
By Mike Sain't Louis ·
Un cielo de luna, un cielo sin arcoíris y un cielo que se toca: los cielos de Planeta Gayfolk
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Cuando éramos pequeños, el cielo era lo primero que dibujábamos y lo último que entendíamos. Una franja azul en lo alto del papel, un sol con rayos, alguna nube con forma de algodón. Con los años aprendemos que el cielo cambia de color cada hora, que de noche se llena de puntos que ya no existen, que hay días en que pesa como una tapa y días en que parece abrirse hasta el infinito. Y aprendemos también que el cielo que vemos depende mucho de cómo estemos por dentro.
En Planeta Gayfolk cada canción tiene su propio cielo. Algunos aparecen nombrados en la letra, con su luna y sus estrellas. Otros solo se intuyen, por una luz, por un salto, por una ausencia de color. Lo que sigue es un recorrido con la cabeza levantada. Empiezo por el cielo más tranquilo de todos, el de una nana en inglés que se llama «Dreams Drift Afar».
Un cielo de luna: «Dreams Drift Afar»
«Dreams Drift Afar» es una de mis canciones más breves y más suaves. Casi toda ella es tarareo, un murmullo largo y unas sílabas sin significado, ese «nananana» que todos hemos oído alguna vez para dormir a alguien. Entre esas sílabas aparecen unas pocas frases en inglés, y todas miran al cielo. Hay susurros que llaman, sombras de noche que caen, sueños que se alejan, estrellas que parpadean y suspiran. Y al final, «the moonlit sky»: el cielo iluminado por la luna.

Lo que más me gusta de este cielo es que no da miedo. Las sombras caen, sí, pero caen como una manta. Las estrellas no brillan con dureza, sino que parpadean y suspiran, como si también tuvieran sueño. La luna no vigila: alumbra. Es el cielo de una habitación infantil con la ventana entreabierta, el cielo que se mira tumbado antes de cerrar los ojos.
Y la frase del título, los sueños que se van lejos, tiene algo de despedida tierna. No dice que los sueños se pierdan. Dice que derivan, que flotan hacia lo lejos como barcas de papel en un estanque. Es la imagen de alguien que, por fin, puede soltar lo que pensaba y dejarse llevar hacia el sueño. Después de muchas noches de insomnio, ese cielo es un regalo. Hay nanas que se escriben para niños y nanas que se escriben para adultos agotados. Esta se puede escuchar como una de las segundas: sirve para dormirse uno mismo después de un día demasiado largo, cuando ya no quedan fuerzas ni para pensar y solo apetece que alguien, aunque sea una canción, apague la luz con cuidado.
Un cielo sin palabras
Me parece significativo que el cielo más sereno de mi planeta esté en una canción con tan pocas palabras. Las nanas funcionan así: no necesitan explicar nada. El sentido está en el ritmo, en la repetición, en el tono. Cuando alguien te arrulla, no importa lo que dice, sino cómo lo dice. Las palabras sobran, igual que sobran los nombres de las constelaciones cuando uno simplemente está mirando las estrellas.

En este sentido, el tarareo de la canción funciona ya como un cielo propio. Un espacio abierto, sin bordes, en el que uno puede flotar sin tener que agarrarse a ningún significado. Las pocas frases en inglés son como estrellas sueltas en ese espacio: puntos de luz entre mucho azul oscuro.
El videoclip: salinas que copian el cielo
El videoclip de «Dreams Drift Afar» dura 3:14 y se publicó el 12 de noviembre de 2025. Y es, ante todo, un videoclip de cielos. El protagonista, con gorra plana y una rosa roja en la solapa, camina y corre por paisajes abiertos bajo luces de atardecer. Lo más impresionante son las salinas: superficies lisas, cubiertas de una lámina de agua, que reflejan el cielo de tal manera que la tierra desaparece y parece que uno camina por encima de las nubes.

Hay también campos de lavanda que se pierden en el horizonte, acantilados verdes sobre el mar, un castillo junto a la orilla, una carretera que bordea la costa y una galería de arcos blancos con columnas finas, como de palacio antiguo. Y una terraza donde, al final, alguien mira el sol que se pone detrás de unas colinas. Lo que une todos estos lugares es la luz, la hora dorada, el momento en que el cielo se vuelve naranja, rosa y lila antes de oscurecer. El clip no llega a la luna de la letra: se queda justo antes, en la puerta de la noche. Ya lo recorrí escena a escena en otro artículo, y puedes verlo completo en Planeta Gayfolk.
Un cielo sin arcoíris: «Dark Corners»
No todos los cielos del planeta son tan amables. En «Dark Corners» hay un renglón en inglés que dice que no hay arcoíris en el cielo del protagonista: «no rainbow» en su cielo. Me parece una de las imágenes más tristes que he escrito, precisamente porque el arcoíris es, en nuestra cultura queer, el símbolo más reconocible. Una bandera, una promesa, un orgullo.
Que falte el arcoíris no significa que el protagonista deje de ser quien es. Significa que, en ese momento, la alegría colectiva no le llega. El cielo está gris, liso, sin esa curva de colores que aparece cuando el sol atraviesa la lluvia. La línea de después remata la idea: no hay lágrimas con purpurina, solo ojos callados. Es la depresión vista desde dentro de una vida queer: puedes estar rodeado de banderas y no sentir ninguna.
Me gusta que la canción lo diga con tanta claridad. Durante mucho tiempo sentí que tenía que estar orgulloso y feliz todo el tiempo, como si la fiesta fuera obligatoria. «Dark Corners» da permiso para tener un cielo sin arcoíris. Para estar triste también en junio.
Un cielo que se toca: «Chihuahua»
En el extremo opuesto está «Chihuahua», una canción de pista en inglés dedicada a un perrito que baila. En medio de la fiesta, la letra dice que el protagonista y su amigo peludo saltan tan alto que llegan a tocar el cielo: «we touch the sky». Es el cielo de la euforia, el que se toca con la punta de los dedos cuando la música sube y el cuerpo se olvida de pesar.
Este cielo no está lejos ni es inmenso. Está a un salto. Me gusta mucho esa idea: que el cielo pueda estar tan cerca como el techo de una discoteca, al alcance de quien baila con suficientes ganas. Y que se toque en compañía, en este caso la de un chihuahua, uno de esos animales pequeños que en mi universo son siempre compañía leal frente a la soledad.
El salto de «Chihuahua» es lo contrario del cielo gris de «Dark Corners». Uno está arriba, el otro aplasta. Pero los dos pertenecen al mismo planeta, y a veces a la misma persona en semanas distintas.
Un cielo de día: «Madrid to Benidorm»
Hay cielos que no son de noche. En «Madrid to Benidorm», la canción del viaje por carretera hacia la costa, la letra habla de levantarse «in the light» del día, bajo la luz plena. Es el cielo del verano español, el cielo blanco de calor que se ve desde la ventanilla de un coche que baja hacia el mar.
Este cielo tiene algo de fiesta y de libertad. Es el cielo de quien se escapa un fin de semana, de quien sale de la ciudad con amigos, con la música alta y las gafas de sol puestas. No hay luna ni estrellas, hay sol, y el sol en mi planeta casi siempre significa salir del encierro. Es justo el cielo que se pierde quien vive en una habitación con la persiana bajada.
Un cielo que se vuelve amable: «Holy Stillness»
«Holy Stillness» es otra nana, más solemne que «Dreams Drift Afar». Y tiene una de las frases sobre el cielo que más me conmueven: la oscuridad se vuelve amable, «the dark turns kind». El mundo exhala, dice la letra, y la noche deja de ser una amenaza para convertirse en un abrigo.
Es una transformación muy pequeña y muy grande a la vez. La misma oscuridad que en otras canciones grita nombres, esconde abismos y llena la cabeza de ruido, aquí se ablanda. No ha cambiado el cielo: ha cambiado quien lo mira. Para mí, esta frase resume buena parte de lo que es recuperarse. Las noches siguen llegando, pero un día descubres que ya no te dan miedo. No es una victoria ruidosa, es una tregua tranquila que se nota sobre todo al apagar la luz.
Un cielo lleno de galaxias: «Punto muerto»
«Punto muerto» empieza mirando al firmamento: entre tantas «constelaciones, galaxias y estrellas», se pregunta el protagonista, cómo va a ser él quien dé un brillo especial. Es el cielo como medida de la propia pequeñez. Hay tantas luces arriba que la tuya parece no importar.
Pero hay algo bonito escondido en esa pregunta. Para hacerla, hay que mirar hacia arriba. Hay que levantar la vista y contemplar el universo entero, aunque sea para sentirse diminuto. Y el hecho de que el protagonista se compare con una estrella ya dice que, en el fondo, sabe que tiene luz. Solo duda de que se vea.
Qué tienen en común todos estos cielos
Si junto todos los cielos de este recorrido, aparece un patrón. Casi nunca son cielos descriptivos, de parte meteorológico. No interesa si hay nubes o si hace sol por el gusto de contarlo. El cielo aparece siempre como espejo de un estado de ánimo: la calma después del insomnio, la ausencia de color cuando falta alguien, la euforia de quien siente que puede tocarlo con la mano.
Es una tradición muy antigua de la canción popular. El cielo sirve para medir la distancia entre lo que se tiene y lo que se desea. Mirar arriba es reconocer que hay algo que no está aquí, al alcance, y que sin embargo uno sigue esperando. En el folk, en la copla, en el bolero, el cielo es casi siempre un lugar de promesa o de pérdida.
En Planeta Gayfolk esa tradición se mantiene, pero con un matiz propio. Los cielos no son solo de amor romántico; también son de identidad, de orgullo, de cansancio, de sueño. Un cielo puede ser una bandera que falta, una luna que acompaña, una noche que no deja dormir o un amanecer que por fin trae descanso.
Por eso me parece que el cielo funciona aquí como una especie de techo emocional. Cuando está bajo y oscuro, pesa. Cuando se abre, deja respirar. Y cuando alguien lo toca, aunque sea solo en una metáfora, es porque durante un momento la vida ha dejado de ser pequeña. Leer estas letras mirando hacia arriba es una manera de entender cómo cambia el ánimo de una canción a otra, sin necesidad de que nadie lo explique.
Un cielo con un planeta nuevo
Y en el cielo de este universo hay, claro, un planeta que antes no estaba. El primer tema de la trilogía cuenta que se ha descubierto un nuevo planeta, y ese planeta es Gayfolk. En el cielo de mis canciones hay, por tanto, un punto rosa que no figura en los mapas de los astrónomos. Un lugar al que se mira cuando aquí abajo las cosas pesan demasiado.
Me gusta pensar que todos los cielos de este recorrido se ven desde ese planeta. Que la luna de la nana, el cielo gris sin arcoíris, el salto hasta las nubes, el sol de la carretera, la noche amable y las galaxias de la duda son, en realidad, paisajes de un mismo mundo. Un mundo con muchos climas, como cualquier mundo de verdad.
Un cielo de medusas: «La noche no es para mí»
Hay un cielo en mi planeta que no está en ninguna letra, sino en un videoclip. El de «La noche no es para mí» termina en un festival enorme en el que, sobre la multitud, flotan medusas rosas gigantes, luminosas, como si el cielo se hubiera convertido en un mar. Antes aparece una aurora violeta que se enrosca sobre el horizonte y un mar que brilla de un azul verdoso en la orilla.
Es un cielo de fantasía, de esos que solo existen en los sueños o en las noches más largas. Y tiene sentido que aparezca en una canción sobre no encajar en la noche. Cuando la madrugada se alarga y la cabeza empieza a desconectarse, el cielo deja de ser cielo y se vuelve otra cosa: un acuario, una pantalla, un decorado. La canción dice que la noche no es para el protagonista; el clip le responde con un cielo que tampoco es de este mundo.
Un cielo antes de la noche: «Before the Bells»
En «Before the Bells» el cielo aparece en un momento suspendido: antes de que a la noche se le diga «what it should bring», lo que debería traer. Es una idea preciosa. La noche, en este verso, todavía no ha decidido qué va a ser. Puede traer descanso o insomnio, consuelo o recuerdo. Está en blanco, como un cielo de atardecer que aún no ha elegido su color definitivo.
Esa noche indecisa es el cielo del duelo. Cuando alguien se va, las primeras noches son así: no sabes qué te van a traer. Algunas son tranquilas, otras te despiertan a las cuatro de la mañana. La canción no promete nada. Solo se queda en ese umbral, mirando el cielo que todavía no ha oscurecido del todo, esperando con calma.
Sol y luna en la misma nana: «Sunshine»
Y hay una tercera nana en el planeta, «Sunshine», que reúne en la misma letra el sol y la luna. El sol trae calor, «feel the warmth», y la luna ilumina el camino. Luego se dan las buenas noches y, más adelante, el sol vuelve con la cara de la mañana. Es un cielo que da la vuelta completa, del día a la noche y otra vez al día.
Me gusta que una canción de cuna contenga un ciclo entero. Es una manera de decirle a quien se va a dormir que el cielo volverá a encenderse. Que la luna no es el final, sino una etapa. Que después de la noche, aunque cueste creerlo, hay mañana.
Lo que dicen los cielos del planeta
Si coloco todos estos cielos en fila, del más oscuro al más luminoso, veo una gradación que se parece mucho a la de un día entero. Está el gris aplastado de «Dark Corners», la inmensidad que empequeñece de «Punto muerto», la noche que se ablanda de «Holy Stillness», la luna tranquila de «Dreams Drift Afar», el sol de «Madrid to Benidorm» y el techo que se toca bailando en «Chihuahua». Del peor momento al mejor, pasando por la calma.
Y me doy cuenta de que el cielo, en mis letras, casi nunca es un decorado. Es un estado de ánimo. Cuando la letra dice cómo está el cielo, en realidad está diciendo cómo está la persona. Por eso el cielo cambia tanto de una canción a otra: porque la gente cambia, porque los días cambian, porque una misma vida puede tener todos esos cielos encima.
Los cielos que faltan en las letras
También es interesante fijarse en los cielos que no aparecen. En casi ninguna de mis canciones de encierro se nombra el cielo. En «Entre cuatro paredes», en «Ruido en mi mente», en la canción del abismo, la mirada no sube. Se queda en las paredes, en la cama, en el reflejo, en el laberinto. Esa ausencia es elocuente: cuando uno está mal, el cielo desaparece del vocabulario. No porque deje de existir, sino porque ya no se mira.
Por eso me parece significativo que, en el videoclip de «Entre cuatro paredes», aparezca al final una ciudad vista desde una ventana, con un cielo cargado y un rayo que lo parte. La letra no lo menciona, pero la imagen lo trae de vuelta. Es como si el clip dijera lo que la canción todavía no se atreve: que ahí fuera hay cielo, aunque sea de tormenta.
Desde dónde miro estos cielos
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Las letras, la composición y la producción son trabajo mío; para generar la música y la interpretación me apoyo en inteligencia artificial, siempre a partir de lo que yo he construido. Desde Madrid, mi base, sigo levantando este planeta.

Durante dos décadas viví bajo un cielo muy cerrado. Dos relaciones con personas narcisistas, una detrás de otra, me fueron aislando, y cuando por fin se supo lo que pasaba, consiguieron que parte de mi entorno me diera la espalda. Hoy sé ponerle nombre a lo que arrastraba: trastorno de la personalidad por evitación, depresión mayor grave, estrés postraumático, fobia social y ansiedad. Me tratan una psiquiatra y un psicólogo, y escribir canciones fue la manera que encontré de sacar lo que llevaba dentro. Hubo una época en que llegué a pensar en no seguir; la nombro sin detalles porque hoy la veo desde el otro lado.
Si tu cielo está ahora completamente gris y no ves nada arriba, no esperes a que escampe solo. En España puedes llamar al 024, la línea pública para quien piensa en el suicidio o teme por alguien: es gratis, es confidencial y responde a cualquier hora. En caso de emergencia, el 112. Otra opción es el Teléfono de la Esperanza (717 003 717). Y si quien lo pasa mal es menor de edad, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10.
Para escuchar mirando arriba
Cada tema citado aquí es gratuito: bájalo desde mi sección de descargas (/descargas) o desde la tienda abierta del planeta (https://gayfolkplanet.com/tienda); no se cobra nada ni se pide registro. También en Spotify y en el resto de plataformas. Si puedes, escucha «Dreams Drift Afar» al anochecer, con la ventana abierta.
Preguntas frecuentes
¿De qué habla «Dreams Drift Afar»? Es una nana en inglés casi toda tarareada: sombras de noche que caen, estrellas que parpadean, sueños que se alejan y un cielo iluminado por la luna.
¿Qué se ve en su videoclip? Un hombre con gorra y una rosa roja en la solapa que camina por salinas que reflejan el cielo del atardecer, campos de lavanda, acantilados y una galería de arcos blancos.
¿Por qué en «Dark Corners» no hay arcoíris? Porque la canción retrata la tristeza dentro de una vida queer: el símbolo de la alegría colectiva está ahí, pero no llega al protagonista.
¿Qué cielo es el más alegre del planeta? El de «Chihuahua», que se toca de un salto en medio de la pista de baile.
¿Dónde puedo descargar estas canciones gratis? En /descargas y en https://gayfolkplanet.com/tienda.