
By Mike Sain't Louis ·
Un túnel azul con luz rosa, una galería forrada de plata y una cabina con ventana al mar: los túneles de Planeta Gayfolk
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Nadie construye un túnel para quedarse a vivir dentro. Se excava para pasar al otro lado de algo: de una montaña, de un río, de una ciudad que no deja sitio por arriba. Un túnel es una promesa hecha con piedra y paciencia. Dice: aquí hay oscuridad, sí, pero no es para siempre. Tiene una entrada y tiene una salida, y entre las dos solo hay que seguir caminando.
Durante años yo no sabía que estaba dentro de uno. Pensaba que aquello era el mundo entero, que la oscuridad era el clima normal de mi vida. Por eso, cuando un día me puse a recorrer los paisajes de mis videoclips buscando pasadizos, supe enseguida adónde tenía que ir primero: a «Ya no te quiero», una canción corta y rotunda que, sin que yo lo planeara del todo, está llena de túneles.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo cada letra, compongo y produzco cada tema, y después imagino el videoclip que lo acompaña. Este paseo es una caminata a oscuras por los túneles del planeta, plano a plano, con la vista puesta en la luz del fondo.
La guía: una canción para salir
«Ya no te quiero» salió el 11 de noviembre de 2024, un lunes. Dura 2:23 y forma parte del primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». Es una de esas canciones que no dan rodeos: el título ya es una puerta que se cierra y, a la vez, una que se abre. Ya escribí sobre su clip completo en el recorrido escena a escena por el bosque rosa y el cohete, así que hoy no voy a contarlo entero. Hoy me quedo solo con sus pasadizos.
El clip empieza muy arriba, sobrevolando un bosque de árboles rosas tan espeso que no deja ver el suelo. Y de pronto, sin aviso, baja. Se mete bajo tierra, bajo el agua, en galerías estrechas que brillan. Es como si la canción supiera que para decir «ya no te quiero» primero hay que atravesar algo. No se llega a esa frase volando. Se llega por dentro.
Un túnel azul con una luz rosa al fondo
Hacia el segundo 49 aparece el plano que da título a este paseo. Un túnel de paredes azules, redondeadas, casi líquidas, como si estuviera excavado en hielo o en agua quieta. El suelo es una pasarela recta y clara que se pierde hacia el fondo. Y allí, al final, hay un marco cuadrado iluminado de rosa, como una puerta encendida.

No hay nadie en el plano. Solo el túnel y su luz. Y la luz no está cerca: está lejos, pequeña, al otro lado de todo ese azul. Es exactamente la forma en que yo veía la salida durante los peores años. No negaba que existiera. Simplemente la veía tan lejos que parecía un dibujo, algo que les pasaba a otros.
Lo que me gusta de este plano es su honestidad. No promete que la salida esté a dos pasos. Te enseña la distancia real. Pero también te enseña que hay un suelo firme hasta allí. Una pasarela. No hay que nadar ni trepar. Solo hay que andar, paso a paso, sin correr.
El rosa del fondo, además, no es un color cualquiera en mi planeta. Es el color del bosque de arriba, el del cielo del cohete, el de casi todo lo que en «Ya no te quiero» significa libertad. Así que esa puerta rosa al final del túnel azul es, literalmente, una ventana a lo que espera fuera.
Una galería forrada de plata
Unos segundos antes, hacia el 45, el clip nos mete en otro túnel muy distinto. Una galería estrecha, larga, con las paredes y el techo forrados de una tela plateada que se arruga y brilla con reflejos rosas. Parece papel de aluminio gigante, o el interior de una manta térmica. La cámara avanza deprisa y las paredes tiemblan a su paso.

Es un túnel que no da miedo por oscuro, sino por brillante. Todo refleja. Todo devuelve la luz. Y en ese exceso de brillo hay algo inquietante, porque no sabes bien dónde termina la pared y dónde empieza el reflejo.
Me recuerda a las relaciones que parecían maravillosas desde fuera. Todo plateado, todo reluciente, fotos bonitas y frases perfectas. Y dentro, un pasillo estrecho del que no podías salir por los lados. Solo hacia delante o hacia atrás. Durante mucho tiempo yo elegí quedarme quieto en mitad de esa galería, mirando los reflejos, confundiéndolos con ventanas.
Pero las mantas térmicas tienen otra lectura, y me gusta más. Son lo que se pone sobre los hombros de alguien que acaba de salir del agua fría. Una tela que no deja escapar el calor del cuerpo. Quizá esa galería plateada no sea una trampa, sino un abrigo enorme por el que se camina hacia la salida. Un túnel que te protege mientras lo cruzas.
Una cabina con ventana al mar
Hacia el segundo 17, antes de todos los demás túneles, el clip se detiene en un interior sorprendente. Una cabina estrecha, con techo abovedado de luz rosa y paredes llenas de pantallas que brillan en azul. Al fondo, una ventana redonda, como el ojo de buey de un barco o de un submarino, y detrás del cristal, agua. Mar en movimiento, olas vistas desde dentro.

Es el único túnel del clip con vistas. Todos los demás son pasadizos que miran hacia delante. Este mira hacia fuera. Y lo que enseña es el mar, que en mi planeta casi siempre es el lugar donde las cosas se lavan.
No sé si esa cabina es un tren, un submarino o una nave. Prefiero no decidirlo. Lo que sé es que es un vehículo, algo que se mueve. No es una habitación cerrada, es un transporte. Y eso cambia todo. Estar encerrado en un cuarto es una cosa. Estar en un vagón que avanza bajo el agua es otra muy distinta: aunque no veas el destino, vas hacia algún sitio.
Hubo una época en la que mi terapia era exactamente eso. Una cabina pequeña, con pantallas encendidas que eran mis pensamientos, y una ventana redonda que daba a un mar que todavía no podía tocar. Pero el vagón se movía. Sesión a sesión, semana a semana, se movía.
Al final del túnel, un cohete
Cuando por fin salimos de las galerías, hacia el segundo 40, la luz es total. Un cielo rosa, una montaña al fondo, una nube de humo y, en medio, un cohete que despega dejando una columna de fuego blanco. Delante, de espaldas a nosotros, dos chicos corren hacia él.

No les vemos la cara. Solo sus espaldas, sus camisetas, sus brazos moviéndose al correr. Y eso es lo bonito: podrían ser cualquiera. Podrían ser dos amigos, dos hermanos, dos novios, o la misma persona en dos momentos de su vida, la que entró en el túnel y la que salió.
Siempre he pensado que este plano es la respuesta a todos los túneles anteriores. Primero bajas, te metes bajo tierra, atraviesas plata y agua y azul. Y cuando sales, no sales a un descampado cualquiera. Sales a un despegue. A algo que sube. El túnel no era una caída, era la pista de lanzamiento.
Ya escribí sobre ese cohete rosa y otros vehículos del planeta en el paseo por las naves de Planeta Gayfolk. Pero aquí me interesa otra cosa: el orden. Que el cohete venga después del túnel. Que para despegar haya primero que pasar por debajo.
El bosque que se ve desde arriba
Hay algo que el clip hace muy bien y que solo se entiende si lo ves entero. Empieza arriba, sobre un bosque de copas rosas, con un río que asoma entre los árboles. Es una imagen preciosa, de postal. Pero es una imagen de lejos.
Luego baja. Y lo que encuentra debajo no es el suelo del bosque, sino túneles. Como si el clip quisiera decir que la belleza de arriba se sostiene sobre pasadizos que nadie ve. Raíces, galerías, conductos por los que corre el agua.
Así funcionan muchas vidas. Desde fuera se ve el bosque rosa. Dentro hay túneles que la persona cava cada día para seguir en pie. No lo digo con tristeza. Lo digo con respeto. Cada vez que veo a alguien que parece estar bien, pienso en los túneles que habrá tenido que atravesar para llegar ahí.
Lo que pasa dentro de un túnel
Quien haya cruzado un túnel largo en coche sabe que dentro el tiempo cambia. Los sonidos rebotan, la radio se corta, las luces del techo pasan una tras otra con un ritmo hipnótico. No hay paisaje. No hay referencias. Solo el tramo que tienes delante.
Hay gente a la que eso le angustia mucho. A mí, con los años, me ha empezado a parecer un lugar de concentración. En un túnel no puedes distraerte con nada. Solo puedes mirar hacia delante y mantener la dirección. Es un entrenamiento de presencia.
Cuando estaba muy mal, mi psicóloga me pedía que no pensara en el final del túnel, sino en el siguiente tramo. La siguiente farola del techo. El siguiente día. Al principio me parecía poco. Ahora creo que es la única forma de atravesar cualquier oscuridad: farola a farola.
Los túneles que cavé
No todos los túneles de mi vida me los encontré hechos. Algunos los cavé yo. Durante veinte años, primero con un narcisista y después con otro, aprendí a construir pasadizos secretos para seguir existiendo. Pequeños escondites dentro de mí donde guardaba lo que pensaba de verdad, lo que sentía, lo que no me atrevía a decir delante de nadie.
Esos túneles me salvaron, pero también me aislaron. Llegó un momento en que vivía más dentro de ellos que fuera. Y cuando todo se rompió, cuando llegó la campaña de desprestigio y los rumores, me metí tan hondo que dejé de ver la luz del fondo.
Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Dicho así parece una lista. Vivido por dentro es un laberinto de galerías, todas iguales, todas plateadas, todas devolviéndote tu propio reflejo cansado.
Primer desvío: los túneles de neón de «Zee Zee»
En mi catálogo hay otros pasadizos. En «Zee Zee», por ejemplo, los túneles son de neón, rápidos, casi una pista de baile alargada. Hablé de ellos en el recorrido escena a escena por sus túneles de neón y sus telas que vuelan. Allí el túnel no es un lugar de paso lento, sino de velocidad. Se atraviesa bailando.
Me gusta pensar que son dos maneras de cruzar lo mismo. A veces la oscuridad se atraviesa despacio, con la vista en una luz lejana, como en «Ya no te quiero». Y a veces se atraviesa a toda velocidad, con música y luces de colores, porque si te paras te quedas. Las dos valen.
Segundo desvío: el túnel rosa de «Dubai»
En «Dubai» los túneles son rosas y están en mitad de una ciudad de rascacielos. Ahí el pasadizo es urbano, brillante, casi lujoso. Un túnel que no está escondido bajo una montaña, sino iluminado como un escaparate.
Es otra lectura posible. No todos los túneles son tristes. Algunos son simplemente el camino más corto entre dos sitios, y se pueden decorar, se pueden llenar de luz. Hay temporadas de la vida que son así: pasajes que no elegirías, pero que puedes hacer tuyos pintándolos de rosa.
Tercer desvío: el túnel de las alcantarillas
Y luego está el túnel más humilde de todos, el de las alcantarillas, que recorrí en el paseo por las ratas de Planeta Gayfolk. Tuberías con musgo, agua sucia, un neón rosa al fondo. Es el túnel que nadie quiere mirar, el de debajo de la ciudad.
Y, sin embargo, también allí hay una luz rosa. Es curioso cómo se repite. En la alcantarilla, en el túnel azul, en la galería plateada. Como si en mi planeta todos los pasadizos, incluso los más sucios, tuvieran la misma promesa encendida al final.
Pasillos y túneles no son lo mismo
Hace poco escribí sobre los pasillos de Planeta Gayfolk, y alguien podría pensar que es el mismo tema. No lo es. Un pasillo está dentro de un edificio. Conecta habitaciones. Tiene puertas a los lados. Puedes entrar y salir por donde quieras.
Un túnel no tiene puertas laterales. Atraviesa algo que de otra forma sería imposible de cruzar. Por eso es más exigente y, a la vez, más generoso: no te deja escapar por los lados, pero tampoco te deja perderte. Solo hay una dirección. Y esa dirección, siempre, lleva afuera.
El agua que corre por debajo
En casi todos los túneles del clip hay agua cerca. El río que asoma entre los árboles rosas antes de bajar. Las paredes azules del túnel, que parecen hechas de líquido quieto. El mar que se mueve detrás de la ventana redonda de la cabina. Es como si los pasadizos de «Ya no te quiero» estuvieran excavados siempre junto a una corriente.
Los ingenieros dicen que el agua es el gran enemigo de los túneles. Se filtra, empapa, debilita la roca. Por eso hay que drenarla, conducirla, darle un camino propio para que no lo inunde todo. A mí esa idea me parece preciosa aplicada a las lágrimas. Durante años intenté que no se filtraran, que no mojaran nada, que nadie notara la humedad en mis paredes. Y lo único que conseguí fue que se acumularan.
Lo que aprendí después es que el agua necesita un cauce. Llorar en terapia, escribir una letra a las cuatro de la mañana, contarle a un amigo lo que de verdad pasó. Son canales de drenaje. No eliminan el agua, pero la sacan del túnel para que puedas seguir caminando por la pasarela sin hundirte.
La frase que se dice al salir
«Ya no te quiero» es una frase que asusta. Durante mucho tiempo pensé que decirla era un acto de crueldad, algo que solo hacen las personas frías. Por eso me la callaba, aunque la sintiera. Por eso seguía dentro de galerías plateadas que ya no quería recorrer.
Con el tiempo entendí que, a veces, esa frase no va dirigida a otra persona. Va dirigida a una forma de vivir. Ya no quiero esconderme. Ya no quiero brillar para que no se vea lo que hay detrás. Ya no quiero quedarme quieto entre reflejos. Decirlo es salir del túnel.
Por eso me gusta tanto que el clip termine con un despegue. Después de esa frase no viene el vacío. Viene el cielo rosa, el humo, la columna de fuego blanco, dos espaldas que corren sin mirar atrás.
Mi túnel tenía salida
Hoy puedo decir algo que durante años no me creía: mi túnel tenía salida. No porque yo fuera especialmente fuerte, sino porque tuve ayuda. Una psicóloga paciente, un psiquiatra que me escuchó, y la música, que fue como esa cabina con ventana al mar. Un vehículo para moverme mientras todo seguía oscuro.
No he llegado a ningún final glorioso. Hay días en que vuelvo a sentir las paredes plateadas muy cerca. Pero ya sé que el túnel tiene forma de túnel, no de pozo. Que hay una pasarela. Que hay una luz rosa al fondo aunque hoy la vea pequeña.
Si ahora mismo estás en un túnel que parece no acabar, por favor, no lo cruces solo. En España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, funciona a todas horas y también puedes llamar si te preocupa alguien cercano. Si la situación es urgente, marca el 112. Y si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes encontrar la línea de ayuda de tu país. Hablar con alguien es encender la primera farola del techo.
El clip, para verlo de principio a fin
Si quieres atravesar estos túneles con tus propios ojos, el videoclip completo de «Ya no te quiero» está en el reproductor de Planeta Gayfolk, junto al resto de mis vídeos. Te recomiendo verlo con la luz apagada y el volumen alto, dejando que la cámara baje del bosque al subsuelo sin interrumpirla. Son poco más de dos minutos, el tiempo exacto que se tarda en cruzar un túnel corto.
Fíjate en cómo cambia el color: del rosa de arriba al azul de abajo, del plateado de la galería al blanco del cohete. El clip entero es un viaje de un color a otro, y el túnel es la bisagra.
Para escuchar al salir
Todas las canciones que aparecen en este paseo, y el resto de mi catálogo, se pueden descargar gratis y sin registrarse en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, también hay descargas gratuitas y otras cosas del planeta para llevarte.
Mi sugerencia: ponte «Ya no te quiero» la próxima vez que tengas que cruzar un túnel de verdad, en coche, en tren o andando. Dura casi lo mismo que muchos de ellos. Y cuando salgas a la luz, ya sabrás qué frase tienes que decir.
Cuatro postales desde el subsuelo
El túnel azul con su pasarela clara y el marco rosa encendido al fondo.
La galería forrada de plata, temblando como una manta térmica gigante.
La cabina abovedada con su ventana redonda llena de mar.
Dos espaldas corriendo hacia un cohete que despega en un cielo rosa.
La boca del túnel
Hay un momento, al salir de cualquier túnel, en que los ojos tardan en acostumbrarse a la luz. Todo parece demasiado brillante. Entrecierras los párpados, te deslumbras, casi echas de menos la penumbra. Es normal. Es el cuerpo aprendiendo otra vez a estar fuera.
Yo estoy todavía en ese momento, creo. Con los ojos entrecerrados, aprendiendo a mirar un cielo rosa sin apartar la vista. Y cada canción que publico es un pequeño ejercicio de eso: salir, mirar, quedarme.
Si este paseo te ha acompañado un rato, ojalá te sirva para la próxima vez que te toque bajar. Recuerda que los túneles se cavan para cruzarlos. Que tienen entrada y salida. Y que al fondo, aunque sea pequeña, siempre hay una luz encendida esperándote.
Preguntas frecuentes
¿Dónde puedo ver el videoclip de «Ya no te quiero»? En el reproductor de Planeta Gayfolk, dentro de mikesaintlouis.com, junto al resto de mis videoclips.
¿De qué disco es «Ya no te quiero»? Del primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». Salió el 11 de noviembre de 2024 y dura 2:23.
¿Quién hace la música? Yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA).
¿Puedo descargar las canciones gratis? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com y en la tienda de gayfolkplanet.com.