
Por Mike Sain't Louis ·
Das asco, me doy asco: la palabra «asco» de ida y vuelta en mis letras
Un táper olvidado al fondo de la nevera. Lo abres. Ni siquiera hace falta mirar: la nariz ya ha decidido. Cierras la tapa, lo tiras con táper y todo, y te lavas las manos dos veces aunque no has tocado nada.
Eso es el asco. Y es, curiosamente, una de las palabras que más aparecen en mis canciones de ruptura.
«Amore, Sinceramente das asco / Das asco, ¡y estoy harto!»
Ese es el estribillo de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», y lo grita la canción sin ningún pudor. Pero no es la única. El asco vuelve en «Esperma», asoma en una canción sobre políticos, y se da la vuelta en «El espejo de enfrente», donde ya no apunta al otro sino a uno mismo. La misma palabra, de ida y de vuelta.
Este texto no va de una canción concreta. Va de una palabra. Y de por qué, para contar el final de algo, el asco me sirve mucho más que el odio.
El odio es de tragedia
El odio tiene prestigio. Sale en las tragedias griegas, en las óperas de Verdi, en los culebrones venezolanos de las cuatro de la tarde. Odiar a alguien es tomárselo en serio. Es concederle la importancia de un enemigo. Medea odia. Otelo odia. La malvada de la telenovela odia a la protagonista durante doscientos capítulos y se le marcan las venas del cuello.
Y por eso no me sirve. Si escribo «te odio» en una canción sobre un ex que se ha llevado mis bañadores de marca, le estoy dando un papel que no se merece. Le estoy subiendo a un escenario con focos y orquesta. El odio es un pedestal.
El asco, en cambio, es de cocina. No se toma en serio al otro: lo aparta con dos dedos, como se aparta una mosca muerta del alféizar. No hay grandeza en el asco. Hay una nariz arrugada y una bolsa de basura.
Si te odio, eres mi enemigo. Si me das asco, eres un yogur caducado.
Y no lo digo solo por el chiste. Hay una diferencia de escala que importa mucho cuando escribes. El odio necesita un antagonista a tu altura, alguien con quien pelear de igual a igual, como en un duelo del Oeste al amanecer. El asco no necesita nada de eso. Basta con que el otro esté por debajo, a la altura del cubo de la basura. Y colocar al ex a esa altura, después de haberle tenido en un pedestal durante años, es una pequeña revancha que no cuesta ni un euro. Ni siquiera hay que levantar la voz. Basta con arrugar la nariz y cerrar la tapa del cubo con el pie, como hacen las señoras en las cocinas de Carabanchel cuando tienen las manos llenas de harina.
Sinceramente
En el estribillo de «Un falso amore» hay una palabra delante del asco que me parece fundamental: sinceramente. «Amore, sinceramente das asco.»
Ese adverbio cambia el tono de todo. Sin él, «das asco» sería un exabrupto, un insulto de patio de colegio. Con él, se convierte en un diagnóstico. Es lo que diría un médico con la radiografía en la mano: «sinceramente, esto no tiene buena pinta». Hay una calma en ese «sinceramente» que hace el asco más definitivo. No estoy enfadado. Lo digo con la cabeza fría.
Y lo bonito es que el asco, a diferencia del odio, sí se puede decir con calma. Nadie odia con calma: el odio pide gritos y portazos. El asco se puede decir tomando un café, mirando el móvil, con la pierna cruzada. Es una constatación. Como decir que hoy llueve.
Ese es el tono que busco en muchas de mis letras de ruptura. No el del que está destrozado, sino el del que ya ha olido el táper y ha cerrado la tapa.
La gramática del asco
Hay una cosa del español que me encanta y que en estas canciones se nota mucho: el asco tiene dos construcciones muy distintas. «Das asco» y «me das asco».

«Das asco» es universal. Es un juicio sobre ti, válido para todo el mundo. Como si el asco fuera una propiedad tuya, igual que la altura o el color de ojos. Das asco, y quien te huela lo notará.
«Me das asco» es personal. Habla de lo que me pasa a mí cuando te veo. Es más íntimo y, en el fondo, más humilde: no dice que seas asqueroso para todos, dice que a mí me lo pareces.
En «Un falso amore», la canción usa las dos. Empieza con el universal, «sinceramente das asco», y luego pasa al personal, «me das mucho asco, amore». Del diagnóstico a la confesión. Primero lo digo como un hecho y luego reconozco que lo siento yo. Me gusta ese movimiento porque hace el asco más honesto. No me escondo detrás de la objetividad. Me mancho las manos.
Esperma y la cara de afortunado
En «Esperma» el asco aparece de una forma más retorcida, casi filosófica:
«La verdad es que te digan que das asco / No es para sentirse afortunado»
Aquí ya no se le dice al otro que da asco. Se reflexiona sobre lo que significa que te lo digan. Y la conclusión es de una lógica aplastante, de esas que me hacen reír porque son obvias y nadie las dice: que te digan que das asco no es para sentirse afortunado.
Es casi un chiste de Gila. El tono es el de alguien que explica una cosa evidente con mucha paciencia, como quien le explica a un niño que el fuego quema. Y debajo de la broma está la idea seria: que el otro, después de oír «das asco», prefiere quedarse callado porque sabe que le han pillado. El asco como espejo que deja al otro sin palabras.
Esas dos canciones, por cierto, comparten versos. Una parte de lo que se dice en «Esperma» aparece también en «Un falso amore». No es un descuido. Hay frases que vuelven porque la herida vuelve, y la ficha de «Esperma» y la de «Un falso amore» cuentan cada una su historia. Lo que me interesa aquí es que, en las dos, el asco es la palabra que cierra la puerta.
Asco de ladrones
El asco tampoco se queda en los ex. En una canción que se llama, sin rodeos, «Un político español», la palabra sale hacia otro sitio:
«Que asco de ladrones»
Y aquí funciona exactamente igual que con el ex. No hay odio, no hay discurso, no hay programa político. Hay asco. La nariz arrugada de quien lee el periódico en el bar y pasa la página con dos dedos. Es el asco de la barra, de la tertulia de jubilados en la cafetería, del «todos son iguales» que se dice moviendo la cucharilla del café.
No es una canción de análisis, ni pretende serlo. Es una canción de desahogo, de las que se corean en una sobremesa cuando sale el tema en las noticias. Y el asco es la palabra justa para ese desahogo, porque no exige argumentar. El asco no se argumenta. Se siente y se dice.
Me hace gracia que la misma palabra me sirva para un ex con lentillas de colores y para la clase política entera. Dice mucho de la palabra. O de mí.
Qué asco me doy
Y ahora, la vuelta. Porque el asco, en mis letras, no siempre apunta hacia fuera.

En «El espejo de enfrente» hay un estribillo que me da un poco de vértigo cada vez que lo leo:
«¡ Ay! Qué asco me doy, / Estoy harto de verme la puta cara en el espejo de enfrente»
Aquí el asco ha cambiado de dirección. Ya no es «das asco», ni «me das asco». Es «me doy asco». Reflexivo. El que siente el asco y el que lo provoca son la misma persona. Y fíjate en el «estoy harto», que es el mismo que en «Un falso amore»: «das asco, ¡y estoy harto!». Las dos canciones usan las mismas palabras, una hacia el ex y otra hacia el espejo.
Esto me parece de lo más honesto que he escrito, porque reconoce algo que pasa muy a menudo después de una relación con alguien que te ha hecho daño. El asco que sientes hacia el otro, a veces, se te da la vuelta. Te preguntas cómo pudiste aguantar, cómo no lo viste, cómo te dejaste. Y el asco que era para él acaba siendo para ti. Pero ¿cómo soy tan tonto?, que diría otra de mis letras.
Lo bueno de la canción del espejo es que no se queda ahí. Tiene un tramo en el que el espejo «se está portando bien», se marcan las abdominales, uno está resplandeciente. Y otro en el que se porta fatal. El espejo cambia de humor como cambia el tiempo en abril. Y el asco hacia uno mismo, en esa canción, es un día malo, no una condena.
Por qué el asco ayuda a irse
Aquí me pongo serio un momento, porque creo que hay una idea útil debajo de tanto táper.
Cuando alguien te ha manipulado, una de las cosas más difíciles de romper es el apego. Te acuerdas de lo bueno, del principio, de las primeras semanas, de los mensajes de buenos días. Y eso te hace volver. O pensar en volver. El odio no ayuda mucho a cortar ese hilo, porque el odio te mantiene enganchado: piensas en el otro todo el rato, le das vueltas, le dedicas energía.
El asco, en cambio, es una emoción de alejamiento. Su función, en el cuerpo, es esa: apartarte de lo que te puede hacer daño. Lo que da asco no se toca, no se come, no se acerca uno. Si consigues que el otro te dé asco, aunque sea un poco, el cuerpo te ayuda a irte.
No digo que haya que forzarlo. Ni que sea bonito. Digo que, en mis canciones, el asco aparece justo en el momento en que el narrador deja de querer volver. Es la señal. Mientras hay odio, hay vínculo. Cuando llega el asco, se acabó.
Esa es la única lección que me permito sacar de todo esto, y ya está dicha.
Del deseo al asco
Hay un recorrido que estas canciones hacen sin decirlo, y que me parece lo más interesante de todo: el que va del deseo al asco.

Al principio, el otro era deseable. Era el morenazo, el de los ojos azules que recordaban al mar, el que lucía paquete en la playa con mis bañadores de marca. Las mismas canciones que ahora dicen «das asco» contienen, en sus estrofas, el rastro de lo que gustaba. Los ojos. El cuerpo. La foto en la que salía guapísimo. El deseo no se borra de la letra: se queda ahí, como la marca de un cuadro que han descolgado de la pared.
Y luego, en algún momento, el mismo cuerpo que gustaba empieza a dar asco. No porque haya cambiado el cuerpo. Porque ha cambiado lo que sabes de él. Las lentillas, las velas falsas, el selfie recortado, las mentiras de cada día. Lo que sabes contamina lo que ves. Y lo que antes te ponía, ahora te revuelve.
Eso es muy humano, y muy difícil de contar sin caer en el drama. Por eso me gusta contarlo con humor. Porque el paso del deseo al asco tiene algo de chiste cruel: la misma persona, el mismo bañador, la misma playa. Y tú, que antes suspirabas, ahora arrugas la nariz.
El amor no siempre termina en odio. A veces termina en una mueca.
Escribir el asco sin dar asco
Una cuestión de oficio, para quien escribe canciones y se pregunta cómo meter algo así sin que el oyente se aparte también.
El asco es una emoción contagiosa. Si describes algo asqueroso con mucho detalle, el que escucha siente asco, y no necesariamente hacia quien tú quieres. Puede sentir asco hacia la canción. Hacia ti. Es un riesgo real, y canciones como «Esperma», con su vocabulario de urgencias, lo bordean a propósito.
Mi truco, si se puede llamar así, es el humor y la exageración. Cuando el asco se dice con una exclamación teatral, con un sinónimo de más, con una ceja levantada, el oyente entiende que es un juego. No le estoy restregando el táper por la cara. Le estoy enseñando el táper desde lejos y poniendo una cara exagerada, como un mimo. Y entonces se ríe, en vez de apartarse.
La otra clave es el destinatario. El asco de mis canciones siempre tiene un dueño claro: el falso amore, los ladrones, el reflejo de un día malo. Nunca es un asco difuso, de esos que manchan todo. Cuando el asco tiene dirección, el oyente se pone de tu lado. Cuando no la tiene, se protege.
Es como tirar un cubo de agua: si apuntas, mojas a uno. Si no apuntas, mojas a todos, y nadie te lo perdona.
«Qué asco, niño»
Hay una frase que cualquiera que haya crecido en una casa española ha oído alguna vez, con el trapo de cocina en una mano y la otra en la cadera: «¡Qué asco, niño!». Se dice cuando el niño mete el dedo en la nariz, cuando deja los calcetines debajo de la cama, cuando se come la tierra del parque.
Es un asco educativo, casi cariñoso. No condena al niño: condena lo que ha hecho. Y me parece que muchas de las veces que escribo «das asco» en una canción, hay algo de esa frase de madre debajo. No es un asco que destruye. Es un asco que corrige. Que señala lo que está mal y pasa página.
Lo cual, si lo piensas, es justo lo que hace un estribillo de ruptura: señalar lo que estuvo mal y pasar página.
Cinco ascos de la vida diaria
Para que no parezca todo tan solemne, te dejo un pequeño catálogo de ascos domésticos, que son los que de verdad me inspiran cuando escribo estas letras:
- El pelo de otro en la ducha del gimnasio, enroscado en el desagüe como una culebra.
- El chicle pegado debajo del pupitre del instituto, fósil de 1998.
- La leche que se ha cortado en el café y te das cuenta en el segundo sorbo.
- El mensaje de buenos días de un ex, tres meses después, con un emoji de sol.
- El táper de lentejas de tu madre que se quedó en el maletero en agosto.
El cuarto es el que más asco me da de todos, y es el único que no huele. Ahí está la gracia: el asco emocional funciona igual que el físico. Lo reconoces antes de pensarlo.
El asco y la pluma
Hay otra cosa del asco que me interesa como marica que escribe, y es lo que tiene de gesto. El asco se hace con la cara: la nariz arrugada, el labio levantado, la mano delante. Y es un gesto que tiene mucha tradición en la pluma.

La loca que pone cara de asco cuando ve a alguien mal vestido en la discoteca. La drag que se aparta del público con un abanicazo. La señora de los programas del corazón que dice «qué asco me da» moviendo la melena. Hay un asco teatral, exagerado, camp, que es casi una forma de arte. Y en mis canciones el asco tiene mucho de eso: además de emoción, es una pose. Una pose con la que uno recupera la dignidad.
Cuando escribo «sinceramente das asco», me imagino a alguien diciéndolo con la mano en la cadera y la ceja levantada. No a alguien llorando. Es la diferencia entre sufrir y despachar.
Y para que quede claro, como siempre: esas letras las escribo yo, sin inteligencia artificial. La música y las voces de mis canciones están hechas con herramientas de IA como Suno; soy letrista, compositor y productor, y no pongo la garganta. La ceja levantada sí es mía.
Cuando el asco sobra
Para no venderte que el asco lo arregla todo, una advertencia de oficio. Hay canciones en las que el asco no cabe. En «Entre cuatro paredes», por ejemplo, no hay ni una gota, porque es una canción de tristeza y la tristeza no aparta: se queda quieta. Meter asco ahí sería como poner un chiste en un funeral.
Y hay usos del asco que no me gustan. El asco hacia los cuerpos, hacia la gente por cómo es, por cómo se viste, por con quién se acuesta. Ese asco lo hemos sufrido mucho los maricas, durante siglos, y no lo quiero en mis canciones. El asco que escribo va dirigido a lo que alguien ha hecho, no a lo que alguien es. Al que se llevó los bañadores, no a su barriga. Al que roba, no a su acento.
Es una frontera fina, y seguro que alguna vez me la he saltado por un chiste. Pero intento respetarla. Hay un texto en el blog sobre hacer humor gay sin hacer daño que va justo de eso.
La nevera limpia
Vuelvo al táper del principio. Lo has tirado. Te has lavado las manos. Has abierto la ventana de la cocina. Y ahora la nevera está limpia, con su luz blanca y sus estantes vacíos, esperando la compra del sábado.
Eso es lo que viene después del asco en mis canciones. No hay venganza, no hay drama, no hay odio de telenovela. Hay una nevera limpia. Un cajón sin bañadores de marca, sí, pero también sin el táper podrido.
Si quieres oír cómo suena ese asco de ida y vuelta, tienes las canciones en la lista de singles y las letras en la página de letras. Empieza por el falso amore y termina en el espejo. Verás cómo la misma palabra cambia de dirección por el camino.
Y si algún día alguien te dice que das asco, recuerda lo que dice la canción: no es para sentirse afortunado. Pero tampoco es el fin del mundo. Es solo una nevera que alguien ha decidido limpiar.
Preguntas frecuentes
¿En qué canciones de Mike Sain't Louis aparece la palabra «asco»? En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» («Amore, sinceramente das asco»), en «Esperma», en «Un político español» («Que asco de ladrones») y, vuelta hacia uno mismo, en «El espejo de enfrente» («¡Ay! Qué asco me doy»).
¿Por qué usa el asco y no el odio? Porque el odio convierte al otro en un enemigo importante, mientras que el asco lo aparta como algo que ya no interesa. En sus letras, el asco marca el momento en que el narrador deja de querer volver.
¿Quién escribe las letras? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas y están escritas sin inteligencia artificial; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.
¿Dónde se pueden leer las letras completas? En gayfolkplanet.com/letras, con una página por canción.