
By Mike Sain't Louis ·
Veintidós veces «aquí»: «La primera drag de Benidorm» verso a verso, de los tacones rotos al «y bailo»
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«La primera drag de Benidorm» es una letra que se puede copiar a mano en el reverso de un tique de autobús. Veintiocho renglones. Ciento ocho palabras. Y de esas ciento ocho, veintidós son la misma: «aquí». Una de cada cinco. Cuando una letra es tan corta y tan insistente, cada pieza que no se repite pesa el doble, y por eso quiero leerla despacio, renglón a renglón, con el videoclip abierto en la otra mitad de la pantalla.
Antes de empezar, lo de siempre, para que nadie se lleve a engaño: soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las palabras y la producción salen de mí; la música y la interpretación vocal están hechas con IA. El clip lo subí a YouTube el 5 de mayo de 2025, a las ocho de la tarde en hora de Madrid, y dura dos minutos y treinta y seis segundos. Forma parte del segundo disco, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y en el catálogo ocupa la pista 98 de 273. Todo lo que copio aquí sale de la letra publicada, letra por letra, con sus comas, sus exclamaciones y sus puntos suspensivos.
Ya hay en esta web dos textos sobre esta canción y no quiero repetirlos. Uno recorre el vídeo plano a plano, de los tacones en la arena al último gesto. El otro habla de la frase final como gesto mínimo para los días más bajos. Este es otra cosa: un inventario. Qué palabra va en cada hueco, qué se mueve de una estrofa a la siguiente y qué imagen tengo delante mientras pasa cada tramo.
Las cuentas, primero
Veintiocho renglones con texto. Distintos, veintitrés, porque el estribillo de cuatro líneas sale dos veces y el «Aquí...» de la coda se dobla. Ciento ocho palabras en total y cincuenta y seis diferentes. Es decir, que casi la mitad del vocabulario se usa más de una vez.
La lista de frecuencias parece el esqueleto de la canción. Arriba del todo, «aquí», con veintidós. Muy lejos, «me», con siete. Después «mi», con cuatro: mi pecho, mi nombre, mi hambre, mi lengua. Y «desangro», con tres, que es el único verbo que llega a la coda.
La arquitectura es sencilla de dibujar en una servilleta. Cuatro estrofas de cuatro renglones, cortitas, de dos o tres palabras cada uno. Un estribillo de cuatro renglones largos que aparece tras la segunda estrofa y tras la cuarta. Y una coda de cuatro renglones que se va quedando sin aire. Todas las piezas tienen cuatro líneas. Lo que cambia es la longitud: las estrofas respiran poco, el estribillo se desboca y la coda se apaga.
Hay otra cuenta que me gusta hacer y que casi nadie hace: la de los signos. Las estrofas acaban en punto. El estribillo va entre signos de exclamación, de principio a fin, abiertos y cerrados como manda la ortografía. La coda vive de puntos suspensivos y termina, otra vez, en un punto. Grito entre dos silencios.
Primera estrofa: arrastrarse con tacones

Aquí me arrastro,
El primer verbo es el más bajo posible. No se camina, no se llega, no se entra: se arrastra uno. Y con pronombre, «me arrastro», que es una forma reflexiva de decir que el cuerpo tira de sí mismo como de un bulto. La primera palabra de la canción, antes que el verbo, ya es el adverbio que va a mandar en todo lo demás.
con tacones rotos,
Aquí aparece el único objeto de ropa que tiene la primera estrofa, y aparece estropeado. No dice tacones altos ni tacones de aguja. Dice rotos. El tacón es la herramienta básica de una drag, el pedestal que la separa del suelo, y la canción empieza con el pedestal partido. Por eso el verbo anterior es arrastrarse: sin tacón entero no hay manera de ponerse de pie con dignidad.
escupiendo sueños
Gerundio. La acción no se termina, se prolonga. Y lo que se escupe no es saliva sino sueños, que es una forma brutal de decir que las ilusiones salen del cuerpo como algo que sobra. Más adelante, en el estribillo, se escupirá al suelo de verdad. Aquí todavía es una metáfora.
por cada semáforo.
El primer lugar concreto de la letra no es un escenario ni un camerino. Es la calle. Un semáforo, y no uno solo: cada uno. Me gusta mucho esa palabra porque es esdrújula y porque obliga a imaginar un trayecto largo, de esquina en esquina, con paradas obligadas en rojo. La primera drag de Benidorm no está actuando: está volviendo a casa, o yendo a algún sitio, a pie.
Mientras pasa esto, el vídeo enseña un paseo marítimo de madrugada con las persianas metálicas bajadas, farolas encendidas y una figura lejana con plumas. Un poco después llega el plano que más se parece a esta estrofa: una reina con vestido plateado cruzando un paso de cebra vacío, entre bloques de hoteles con las ventanas iluminadas y los coches ausentes. No hay semáforo en el encuadre, pero hay paso de peatones, que es su primo hermano. La calle entera para ella, y nadie mirando.
Segunda estrofa: el cuerpo en llamas
Aquí sangro,
Del arrastrarse al sangrar. La segunda estrofa empieza igual que la primera, con el adverbio, pero cambia el verbo y lo hace más grave. Desaparece el pronombre: ya no es «me sangro», que nadie dice, sino «sangro», a secas, intransitivo. La sangre sale sola.
con la falda ardiendo,
Segunda prenda de la letra, y segunda prenda dañada. Primero los tacones rotos, ahora la falda en llamas. El orden tiene su lógica: de los pies hacia arriba. Y otra vez un gerundio, como el de los sueños escupidos. La canción se queda en el momento en que las cosas están pasando, sin permitir que terminen.
mi pecho abierto,
Primer posesivo. Hasta aquí la letra hablaba de tacones y faldas, cosas que se ponen y se quitan. Con «mi pecho» entra el cuerpo. Y entra abierto, que puede ser una herida, una operación o una forma de decir que ya no queda nada guardado dentro.
mi nombre deshecho.
Segundo posesivo, y el salto más importante de la estrofa: del cuerpo al nombre. Para una drag, el nombre es la otra mitad del personaje, el que se elige, el que va en el cartel. Que esté deshecho, como se deshace una costura o un moño, adelanta lo que dirá el estribillo al final de su último renglón: que nadie la recuerda. Si no hay nombre entero, no hay nada a lo que agarrarse para recordar.
Fijaos en las vocales finales de esta estrofa: sangro, ardiendo, abierto, deshecho. Las tres últimas comparten la e y la o en las dos últimas sílabas. Es asonancia, no rima perfecta, pero suena a pareja de baile que se mueve al mismo paso. En la primera estrofa pasaba algo parecido con rotos y semáforo, que se dan la mano por la o final.
En el vídeo, por esta altura, las reinas ya han salido de los callejones con grafitis y luces de neón rojas y verdes, y están en la arena. Una con tocado de púas plateadas y la cara pintada de blanco y negro, arrodillada, con los brazos abiertos frente al mar. Otra, más tarde, tumbada en la orilla con una máscara. Ninguna sangra. El clip no ilustra la herida; la pone a la luz de la luna para que no dé miedo.
El estribillo: ocho veces aquí
Lo leo por trozos, media línea cada vez, porque así está construido: cada renglón del estribillo son dos golpes separados por una coma. Cuatro renglones, ocho «aquí». Dos por línea, uno al principio y otro en la mitad, como dos clavos. Si las estrofas eran telegramas, el estribillo es una ráfaga.
El primer verbo sube de grado lo que venía de antes: de «sangro» a «me desangro». La diferencia no es pequeña. Sangrar es perder sangre; desangrarse es perderla toda. Y con el pronombre de vuelta, como al principio, cuando uno se arrastraba.
Luego llega «escupo al suelo». Lo que en la primera estrofa era una metáfora, escupir sueños, aquí se vuelve gesto físico. Se escupe al suelo, que es el gesto de desprecio más castizo que existe. Y desprecio, ¿hacia quién? La canción no lo dice, y me alegro de no haberlo dicho.
«Vendo heridas» es la frase que más veces me han comentado. Vender es lo que hace cualquier artista de noche: vende su número, su tiempo, su gracia. Pero aquí lo que se vende son las heridas. El espectáculo hecho con el propio daño. No lo digo como reproche a nadie: es una descripción bastante exacta de lo que hace mucha gente que sube a un escenario, yo incluido cuando escribo de lo mío.
«Pierdo el pelo» cierra el primer par y rima con «suelo». Es el renglón más doméstico, casi de consulta médica, y por eso mismo funciona. En medio del drama, una cosa tan prosaica como que se te cae el pelo. Para una reina, además, el pelo es peluca, laca, tocado. Perderlo es perder parte del traje.
El segundo par empieza con «rompo espejos». Primera acción del estribillo que no le pasa al cuerpo, sino que el cuerpo le hace a un objeto. Y el objeto es el espejo, que es donde se maquilla una drag, donde se construye. Romperlo da siete años de mala suerte, según el refrán, y también da una forma de dejar de mirarse. En otra canción mía, el espejo de enfrente es el enemigo que se porta bien unos días y fatal otros. Aquí ya no hay paciencia para eso: se rompe.
«Trago mierda» es el renglón que más me costó dejar tal cual. Es grosero y es exacto. Tragar es lo contrario de escupir: en el mismo estribillo, el cuerpo echa fuera y se mete dentro. Lo que se traga es lo que no se puede contestar.
«Sigo jodida» trae la única marca de género de toda la letra. Jodida, en femenino. Hasta aquí, nada en el texto decía si quien habla es ella o él; el título lo daba por hecho, pero la gramática no. En este renglón, la gramática se pone el vestido. Y el verbo es «sigo», que tiene trampa: estar jodida es malo, pero seguir es lo contrario de rendirse. Es el primer brote del final.
Y el último renglón: «aquí nadie me recuerda». Es el único verbo del estribillo cuyo sujeto no es la primera persona. Todo lo demás lo hace ella: se desangra, escupe, vende, pierde, rompe, traga, sigue. Lo único que hace otro, y lo hace en negativo, es recordar. Nadie. Si en la segunda estrofa el nombre estaba deshecho, aquí se confirma la consecuencia.
Las dos rimas del estribillo son suelo con pelo y mierda con recuerda. La primera es perfecta. La segunda es asonante y casi chistosa, porque empareja lo más bajo con lo más alto, la porquería con la memoria. Esa rima, a mí, me resume la canción.
En el vídeo, mientras imagino el estribillo, la cámara deja la arena y se va a la carretera entre hoteles, y luego a una terraza de primera línea con las mesas vacías. Hay una imagen que me parece la traducción exacta de «aquí nadie me recuerda»: una playa de noche con montañas de sillas de terraza amontonadas a ambos lados, una farola encendida y, al fondo, junto al agua, una figura sola y diminuta. El sitio donde en verano hubo miles de personas, vacío. Nadie.
Tercera estrofa: lo que se deshace
Aquí me deshago,
Tras el estribillo, la letra vuelve al formato corto. Y el verbo recoge la palabra que cerraba la segunda estrofa: si antes era el nombre el que estaba deshecho, ahora es ella entera la que se deshace. Del participio al presente. Del objeto al sujeto.
entre uñas quebradas,
Tercera prenda dañada, si contamos las uñas postizas como prenda. Rotos los tacones, ardiendo la falda, quebradas las uñas. El adjetivo cambia cada vez, como si la letra no quisiera repetir la palabra «roto» y buscara sinónimos cada vez más finos. Quebrado es más frágil que roto: se quiebra el cristal, la porcelana, la uña.
entre rezos de plástico
En mi diario escribí que esta es una de las mejores imágenes que he hecho, y lo mantengo. Rezos de plástico. Estampitas, rosarios de feria, vírgenes de recuerdo de chiringuito. Una devoción barata y, a la vez, sincera. Nadie compra una estampita de plástico si no necesita un poco de cielo.
y caricias prestadas.
Y la pareja del renglón anterior. Las caricias no son propias: alguien las presta un rato y se las lleva. La repetición de «entre» une las dos líneas como una frase sola: la protagonista se deshace en medio de uñas, rezos y caricias, como quien se derrite en una habitación llena de cosas que no son suyas.
La rima aquí es la más regular de toda la letra: quebradas y prestadas, consonantes de verdad. Justo en la estrofa que habla de deshacerse, la forma se pone más ordenada que nunca. Me gusta pensar que es la manera que tiene el texto de sujetar a quien se cae.
El vídeo, en este tramo, se llena de colores: una bailarina con tutú azul celeste girando en la orilla, otra con tutú de tul gris en mitad de una galería con las mesas y las sillas recogidas, una reina con falda morada en el paseo frente a los rascacielos. Son las imágenes más alegres del clip y llegan cuando la letra habla de deshacerse. No es contradicción. Es lo que pasa en la noche: la ropa brilla más cuanto peor se está por dentro.
Cuarta estrofa: lo que se calla

Aquí vomito,
El verbo más fuerte de las estrofas. Del escupir al vomitar hay un salto de escala: ya no es lo que sobra en la boca, es lo que sobra en el cuerpo entero. Y otra vez sin pronombre, como «sangro». Pasa y ya.
mis fotos censuradas,
Aquí está el único plural posesivo: «mis». Las fotos son lo que queda de una artista cuando nadie la recuerda, la prueba de que estuvo. Y están censuradas. Lo que se vomita, por tanto, es lo que no se dejó ver. Es la segunda vez, después de las caricias prestadas, en que asoma alguien de fuera, y esta vez para hacerle algo a la protagonista: censurarla.
mi hambre de barrio,
Para mí, la clave. La drag de Benidorm no sale de una academia ni de una familia con posibles. Sale de abajo, del barrio, y lleva el hambre puesta. El hambre de barrio es literal y figurada: hambre de comida y hambre de salir de ahí, de que la vean, de que la llamen por su nombre.
mi lengua cortada.
Y el último posesivo: la lengua. Que una canción termine su última estrofa con una lengua cortada es casi una broma triste, porque la canción es justamente lo que se dice con la lengua. Le cortaron la lengua y aun así está hablando. Censuradas y cortada siguen con la misma terminación en -ada de las quebradas y las prestadas de la estrofa anterior. Las dos estrofas de la segunda mitad comparten la misma música de a y a.
Mirad lo que ha pasado con el cuerpo de una estrofa a otra. Primero los pies, con los tacones. Luego la cintura, con la falda, y el pecho. Luego las manos, con las uñas. Y por último la boca, con el vómito y la lengua. Es un recorrido de abajo arriba, de la acera hasta la cara. La letra sube por el cuerpo mientras dice que todo se cae.
En el vídeo, la noche ya es noche cerrada en la playa: una reina de rojo con una cola enorme de tela que el viento levanta, otra de dorado con capa, una de morado de espaldas metiéndose en el agua con el vestido extendido sobre la espuma. Casi todas aparecen de espaldas o de perfil en este tramo, y lo agradezco: la letra acaba de decir lo de las fotos censuradas, y el clip, en lugar de enseñar caras, enseña vestidos que se van.
El segundo estribillo, idéntico
El estribillo vuelve sin una coma de diferencia. Las mismas cuatro líneas, los mismos ocho «aquí», las mismas exclamaciones. Lo que cambia es lo que sabemos al oírlo por segunda vez.

La primera vez, «vendo heridas» sonaba a frase hecha. La segunda, después de las fotos censuradas, suena a oficio. La primera vez, «aquí nadie me recuerda» era una queja. La segunda, después del hambre de barrio y la lengua cortada, es casi un diagnóstico. La repetición no es pereza: es una lupa que se acerca.
Hay una cosa más que solo se ve si se cuentan los «aquí» por bloques. En cada estrofa sale uno, al principio. En cada estribillo, ocho. En la coda, dos. Uno, uno, ocho, uno, uno, ocho, dos. Veintidós. Es una gráfica de pulsaciones: tranquila, tranquila, disparo; tranquila, tranquila, disparo; y al final dos latidos lentos antes del último renglón.
La coda: dos latidos y una salida

Aquí... Aquí... me desangro... y bailo.
La coda es lo único de la letra que no tiene equivalente en ningún otro sitio. Empieza con dos «aquí» sueltos, sin verbo, con puntos suspensivos. Por primera vez, la palabra que lo ha sostenido todo se queda sola, sin nada detrás. Como cuando alguien repite el principio de una frase porque no le sale el resto.
Luego vuelve el verbo del estribillo, «me desangro», también con puntos suspensivos. Y entonces, en minúscula, sin «aquí» delante, el único verbo de toda la canción que no es de dolor: «bailo».
Ese renglón tiene dos palabras y es el más corto de la letra. Es también el único que empieza por «y», la conjunción que suma. Hasta aquí, la letra iba poniendo una herida detrás de otra sin conectarlas, a golpe de adverbio. La «y» es la primera vez que dos cosas se juntan: me desangro y, además, bailo. No en lugar de. Además.
Y acaba en punto. No en exclamación, como el estribillo, ni en puntos suspensivos, como el resto de la coda. Punto. Que es la manera tipográfica de decir que esto no se discute.
Si cuento los verbos que hace la protagonista, me salen doce distintos: arrastrarse, sangrar, desangrarse, escupir, vender, perder, romper, tragar, seguir, deshacerse, vomitar y bailar. Once hablan de daño o de aguante, con «sigo» como única tregua. Uno, el último, habla de otra cosa. Es poco. Es suficiente.
El clip acaba con una imagen que no me esperaba cuando lo monté y que ahora no cambiaría. Una reina con vestido blanco de tul, la cara pintada de blanco y el moño alto, se agacha en la arena bajo una media luna y se queda con el zapato en la mano mientras las olas llegan detrás. No hay cartel final, no hay rótulo. Solo ese gesto. Y es el mismo objeto con el que empezó la letra, los tacones, ahora no rotos sino en la mano, elegidos. Para bailar en la arena hay que descalzarse.
Una gramática del cuerpo
Si dejo la letra en sus sustantivos, queda esto: tacones, sueños, semáforo, falda, pecho, nombre, suelo, heridas, pelo, espejos, mierda, uñas, rezos, plástico, caricias, fotos, hambre, barrio, lengua. Diecinueve cosas. Casi la mitad son del cuerpo o de lo que se pone el cuerpo. El resto son de la calle o de la noche. No hay ni un solo sustantivo de escenario: ni foco, ni telón, ni público, ni aplauso.
Esto me parece lo más importante de la canción y no lo vi hasta hacer la lista. Se llama «La primera drag de Benidorm», pero no sale ningún espectáculo. Sale lo de antes y lo de después: el camino a pie, el camerino de rezos de plástico, las fotos que nadie enseñó. El número en sí, lo que vería el público, está fuera. Lo que importa ocurre donde no mira nadie.
El vídeo respeta eso a su manera. No hay ni un escenario en los dos minutos y medio. Hay paseo marítimo, callejón, carretera, terraza cerrada y orilla. Las reinas bailan para la cámara y para el mar. Benidorm aparece al fondo, con los rascacielos encendidos, como una ciudad que sigue con su vida sin enterarse.
En mi diario escribí que la protagonista es una figura casi mítica y no una persona real, y quiero repetirlo aquí. No hay detrás ninguna artista concreta. Es una suma de todas las que se subieron a unos tacones antes de que hacerlo fuera fácil, en cualquier ciudad de costa o de interior.
Sus vecinas en el planeta
Benidorm aparece varias veces en mi catálogo y cada vez de una manera distinta. En «Madrid to Benidorm» es destino de carretera. En «La playa del Mal Pas» es una cala pequeña con su hoguera. Aquí es una ciudad que no recuerda. Si alguien quisiera hacer una ruta por el planeta con la costa alicantina de hilo, las tres canciones juntas dan un retrato bastante completo: el viaje de ida, el refugio y la memoria.
Los tacones, por su parte, tienen una prima directa en «Con el taconeo», donde el tacón es ritmo y tarima. Y el «y bailo» final conversa con «La música me está salvando», que dice lo mismo con más palabras, y con «Tattoo de Fénix», donde se baila sobre las cenizas.
Si queréis tener la canción a mano mientras leéis esto, se puede escuchar y descargar gratis desde la página de descargas, sin registro y sin pagar nada. El vídeo está también en su página de Planeta Gayfolk.
Lo que hay detrás
No voy a convertir esta letra en una autobiografía, porque no lo es. Pero sí sé de dónde me salió el verbo del final. Pasé veinte años atrapado en dos relaciones con personas narcisistas. Cuando se les cayó la careta, se ganaron a buena parte de mi entorno y lo pusieron en mi contra, y durante mucho tiempo lo que yo decía sonaba exagerado. Las canciones se convirtieron en el sitio donde poner mi versión por escrito, sin nombres y sin señalar a nadie.
Hubo una época en la que estuve cerca de no seguir. Lo cuento desde la recuperación, desde el otro lado, no desde dentro. Hoy sé cómo se llama lo que tengo (estrés postraumático, depresión mayor, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad) y estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico. No ofrezco el baile del final como receta. Es lo que hice algunos días, a ratos, en el salón de casa, cuando no había otra cosa que hacer con el cuerpo.
Si al leer esta letra te reconoces en el renglón equivocado, no lo atravieses solo. En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora a quien está pasándolo mal y a quien teme por otra persona. Si hay peligro inmediato, llama al 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717 y, para menores de edad, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Si vives fuera de España, en findahelpline.com aparece el servicio gratuito más próximo. Pedir ayuda también es un verbo que no habla de dolor.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La primera drag de Benidorm»? De una drag pionera e inventada que se arrastra por la ciudad con los tacones rotos, sangra, se deshace y comprueba que nadie la recuerda. La letra no cuenta su número, sino lo que hay antes y después. Termina con dos palabras que cambian el tono: «y bailo».
¿Cuántas veces se repite «aquí» en la letra? Veintidós veces en veintiocho renglones: una al principio de cada estrofa, ocho en cada estribillo y dos en la coda. Es la palabra que da forma a toda la canción.
¿Es una persona real? No. La protagonista es una figura que resume a muchas artistas que se subieron a unos tacones antes de que fuera fácil. No hay ninguna persona concreta detrás.
¿Qué se ve en el videoclip? Un paseo marítimo de madrugada con las persianas bajadas, callejones con grafitis y neones, reinas en la arena con tocados de plumas y púas, una carretera con paso de cebra entre hoteles, terrazas con las sillas apiladas, vestidos rojos, morados y dorados junto al agua y, al final, una reina de blanco que se agacha a coger su zapato bajo la media luna.
¿En qué disco está? En el segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». En el catálogo ocupa la pista 98 de 273 y el videoclip se publicó en YouTube el 5 de mayo de 2025.