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Una cabra en la azotea y un avestruz en la cocina: el videoclip de «La vecina cotilla»

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«La vecina cotilla» es una de mis canciones más gamberras. Habla de un chico que se ha encaprichado del vecino de enfrente, ese que hace deporte en pantalón corto y se asoma a la ventana en pijama, y que acaba admitiendo, con toda la vergüenza y toda la gracia del mundo, que se ha convertido en la cotilla del bloque. El videoclip se publicó en YouTube el 13 de noviembre de 2024 y dura tres minutos y cuarenta y ocho segundos.

En «La vecina cotilla, el personaje que todos tenemos en el rellano» hablé de esa figura tan nuestra, y en «Esperando a que den las diez» del reloj de pared y del amor de ventana. Aquí quiero contar el vídeo, que tiene muy poco de literal. Si esperas ver a un chico pegado a los visillos con unos prismáticos, no lo vas a encontrar. Lo que vas a encontrar es una cocina rosa con un avestruz dentro.

El avestruz del título

El clip arranca en una cocina de colores pastel: muebles rosa chicle, encimera blanca, un microondas con la puerta iluminada como si fuera una pantalla, un cuadrito en la pared. Y en mitad de la cocina, asomando por detrás de los muebles, un avestruz. Su cuello larguísimo sube hasta el techo y su cabeza gira a un lado y a otro, curiosa. Sobre la imagen aparece el título en letras blancas sobre etiquetas rojas, y mi nombre debajo, como una pegatina.

Me hace muchísima gracia que el primer personaje sea un avestruz. Si hay un animal que represente el gesto de estirar el cuello para ver lo que pasa en casa ajena, es ese. La cotilla de toda la vida se asoma al patio de luces; este avestruz se asoma desde su propia cocina, con el cuello entero.

A lo largo del vídeo vuelve muchas veces, siempre en cocinas rosas, siempre mirando de lado, siempre con ese ojo enorme y esas pestañas que parecen de rímel. Es la vecina cotilla del título hecha animal.

Dos avestruces y una ventana

Mirando el vídeo con atención, descubrí que no hay un avestruz, sino al menos dos. El del principio es claro, con el plumaje del cuello color arena y una especie de cresta despeinada en la cabeza. Pero más adelante aparece otro, mucho más oscuro, casi negro, de pie en medio de una cocina distinta: también rosa, pero con las paredes empapeladas de flores enormes, una puerta entreabierta, una ventana que da a un jardín y frutas sobre la encimera.

Este segundo avestruz parece más grande y más serio. Se queda quieto, de perfil, ocupando media cocina, como una señora que ha bajado a ver qué pasa. Y en otro plano, el avestruz claro aparece asomado detrás de un cristal con gotas, mirando hacia fuera desde una ventana, con la luz rosada de la tarde.

Me gusta pensar que son dos vecinas cotillas de dos pisos distintos. Porque en todo edificio que se precie hay más de una. Y cada una tiene su cocina, su ventana y su manera de estirar el cuello.

La primera cabra

Después del avestruz, el vídeo sale al exterior. Vemos tejados de un pueblo o de una ciudad pequeña bajo un cielo rosado, con un campanario al fondo. Y sobre uno de los tejados, una cabra. En el plano siguiente, la cabra salta. Vuela por el aire, con las patas recogidas, de un tejado a otro.

Las cabras son el segundo gran personaje del clip. Hay varias, y casi siempre las vemos en lo alto: en el borde de un tejado, en una cornisa, en la esquina de una azotea, o directamente en pleno vuelo entre dos edificios. Saltan sin miedo, sin barandilla, como si el aire entre bloque y bloque fuera suyo.

Para mí, las cabras son el deseo de cruzar al otro lado. El chico de la canción vive enfrente del vecino. Lo ve, pero no puede ir. Las cabras sí van. Saltan de un edificio al de enfrente como quien no quiere la cosa, y se plantan en la azotea ajena.

La cabra sobre la ciudad

Hay un plano que me parece precioso y que he elegido para la portada. Una cabra marrón, con los cuernos curvados, está de pie en el borde de una azotea altísima. Detrás de ella, una ciudad enorme se extiende hasta el horizonte, con bloques, carreteras y un cielo azul pálido. La cabra mira hacia un lado, tranquila, dueña de las vistas.

Tres fotogramas del clip de «La vecina cotilla»: un avestruz de pie en una cocina rosa y turquesa, una silueta ante una casa de ventanas rosas entre humo fucsia y una cabra que vuela entre dos edificios vista desde abajo

Es la imagen del cotilleo como deporte de altura. Desde ahí arriba se ve todo: todas las ventanas, todos los balcones, todas las azoteas. Y la cabra no parece tener ninguna prisa. Está en su mirador.

Me gusta que no tenga cara humana, que sea un animal, porque así el chiste funciona sin señalar a nadie. Nadie se puede sentir retratado por una cabra.

El cerdo de la cocina

Otro de los habitantes de esta casa es un cerdo. Lo vemos de cerca, en un primer plano exagerado, con el hocico rosa ocupando media pantalla. Después aparece de cuerpo entero en otra cocina, también rosa, mirando a cámara con las orejas levantadas, entre una nevera y un horno. En otro plano está quieto delante de una ventana, como esperando a que pase algo fuera.

El cerdo es, quizá, el personaje que más me hace reír del vídeo. Hay algo en su cara de sorpresa que me recuerda a esa expresión que se te queda cuando ves algo por la ventana que no deberías haber visto. Y, claro, un cerdo en una canción sobre alguien que reconoce que el vecino le pone nervioso tiene su doble sentido. La letra no se corta, y el vídeo tampoco.

Hay además un detalle de composición que me gusta mucho: el cerdo casi siempre aparece centrado, de frente, mirando directamente a la cámara, como si nos hubiera pillado a nosotros. Es el único animal del vídeo que nos devuelve la mirada sin disimulo. El avestruz mira de lado, las cabras miran al horizonte, pero el cerdo te mira a ti. Y eso le da la vuelta al juego: por un momento, los cotillas somos los que estamos viendo el vídeo, y el cerdo es el vecino que se ha dado cuenta.

La cascada del salón

En mitad del clip hay un plano completamente surrealista. Un salón con dos sofás rosas, cojines de colores, una lámpara de pie y una alfombra redonda. Y en la pared del fondo, entre los dos sofás, cae una cascada. Agua de color violeta, brillante, que sale del techo y se derrama sobre el suelo.

No sé explicar este plano, y creo que no hace falta. Es un salón normal donde ocurre algo imposible. Me recuerda a esa sensación de que, cuando estás colado por alguien, tu casa entera cambia. Las cosas de siempre se ven distintas. Hasta la pared del salón parece que va a romperse en agua.

También aparece un plano de un techo rosa visto desde abajo, con una forma geométrica en el centro, como si la cámara estuviera tumbada en el suelo mirando arriba. Es el punto de vista de alguien que se ha quedado en el sofá soñando despierto.

El astronauta rosa

Y entonces aparece un personaje que viene de mi universo: un astronauta con traje rosa fucsia, casco blanco y mochila, caminando de espaldas por callejuelas estrechas. Las paredes son de colores: amarillo, azul, verde, naranja. Hay macetas, ropa tendida, puertas de madera. El astronauta camina despacio, mirándolo todo.

Recorte de Mike Sain't Louis sobre papeles de cuaderno, con el estribillo de «La vecina cotilla» sobre la cotilla y la chiquilla

En otro plano llega a un mirador y se queda de pie frente a una vista de la costa: una ciudad blanca que baja hasta el mar, palmeras, un azul intenso. Más tarde lo vemos de nuevo en otra calle, y al final otra vez frente al mar, como si hubiera llegado a su destino.

Este astronauta es, para mí, un visitante de Planeta Gayfolk. Alguien que ha bajado a la Tierra a ver cómo vivimos, y que pasea por el barrio con la misma curiosidad que la vecina cotilla, pero desde fuera. Es un cotilla interplanetario. Y me encanta que vaya vestido de rosa, el mismo rosa de las cocinas.

El chico del humo rosa

Hay varias apariciones de un chico vestido de negro, con chaqueta oscura, de pie delante de un fondo de humo rosa y llamas naranjas. Detrás de él, a veces, se ve una casa con las ventanas encendidas de rosa, como si dentro hubiera una fiesta o un incendio. Él abre los brazos o se queda quieto, mirando a cámara.

Lo leo como el momento en que la canción dice que se derrite. El chico no está en peligro: está en mitad de un calor que no es de verdad, de color fucsia, como el que te sube por la cara cuando ves al vecino. El fuego aquí no quema. Es una forma exagerada, muy de mis vídeos, de decir que algo te pone a cien.

No voy a describir más su cara, porque no es lo importante. Lo importante es el decorado: humo rosa, llamas, una casa encendida. Todo en el mismo tono que el resto del clip.

El paracaídas al atardecer

Hay un plano muy breve que me encanta. Una figura cuelga de un paracaídas, o de unas cuerdas, sobre una ciudad enorme al atardecer. El cielo es rosa y naranja, el sol está a punto de ponerse en el horizonte, y debajo se ven miles de edificios.

Es la imagen de alguien que está en el aire, suspendido, sin tocar el suelo. Exactamente como se siente uno cuando está colado por alguien que vive enfrente y no sabe si algún día se atreverá a decirle algo. Flotando sobre la ciudad, mirándolo todo desde arriba.

El chico de la azotea

Y por fin, hacia el final, aparece algo parecido al vecino de la letra. Sobre una azotea altísima, con toda la ciudad a sus pies, un chico sin camiseta y en pantalón corto abre los brazos hacia el cielo al atardecer. En el plano siguiente, de espaldas, levanta los brazos por encima de la cabeza, estirándose, como quien termina una sesión de ejercicio.

Es lo más cercano que tiene el clip a una ilustración literal de la canción. El vecino que hace deporte en pantalones cortos está ahí, en lo alto del edificio, estirándose frente a la ciudad. Pero lo vemos de lejos, de espaldas o a contraluz, como lo vería alguien desde la ventana de enfrente. El vídeo nos pone en el sitio de la cotilla.

Me parece la mejor manera de enseñarlo. No hay un primer plano del chico, no hay cámara lenta recorriéndole el cuerpo. Hay una silueta en una azotea, al atardecer. Lo demás lo pone la imaginación, igual que en la canción.

Las cabras que vuelan

En los últimos segundos, las cabras vuelven a saltar. Una pasa volando entre dos edificios altos, contra un cielo azul limpio, con las patas estiradas. Otra cae desde una cornisa. Otra planea, literalmente, sobre los bloques. La cámara las mira desde abajo, como si estuviéramos en la calle viéndolas pasar por encima de nuestras cabezas.

Detalle de la portada de «La vecina cotilla» con los versos del vecino de los shorts, junto a las portadas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y «Cómo a mi chihuahua»

Es un final de vuelo. Después de tanto mirar desde la ventana, las cabras se lanzan. Y me gusta pensar que es lo que el chico de la canción acabará haciendo algún día: dejar de mirar y saltar a la azotea de enfrente.

El avestruz del final

Pero antes del final, el avestruz vuelve una última vez. Lo vemos en su cocina rosa, con el cuello estirado, girando la cabeza hacia la cámara con esos ojos enormes. Como diciendo: yo sigo aquí. Yo sigo mirando.

Es el remate perfecto. Por mucho que las cabras salten y el astronauta pasee, la vecina cotilla no se va a ningún sitio. Se queda en su cocina, asomada, enterándose de todo.

El campanario del principio

En el primer plano exterior del vídeo, antes de que salte ninguna cabra, se ve un pueblo de tejados rojos bajo un cielo rosado, y al fondo un campanario. Dura apenas un segundo, pero me parece un guiño precioso.

El campanario es la atalaya más antigua del cotilleo. Desde lo alto de la torre se veía quién entraba y quién salía, quién iba a misa y quién no, quién se paraba más de la cuenta en un portal. Durante siglos, el pueblo entero fue un patio de vecinos vigilado desde arriba. Que el clip empiece ahí, y que después suba todavía más alto, a las azoteas de una gran ciudad, es como contar en dos planos la historia entera de mirar por la ventana: del campanario al rascacielos.

Dentro y fuera

El montaje del vídeo tiene un ritmo muy claro. Alterna una y otra vez el interior y el exterior: cocina rosa, tejado; salón con cascada, azotea; avestruz, cabra; cerdo, astronauta. Casi nunca hay dos planos seguidos del mismo tipo.

Esa alternancia es, en realidad, la estructura de la canción. La cotilla está dentro de su casa y mira lo que pasa fuera, en la casa de enfrente. El vídeo nos hace saltar de un lado al otro igual que salta la mirada de quien está asomado: aquí, allí, aquí, allí. Las cocinas son el sitio desde donde se mira. Las azoteas son lo que se ve.

Y en medio de esos dos mundos, las cabras, que son las únicas que cruzan de verdad. Las que hacen lo que el chico de la canción no se atreve a hacer.

Lo que el vídeo deja fuera

Igual de interesante que lo que sale es lo que no sale. En el clip no hay prismáticos, ni visillos, ni persianas entreabiertas, ni un chico pegado al cristal. Tampoco aparece el reloj de pared del que habla el tramo final de la letra, el que marca las horas mientras el protagonista espera a que den las diez. No hay ningún rostro de vecino en primer plano.

Creo que esa ausencia es lo que hace que el vídeo funcione. Todo lo que podría ser incómodo, el espionaje literal, la cara concreta de alguien observado, se sustituye por animales, colores y un astronauta. La canción se queda con la picardía y el vídeo le añade la ternura. Si hubiera enseñado a un chico real mirando a otro chico real por la ventana, el tono habría cambiado por completo.

Y hay algo más: al no enseñar al vecino de cerca, el vídeo respeta lo que dice la letra en el fondo, que todo está en la imaginación del protagonista. Él pone la canción e imagina que bailan juntos. El vídeo también imagina. No documenta.

El cartel del primer disco

El vídeo termina con el póster de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK»: tres chicos trajeados con chaquetas estampadas de flores, delante de un fondo rosa con un planeta enorme. Es la firma con la que cierro muchos de mis clips. Si te pica la curiosidad, en la página del disco cuento de dónde viene ese planeta.

Ficha de «La vecina cotilla» con su portada enmarcada, su número en el catálogo y los créditos de letra y producción

Por qué animales

Me han preguntado alguna vez por qué el vídeo de «La vecina cotilla» está lleno de animales y no de personas. La respuesta más honesta es que me hacía gracia. Pero hay algo más.

Una canción que habla de espiar al vecino tiene un riesgo: que el vídeo resulte incómodo, que parezca que se celebra mirar a alguien sin su permiso. Con animales, ese riesgo desaparece. El avestruz que estira el cuello, la cabra que salta al tejado de enfrente, el cerdo con cara de sorpresa: todos hacen lo que hace la cotilla, pero en versión fábula. Te ríes del gesto sin que nadie salga retratado.

Y además, los animales tienen algo de inocente. La canción es pícara, sí, pero no es mala. El chico no hace daño a nadie: solo mira, sueña y pone la canción imaginando que baila despacito con el vecino. Es un enamoramiento de ventana, de los que casi todos hemos tenido. Los animales le dan esa ternura.

El rosa como argumento

Si miras el vídeo entero, verás que hay un color que lo ocupa todo: el rosa. Rosa en las cocinas, rosa en el salón, rosa en el traje del astronauta, rosa en el humo, rosa en el cielo del atardecer, rosa en las casas encendidas. Incluso el cerdo es rosa.

No es casualidad. El rosa es el color de Planeta Gayfolk, y aquí funciona como una especie de filtro: todo lo que se ve a través de los ojos de la vecina cotilla está teñido de rosa. Cuando estás colado, el mundo entero cambia de color. El vídeo lo hace literal.

La ciudad desde arriba

Otra cosa que se repite mucho es la ciudad vista desde lo alto. Las azoteas de las cabras, el mirador del astronauta, la azotea del chico, el paracaídas sobre los edificios. Casi nunca estamos a pie de calle.

Me gusta porque el cotilleo es, en el fondo, una cuestión de altura. La vecina cotilla de toda la vida vive en un piso alto y mira hacia abajo. Este vídeo sube todavía más: a las azoteas, al cielo. Desde ahí, la ciudad entera es un patio de vecinos. En «Madrid sin postal» hablé de cómo la ciudad aparece en mis canciones, y esta es una de sus caras: la ciudad como algo que se mira por la ventana.

Un clip para reírse

No todo en mi catálogo tiene que ser profundo, y «La vecina cotilla» es la prueba. Es una canción para reírse, para bailar en la cocina y para reconocer, con cariño, esas tonterías que hacemos cuando alguien nos gusta. El vídeo lo entiende: es absurdo, colorido y un poco loco. Tiene cabras voladoras. Qué más se le puede pedir.

Si te gusta este tono, en «Cómo a mi chihuahua» hay otro animal protagonista, aunque la canción va por otro lado. Y en «Un sitio que todavía no existe» cuento por qué me gusta inventar lugares imposibles como esa cocina rosa con avestruz.

Para verlo con calma

El vídeo completo está en mi canal de YouTube y en la página de vídeos. La letra, con el estribillo y el tramo final del reloj de pared, está en las letras. Yo escribo, compongo y produzco; la música e interpretación vocal están hechas con IA. En la página sobre mí cuento cómo trabajo, y en los shorts hay trocitos de muchos de mis clips.

Un juego: cuenta las cabras. Yo me pierdo siempre a partir de la quinta.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «La vecina cotilla»? Un avestruz que asoma el cuello en una cocina rosa, cabras que saltan de tejado en tejado y vuelan entre edificios, un cerdo curioso, un salón con una cascada violeta, un astronauta rosa paseando por callejuelas de colores, un chico rodeado de humo rosa y otro haciendo estiramientos en una azotea al atardecer.

¿Cuándo se estrenó el vídeo? Se publicó en YouTube el 13 de noviembre de 2024 y dura tres minutos y cuarenta y ocho segundos.

¿Por qué aparecen animales en lugar de personas? Porque así el gesto de la canción, mirar lo que pasa en casa ajena, se cuenta en clave de fábula y con humor, sin que nadie salga retratado.

¿Aparece el vecino de la canción? Más o menos: hacia el final se ve a un chico en pantalón corto estirándose en una azotea al atardecer, siempre de lejos y a contraluz, como lo vería alguien desde la ventana de enfrente.

¿Con qué termina el vídeo? Con el cartel de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía.