
Por Mike Sain't Louis ·
Túneles de neón, telas que vuelan y un espejo que estalla: el videoclip de «Zee-Zee», escena a escena
Hay canciones que nacen de una frase y otras que nacen de un sonido. «Zee-Zee» nació de un sonido: ese zumbido que se te mete en el oído a las tantas de la madrugada, cuando la música de la pista ya ha dejado de ser música y se ha convertido en una vibración que te recorre de los tobillos a la nuca. El título es eso, una onomatopeya. Dos sílabas iguales, unidas por un guion, como dos alas que baten a la vez.
Con un título así, el videoclip no podía contar una historia con principio, nudo y final. Tenía que zumbar. Tenía que moverse sin parar, de un sitio a otro, de un color a otro, como se mueve la cabeza cuando estás bailando y ya no piensas en nada. Por eso este vídeo es, más que una película, una sucesión de lugares que se encienden y se apagan: túneles, salones, galaxias, pasillos de cristal, un estudio blanco.
Lo subí a YouTube el 3 de noviembre de 2025, a las 19:24 hora de Madrid, y dura 3:17. La canción forma parte de «El día de la liberación», el último álbum de la trilogía, el de vivir sin pedir permiso. En la descripción del vídeo dejé una lista de etiquetas que hoy releo casi como un guion de rodaje: #NeonDream, #MovimientoContinuo, #TranceVisual, #RitmoHipnotico, #EsteticaNeon. Todo lo que vas a leer a continuación cabe en esas cinco palabras.
Como en el resto de entradas de esta serie, sigo el montaje en orden y marco a ojo el segundo de cada escena, así que los tiempos son aproximados. Todas las personas que aparecen en el clip son personajes inventados.
Una silueta sobre una galaxia morada
El vídeo arranca con el cartel. Un fondo morado lleno de estrellas, con una galaxia en espiral a la izquierda, y en el centro una silueta oscura que baila. Está a medio paso, con una pierna adelantada y los brazos sueltos, como si la hubieran pillado justo cuando empezaba a moverse. Arriba, en amarillo, mi nombre. Abajo, enorme, en el mismo amarillo, «ZEE-ZEE».
Me gusta empezar así porque el cartel ya dice casi todo. No hay cara. No hay escenario. Solo una figura recortada contra el universo y unas letras que parecen un letrero de feria. Es el tono de todo lo que viene: alguien que baila solo en un sitio inmenso y que no necesita público para hacerlo.
La galaxia, además, vuelve al final del vídeo, y lo hace dos veces. Así que esta primera imagen funciona como una promesa: vamos a salir de aquí, vamos a recorrer muchos sitios, y al final volveremos a flotar entre estrellas.
La bóveda de cristal y los brazos en alto
Hacia el segundo 7 entramos en el primer escenario de verdad: una especie de invernadero gigante o de estación antigua, con el techo de cristal y hierro, atravesado por arcos de neón rosa y azul que se curvan de lado a lado. El suelo brilla como si estuviera mojado y hay niebla a la altura de las rodillas. Cuatro bailarines, vestidos de oscuro, levantan los brazos a la vez, rectos, con las manos abiertas hacia el techo.

Es un gesto de pista de baile de toda la vida, el de cuando entra el estribillo y todo el mundo sube las manos. Pero aquí está hecho en un sitio que parece una catedral de cristal, y eso lo convierte en otra cosa. Casi en una oración.
Esta es la primera imagen que acompaña este texto, y la elegí porque en ella se ve el ADN del clip entero: luz de neón, cuerpos que se mueven juntos, un espacio enorme y vacío alrededor y nadie mirando a cámara. Son siluetas. Podrían ser cualquiera. Podrías ser tú.
El hombre del túnel
En el segundo 13 aparece el personaje que más veces vuelve en el vídeo: un hombre con traje oscuro que camina por un túnel. Este primer túnel es de hormigón, redondo, con aros de luz naranja y rosa que se repiten hacia el fondo como las ondas de una piedra lanzada al agua. Él viene hacia nosotros, despacio, a contraluz. No vemos su cara, solo su forma.

Este hombre va a aparecer al menos cinco veces más, siempre en un túnel o en un pasillo, siempre caminando. Hacia el 55 lo vemos de espaldas en otro túnel bañado de luz morada, alejándose hacia una salida blanca. Hacia el 79 cruza un pasillo cuadrado de hormigón con los bordes encendidos de rosa y unos puntos azules que parecen luciérnagas en las paredes. Hacia el 2:43, con pajarita, avanza por un túnel morado. Hacia el 2:49 camina de espaldas por un túnel gris, sin una sola luz de color, hacia una boca de luz. Y hacia el 3:07 vuelve a cruzar un pasillo de hormigón con un filo dorado en el techo, en dirección a una puerta blanca.
Cuando monté el vídeo me di cuenta de que este hombre era el hilo. Todo lo demás estalla, gira, vuela; él solo camina. Es la parte de la cabeza que sigue adelante mientras el resto baila. El zumbido de la canción puede ser fiesta, pero también puede ser ese ruido de fondo que te acompaña cuando vas por la calle pensando en tus cosas. Él es ese paseo.
En la segunda imagen de esta entrada he puesto tres de esos túneles juntos: el de los aros naranjas, el morado y el gris. Vistos uno al lado del otro parecen el mismo camino a tres horas distintas del día, o tres estados de ánimo de la misma persona.
Una seda verde en un salón de palacio
Hacia el segundo 19 el vídeo da el primer giro de estética. De los túneles de hormigón pasamos a un salón que parece de palacio, con lámparas encendidas en las paredes, suelo de mármol y una luz azul que entra por algún ventanal. En el centro, una figura hace girar una seda enorme de color verde azulado, tan grande que casi la tapa entera. Arriba, en el aire, flota otra tela morada, brillante, como si se hubiera quedado enganchada en el techo.
Aquí empieza el segundo gran motivo del clip, después de los túneles: las telas. Sedas, gasas, pañuelos gigantes que vuelan alrededor de los cuerpos. No hay ni un solo plano de estas escenas en el que la tela esté quieta.
Pensé mucho en esto. Las telas son la forma más bonita que conozco de hacer visible el aire. Una tela que vuela te enseña por dónde va el viento, igual que un cuerpo que baila te enseña por dónde va la música. Y en una canción que se llama como un zumbido, me parecía justo que lo invisible se viera.
Los trozos de espejo
En el segundo 25 aparece el primer plano raro: trozos de espejo flotando en la oscuridad, girando, y en cada trozo se refleja un fragmento de una cara distinta. Un ojo aquí, una boca allá, un perfil más abajo. No hay un rostro completo en ningún sitio, solo pedazos.
Es un plano muy corto, casi un parpadeo, pero se queda grabado. Vuelve más adelante con otra forma: hacia el 1:25, unos trozos de espejo plateados caen alrededor de una chica que está delante de un humo turquesa y amarillo, y al final, hacia el 3:01, la silueta de un perfil queda rodeada por una explosión de cristales azules que salen disparados desde la sien.
Los espejos rotos son una imagen que uso a menudo en mis vídeos, y casi siempre tienen que ver con la manera en que nos vemos. Aquí no hay drama, no hay nadie que se corte. Solo hay una cara que no se deja ver entera. Me pareció una buena forma de decir que lo que zumba dentro de la cabeza no siempre tiene una sola forma.
El hombre de la camisa blanca y las cintas de bronce
Hacia el segundo 31 llegamos a la escena que para mí es la más elegante del clip. Un escenario redondo, con círculos de foco dibujados en el suelo y una luz morada que cae desde arriba. En el centro, un hombre con camisa blanca y pantalón negro abre los brazos. A su alrededor vuelan dos cintas enormes de tela color bronce, retorcidas, como dos serpientes de seda que se enroscan en el aire sin tocarle.

Él no se mueve casi. Son las telas las que bailan. Y esa quietud en el centro de tanto movimiento me parece una definición muy precisa de cómo se siente uno cuando una canción le atrapa: todo gira y tú estás quieto, con los brazos abiertos, dejando que pase.
Esta escena tiene hermanas. Hacia el 1:31 un hombre con camisa crema, en una nave blanca de techos altos, sujeta con las dos manos una tela dorada y roja que se despliega a ambos lados como un par de alas. Hacia el 2:13, en un salón de columnas que parece barroco, con pétalos en el suelo, otro hombre de camisa blanca hace volar una seda morada y otra dorada mientras da un paso de baile. Y hacia el 1:13, en un almacén azul, un hombre vestido de blanco tiene a su alrededor gasas blancas que flotan como si fueran plumas.
He juntado cuatro de estos momentos en un mosaico, la tercera imagen de este texto. Son cuatro sitios distintos, cuatro telas distintas y el mismo gesto: dejar que el aire se vea.
La tela roja que tapa la cámara
Hacia el segundo 37 hay un plano que me encanta porque parece un error. Estamos en un salón oscuro, con columnas y suelo de mármol, y una tela granate enorme pasa por delante de la cámara, desenfocada, tapando casi toda la imagen. Solo se ven, abajo, las piernas de alguien que camina. Hay un foco encendido al fondo, a la izquierda.
Es como si la propia tela hubiera decidido protagonizar el plano. La persona queda escondida detrás. Me gusta que en un vídeo tan lleno de luz y de color haya un momento así, casi torpe, en el que no ves nada y solo intuyes. Así es también la música cuando te pilla por sorpresa: durante un segundo te tapa todo lo demás.
Los aros que hipnotizan
En el segundo 43 aparece un primer plano de perfil de un chico joven con el pelo rapado por los lados, delante de un fondo de anillos de neón blancos, rosas y azules que giran como una espiral de hipnotizador. Hacia el 1:43 hay otro plano parecido, de otro chico, delante de una superficie de metal líquido con vetas rojas que se retuercen.
Son los dos únicos momentos en los que el vídeo se acerca a una cara y se queda ahí. Y en los dos casos el fondo es lo que se mueve. Las caras están serias, quietas, como si estuvieran escuchando algo que solo ellos oyen. Eso es el zumbido: algo que suena dentro y que, desde fuera, solo se nota en la mirada.
Bailarines que corren de la mano
Hacia el segundo 49 vuelve el movimiento en grupo. Un túnel de cristal y metal, con la luz que va del azul al naranja como un atardecer, y un grupo de bailarines vestidos de negro que corren cogidos de la mano, en fila, como si estuvieran jugando a algo en un patio de colegio. Uno lleva el pelo recogido en dos moños, otro da un salto con los brazos estirados.
Es el plano más alegre del clip. No hay pose, no hay coreografía perfecta. Hay gente corriendo junta. Y vuelve, con otro color, hacia el 1:49: el mismo tipo de túnel, ahora en verde neón, con los bailarines saltando con los brazos abiertos, despegados del suelo.
Entre medias hay otras escenas de grupo más serias. Hacia el 1:01, tres bailarines entre humo rosa y azul, con líneas de neón inclinadas en las paredes y un suelo que refleja como un charco. Hacia el 1:37, cinco chicos en un túnel de cristal azul marcan un paso sincronizado, con los brazos doblados y el cuerpo inclinado. Hacia el 2:01, tres figuras con los brazos abiertos en cruz en un túnel lleno de humo turquesa y rosa, sobre un suelo de agua que hace ondas a cada paso.
Me interesaba que hubiera las dos cosas. La coreografía en la que todos hacen lo mismo y el juego en el que cada uno corre a su manera. Porque en una pista de baile pasan las dos: hay momentos en los que todo el mundo se mueve igual y momentos en los que cada cual se va a su planeta.
La falda morada entre la niebla
Hacia el segundo 67 aparece una mujer que gira sobre sí misma en una nave llena de niebla blanca, con focos morados que cruzan el aire en diagonal. Lleva una falda larga de color berenjena, con mucho vuelo, y una blusa estampada. Tiene un brazo levantado y la falda se abre a su alrededor como una campana.
Es una imagen muy de flamenca, aunque no hay ni un volante. El gesto es el mismo: girar para que la falda dibuje un círculo. Y me parece bonito que en un vídeo tan futurista, lleno de neones y túneles de hormigón, aparezca de repente una forma de bailar tan antigua. El zumbido del título también es eso: algo moderno que suena a algo de siempre.
Pasillos de espejos y hombres de traje
Hacia el 2:07 cambiamos a un pasillo hecho de espejos y barras de neón rosa, en el que un hombre con traje gris y corbata avanza con la mano en el bolsillo. Detrás de él, reflejados una y otra vez, se ven otros hombres trajeados, quietos, como maniquíes en un escaparate. Hacia el 2:25 se repite la idea en un pasillo de cristal iluminado de rosa, con un hombre de traje negro que camina entre sus propios reflejos y otro que espera, de espaldas, al fondo.
Estos pasillos son el contrapunto de los túneles. En los túneles el hombre va solo, sin reflejo, hacia una luz. En los pasillos de espejos va rodeado de copias de sí mismo, o de gente que se le parece. Uno es el camino; el otro, el escaparate.
No quise explicar cuál de los dos es mejor. Hay días de túnel y días de espejo. Hay noches en las que bailas para ti y noches en las que bailas para que te vean. El vídeo enseña las dos y sigue adelante.
Un hombre que flota entre galaxias
Hacia el 1:55 el vídeo despega. Literalmente. La silueta de un hombre aparece flotando delante de una galaxia, con una pierna levantada y los brazos en una posición extraña, como si estuviera bailando en gravedad cero. Hacia el 2:19 vuelve otra silueta, de pie, sobre un fondo morado con una espiral de estrellas detrás, el mismo tipo de galaxia del cartel del principio. Y hacia el 2:55, un hombre vestido de oscuro vuela con los brazos abiertos sobre una nebulosa rosa y violeta, como un superhéroe que ha decidido no salvar a nadie.
Estas tres escenas son las que más me gustan del clip, porque son la traducción más literal del título. Cuando el zumbido de la música te llena del todo, dejas de pisar el suelo. No hay pista, no hay techo. Solo el cuerpo y el espacio.
Son también las escenas que conectan este vídeo con todo el universo de Planeta Gayfolk. El planeta, en mis canciones, es un sitio al que se viaja. Y aquí el viaje es con el cuerpo, bailando, sin nave.
Bailarinas de tutú negro
Hacia el 2:31 aparecen tres bailarinas con tutú negro y cuerpo de malla, entre humo morado y amarillo, con unos arcos de neón azul que se dibujan detrás. Están en puntas, con los brazos en posiciones de ballet clásico, una más adelantada que las otras dos.
Y justo después, hacia el 2:37, tres figuras en un pasillo de marcos de neón rectangulares, uno detrás de otro como una sucesión de puertas, con los brazos extendidos a los lados, en equilibrio.
Me hacía gracia meter ballet en un clip de electrónica. El ballet es la disciplina del control absoluto: cada dedo en su sitio, cada giro medido. Y el zumbido es justo lo contrario, lo que no se controla. Ponerlos juntos es como decir que hasta lo más disciplinado acaba vibrando si la música es la adecuada.
El estudio blanco y la última tela
El vídeo se cierra hacia el 3:13 en un estudio vacío, de paredes blancas y suelo claro, con dos focos de estudio encendidos en sus trípodes, uno a cada lado. En el centro, descalza, una figura lanza al aire una tela rosa que le tapa la cabeza y los hombros. En el suelo hay pequeños trozos de color, como confeti o pétalos.
Después de tanto palacio, tanta galaxia y tanto túnel, el final es casi un plató desnudo. Se ven los focos. Se ve el truco. Y la última tela del vídeo vuela igual de bonita que las otras, aunque esté en una sala sin decorado.
Para mí este final es una confesión. Todo lo anterior es espectáculo, pero lo que queda cuando se apagan los neones es eso: un cuerpo, una tela y un poco de luz. Y con eso basta para que el aire se vea.
Cómo pensé el vídeo
«Zee-Zee» no tiene una letra publicada que sirva de guion, y no hacía falta. La canción funciona como un mantra de pista, y el vídeo tenía que funcionar igual: por repetición. Por eso los motivos vuelven una y otra vez, cambiando de color. El hombre del túnel, las telas que vuelan, los bailarines en grupo, los espejos rotos, la galaxia. Son cinco ideas que se turnan como los instrumentos de una base electrónica: entra una, sale otra, vuelve la primera con otro filtro.

Si te fijas, casi nadie mira a cámara. Y casi nadie habla. El vídeo está lleno de cuerpos y de luz, pero no hay diálogo ni gestos de explicación. Quería que se viera como se escucha esta canción: con los ojos medio cerrados, sin buscarle un sentido a cada segundo.
Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. En un clip como este, mi trabajo se parece mucho al de quien pincha en una sala: elegir qué sigue a qué, cuánto dura cada sitio, cuándo cambiar de color para que el cuerpo no se aburra. La música y la interpretación vocal las genero con herramientas de IA, y todo lo demás, la escritura, la producción y la idea visual, es mío. Lo explico con calma en este texto sobre lo que es mío en cada canción.
Lo que suena alrededor
«Zee-Zee» tiene ya otra entrada en este blog, una lectura de su portada y del álbum en el que vive, con la camisa de remolinos y el humo de colores. Si aquella hablaba de la imagen quieta, esta habla de la imagen en movimiento.
En el mismo disco está «Verde», que comparte con esta canción la paleta de colores saturados. Y si te gustan los túneles de neón, el de «Dubai» es primo hermano de los de aquí, aunque allí todo es rosa y se sale a una ciudad de rascacielos.
Para quien busque más noches de pista sin drama, escribí sobre la pista como refugio, que es exactamente el sitio donde vive este zumbido.
Escuchar la canción
El clip está en YouTube, en mi canal. Y la canción, como todas las mías, se escucha y se descarga gratis, sin registrarte, en mi página de descargas. Es de las que mejor funcionan con auriculares y a oscuras, con el volumen un poco más alto de lo recomendable.
Si te apetece seguir viendo vídeos, el resto del universo está reunido en Planeta Gayfolk, con todos los clips ordenados. Elige uno al azar. Es la mejor manera de entrar en un planeta.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se estrenó el videoclip de «Zee-Zee»? El 3 de noviembre de 2025, a las 19:24 hora de Madrid. Dura 3:17.
¿En qué álbum está? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk.
¿Quiénes salen en el vídeo? Personajes inventados: bailarines, un hombre de traje que recorre túneles, figuras con sedas de colores y bailarinas de tutú. Ninguno representa a una persona real.
¿Dónde puedo descargar la canción? Gratis y sin cuenta, en el apartado de descargas de mikesaintlouis.com.