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Ángeles de alas negras, máscaras de gas y una ronda alrededor del fuego: los personajes de «Beat My Post-Traumatic Stress»

Hay canciones que se cuentan con palabras y canciones que se cuentan con gente. «Beat My Post-Traumatic Stress» es de las segundas. Su videoclip dura casi cinco minutos y en él no hay diálogos, ni carteles explicativos, ni una historia de principio a fin. Hay un desfile. Decenas de personajes que aparecen, cruzan la pantalla y desaparecen: ángeles con las alas negras, mujeres con velo, enmascarados, bailarinas que giran, una mujer con alas de mariposa, un trono, una hoguera. Ninguno tiene nombre. Ninguno dice nada.

Cuando lo terminé y lo vi entero por primera vez, me di cuenta de que había hecho un retrato de familia. No de mi familia, sino de la gente que el trauma me había dejado viviendo dentro. Por eso este post no va a recorrer el vídeo plano a plano, sino personaje a personaje, como quien presenta a los invitados de una fiesta extraña. Y al final, si me dejas, te cuento por qué esta canción tiene ese título tan largo y tan directo.

Una canción con nombre de diagnóstico

Empiezo por el título, porque no lo elegí por sonar bien. En inglés se puede leer de dos maneras: «ganarle a mi estrés postraumático» y también, si se juega con la palabra «beat», «ponerle ritmo a mi estrés postraumático». Las dos lecturas son ciertas a la vez. Es una pelea y es un baile.

En la descripción que escribí para YouTube lo dejé dicho a mi manera: que era una canción para sobrevivir a todo aquello que el cuerpo no olvida. Un poco más abajo hablaba de cicatrices metidas dentro de los sintetizadores y de una percusión que me devolvía el pulso. Lo publiqué el 8 de julio de 2025, a las ocho y media de la tarde en Madrid, y está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco con el que empezó la trilogía, aunque en el catálogo de mi web figura dentro del segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Lo cuento tal cual, con las dos referencias. Si quieres tener el vídeo a mano mientras lees, está en su página dentro de Planeta Gayfolk.

La canción no tiene letra publicada en mi web, así que aquí no voy a citar versos. Me quedo con lo que sí está: el título, mis notas y lo que pasa en las imágenes. Que, como verás, es muchísimo.

La mujer del cartel

El primer personaje aparece antes incluso de que empiece la música. Es la mujer del cartel inicial: pelo recogido, hombros al aire con dibujos de tinta, un chal de colores resbalando por los brazos y las manos juntas delante del pecho, como quien reza o como quien se sujeta. Detrás de ella hay una feria de noche, con neones de colores y un tiovivo iluminado, y gente que pasea sin mirarla. Encima de su cabeza, mi nombre; debajo, el título en letras moradas.

Es la única figura de todo el vídeo que está en un sitio normal, rodeada de gente corriente. Todo lo que viene después ocurre en lugares imposibles: palacios en ruinas, cementerios, explanadas en llamas. Por eso la veo como la persona que somos de cara afuera. La que va a la feria, la que pasea, la que sonríe en las fotos. Con las manos juntas, eso sí, apretadas. Porque por dentro está pasando todo lo demás.

El chico de las telas fucsia

Después llega un chico sin camisa, de pie en una sala enorme con frescos desconchados en las paredes y velas encendidas en el suelo. A cada lado tiene a una mujer que levanta una tela larguísima de color fucsia, y las telas se mueven a su alrededor como si fueran agua o humo. Él no se mueve. Está en el centro, quieto, con los brazos caídos, mientras todo se agita alrededor.

Fotogramas del videoclip de «Beat My Post-Traumatic Stress»: un chico con alas negras y corona en un pasillo de velas, bailarinas girando sobre un suelo en forma de laberinto y mujeres de negro bailando entre escombros

Esa quietud me resulta muy familiar. Hay una forma de estar en el mundo, cuando has pasado por algo muy duro, que consiste en quedarse inmóvil para que nada te toque. Todo se mueve y tú no. Es una manera de protegerse, pero también una manera de no vivir. Lo bonito del plano es el color: en medio de un decorado gris y roto, esas telas son lo único vivo. El fucsia es el color que, en todo mi planeta, significa que todavía hay algo que late.

Las telas rosas vuelven más adelante, cuando unas figuras con máscaras de gas aparecen detrás de ellas, como si el tejido fuera una cortina entre dos mundos.

El hombre del sol en el pecho

Muy al principio hay otra figura central: un hombre con traje negro y el torso al descubierto bajo la chaqueta, con una luz dorada que le sale del pecho, como un pequeño sol encendido justo encima del corazón. A su alrededor, mujeres vestidas de negro de pies a cabeza, de pie entre escombros, en un salón que algún día fue lujoso.

Más adelante vuelve a aparecer un chico con el pecho iluminado, rodeado ahora de mujeres con vestidos dorados y negros que le acercan las manos, casi como quien se calienta en una chimenea. La luz que lleva dentro es lo que atrae a los demás.

Para mí ese personaje es la parte que no se apagó. Durante los años malos uno cree que se le ha ido todo, que no queda nada dentro. Y un día descubres que había una brasa. Pequeña, escondida debajo de la ropa, pero encendida. En la descripción de la canción hablo de recuperar un pulso que daba por muerto. Ese hombre del sol en el pecho es exactamente eso.

Los ángeles de alas negras

Si hay un personaje que se repite y que la gente recuerda de este vídeo, son los ángeles negros. Hay varios. Una mujer con antifaz, corona de rayos y unas alas enormes de plumas oscuras, de pie entre candelabros con velas negras. Un chico con las mismas alas, una corona fina y una falda larga abierta, que avanza por un pasillo de velas encendidas en el suelo. Otra figura con alas y tocado oscuro que mira a cámara en un salón iluminado de rojo.

No son ángeles caídos, ni demonios, ni ángeles de la guarda. Son otra cosa. Caminan despacio, con la cabeza alta, como si desfilaran. Las alas no las usan para volar, sino para ocupar espacio.

Cuando pienso en ellos pienso en la memoria. En los recuerdos que el trauma convierte en algo enorme, solemne, con alas, que de repente se planta delante de ti en mitad de un día cualquiera y ocupa toda la habitación. Lo que me gusta del vídeo es que no los presenta como monstruos. Son bellos. Dan respeto, pero no terror. Es la relación que he ido aprendiendo a tener con mis propios recuerdos: no puedo hacer que desaparezcan, pero sí puedo mirarlos a la cara y dejar que pasen de largo por su pasillo de velas.

Las mujeres del cementerio

Hay una parte del vídeo que ocurre en un cementerio. Ataúdes de madera oscura apoyados en vertical entre la hierba, cruces de piedra, una luna enorme y blanca al fondo y pétalos rojos por el suelo. Por allí se mueven mujeres con velos negros que les tapan la cara y vestidos largos, a veces de dos en dos, a veces en grupo, como en un cortejo.

No hay ningún entierro. Nadie llora. Las mujeres pasean, bailan un poco, se cruzan. Los ataúdes están abiertos o de pie, sin nada dentro que se vea.

Yo los entiendo como el luto por la vida que no tuve. Cuando pierdes muchos años en relaciones que te hacen daño, hay un duelo que nadie te reconoce: el duelo por todo lo que habrías podido ser y hacer en ese tiempo. Las mujeres del velo son ese duelo. Están ahí, forman parte del paisaje, pero en el vídeo no lo dominan. Pasean entre los ataúdes como quien pasea por un parque. Y eso, para mí, es la mejor señal: cuando el duelo deja de ser un funeral y pasa a ser un paseo.

Los enmascarados

Hay unos personajes que rompen la estética de todo lo demás: figuras con trajes oscuros y máscaras de gas, con una tira de luz azul o naranja cruzándoles la visera. Aparecen entre el humo, de frente, y luego se pierden. Son los únicos que no enseñan nada de la cara.

Collage con la carátula de «Beat My Post-Traumatic Stress», un hombre con chaqueta roja ante fondo negro y rojo, junto a las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Y sigo temblando siempre», «Contact Overwhelms Me» y «Antisocial»

Son, creo, los más inquietantes del vídeo. Y también los que mejor representan algo que cuesta mucho explicar a quien no lo ha vivido: la sensación de que el aire está contaminado. Cuando tienes un trauma, a veces cualquier sitio se vuelve peligroso. Un olor, una frase, un tono de alguien en la calle, y de repente necesitas protegerte como si respirar fuera arriesgado. Los enmascarados son esa alarma. No hacen nada, solo están, pero su presencia cambia la temperatura del plano.

En el vídeo, sin embargo, no se quedan. Pasan. Y detrás de ellos siempre vuelve el baile.

Las bailarinas del laberinto

Uno de los planos más bonitos está grabado desde arriba: una sala redonda, con el suelo dibujado como un laberinto de círculos, y decenas de bailarinas vestidas de blanco y de rojo girando sobre él mientras unos haces de luz azul las cruzan. Es un remolino. No se distingue a nadie en concreto; se distingue el movimiento.

Ese laberinto en el suelo me parece una de las imágenes más claras de lo que es vivir con estrés postraumático. Das vueltas. Vuelves a pasar por los mismos sitios. A veces parece que no avanzas. Pero las bailarinas no están perdidas: están bailando. El mismo recorrido circular que en otros momentos sería una trampa, aquí es una coreografía.

La mujer mariposa

Hacia la mitad aparece una figura que no se parece a ninguna otra: una mujer con unas alas de mariposa enormes e iridiscentes, de colores rosa, azul y verde, rodeada de figuras de blanco con velo en una nave oscura. Es el único personaje de colores claros en una secuencia llena de negro.

Las mariposas cargan con muchos símbolos, y no voy a elegir uno. Solo diré lo que siento al verla: que es la primera vez en todo el vídeo en que la belleza no es oscura. Hasta ese momento, lo bonito del clip es bonito como lo es un cuadro gótico. La mujer mariposa es otra cosa: luminosa, ligera. Es el primer día que te levantas y notas que el aire pesa un poco menos.

La ronda alrededor del fuego

Y llegamos a los personajes que, para mí, son el corazón del vídeo. En la última parte, grupos de mujeres vestidas de negro se dan la mano o levantan los brazos alrededor de hogueras, en un campo humeante al atardecer. Saltan, giran, gritan sin que se oiga el grito. Hay un plano visto desde muy arriba en el que se entiende todo: una explanada enorme, una gran hoguera en el centro, una hilera de estacas claras clavadas en la tierra y figuras pequeñas colocadas en círculo, como los radios de una rueda.

Lo que me emociona de esa ronda es que es colectiva. Durante casi todo el vídeo los personajes están solos o en grupos pequeños. Al final, se juntan. El fuego deja de ser algo que amenaza y pasa a ser algo alrededor de lo cual uno se reúne.

Eso es exactamente lo que me pasó a mí. Durante mucho tiempo creí que lo que me había pasado me separaba de los demás. Luego descubrí que había mucha gente alrededor de la misma hoguera. Personas que habían salido de relaciones parecidas, que tenían los mismos sustos en el cuerpo, que también habían escrito, pintado o bailado para poder contarlo. La ronda no apaga el fuego. Lo convierte en lugar de encuentro.

El trono y los rostros dorados

Antes del final hay todavía una imagen solemne: una figura vestida de negro sentada en un trono de metal oscuro, con dos hombres a sus pies, en una sala llena de luces rojas. Y el vídeo termina con un primer plano de cuatro mujeres con velos negros y la cara pintada con trazos dorados, como grietas rellenas de oro, que miran a cámara con fuego detrás.

Más fotogramas de «Beat My Post-Traumatic Stress»: un chico sin camisa entre dos telas fucsia en un salón en ruinas, figuras con máscaras de gas tras una tela rosa y cuatro rostros con velo y trazos dorados

Ese último plano me parece la despedida perfecta. Las grietas no se esconden: se pintan de oro. Las cicatrices pasan a formar parte de la cara, y la cara sigue mirando de frente. No sé si existe una forma mejor de decir lo que quería decir con esta canción.

Lo que hay detrás de este reparto

Te debo la explicación del título. El estrés postraumático no es una metáfora en mi caso: es uno de mis diagnósticos. Comparte informe con una depresión mayor grave, con la ansiedad, con la fobia social y con la evitación, que también tiene nombre de trastorno de la personalidad; lo conté entero en «Diagnóstico a los 41». Todo eso viene de unos veinte años que pasé en dos relaciones con personas narcisistas, una detrás de otra, y de lo que vino después: cuando aquello se destapó, se las arreglaron para que una parte de mi gente se pusiera de su lado y no del mío. No voy a dar más detalles ni a señalar a nadie, porque esta historia no va de ellos, sino de cómo se sale.

Hubo un momento en que estuve muy cerca del suicidio. Lo cuento porque hoy estoy aquí para contarlo, y porque sé que hay quien está ahora en ese punto. Si es tu caso, por favor, marca el 024. En España te atiende alguien formado para esto, de día o de noche, sin pagar nada y sin juicios. Si es una emergencia, el 112. Si eres menor de edad, la Fundación ANAR te escucha en el 900 20 20 10. Y fuera de España, findahelpline.com te dice a qué número llamar en tu país. Pedir ayuda funciona; lo expliqué con calma en «Hablemos del suicidio sin tabú».

Hoy sigo en tratamiento con mi psiquiatra y mi psicóloga, y estoy muchísimo mejor que cuando hice esta canción. Lo que no ha cambiado es que escribir me sigue ayudando a ordenar lo que siento. Por si alguien llega nuevo: soy el primer cantautor IA. Yo pongo la letra, la composición y la producción; la música y la interpretación vocal se hacen con IA. Las canciones fueron mi manera de contar mi versión cuando parecía que nadie quería oírla, y esta es la que lo dice con el nombre más claro. En las notas del vídeo lo resumí diciendo que era mi historia hecha música y una forma de avisar de que sigo en pie.

Por qué un desfile y no una historia

Me han preguntado alguna vez por qué este vídeo no cuenta nada, por qué es una sucesión de personajes sin argumento. La respuesta tiene que ver con cómo funciona la memoria cuando ha pasado por algo así. No llega en orden. No se presenta con un principio, un nudo y un desenlace. Llega a fogonazos: una imagen, un olor, una cara, una habitación. Y luego otra, que no tiene nada que ver. Y luego otra.

Ficha de «Beat My Post-Traumatic Stress» con su carátula roja y negra enmarcada, datos de letra y producción de Mike Sain't Louis

Por eso el clip salta del palacio en ruinas al cementerio, del cementerio a la nave con luces azules, de la nave al campo en llamas. Así es como yo recuerdo aquellos años: por escenas sueltas, sin hilo. Durante mucho tiempo eso me angustiaba, porque sentía que no era capaz de contar mi propia historia de corrido. Con la terapia entendí que no hacía falta. Que se puede vivir con una memoria hecha de retales, siempre que uno deje de pelearse con ella.

El vídeo hace lo mismo: no intenta ordenar a sus personajes. Los deja desfilar. Y en ese desfile, sin que nadie lo explique, hay una dirección. Empieza con una mujer sola apretándose las manos en una feria y termina con decenas de personas juntas alrededor del fuego. No hay historia, pero hay camino.

También hay otra razón, más sencilla. Una canción sobre el trauma podría haber tenido un vídeo triste, oscuro, de alguien llorando en una habitación. No quise eso. Quise vestuario, plumas, coronas, telas, luces de colores, bailarinas. Quise que el trauma, por una vez, tuviera que compartir pantalla con el espectáculo. Porque eso también es muy nuestro, muy de la cultura queer: convertir el dolor en algo que se puede mirar sin apartar los ojos, ponerle lentejuelas a lo que nos quisieron hacer esconder. No para quitarle importancia, sino para quitarle poder.

Sus vecinas en el planeta

Esta canción no está sola. En Planeta Gayfolk hay otras que hablan del mismo cuerpo que recuerda, cada una a su manera.

«Y sigo temblando siempre» pone nombre al temblor que se queda después, ese que aparece sin avisar. «Contact Overwhelms Me» es la versión silenciosa de este vídeo: el mismo planeta, pero sin gente, con salas vacías y un observatorio rosa. Si este clip es la fiesta llena de figuras, aquella es la mañana siguiente, cuando todos se han ido. «Antisocial» le da la vuelta a la soledad para convertirla en elección. Y «No Contact» cuenta el paso más difícil de todos: cortar del todo con quien te hizo daño.

Luego está «La música me está salvando», que es casi el lema de toda esta familia de canciones. Y en el tercer disco, «El día de la liberación», que es el sitio adonde todas ellas querían llegar.

Juntas forman un barrio entero del planeta. Un barrio donde no se esconde lo que pasó, pero donde tampoco se vive a oscuras.

Ese barrio se puede recorrer entero sin gastar un euro: en mi web hay una sección de descargas donde todo mi catálogo se escucha y se baja gratis, sin registro. Esta canción está ahí con las demás.

Para la próxima vez que lo veas

Te propongo un juego para cuando vuelvas al vídeo: elige un personaje y síguelo. No hace falta que sea el más llamativo. Puede ser una de las mujeres del cementerio, uno de los enmascarados, una bailarina del laberinto. Fíjate en cuándo aparece, con quién está, cómo se mueve.

Y después piensa a quién se parece de los que llevas dentro. Todos tenemos un reparto así. Hay días en que manda el ángel negro y días en que manda la mujer mariposa. Lo importante, creo, es lo que pasa al final del vídeo: que todos acaban, de un modo u otro, alrededor del mismo fuego, y que el fuego no los quema. Los reúne.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Beat My Post-Traumatic Stress»? Según la descripción que Mike Sain't Louis escribió para el vídeo, habla de sobrevivir a lo que el cuerpo no olvida y de convertir el miedo, la ansiedad y el silencio en ritmo. El título juega con «beat», que en inglés significa a la vez vencer y marcar el ritmo.

¿En qué disco está? La descripción del vídeo la sitúa en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía; en el catálogo de la web aparece en el segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

¿Quiénes salen en el videoclip? Un reparto de personajes sin nombre: una mujer con tatuajes en una feria de noche, un chico entre telas fucsia, un hombre con una luz dorada en el pecho, ángeles con alas negras, mujeres con velo en un cementerio, figuras con máscaras de gas, bailarinas sobre un suelo en forma de laberinto, una mujer con alas de mariposa, una ronda de mujeres alrededor de hogueras, una figura en un trono y, al final, cuatro rostros con trazos dorados.

¿Tiene letra publicada? Todavía no está publicada en la web, así que en este texto no se cita ningún verso.

¿Quién la ha hecho? Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical, con la música y la interpretación vocal hechas con IA.

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