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Un túnel de papeles y una boda que llora: «Ruido en mi mente» verso a verso, del reloj parado al muro

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«Ruido en mi mente» es una de las letras más cortas y más apretadas que he escrito. Veinticuatro versos, seis bloques de cuatro, ni una línea de relleno. Ya le dediqué un texto entero a los objetos que aparecen en ella, el reloj, el ladrillo, la luna, el muro. Esta vez quiero hacer otra cosa: recorrerla en orden, estrofa a estrofa, mirando a la vez qué enseña el videoclip mientras suena cada parte.

El vídeo oficial apareció en YouTube el 24 de marzo de 2025, ya de noche en Madrid, y dura dos minutos y cincuenta segundos. Lo he repasado de arriba abajo con una captura cada cuatro segundos, parándome donde el montaje gira, y he cotejado la letra con los subtítulos automáticos de YouTube. Esos subtítulos no fijan los segundos con precisión, de modo que cuando digo que un verso cae sobre tal plano hablo de zonas del vídeo.

Una advertencia antes de empezar: la letra no cuenta una historia con principio y final. Cuenta un estado. Por eso leerla verso a verso no es seguir un argumento, sino ver cómo el ruido cambia de forma de una estrofa a otra.

Las cuentas de una letra breve

La letra publicada tiene 24 líneas y 171 palabras, de las que 114 son distintas. Es una proporción alta: casi dos de cada tres palabras aparecen una sola vez. En una canción con estribillo eso es raro, y tiene una explicación que llegará al final. Las palabras más repetidas son «ruido» y «mi», seis veces cada una, y si se suman todas las formas de la primera persona (mi, mí, me, mis) salen diez. Es una letra que habla todo el tiempo desde dentro.

Solo hay dos preguntas en todo el texto, y van juntas, en la cuarta estrofa. Y solo hay un número implícito: el tres del «ruido ruido ruido», que abre los dos estribillos.

El cartel: un remolino de ropa

Antes del primer verso, el clip enseña su título. Sobre una superficie blanca, como una nube o una sábana arrugada, gira un remolino hecho de telas y prendas de colores, azul, granate, blanco, con algo que parece un sombrero de copa flotando entre ellas. Al fondo, el negro del espacio. Por encima, en verde neón, va escrito el nombre de la canción junto al mío.

Es una imagen que vuelve hacia el segundo setenta y dos, casi igual. Un tornado de cosas cotidianas que no se posan nunca. Si tuviera que dibujar el ruido de la letra con un solo objeto, sería algo muy parecido a eso.

Primera estrofa: los ecos

Hay ecos que chocan dentro de mí

El primer verso ya plantea el problema en términos de sonido. No son palabras de nadie, no son recuerdos con cara: son ecos, es decir, sonidos que ya pasaron y siguen rebotando. Y chocan. El verbo es de accidente, de cosas que se dan golpes en un espacio cerrado. El espacio es el narrador mismo: «dentro de mí».

La segunda línea añade la paradoja: esos ruidos nunca quieren salir. No es que no puedan, es que no quieren. La letra les da voluntad propia, como si fueran inquilinos que se niegan a irse.

Un reloj parado grita su tic

Este es para mí el mejor verso de la estrofa. Lo propio de un reloj detenido es callarse. Y sin embargo grita. La frase junta dos imposibles: el tiempo detenido y el sonido más fuerte. Es la sensación exacta de cuando algo que ya terminó sigue sonando en la cabeza como si no hubiera terminado nunca. La transcripción automática recoge «un reloj parado grita» y se salta el «su tic»; supongo que la máquina tampoco sabe cómo suena un reloj que no funciona.

La estrofa cierra con un aire tan cargado que se compara con un ladrillo, y encima gris. El ruido, que hasta ahora era sonido, se vuelve peso. Las cuatro líneas riman en «i» (mí, salir, tic, gris), una vocal aguda y cerrada, la más parecida a un pitido.

En el vídeo, este arranque coincide con una fiesta. Hacia el segundo cuatro, en una sala llena de humo blanco, una mujer con vestido negro habla mirando a cámara rodeada de gente con copas; a los ocho, un hombre ríe con un vaso en la mano. Y de pronto, en el doce, un chico con chaqueta bordada se tapa la cara con las dos manos ante un fondo de colores psicodélicos que giran. El contraste está servido desde el principio: fuera hay fiesta y conversación; dentro hay un remolino.

Segunda estrofa: la luna idiota y el pasado en la cama

La segunda estrofa cambia el registro. Si la primera era de sonido y peso, esta es de figuras. Abre con unas horas que bailan, y que están rotas. Bailan además en la sombra del narrador, que es un sitio donde nadie más mira. En la transcripción se oye «las olas rotas» en vez de «las horas rotas»; es un error de la máquina, pero no me parece un mal error. Las olas también se rompen y también vuelven.

Tres planos del clip de «Ruido en mi mente»: la multitud que se vuelve una ola verde en la playa, la farmacia vacía con sus estanterías blancas y la lava que cae al mar

Debajo llega la luna, que se burla con una carcajada idiota. El adjetivo es durísimo, casi un insulto de patio de colegio, y por eso funciona: la luna, que en tantas canciones es confidente, aquí se mofa del insomne.

El pasado se sienta al filo de mi cama

Y la tercera imagen es la más íntima. El pasado tiene cuerpo, se sienta, y elige el borde de la cama, el sitio donde uno se sienta para hablar con alguien enfermo o para despertarlo. La línea siguiente explica para qué ha venido: para dejarle claro quién manda en esa relación de servidumbre, y la palabra va en femenino. Ya hablé de ese femenino en el otro texto; aquí solo apunto que convierte la relación con el pasado en una servidumbre. El pasado no visita: manda.

Las cuatro líneas riman de dos en dos: rotas con idiota, cama con esclava. Es una rima más suelta que la de la primera estrofa, y el verso de la cama es el más largo hasta ahora. La estrofa se estira como se estira la noche.

En el clip, mientras tanto, aparecen dos personajes que se repiten. Uno es el chico de la chaqueta bordada, que se tapa la cara, se agarra el cuello o se lleva las manos a las orejas, siempre ante los mismos fondos que giran en rosa, azul y amarillo (segundos veinte, treinta y seis, cuarenta y cuatro, sesenta y cuatro). El otro es un hombre con barba y jersey rojo, sobre un fondo claro, que mira a cámara muy serio (segundos veinticuatro y sesenta). Entre medias, una multitud gris en lo que parece una oficina o una sala de espera, gente con papeles en la mano que no se mira entre sí.

El primer estribillo: correr en círculos

Ruido ruido ruido en mi mente otra vez

El estribillo empieza con la palabra del título repetida tres veces, sin comas. Es la manera más directa de escribir algo que no para: no hay pausa entre un ruido y el siguiente. Y luego, «otra vez», que es la clave de todo. No es la primera noche. Es una noche más.

La segunda línea es la de cerrar los ojos sin que el ruido se vaya «esta vez». El primer verso decía «otra vez» y este dice «esta vez», y los dos riman consigo mismos: el estribillo empieza con una rima idéntica, vez con vez, que es como dar una vuelta sobre el mismo punto.

Y en la tercera línea llega la vuelta literal: el narrador corre dando vueltas sobre sí mismo, que es moverse mucho sin llegar a ningún sitio, y lo hace dentro de un sueño que carece de red, como un trapecista sin nada debajo. La imagen mezcla dos miedos: el de no avanzar y el de caer. El estribillo termina con un grito que el narrador ahoga y que nadie ve. «No hay quien lo ve», dice la letra, con un indicativo donde la gramática pediría subjuntivo; lo cito tal cual, porque así está escrito, y porque esa forma suena más a habla de madrugada que a redacción.

En el vídeo, el primer estribillo trae las imágenes de multitud. Hacia el segundo cuarenta y ocho, una playa con edificios altos al fondo y una masa de gente que corre por la arena. En el cincuenta y dos, la misma masa se vuelve verde, como si fuera una ola de humo o de agua que avanza hacia la orilla. Y en el cincuenta y seis, un corte seco: una farmacia vacía, con estanterías blancas llenas de cajas y una luz fría de hospital.

La farmacia

Me detengo en ese plano porque es el único del clip que no tiene nada de fantástico. Una farmacia, sin más. Vuelve hacia el segundo setenta y seis, ahora con una dependienta que alarga la mano por encima del mostrador, y otra vez hacia el ochenta, con alguien que sostiene un papel delante de las estanterías. No hay drama en esos planos. No hay nadie llorando. Hay un sitio donde se va a buscar algo que ayude.

Retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis sobre papeles rasgados, junto al verso «Ruido ruido ruido en mi mente otra vez»

La letra no habla de farmacias ni de tratamientos, y no voy a ponerle palabras que no tiene. Pero el clip coloca ese lugar justo entre el estribillo del ruido y la estrofa del laberinto, y es difícil no leerlo como lo que es: una de las salidas reales que existen cuando la cabeza no para.

Tercera estrofa: una salida burlona

La tercera estrofa es la del encierro. Por primera vez el narrador dice lo que quiere, que es escaparse, y nombra el sitio del que quiere huir: un laberinto. La línea siguiente le da al laberinto la misma cualidad que tenía la luna: la salida se ríe, y se ríe «distinto». Es un adverbio raro, casi un error, y me gusta precisamente por eso. No dice cómo se ríe, solo que de otra manera. Como si cada vez que uno cree encontrarla, la risa cambiara de tono.

Después llega la caída. La letra la conjuga con «sigo», señal de que no es la primera y de que lleva tiempo cayendo, y el suelo que encuentra son espejos rotos en pedazos, con un reflejo herido en cada trozo. Es la estrofa más visual de la letra: laberinto, salida, espejos, reflejo. Riman de dos en dos con mucha precisión, laberinto con distinto y partidos con malherido, y las cuatro terminan en «o».

El vídeo, aquí, encuentra su mejor imagen. Hacia el segundo sesenta y ocho aparece un túnel en espiral hecho de papeles, telas, prendas dobladas y fotos sueltas, girando hacia un centro negro. La cámara entra en él. Vuelve poco después, hacia el ochenta y dos, igual de vertiginoso. Es el laberinto y es la caída a la vez: un pasillo sin paredes fijas que se cierra en remolino. De ahí sale la imagen de cabecera de este texto, sin ninguna persona dentro: solo papeles que giran.

A continuación, hacia el ochenta y cuatro, un plano aéreo de una costa con una lengua de lava naranja que baja hasta el mar entre humo blanco. Es la imagen más grande del clip, y la única de naturaleza en estado puro.

Cuarta estrofa: las dos preguntas

La portada de «Ruido en mi mente» rodeada por las de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», «La última carta», «El abismo en mi cabeza» y «El espejo de enfrente»
¿Es verdad o un truco la realidad?

La cuarta estrofa es la única con signos de interrogación, y los gasta todos de golpe. La primera pregunta duda de la realidad misma: ¿es verdad o un truco? La segunda propone otra opción: que todo sea la resonancia de algo imposible de borrar. Y con esa palabra, eco, la letra vuelve a su primer verso. Los ecos que chocaban dentro en la línea uno reaparecen aquí, en la diecisiete, como posible explicación de todo.

Mis propios fantasmas no dejan de gritar

Las dos últimas líneas de la estrofa son respuestas, no preguntas. Cada paso vuelve a atrapar al narrador, y sus propios fantasmas gritan sin parar. El adjetivo «propios» es muy importante. No son fantasmas de otro, ni del pasado de nadie: son suyos. La letra no busca culpables fuera; describe lo que pasa dentro. Las cuatro líneas riman en «-ar» (realidad, olvidar, atrapar, gritar), una rima abierta después de tantas «i» y tantas «o».

En pantalla aparece entonces un personaje nuevo: un hombre con barba, blusa negra de lunares con encaje y hombreras rojas, que aprieta los puños ante una mandala de colores (segundos ochenta y ocho y noventa y dos). Es el plano más teatral del vídeo, casi de ópera. Y luego, una terraza con barandilla sobre una ciudad junto al mar, por donde la gente camina deprisa en todas direcciones (segundos noventa y seis y ciento ocho).

La boda

Entre la cuarta estrofa y el último estribillo, el clip mete su secuencia más larga y más clara. Hacia el segundo cien, en un salón con lámparas de araña, un hombre con esmoquin y pajarita sonríe rodeado de invitados elegantes. Cuatro segundos después se tapa la cara con la mano. En el ciento doce sigue tapándose, y en el ciento dieciséis mira a un lado con el ceño fruncido, mientras detrás de él la fiesta continúa. Más tarde, hacia el ciento cuarenta y ocho, otro hombre de traje oscuro llora apoyado en una pared blanca, con la mano en la boca, mientras una mujer de negro sonríe en la puerta de al lado.

Es la escena que mejor traduce el grito ahogado del estribillo, ese que nadie ve. Un salón lleno, una celebración, y alguien en el centro que se está rompiendo sin que los demás se den cuenta. Nadie le pregunta. Nadie deja de bailar. El ruido de dentro no se oye fuera.

El segundo estribillo: no es el mismo

Y aquí está el detalle que más me gusta de toda la letra, el que explica por qué tiene tantas palabras distintas. El último bloque arranca exactamente igual que el estribillo de la mitad, con el triple ruido y el «otra vez». Pero las tres líneas siguientes son nuevas. Ya no se cierran los ojos, no se corre en círculos, no se ahoga el grito.

El silencio me juzga y se ríe sin fe

Ahora es el silencio el que juzga y se ríe. Después de la luna que se burlaba y de la salida que se reía distinto, el tercer personaje que se ríe del narrador es el silencio, justo lo que debería ser el remedio del ruido. Hasta el silencio está en contra. Y se ríe «sin fe», que es una forma muy rara de reírse: sin creer en nada, ni siquiera en la propia burla.

Construyo un muro para verme después

La penúltima línea es la única de toda la canción en la que el narrador construye algo. Hasta ahora todo eran cosas que le pasaban: ecos, risas, caídas. Aquí hace. Levanta un muro, y lo levanta con un propósito extraño: «para verme después». No para esconderse, sino para poder mirarse más tarde, como quien deja una marca en la pared para medir cuánto ha crecido.

Y la última línea lo tumba: siempre cae, aunque no quiera. «Aunque no lo desee», con subjuntivo, cierra la letra con una frase casi formal, muy distinta del «no hay quien lo ve» del primer estribillo. El primer estribillo terminaba ahogando un grito; el segundo termina cayendo. Pero entre medias ha habido un muro. Para mí ese muro es lo más esperanzador de la canción, aunque se caiga: un gesto de levantar algo propio mientras todo zumba.

En la transcripción automática, justo antes de este último bloque, aparece la etiqueta [Aplausos]. No está en la letra, y lo cuento como lo que es, una marca del reconocimiento automático. Pero es curioso que la máquina oiga aplausos justo donde la canción se atreve a cambiar su estribillo.

En el vídeo, el cierre vuelve a la playa. Entre los segundos ciento veinticuatro y ciento cincuenta y seis, una playa con rascacielos y montañas se llena de gente en bañador que corre hacia la cámara gritando, y otra, con palmeras, ve cómo un grupo cruza la arena en fila, como en una estampida. Es el mismo movimiento del estribillo hecho multitud: todos corren, ninguno llega.

El final: una mandala y el título

Los últimos diez segundos son un cartel fijo. Un hombre con barba, camiseta blanca y chaqueta roja bordada, sentado delante de una mandala de arcoíris, mira hacia abajo con gesto serio. Vuelven a salir, en el mismo verde, la canción y la firma. Tras tanto movimiento, el clip termina quieto: una persona detenida mientras el fondo sigue en marcha.

Datos de «Ruido en mi mente» con su portada de neón: puesto 179 de 273, segundo disco de la trilogía, sello MIKE SAIN'T LOUIS

Lo que la letra hace en su orden

Leída de principio a fin, «Ruido en mi mente» tiene un recorrido muy claro aunque no cuente una historia. Empieza con sonido (ecos, ruidos, tic). Pasa a figuras (horas que bailan, luna que se ríe, pasado sentado). Se encierra (laberinto, espejos). Se pregunta si todo es real. Y termina haciendo algo, aunque sea un muro que se cae.

Hay además una cadena de risas que la atraviesa entera: la carcajada de la luna en la estrofa dos, la salida que se ríe en la tres, el silencio que se ríe en el estribillo final. Tres risas, ninguna amable. El narrador no se ríe nunca. Todo lo de alrededor sí.

Y hay dos ecos que funcionan como pinzas: el de la primera línea y el de la decimoctava. La canción empieza y casi termina con la misma palabra, como si el propio texto rebotara.

Dónde está la canción

«Ruido en mi mente» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segunda entrega de la trilogía, y ocupa el lugar 179 del listado de gayfolkplanet.com. Entre los vídeos de esa web figura como el 173 de 276, justo después de «La última carta», otra canción escrita desde dentro de la habitación.

Tiene hermanas claras en el catálogo. «El abismo en mi cabeza» habla del mismo sitio con otra imagen; «El espejo de enfrente» comparte los espejos y la luna; «Entre cuatro paredes» comparte el encierro. Y «La música me está salvando» es la que responde a todas ellas desde el otro lado.

Para verlo de corrido tienes la ficha del clip en Planeta Gayfolk; los 24 versos sin cortes, en el apartado de letras, y todos los demás clips, en el índice de vídeos.

Por qué la escribí así

En la descripción del vídeo en YouTube, la letra va seguida de una lista muy larga de etiquetas. Las primeras son #saludmental, #fobiasocial, #trastornoevitativo y #ansiedadsocial. No las puse por casualidad. Tengo diagnosticadas fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad, además de estrés postraumático y depresión mayor, y hoy sigo tratamiento psiquiátrico y psicológico. Esta canción no es un informe de nada de eso, pero sale del mismo sitio: de las noches en que la cabeza no se calla y el silencio, en vez de descansar, acusa.

Escribirla fue una forma de sacar ese ruido de dentro y ponerlo en algún sitio donde pudiera mirarlo. Un poco como el muro del último verso: construir algo para verme después. Hoy lo veo desde otro lugar, con ayuda, y por eso puedo leerla verso a verso sin que me arrastre.

Si te reconoces en esta letra y el ruido tampoco te deja dormir, no lo cargues a solas. Marca el 024 desde cualquier teléfono de España: es gratuito, confidencial y contesta de día y de noche. Si la cosa es urgente, 112. Para una conversación tranquila, 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza); si tienes menos de 18 años, 900 20 20 10 (ANAR). Fuera de España, busca tu línea en findahelpline.com. En esta web también hay una serie entera sobre salud mental con los recursos reunidos. El ruido se puede contar, y contarlo ya es empezar a bajarle el volumen.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Ruido en mi mente»? De una cabeza que no para: ecos que chocan por dentro, un reloj parado que grita, el pasado sentado al filo de la cama, un laberinto y unos espejos rotos. Termina con el narrador construyendo un muro para verse después, aunque vuelva a caer.

¿Cómo es la letra por dentro? Tiene 24 versos en seis bloques de cuatro y 171 palabras, 114 de ellas distintas. Los dos estribillos empiezan igual, con «Ruido ruido ruido en mi mente otra vez», pero el segundo cambia las otras tres líneas: aparecen el silencio que juzga, el muro y la caída.

¿Qué se ve en el videoclip? Un remolino de ropa sobre un fondo blanco, caras tapadas con las manos ante fondos psicodélicos, una farmacia vacía, un túnel en espiral de papeles y prendas, lava que cae al mar, una boda donde el novio se tapa la cara, playas en estampida y un cartel final con una mandala de arcoíris.

¿Cuándo salió y en qué disco está? El videoclip oficial se publicó en YouTube el 24 de marzo de 2025 y dura 2:50. La canción pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y es la número 179 de las 273 del catálogo de gayfolkplanet.com.

¿Quién hizo «Ruido en mi mente»? La letra y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid; música e interpretación vocal hechas con IA. Se publica en su sello independiente, MIKE SAIN'T LOUIS.