
By Mike Sain't Louis ·
Una aurora sobre la nieve: «The Northern Lights», los caminantes solitarios y el norte de Planeta Gayfolk
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Cuando pienso en Planeta Gayfolk casi siempre lo veo rosa. Plazas, azoteas, cruceros, desfiles, playas de Benidorm, toreros que se besan, salones con bola de espejos. Es un planeta de calor y de gente. Pero todo planeta tiene polos, y el mío también. El vídeo de «The Northern Lights» es, para mí, el viaje al norte: un sitio frío, enorme, casi vacío, donde el cielo hace todo el espectáculo y la gente que aparece se limita a mirarlo.
Lo subí a YouTube el 1 de noviembre de 2025, un sábado, a las seis y media de la tarde en Madrid, el día de Todos los Santos. Dura unos tres minutos y medio. En la lista de vídeos del canal es el número 38 de 276, entre el de «La playa del Mal Pas» y el de «El día de la liberación», que da título al tercer álbum. En el catálogo de canciones es la pista 260 de 273, justo después de «Holy Stillness» y justo antes de «Ya no nos gusta la Oreja de Van Gogh». Si quieres verlo mientras lees, está en su página dentro de mi web.
Antes de seguir, una presentación rápida para quien llegue de nuevas: soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical, con la música y la interpretación vocal hechas con IA. Escribo las letras, decido cómo suena cada canción y construyo los vídeos, y todo eso forma un mismo mundo, Planeta Gayfolk.
Este texto no va de la letra, porque la letra de esta canción aún no figura en mi página de letras y aquí no cito nada que no esté ahí. Va de otra cosa: del sitio que ocupa este vídeo en el mapa del planeta, de lo que se ve en él y de por qué un reggae lento acabó viviendo en la nieve.
Un título en inglés que se queda en inglés
Hay canciones mías con título en inglés que en realidad piensan en castellano. Esta no. «The Northern Lights» son las luces del norte, las auroras boreales, y el nombre funciona igual en cualquier idioma: todo el mundo entiende la imagen aunque no haya visto nunca una aurora de verdad.
La descripción que escribí para el vídeo también está en inglés. Empieza diciendo que la escribí «like a slow exhale», como una exhalación lenta, y la llama «a reggae heartbeat glowing in the dark»: un pulso de reggae encendido en lo oscuro. Habla de humo, de color y de calma, de una alegría quieta que asoma cuando ya no actúas. Y termina con dos instrucciones que me siguen gustando mucho: «Breathe in peace. Exhale the noise». Respira calma, suelta el ruido.
Me parece una buena forma de entrar en el vídeo. No es una historia con principio y final. Es una respiración. Se coge aire al principio, se suelta al final, y entre medias hay cielo.
In English, in a few lines For readers who arrived here from outside Spain: «The Northern Lights» is a slow reggae track from my third album, «El día de la liberación», and its music video takes Planeta Gayfolk, my usually pink and crowded universe, to its cold northern edge. Frozen lakes, snowfields, empty roads, people walking alone under green and violet auroras, two drones, and close-ups of eyes that seem to keep the sky inside them. The video ends, like several others, with the poster of my first album. All my music can be streamed and downloaded for free from my website.
El primer plano: un cielo dentro de los ojos
El vídeo no empieza con el cielo. Empieza con unos ojos.

Un primer plano muy cerrado de una cara, tan cerrado que solo se ven los ojos y un poco de piel, y en los ojos, reflejada, la aurora: una franja verde que se dobla dentro de cada iris como si el cielo se hubiera metido ahí. Encima, en letras verde lima, mi nombre; debajo, el título. Es el rótulo del vídeo y al mismo tiempo su idea entera.
Más adelante vuelven los ojos, dos veces. En una, una cara con los ojos azul hielo y unos puntitos de luz flotando delante, como copos o como estrellas muy cerca. En otra, un ojo solo, enorme, con el iris convertido en una aurora en miniatura con un bosque diminuto dentro, y delante, desenfocadas, las puntas negras de unos abetos.
Me gusta mucho ese recurso. Una aurora no se puede tocar ni guardar. Solo se puede mirar. Y lo único que te llevas a casa es lo que se te ha quedado en los ojos. El vídeo dice eso sin palabras: lo importante no es el cielo, es quién lo mira y qué se lleva dentro.
La nieve como página en blanco
Casi todo el vídeo ocurre sobre blanco. Llanuras de nieve, un lago helado que refleja el cielo como un espejo, montañas bajas al fondo, algún tramo de costa oscura. No hay casas, no hay ciudad, no hay letreros. Lo único que se mueve es la aurora, que ondula encima en verde, en amarillo, en violeta, a veces en un rosa muy pálido que es lo único que recuerda al resto del planeta.
En Planeta Gayfolk casi todos los escenarios están llenos de cosas. Mercadillos, banquetes, discotecas, bodas, platós, pasillos de hospital pintados de rosa. Aquí no hay nada que decorar. La nieve es como una página en blanco, y la aurora es la única tinta.
Eso cambia la manera de mirar. En un vídeo lleno de objetos, el ojo va de un detalle a otro. En este, el ojo descansa. Puedes quedarte un rato mirando una sola franja de luz moverse sin que nada te distraiga. Es lo más parecido a una meditación que he metido en el canal.
Los caminantes solitarios
La gente de este vídeo casi nunca está acompañada. Hay muchas figuras, pero cada una aparece sola en su plano, como si el norte del planeta fuera un sitio donde cada cual va a su aire.
Hay alguien de pie en mitad de un lago helado, con los brazos abiertos, recortado contra la aurora. Hay alguien con mochila caminando por la nieve, de perfil. Hay alguien que se aleja por un sendero de huellas hacia el horizonte, muy pequeño. Hay figuras que corren por la nieve, levantando polvo blanco, y otras que simplemente se quedan quietas mirando hacia arriba. Muchas están a contraluz, convertidas en siluetas negras, sin cara.
Hay un gesto que se repite tanto que acaba siendo la firma del vídeo: los brazos abiertos. Una silueta tras otra levanta los brazos hacia el cielo o los extiende hacia los lados, como quien recibe algo, o como quien se deja mirar por fin sin esconderse. Algunas levantan una sola mano, como saludando a alguien que está muy arriba.
No le pongo nombre a ninguna de esas figuras. No son personajes de una historia, ni gente concreta. Para mí son la misma persona repetida en distintos momentos de un proceso: la que se aleja, la que se para, la que corre, la que abre los brazos. Caminar solo no es aquí una tristeza. Es un tiempo para uno mismo, que es otra cosa.
Un chico que flota
Hay dos momentos en que el vídeo se olvida de la gravedad.

En el primero, alguien da un salto enorme en la nieve con los brazos y las piernas abiertos, y el salto dura más de lo que debería, como si el aire le sostuviera. En el segundo, un chico vestido de blanco, de pies a cabeza, aparece tumbado en el aire, flotando delante de la aurora como si estuviera sobre una colchoneta invisible, completamente relajado.
Ese chico de blanco me lleva directamente a la portada de «Breeze», otra canción del tercer disco, en la que alguien con camisa blanca y pantalón de lino también flota en el aire, esta vez sobre un litoral de casas encaladas al atardecer. Son dos versiones del mismo deseo: quedarse ingrávido un momento. En «Breeze» lo levanta una ráfaga de viento caliente; en «The Northern Lights», el frío y la luz.
No es que en el planeta la gente pueda volar. Es que hay momentos en que te sientes así, ligero de golpe, después de mucho tiempo cargando cosas. El vídeo lo dibuja literal.
Humo, focos y un escenario a la intemperie
En mitad de tanta nieve hay un par de planos que parecen de otro sitio. Un chico sin camiseta, de pie, con los brazos abiertos, envuelto en una nube de humo blanco muy espeso, con haces de luz de colores cruzando por detrás como si estuviera en un escenario. Más adelante, otra figura entre humo blanco, con dos focos de luz saliendo de detrás.
Son los únicos momentos del vídeo con algo de discoteca. El humo y los focos son el lenguaje de la noche del resto del planeta: las pistas, las fiestas, los clubes. Aquí aparecen trasplantados a la intemperie, sin techo y sin público, con la aurora asomando por encima. Es como si alguien hubiera sacado la discoteca a la nieve para ver qué pasa cuando la luz de verdad es la del cielo y no la de los focos.
Y lo que pasa es que los focos pierden. Al lado de la aurora, cualquier haz de luz artificial parece pequeño. El vídeo pone las cosas en escala: hay luces que se encienden con un interruptor y luces que se encienden solas.
Dos drones bajo la aurora
Hay un plano que me hace mucha gracia y que casi nadie comenta. Alguien de espaldas, en una orilla, levanta la mano. Encima, contra el cielo verde, vuelan dos drones de cuatro hélices, uno al lado del otro.
No sé si la mano saluda a los drones o a la aurora. Me gusta que no esté claro. Los drones son la única tecnología visible del vídeo, la única cosa del siglo veintiuno en un paisaje que podría ser de hace mil años. Y son, además, aparatos que sirven para mirar desde arriba. Igual que los ojos del principio, son otra forma de mirar el cielo, solo que con hélices.
Para un proyecto como el mío, en el que la música y los vídeos se hacen con herramientas de inteligencia artificial, hay algo simpático en ver dos máquinas volando bajito debajo de un fenómeno natural que ninguna máquina puede fabricar. Las herramientas ayudan a contar. Lo que se cuenta sigue siendo lo que se siente.
Carreteras que dejan estelas
El otro elemento que reaparece sin parar son las carreteras. Una carretera de montaña de noche, que serpentea entre colinas, con las luces de los coches convertidas en líneas blancas y rojas por la exposición larga. Una recta que se pierde en el horizonte con una luz al fondo. Una carretera que de pronto brilla en verde, como si la aurora se hubiera derramado sobre el asfalto. Y, cerca del final, una autovía con estelas rojas y blancas pasando a toda velocidad bajo un cielo de colores.
En estos planos no se ve a nadie. Solo las luces que dejan los que pasan. Es la otra manera de estar en el norte: no caminando, sino de paso, en coche, con el cristal bajado.
En su ficha la recomiendo para viajes largos por carretera sin rumbo decidido. El vídeo lo tenía claro antes que yo. Las carreteras son la parte del viaje en la que todavía no has llegado y ya no estás donde estabas. Ese entre medias es exactamente el espacio de esta canción.
El cartel que lo devuelve todo al rosa
Y después de tres minutos de verde, de blanco y de azul noche, el vídeo se cierra con un golpe de rosa: el cartel del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Tres chicos con traje, muy juntos, casi frente con frente, delante de un planeta rosa enorme, con el título en letras grandes.

La canción no es de ese disco, es del tercero. Pero varios vídeos del canal terminan así, y en este en concreto el contraste es enorme. Venimos de figuras solas en la nieve y acabamos en tres cuerpos casi tocándose. Del frío al calor. Del silencio al planeta lleno.
Lo leo como una vuelta a casa. El norte está bien para respirar, para mirar el cielo, para estar un rato a solas. Pero no es para quedarse a vivir. Cuando ya has cogido aire, el planeta te espera con su gente.
La portada: alguien sentado en las rocas
La portada de la canción tiene la misma aurora, pero cuenta otra cosa. Un hombre sentado sobre unas rocas mojadas, con camisa oscura abierta, tatuajes en el pecho y los brazos y una cadena con una cruz, mirando de frente. Detrás, un fiordo de agua oscura, montañas con nieve, las luces pequeñas de algún pueblo junto al agua y, en el cielo, una cortina de aurora verde. El título va en letras blancas y verde lima, con trazo de brocha.
Si el vídeo es todo movimiento y espaldas, la portada es quietud y mirada de frente. En el vídeo la gente camina hacia la aurora; en la portada alguien se ha sentado delante de ella y te mira a ti. Me gusta pensar que es el mismo viaje: primero caminas mucho, y cuando por fin te sientas, ya puedes mirar a alguien a los ojos.
Dónde queda el norte en Planeta Gayfolk
Si dibujara un mapa de Planeta Gayfolk, «The Northern Lights» estaría arriba del todo, en el polo. Y no estaría sola.
Muy cerca tendría a «Holy Stillness», su vecina en la lista de canciones, una nana en inglés para cuando el mundo deja de pelear. Si «Holy Stillness» es la noche dentro de una habitación, «The Northern Lights» es la misma noche al aire libre. Una se escucha tumbado; la otra, caminando.
También anda por ahí «Dreams Drift Afar», casi todo murmullo, con estrellas y un cielo de luna. Y «Lai», otro vídeo de calma, con bicicletas entre lavandas y un globo dorado. Las tres, con «The Northern Lights», forman el barrio tranquilo del planeta, el de las canciones que bajan el pulso.
Y en el otro extremo, el contraste. «Contact Overwhelms Me» enseña un planeta rosa sin nadie, lleno de salas vacías donde refugiarse del contacto. «The Northern Lights» comparte con ella la soledad, pero no el encierro: aquí no hay salas, todo es intemperie, y la soledad no es para esconderse, sino para abrirse. Es como si el chico que sube la escalera entre nubes al final de aquel vídeo hubiera salido por arriba y hubiera aparecido aquí, en la nieve, con los brazos abiertos.
Por qué un reggae en la nieve
Puede parecer raro: si la canción es un reggae, ¿por qué el vídeo no está en una playa? El reggae se asocia al calor, al Caribe, al verano. Ponerlo en la nieve parece un error.

Para mí es justo lo contrario. El reggae tiene un balanceo que no empuja, que te deja mecerte sin pedirte nada. Es un ritmo de calma. Y la aurora es exactamente eso: un despliegue inmenso que sucede lento, sin director ni horario. Al juntarlos, el frío deja de ser hostil. La nieve se vuelve un sitio cálido por dentro, como un jersey gordo.
Hay algo que me divierte también: en el resto del planeta el calor viene de fuera, del sol de Benidorm, de los focos, de los cuerpos apretados en la pista. Aquí el calor tiene que ponerlo uno. El ritmo, la respiración, el gesto de abrir los brazos. Es una canción que no te da el calor hecho; te enseña a fabricarlo.
Lo que esta canción tiene que ver conmigo
En la ficha de la canción la dedico, entre otros, a quien viene de una temporada mala y le hace falta coger aire. No lo puse por poner.
Durante muchos años viví en un ruido constante. Estuve en relaciones que me hicieron mucho daño, primero una y después otra, y hubo gente a mi alrededor que acabó poniéndose en contra de mí. Todo eso me dejó con ansiedad, con depresión y con estrés postraumático, y con la sensación de que nunca podía bajar la guardia. Mis canciones fueron, en buena parte, mi manera de contar mi versión de aquello sin tener que discutirla con nadie. No voy a dar nombres ni detalles. No hace falta.
Lo que sí cuento es que hoy estoy en tratamiento psicológico y psiquiátrico, y que estoy mucho mejor. Y que canciones como esta forman parte de ese «mejor». No son de cuando estaba en lo peor, sino de cuando empecé a respirar. Por eso la descripción insiste tanto en inspirar y expulsar el ruido. Es casi una receta que me di a mí mismo.
Si ahora mismo estás tú en ese ruido, no tienes que salir solo. En España puedes llamar al 024, gratis, a cualquier hora y de forma confidencial; en una emergencia, al 112. Si estás fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar la línea de ayuda de tu país. Y contárselo a alguien de confianza ya es un primer paso.
Cómo escucharla y llevártela
Toda mi música se puede escuchar y descargar gratis desde mi web, sin registro ni pago, en la página de descargas de canciones. «The Northern Lights» está ahí, igual que el resto del catálogo, y también en las plataformas de siempre.
Mi consejo para esta en concreto es el mismo que doy en su página: póntela al anochecer, en una azotea o en un coche con el cristal bajado. Y si algún día tienes la suerte de ver una aurora de verdad, llévatela en el móvil. No le hace falta mucho volumen.
Tres cosas en las que fijarte la próxima vez
La primera, cuenta los brazos abiertos. Hay muchas siluetas que lo hacen, y cada una lo hace a su manera: de frente, de espaldas, con una sola mano, saltando. Al final te darás cuenta de que es casi una coreografía repartida entre gente que no se conoce.
La segunda, mira bien el ojo con los abetos. Dentro del iris caben la aurora y un bosque diminuto, y delante asoman las copas negras de los abetos. Es el paisaje entero metido en una sola mirada, y para mí es el plano más bonito del vídeo.
La tercera, espera al final. Después de tanto verde, el rosa del cartel del primer disco llega como una puerta que se abre a una casa llena de gente. Es el planeta diciéndote que ya puedes volver.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se publicó el videoclip de «The Northern Lights»? El 1 de noviembre de 2025, a las seis y media de la tarde en Madrid, en el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis. Dura unos tres minutos y medio.
¿En qué disco está «The Northern Lights»? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. En el catálogo es la pista 260 de 273, entre «Holy Stillness» y «Ya no nos gusta la Oreja de Van Gogh».
¿Qué se ve en el videoclip? Auroras verdes y violetas sobre llanuras de nieve y lagos helados, figuras que caminan, corren o abren los brazos a contraluz, un chico vestido de blanco que flota en el aire, dos drones, carreteras con estelas de luz y primeros planos de ojos que reflejan la aurora. Termina con el cartel del primer disco.
¿Qué estilo musical tiene la canción? Mike Sain't Louis la describe como un reggae lento, «un latido de reggae que brilla en la oscuridad», pensado para bajar el ritmo y respirar.
¿Se puede descargar gratis? Sí. Toda la música de Mike Sain't Louis se puede escuchar y descargar gratis, sin registro, desde la sección de descargas de mikesaintlouis.com.