Skip to content
← Song by songUna sábana que vuela, un velo entre las tumbas y un ataúd entre pétalos rojos: los fantasmas de Planeta Gayfolk

By ·

Una sábana que vuela, un velo entre las tumbas y un ataúd entre pétalos rojos: los fantasmas de Planeta Gayfolk

This article is only available in Spanish. Leer en español

Todo el mundo tiene fantasmas. No hablo de los de las películas, los que arrastran cadenas por los pasillos de un castillo escocés o aparecen en una foto antigua detrás de una cortina. Hablo de los otros, los que no salen en ninguna foto: un olor que te devuelve a una cocina en la que no querías estar, una frase dicha con un tono concreto, el ruido de unas llaves en la cerradura a una hora determinada. Fantasmas que no ocupan sitio y que, sin embargo, llenan una habitación entera.

Durante mucho tiempo pensé que a los fantasmas había que echarlos. Quemar salvia, abrir las ventanas, cambiar los muebles de sitio, mudarse de ciudad si hacía falta. Hoy pienso otra cosa. Pienso que a algunos fantasmas no se les echa: se les saca a bailar. Se les mira a los dos agujeros negros de la sábana, se les coge de la mano y se da con ellos una vuelta a la pista hasta que dejan de pesar tanto.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En Planeta Gayfolk hay un rincón donde los fantasmas no asustan, desfilan. Hoy quiero llevarte a ese rincón. Mi guía es «Beat My Post-Traumatic Stress», una pieza sobre sobrevivir a lo que el cuerpo sigue recordando aunque la cabeza intente olvidarlo.

La guía: una pieza que convierte el miedo en ritmo

El videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress» se publicó en YouTube el martes 8 de julio de 2025, en pleno verano, que es justo la estación en la que menos esperas encontrarte con un fantasma. Dura cuatro minutos y cincuenta y un segundos, uno de los vídeos más largos de todo el planeta, y en el recuento de 276 piezas audiovisuales ocupa el número 137. Pertenece al segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el de las ganas de escapar.

Cuando la escribí, la pensé como una pieza sobre caminar a través del miedo, la ansiedad y el silencio, y convertirlos en ritmo. Cada sintetizador lleva dentro una cicatriz; cada golpe de bombo es un latido que creí haber perdido. Porque a veces la curación no susurra: baila.

Puedes verlo con calma, junto al resto de vídeos, en el canal del planeta. Es un vídeo lleno de gente, de vestidos negros, de velas, de alas, de escaleras de palacio y de hogueras en mitad del campo. Ya dediqué un paseo entero a los personajes de «Beat My Post-Traumatic Stress», al reparto de ángeles, enmascarados y bailarinas. Hoy no voy a mirar a los vivos. Hoy voy a mirar a los que flotan.

Una sábana que vuela

Hay un momento del vídeo que me hace sonreír cada vez que lo veo. En una sala enorme, con cortinas grises y bruma morada pegada al suelo, se abre una pasarela. A los lados, de pie, esperan unas figuras blancas: fantasmas de los de toda la vida, de los de sábana, con dos agujeros negros por ojos y una tela que cae hasta el suelo como un camisón. Son fantasmas de disfraz de colegio, de fiesta de Halloween hecha en casa con lo que había en el armario de la ropa blanca.

Fotograma del videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»: fantasmas de sábana blanca con dos agujeros negros por ojos vuelan y giran en una sala con bruma morada

Y de pronto se mueven. La cámara se acerca, se mete entre ellos, y las sábanas empiezan a volar. Se hinchan como velas de barco, giran, se cruzan, pasan rozando el objetivo. Durante un segundo la pantalla entera es tela blanca en movimiento, pliegues que suben y bajan, bordes que ondean con la luz azulada de la sala.

No dan miedo. Al contrario: tienen algo torpe y tierno, como de niño que se ha disfrazado demasiado pronto y corre por el pasillo para asustar a sus padres. Son fantasmas que han decidido que, ya que tienen que existir, por lo menos van a bailar.

Fantasmas que hacen de público

Lo más curioso de esos fantasmas de sábana es su papel en la escena. No son los protagonistas. Están colocados a los lados de la pasarela, como público de un desfile o como guardianes de una ceremonia, mientras por el centro avanza una figura con unas alas irisadas de mariposa, transparentes, que cambian de color con cada paso.

Me encanta esa composición: lo que asusta, en los márgenes; lo que brilla, en el centro. Los fantasmas no desaparecen, siguen ahí, quietos, mirando. Pero ya no son ellos los que mandan en la escena. Ahora miran cómo otra cosa avanza por la pasarela, cómo otra cosa se despliega y abre las alas.

Así es, más o menos, como vivo hoy con mis propios fantasmas. No se han ido. A veces los veo de reojo, a los lados de la sala, con su sábana y sus dos agujeros. Pero ya no ocupan el centro de la pasarela. El centro, ahora, es para lo que he aprendido a construir después.

Un velo entre las tumbas

La otra cara de los fantasmas del vídeo está en el cementerio. Es un cementerio antiguo, de cruces de piedra torcidas y lápidas cubiertas de musgo, envuelto en una niebla lila que lo difumina todo. En lo alto del cielo brilla una luna llena enorme, blanca, perfecta, como un foco que alguien ha colgado para iluminar la escena.

Fotograma del videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»: dos figuras de negro, de espaldas, abren sus velos oscuros como alas entre cruces de piedra bajo una luna llena

Entre las tumbas, de espaldas a la cámara, hay dos figuras con vestidos negros largos y un velo oscuro y transparente que les cubre la cabeza y cae hasta la cintura. Levantan los brazos y abren el velo como si fueran alas, como si quisieran envolver con él a toda la niebla. No se les ve el rostro. Solo la tela negra, la luna, las cruces y la bruma.

Esas figuras son mis fantasmas favoritos. No llevan sábana blanca, llevan luto. Parecen viudas de una novela gótica o plañideras de un pueblo antiguo, de esas mujeres que acompañaban a los muertos con sus lamentos. Pero no lloran. Abren los brazos. Es un gesto de duelo y, al mismo tiempo, de vuelo.

La luna llena sobre las cruces

Esa luna aparece varias veces en el vídeo, siempre enorme, siempre llena, siempre sobre el cementerio. A veces la niebla es violeta, otras veces azulada, y la luna cambia de tono con ella. Debajo, las cruces de piedra se recortan como siluetas negras, algunas rectas, otras inclinadas, como si el suelo se hubiera movido después de enterrar a alguien.

La luna llena tiene muy mala fama. Se le echa la culpa de las noches sin dormir, de los hombres lobo, de los nervios de urgencias en los hospitales. Pero también es la luna que más ilumina. La única noche del mes en la que puedes caminar por el campo sin linterna. En el cementerio del vídeo, sin esa luna, no se vería nada. Gracias a ella, los velos tienen sombra y las cruces tienen forma.

Me gusta pensar que eso es la terapia: una luna llena colgada sobre tu propio cementerio. No hace que las tumbas desaparezcan. Pero te deja verlas. Y lo que se ve, poco a poco, se puede nombrar.

Un ataúd entre pétalos rojos

En otro plano del mismo cementerio, el suelo está cubierto de pétalos rojos, como si alguien hubiera deshojado cien rosas sobre la hierba. Y de pie, apoyados en las lápidas, hay dos ataúdes abiertos, con la tapa decorada con dibujos dorados y una figura pintada dentro, como esos sarcófagos antiguos en los que se retrataba al difunto para que nadie lo olvidara.

Fotograma del videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»: dos ataúdes decorados de pie entre lápidas, una alfombra de pétalos rojos y un abrazo bajo la luna llena

En el centro, entre los dos ataúdes, dos figuras vestidas de negro se abrazan muy juntas, casi fundidas, con la luna llena justo encima de sus cabezas. La escena es tan teatral que parece una ópera: tumbas, flores, luna, un abrazo. Y sin embargo no es triste. Hay algo de celebración en esos pétalos, algo de boda más que de funeral.

Ese plano me recuerda que los cementerios también son jardines. Que en un sitio de muertos crecen flores. Que se puede abrazar a alguien entre dos ataúdes. Y que el rojo de los pétalos no es solo el color de la sangre: es también el color de las rosas que alguien trae para decir que no se olvida.

Un velo rojo sobre la niebla

La tela vuelve una y otra vez en el vídeo, como si fuera el material del que están hechos los fantasmas. Hay un momento en el que un velo rojo enorme, casi infinito, atraviesa la pantalla de lado a lado. Detrás se adivinan unas formas puntiagudas, deformadas por el color, y dos figuras que caminan juntas, y la luna llena se vuelve una moneda pálida al fondo. Todo el cementerio queda teñido de rojo durante unos segundos, como visto a través de un cristal de iglesia.

En otro plano, una tela blanca y transparente cruza delante de la cámara en un salón de palacio con las paredes desconchadas, y lo que hay detrás se vuelve borroso, lejano, como un recuerdo que se mira a través de una cortina. Las llamas de unas velas brillan a través de la gasa como pequeños soles.

Así son los recuerdos difíciles. No los vemos nítidos. Los vemos a través de un velo, a veces blanco, a veces rojo, a veces negro. El velo deforma, tiñe, esconde. Y también protege: hay cosas que todavía no estamos preparados para mirar sin tela por medio.

Sombras que giran entre hogueras

Ya fuera del cementerio, el vídeo se abre a un campo de rastrojos al anochecer. Hay hogueras repartidas por la llanura, con humo blanco que sube despacio, y entre ellas un grupo de figuras vestidas de negro da vueltas cogidas de las manos. A contraluz, con el fuego detrás, no se distinguen los rasgos. Son solo siluetas: brazos levantados, faldas que giran, melenas que se mueven con el viento.

Fotograma del videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»: siluetas negras a contraluz bailan en un campo de rastrojos entre hogueras y humo blanco

Esas siluetas también son fantasmas, a su manera. Sombras proyectadas por el fuego, figuras que existen solo mientras hay llama detrás. Si las hogueras se apagaran, desaparecerían en la noche. Pero mientras arden, bailan.

Me gusta mucho que el vídeo no muestre caras en ese momento. Podría ser cualquiera. Podríamos ser tú y yo, girando en mitad del campo, alrededor de lo que nos quemó, sin que nadie sepa quiénes somos. A veces así se cura uno: en grupo, en la oscuridad, dando vueltas alrededor del fuego hasta que el fuego deja de dar miedo y empieza a dar calor.

Velas en un palacio vacío

Hay otra serie de escenas en un salón de palacio abandonado: paredes con frescos desconchados, columnas cubiertas de humedad, marcos dorados sin cuadro, suelo de mármol polvoriento. Por ese salón se mueven figuras con vestidos color arena que sostienen velas encendidas, y la luz de las velas es lo único cálido de toda la estancia.

Los palacios vacíos son, por definición, sitios de fantasmas. Alguien vivió ahí, alguien bailó en ese salón, alguien colgó esos cuadros que ya no están. Las paredes se acuerdan aunque no quede nadie. Y las velas, en ese contexto, son como pequeñas visitas: gente que vuelve a entrar en una casa abandonada para iluminarla un rato.

Eso hice yo durante años con mi propia casa interior. Entrar con una vela en las habitaciones que daban miedo. No para quedarme a vivir, sino para mirar qué había, para ver que los frescos desconchados también tenían su belleza.

Lo que el cuerpo recuerda

El título lo dice sin rodeos: estrés postraumático. Durante mucho tiempo no supe ponerle nombre a lo que me pasaba. Solo sabía que había ruidos que me hacían saltar, que había frases que me dejaban sin aire, que había noches en las que el pecho se me cerraba sin motivo aparente. El cuerpo se acordaba de cosas que yo había decidido no recordar.

Viví veinte años atrapado, primero con un narcisista y después con otro. Cuando por fin vi lo que había detrás de sus sonrisas, ellos se adelantaron: contaron su versión, y mucha gente de mi entorno la creyó. Me quedé con un diagnóstico de estrés postraumático y, al lado, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Durante una temporada muy oscura llegué a pensar que no quería seguir viviendo.

Hoy estoy aquí, escribiendo esto. Sigo en tratamiento con una psicóloga y un psiquiatra, y los fantasmas no se han ido del todo. Pero he aprendido a reconocerlos, a ponerles sábana y dos agujeros, a sentarlos a los lados de la pasarela. Si tú estás pasando por algo parecido y tienes pensamientos de quitarte la vida, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora; si es una emergencia, al 112. Fuera de España, en findahelpline.com encontrarás el teléfono de tu país. Hay alguien al otro lado de la niebla.

Primera escala: las máscaras que flotan en la alcantarilla

Los fantasmas del planeta tienen parientes en otros rincones. En el paseo que dediqué a las ratas de Planeta Gayfolk hablé de las máscaras blancas que flotan en el agua de los túneles de «La alcantarilla»: caras sin nadie dentro, desechadas por la ciudad después de la fiesta.

Esas máscaras son fantasmas de otra clase. Las sábanas de «Beat My Post-Traumatic Stress» esconden a alguien; las máscaras de la alcantarilla ya no esconden a nadie. Unas son presencia sin cara; las otras, cara sin presencia. Entre las dos se dibuja un mapa bastante exacto de cómo funciona la memoria del daño.

Segunda escala: la feria que nadie visita

En el paseo por las norias de Planeta Gayfolk recorrí otra niebla: la de una feria vacía, con norias blancas que giran sin pasajeros y un tiovivo sin jinetes. También allí hay fantasmas, aunque no lleven sábana: son los niños que ya no suben a los caballitos, las risas que ya no suenan.

La niebla de la feria es gris; la del cementerio es lila. Pero las dos hacen lo mismo: suavizan los contornos, dejan que lo que duele aparezca poco a poco, sin sobresaltos. A veces la niebla es la mejor amiga de quien tiene miedo de mirar.

Un fantasma no es un monstruo

Conviene distinguir. En Planeta Gayfolk hay monstruos de verdad: criaturas que escupen fuego, bestias enormes que persiguen a la gente por la calle. Los fantasmas son otra cosa. Un monstruo te ataca desde fuera; un fantasma vive dentro. Un monstruo quiere comerte; un fantasma solo quiere que te acuerdes de él.

Por eso con los fantasmas no sirve la espada. No se les vence en combate. Se les escucha, se les deja hablar, se les pregunta qué quieren. Y casi siempre lo que quieren es muy poco: que alguien reconozca que lo que pasó, pasó. Que no fue una exageración. Que no fue culpa tuya. Que dolió.

Cuando por fin alguien te cree, el fantasma se vuelve más ligero. La sábana sigue ahí, pero ya no pesa como una manta mojada. Pesa como una tela de verano, de esas que el viento levanta. Y entonces puede volar, como vuelan las sábanas del vídeo, y dar vueltas por la sala sin asustar a nadie.

A mí me costó mucho encontrar a alguien que me creyera. Durante años, mi versión fue la que nadie quería escuchar. Las canciones fueron la primera puerta: en ellas podía contar lo que en persona no me dejaban terminar. Cada pieza del planeta es, en cierto modo, una conversación con un fantasma.

Por qué los fantasmas bailan

Elegí que esta pieza fuera bailable, con un ritmo que empuja, porque quería que el estrés postraumático tuviera, por una vez, una banda sonora que no fuera de terror. Las películas siempre ponen música de violines chirriantes cuando aparece un fantasma. Yo quería otra cosa: sintetizadores, un bombo constante, algo que te hiciera mover los hombros aunque estuvieras temblando.

Bailar no borra el trauma. Pero le cambia de sitio. Lo saca del pecho, lo baja a los pies, lo reparte por el cuerpo entero. Cuando bailas, el corazón late deprisa por una razón buena, y el cuerpo, poco a poco, aprende que no todo latido rápido es una alarma.

Por eso en el vídeo los fantasmas giran. Por eso las sábanas vuelan, los velos se abren y las sombras dan vueltas alrededor del fuego. Es una fiesta de fantasmas. Y en una fiesta, nadie está solo.

Para escuchar con la luz encendida

Puedes descargar gratis «Beat My Post-Traumatic Stress», sin registrarte y sin dejar ningún dato, desde mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, el resto del planeta también está disponible gratis. Si te gusta leer lo que escribo, en el archivo de letras vas encontrando las que ya he publicado.

Te propongo escucharla así: primero sentado, con los ojos cerrados, dejando que aparezcan tus propios fantasmas. Luego de pie, moviendo los hombros. Y al final, si puedes, bailando por el pasillo como un niño con una sábana encima. Quizá suene a tontería. Pero hay pocas cosas más valientes que bailar delante de lo que te dio miedo.

Una carta a mis fantasmas

Querido fantasma de sábana: no te voy a echar. Ya sé que vienes de lejos, que llevas años dando vueltas por mis pasillos, que conoces cada habitación de mi casa mejor que yo. Puedes quedarte. Pero te pido una cosa: quédate a los lados de la pasarela, como en el vídeo. Mira, si quieres. No interrumpas.

Querida figura del velo negro: gracias por abrir los brazos entre las cruces. Durante años pensé que eras mi luto. Ahora sé que eras también mi manera de volar.

Querida sombra que gira entre las hogueras: te debo la idea de que se puede bailar alrededor de lo que quema. No lo olvido.

Y a ti, que lees esto con tus propios fantasmas sentados en el sofá: no estás encantado, estás vivo. Los fantasmas solo se quedan donde hay alguien que siente.

Cinco postales del cementerio que baila

Las sábanas blancas que vuelan alrededor de la pasarela, con sus dos agujeros negros por ojos.

Dos velos negros que se abren como alas entre cruces de piedra, bajo una luna llena.

Dos ataúdes de pie sobre una alfombra de pétalos rojos, con un abrazo entre ellos.

Un velo rojo infinito que tiñe de sangre y de rosa toda la niebla del cementerio.

Las siluetas negras que giran cogidas de la mano entre hogueras, en un campo de rastrojos.

Preguntas frecuentes

¿Qué fantasmas aparecen en el videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»? Fantasmas de sábana blanca que vuelan alrededor de una pasarela, figuras con velos negros entre cruces de piedra bajo la luna llena, ataúdes de pie entre pétalos rojos y siluetas que giran entre hogueras.

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»? El martes 8 de julio de 2025, en YouTube. Dura cuatro minutos y cincuenta y un segundos.

¿A qué disco pertenece «Beat My Post-Traumatic Stress»? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿De qué trata «Beat My Post-Traumatic Stress»? De sobrevivir a lo que el cuerpo sigue recordando: caminar a través del miedo, la ansiedad y el silencio y convertirlos en ritmo, porque a veces la curación baila.

¿Se puede descargar gratis «Beat My Post-Traumatic Stress»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.