio.
  • No exponerte a lo que te hace daño más de lo necesario. Silenciar, bloquear, cambiar de vagón. No es huir: es elegir dónde pones tu energía.

Y si en algún momento lo que sientes se vuelve demasiado pesado, hay a quién llamar. El 024 es la línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad: es gratuita, atiende las 24 horas y también orienta a familiares y amigos que están preocupados por alguien. El Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717. Si eres menor o te preocupa un menor, la Fundación ANAR está en el 900 20 20 10. Ante cualquier emergencia, el 112. Y si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar la línea de tu país.

Una portada que no pide permiso

Vuelvo a la imagen del principio. Un callejón mojado, una farola, una figura rosa que mira de arriba abajo y levanta el dedo. Lo que más me gusta de esa portada es que no pide permiso. No intenta caer bien. No negocia. Simplemente existe, con todo su color, en un lugar oscuro.

Creo que eso es lo que más molesta a quien pone cara de asco: que el otro no se esconda. El asco necesita que su objetivo se encoja, que baje la mirada, que se aparte. Cuando eso no ocurre, la mueca se queda sin función. Ya no aparta a nadie. Solo deja en evidencia a quien la pone.

En la reflexión sobre el Orgullo que no se alquila hablé de cómo la visibilidad se puede vaciar cuando se convierte en un logo. La visibilidad de esta portada es la contraria: no vende nada. Solo dice que estamos aquí, en rosa y a tamaño gigante, y que la cara de asco del que pasa no va a decidir cómo nos miramos.

Si te apetece escuchar la canción, está en Spotify y en YouTube, y en la ficha de «Cara de asco» cuento más sobre su portada. La letra llegará cuando tenga que llegar. Mientras tanto, la imagen hace su trabajo: recordarnos que el asco se aprende, y que lo que se aprende también se puede desaprender.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el asco proyectivo? Es un concepto de la filósofa Martha Nussbaum. Describe el mecanismo por el que un grupo social atribuye a otro grupo las cualidades que le repugnan de su propia condición animal, como la suciedad o la enfermedad, para justificar su exclusión. Lo desarrolla en «Hiding from Humanity» (2004) y lo aplica a la orientación sexual en «From Disgust to Humanity» (2010).

¿Poner cara de asco a una pareja LGTBI es delito? Una mueca por sí sola no es delito. Sí pueden serlo los insultos, las amenazas, las agresiones o la humillación pública por motivos de orientación sexual o identidad de género, que el Código Penal castiga en el artículo 510 y agrava con el artículo 22.4. La negativa a atender o el trato desigual en servicios se pueden reclamar por la Ley 15/2022.

¿Dónde puedo pedir ayuda si me han agredido por ser LGTBI? Si hay peligro, en el 112. Después puedes denunciar en comisaría o en el juzgado de guardia, y acudir a asociaciones como COGAM (91 523 00 70, por las tardes) o la Línea Arcoíris de FELGTBI+ (91 360 46 05, por las mañanas), que acompañan a las víctimas.

¿La canción «Cara de asco» tiene letra publicada? Todavía no. La canción forma parte del disco «El día de la liberación» y su videoclip oficial está en YouTube desde el 3 de julio de 2026. Este artículo se apoya solo en el título, la portada y el vídeo.

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