
Por Mike Sain't Louis ·
Un cohete rosa sobre la Tierra, un avión entre las nubes y un destello en el vacío: las naves de Planeta Gayfolk
Toda nave es una casa que se mueve. Un barco, un tren, un avión o un cohete son, en el fondo, habitaciones con ventanas que han aprendido a viajar. Llevan dentro asientos, luces, a veces una cama, a veces una cocina, y sobre todo llevan personas que, mientras el paisaje cambia ahí fuera, siguen siendo las mismas que eran al subir. O casi.
Por eso los viajes largos tienen algo de prueba. Encerrarse con alguien en una cabina durante horas, días o años luz es la mejor manera de saber si de verdad quieres estar a su lado. En una nave no hay portazos posibles: si discutes, sigues en la misma habitación. Si te reconcilias, también. La nave obliga a la intimidad.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Planeta Gayfolk es el lugar que he ido construyendo con mis canciones, y para llegar a un planeta hace falta, antes o después, una nave. Esta vez quiero repasar las que aparecen en mis videoclips. La guía es «La despedida», un vídeo rosa y espacial en el que dos hombres viajan juntos por la órbita mientras el mundo se queda atrás.
La guía: un adiós con traje de astronauta
El videoclip de «La despedida» se subió a YouTube un martes, el 5 de noviembre de 2024. Son tres minutos y cincuenta y seis segundos de viaje, y dentro de la lista de 276 vídeos ocupa el número 273, casi al final de la transmisión. Pertenece al primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el del asombro inicial.
Lo puedes poner cuando quieras en la transmisión del planeta. Todo en él es rosa: los trajes espaciales, los cohetes, las cabinas, los planetas, hasta las nubes. Y en medio de tanto rosa hay dos hombres que se miran, se abrazan, se cogen de la mano frente a la ventanilla y se dejan llevar por una órbita que parece no tener fin.
Lo que más me interesa del vídeo es esa contradicción. El título habla de despedirse, pero lo que vemos es una pareja que no se separa. Quizá la despedida no es entre ellos. Quizá es de la Tierra, de lo de antes, de todo lo que se queda abajo mientras la nave sube.
Un cohete rosa sobre el azul
La primera nave del vídeo es un cohete alargado, fucsia y brillante, que se desliza por el espacio con la Tierra de fondo. Detrás se ve la curva del planeta, con sus mares azules, sus continentes pardos y sus remolinos de nubes blancas. El cohete tiene la punta afilada, unas alas cortas y una estela de luz que sale de la parte de atrás.

No parece una máquina de guerra ni un laboratorio científico. Parece un descapotable de lujo, un coche de los años cincuenta que alguien ha mandado a la órbita. Es una nave pensada para disfrutar del viaje, no solo para llegar. Y su color lo dice todo: no hay ninguna intención de pasar desapercibido.
Me gusta mucho esa idea de una nave rosa sobre la Tierra azul. Es como un pequeño acto de rebeldía cósmica. Todo el mundo imagina los cohetes blancos, grises, plateados, con banderas de países pintadas en los costados. Este no lleva bandera. Lleva color.
Un avión entre las nubes
Poco después aparece otra nave, más parecida a un avión. Es también rosa, con un fuselaje estilizado y las alas en flecha, y vuela a toda velocidad sobre un mar de nubes blancas y algodonosas. El cielo de arriba es de un azul intenso, casi de altitud máxima, y la luz del sol hace brillar el morro del aparato.

Es la nave en su versión terrestre, la del vuelo que todavía no ha salido de la atmósfera. Cualquiera que haya volado alguna vez reconoce esa imagen: el momento en el que el avión atraviesa la capa de nubes y de pronto todo se vuelve blanco y azul, silencioso, luminoso. Es el instante exacto en el que dejas de ver la ciudad y empiezas a estar de viaje.
Para mí ese avión es el primer escalón de la despedida. Todavía estamos cerca de casa, todavía podríamos volver. Pero ya no se ve el suelo.
Hay algo en los aviones que siempre me ha parecido un poco mágico, aunque sepamos cómo funcionan. Subes en una ciudad con lluvia, cierras los ojos un rato y, al abrirlos, estás por encima de toda esa lluvia, a pleno sol. Las nubes que desde abajo parecían un techo gris son, vistas desde arriba, un campo blanco y blando que da ganas de pisar. Esa es la primera lección de cualquier viaje: lo que te aplastaba desde abajo puede ser precioso cuando lo miras desde el otro lado.
La Tierra vista desde lejos
Hay un plano en el que la Tierra aparece sola, pequeña, en el centro de una pantalla negra. Se ve redonda, azul y blanca, como una canica olvidada en una mesa oscura, y muy cerca, diminuta, se adivina la silueta rosa de la nave que se aleja. Es una de las imágenes más sencillas del vídeo y, para mí, de las más tristes.
Todo lo que conocemos cabe en esa canica. Las casas, las calles, los amigos que se fueron, las personas que nos hicieron daño, los veranos, los inviernos, las canciones. Todo está ahí, en una bolita azul que se puede tapar con un dedo. Y la nave rosa, a su lado, se va haciendo cada vez más pequeña también.
Desde esa distancia se entiende la palabra despedida. No es un portazo ni una pelea. Es solo alejarse lo suficiente como para que lo que antes era todo se convierta en un punto.
La curva del planeta por la ventanilla
En otra escena la Tierra ocupa toda la parte de abajo de la imagen. Es una vista desde la órbita baja, con la curva del horizonte iluminada por una franja azul muy fina y, debajo, un paisaje de costas, desiertos y nubes que se extiende hasta perderse. Arriba, el negro del espacio.
Esa misma curva se ve muchas veces a través de las ventanillas redondas de la nave, detrás de los dos viajeros. Ellos están dentro, con sus trajes rosas, y el planeta pasa despacio al otro lado del cristal como un paisaje de tren. A veces lo miran. A veces se miran entre ellos y lo ignoran por completo.
Me hace gracia esa indiferencia. Están viendo la Tierra desde el espacio, una vista que casi ningún ser humano tendrá nunca, y a veces prefieren mirarse a los ojos. Supongo que eso es el amor: que la persona que tienes al lado sea más interesante que el planeta entero.
Cabinas redondas y luces de colores
El interior de las naves del vídeo es un sitio curioso. No hay cables colgando ni paneles grises. Hay cabinas redondas, acolchadas, con las paredes en tonos rosa pálido, ventanales circulares que dan al espacio y luces suaves de color turquesa. A veces parecen más un salón de diseño que el puente de mando de una nave.
En una de ellas, la cámara mira hacia arriba y vemos la estructura interior como si fuera una flor: anillos concéntricos, paneles curvos, un punto de luz en el centro. Es una arquitectura de lo blando, de lo redondo, sin esquinas. Una nave pensada para abrazarse.
Me gusta que las naves de Planeta Gayfolk no tengan aspecto de trabajo, sino de refugio. Viajar al planeta no debería ser una misión militar, sino una huida tranquila, cómoda y bonita. Las naves de verdad, las que mandan los gobiernos, son estrechas, ruidosas, frías; huelen a metal y a esfuerzo. Las de Planeta Gayfolk son lo contrario, porque nacen de otra pregunta. No se preguntan cómo llegar más lejos, sino cómo viajar sin miedo. Y para eso hace falta un sitio blando donde apoyar la cabeza, una ventana grande y alguien al lado.
Un platillo plateado con pasajeros
Hay otra nave muy distinta. Es un platillo de borde plateado y brillante, con una cubierta transparente bajo la que viajan varias personas, sentadas como en una atracción de feria. Pasa por delante de la Tierra, inclinado, y su superficie metálica refleja la luz del sol.
Es la nave de grupo, la del viaje organizado. Me recuerda a los autobuses que llevan a la gente de excursión, a los barcos turísticos que dan una vuelta por la bahía. En Planeta Gayfolk también hay viajes colectivos, y este platillo es su versión más elegante.
Y entonces, de pronto, el platillo se enciende.
Un destello en el vacío
Es uno de los momentos más bonitos del vídeo. El platillo empieza a brillar desde el centro, una luz rosa y violeta que crece, se expande en rayos y termina convirtiéndose en un destello blanco que lo llena todo. Durante un segundo no hay nave, no hay Tierra, no hay nada: solo una explosión de luz en mitad del negro.

No es un accidente. Es un salto. Es el momento en el que la nave deja de viajar de forma normal y pasa a otra velocidad, a otro sitio, a otra dimensión. En las películas de ciencia ficción se llama hiperespacio. En Planeta Gayfolk podría llamarse simplemente valor.
Ese destello me parece la imagen exacta de las decisiones grandes. Tardas mucho en tomarlas, vas dando vueltas en órbita, y un día, de golpe, todo se enciende y ya estás en otro lado. No hay transición. Solo un antes y un después separados por una luz blanca.
Cohetes con fuego azul sobre un planeta rojo
En otra parte del vídeo, la pareja aparece de pie sobre la superficie de un planeta de tierra roja, con trajes plateados y metálicos. Detrás de ellos, suspendidos en el aire, varios cohetes de líneas antiguas expulsan llamaradas de color azul. Al fondo, un planeta rosa enorme ocupa el cielo.
Es la escena de la llegada. Los cohetes ya han aterrizado o están a punto de despegar otra vez. Los viajeros han salido de la nave y pisan suelo nuevo. Hay algo de ceremonia en esa imagen, como si fuera la portada de una revista de ciencia ficción de los años cincuenta.
Las naves, aquí, son el telón de fondo de una victoria. Han hecho su trabajo. Han llevado a la pareja hasta un sitio donde pueden estar juntos sin esconderse.
Un planeta violeta entre nubes
Casi al final aparece la imagen que cierra el viaje. Es un planeta gigantesco, de franjas rosas, moradas, naranjas y blancas, con remolinos en su superficie como si fuera de caramelo derretido. No flota en el negro del espacio, sino sobre un mar de nubes violetas y azules que se extiende por debajo, iluminado desde dentro.

Es el destino. O al menos parece serlo. Ninguna nave aparece en la imagen: ya no hacen falta. Lo que queda es el planeta, quieto, enorme, esperando. Y las nubes moradas que lo rodean como si fueran la orilla de un mar.
Esa imagen tiene algo de cuadro romántico, de esos en los que un viajero contempla un paisaje inmenso desde lo alto de una montaña. Solo que aquí el viajero no se ve. Somos nosotros, mirando la pantalla.
Plumas rosas en la pasarela
Hay una secuencia que rompe el tono espacial y que me hace mucha gracia. Uno de los viajeros aparece en una sala de columnas rosas, vestido con un traje de plumas, volantes y brillos, en medio de una fila de maniquíes. Es como si al llegar al planeta lo primero que hubiera hecho fuera visitar su tienda de moda.
Es la parte camp del vídeo, la que recuerda que Planeta Gayfolk no es solo un lugar de ciencia ficción, sino también de purpurina. Después de tanta nave y tanta órbita, alguien se pone unas plumas y desfila. Y tiene todo el sentido del mundo: si por fin llegas al sitio donde puedes ser tú, ¿por qué no celebrarlo con lentejuelas?
Dos trajes rosas que se abrazan
Aunque las imágenes de este artículo no los muestran de cerca, el vídeo está protagonizado por dos hombres con trajes de astronauta rosas. Se abrazan dentro de la nave, se cogen de la mano frente a las ventanillas, flotan juntos en la cabina. A veces uno apoya la cabeza en el hombro del otro mientras la Tierra pasa al otro lado del cristal.
Es la historia de amor que hace de motor de todas las naves. Sin ellos, los cohetes rosas serían solo decoración. Con ellos, cada nave se convierte en un hogar. Y la despedida del título se entiende mejor: no se despiden el uno del otro, se despiden juntos de un mundo que no los dejaba estar así.
Primera escala: una nave de cristal entre nubes rosas
Las naves de Planeta Gayfolk no viven solo en este vídeo. En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» aparece una nave pequeña, plateada y con cúpula de cristal, que vuela entre nubes enormes de color rosa algodón con dos viajeros dentro. Y al final del mismo vídeo, una nave pintada con los colores del arcoíris flota sobre un atardecer naranja.
Son primas hermanas del cohete rosa de «La despedida». Tienen la misma intención: llevar a alguien a un sitio donde pueda respirar. La de cristal es la nave íntima, para dos. La del arcoíris es la nave orgullosa, la que se ve desde lejos y no pide permiso.
Segunda escala: un ferri bajo el mar
En «En Canarias no existen las sirenas» hay una nave que no ha llegado a ninguna parte. Es un ferri, uno de esos barcos que van de isla en isla, completamente hundido, con sus filas de asientos blancos vacíos bajo el agua azul y una jaula con una sirena flotando al fondo.
Es el reverso de las naves rosas. Si el cohete de «La despedida» sube y se aleja, este barco ha bajado y se ha quedado quieto. Si las cabinas espaciales están llenas de amor, este salón está vacío. Me gusta tenerlos a los dos en el mismo planeta, porque también hay viajes que se interrumpen, naves que se hunden y pasajeros que nunca llegan a subir.
El rosa como combustible
Si hay algo que une a todas las naves de este vídeo, es el color. Rosa el cohete, rosa el avión, rosas los trajes, rosas las cabinas, rosa el planeta del final. No es un capricho. Es una declaración: estas naves funcionan con algo que durante mucho tiempo nos dijeron que era débil, cursi o vergonzoso.
Pues resulta que el rosa vuela. Que llega a la órbita, que atraviesa las nubes, que salta al hiperespacio. Que es capaz de llevar a dos hombres enamorados hasta un planeta nuevo. Me parece una de las ideas más bonitas de todo Planeta Gayfolk.
Por qué hacía falta una nave
Durante veinte años estuve atado a dos relaciones con personas narcisistas, la segunda empezando casi donde terminaba la primera. Cuando por fin encontré la manera de salir, ellos ya habían preparado su relato, y mucha de la gente que tenía cerca lo dio por bueno sin escucharme. Me quedé en tierra, solo, con un estrés postraumático, una depresión mayor muy severa, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa, diagnósticos que hoy trato acompañado por mi psicóloga y por mi psiquiatra. Hubo un tiempo en el que pensé en despedirme de todo, y no en el sentido bonito de esta canción.
Las canciones fueron la nave que me sacó de allí. Con cada una subía un poco más, me alejaba un poco más de aquel suelo, y desde arriba la historia se veía distinta. Escribir «La despedida» fue imaginar una partida que no doliera, una salida en la que no me fuera solo.
Si tú estás ahora mismo en ese suelo, sin nave y sin fuerzas, no te quedes callado. En España tienes el 024, gratuito, confidencial y disponible a cualquier hora, para hablar de pensamientos suicidas propios o de alguien que te importa. Si la situación es urgente, llama al 112. Y si estás fuera de España, busca en findahelpline.com el número de tu país. Hay personas cuyo trabajo es, precisamente, ayudarte a despegar.
Un primer disco con billete de vuelta abierto
«La despedida» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el disco con el que empezó todo. Es curioso que una canción sobre irse esté en el disco del descubrimiento, y no en el de las ganas de viajar. Pero tiene lógica: antes de querer ir a un sitio, primero hay que saber que existe, y para saberlo, alguien tiene que haber ido y vuelto.
Las naves de este vídeo son esas exploradoras. Las primeras en salir, las que descubren el camino. Las demás vendrán después.
Para escuchar en órbita
Llévate «La despedida» y el resto de canciones del recorrido sin coste alguno desde la página de descargas: no tendrás que registrarte ni dejar ningún dato. Si quieres seguir llenando la nave de música, en https://gayfolkplanet.com/tienda, la tienda de gayfolkplanet.com, también se descarga todo gratis. Y en el apartado de letras puedes leer las que ya están disponibles.
Para el viaje, te propongo un orden: «La despedida» para despegar en el cohete rosa, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» para cruzar las nubes en la nave de cristal y «En Canarias no existen las sirenas» para volver al mar y bajar a ver el ferri hundido.
Seis naves para guardar
El cohete fucsia deslizándose sobre la Tierra azul, con su estela de luz.
El avión rosa atravesando a toda velocidad un mar de nubes blancas.
La Tierra pequeña como una canica en el centro del negro, con la nave alejándose.
El platillo plateado que se enciende hasta convertirse en un destello blanco.
Los cohetes antiguos con fuego azul sobre un planeta de tierra roja.
El planeta violeta de remolinos, sobre un mar de nubes moradas.
Preguntas frecuentes
¿Qué naves aparecen en el videoclip de «La despedida»? Un cohete rosa sobre la Tierra, un avión rosa sobre las nubes, cabinas redondas con ventanales, un platillo plateado con pasajeros que se convierte en un destello y cohetes con fuego azul sobre un planeta rojo.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «La despedida»? El martes 5 de noviembre de 2024, en YouTube. Dura tres minutos y cincuenta y seis segundos.
¿A qué disco pertenece «La despedida»? A «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Hay otras naves en Planeta Gayfolk? Sí: la nave de cristal entre nubes rosas y la nave arcoíris de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», y el ferri hundido de «En Canarias no existen las sirenas».
¿Se puede descargar gratis «La despedida»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.